EN PRIMERA PERSONA

Esta es mi historia, mi experiencia personal, pero sé que podría ser la de cualquier joven argentino de clase media viviendo en este país. Por eso quiero contar en primera persona lo que está sucediendo en un país desgarrado, desgastado, desvalorizado y sacudido por un mal social que no cesa. Más de lo mismo, esto es cíclico y nadie sabe si realmente alguna vez el ciclo se cerrará para salir adelante como lo necesitamos.

Cuando se vuelve cuesta arriba creer en los sueños, resulta difícil continuar soñando. En mi corta vida he tenido sueños y he logrado materializar algunos, algo que alimenta la sonrisa del alma y las ganas de seguir soñando. Pero ocurre también que la realidad muchas veces pisa fuerte acorralando las alas de aquellos sueños, volviéndolos cada vez más lejanos. Mi esencia me permite siempre mantenerme con ilusión pero ya no soy una niña, ahora debo abrir bien los ojos y mantenerme despierta porque si me duermo y no lucho, los buitres pueden resetearme esos anhelos del alma construidos desde el amor.

Cuando era una adolescente ilusa e inexperta viví una de las primeras crisis de la actualidad (la del 2001, la más fuerte de las contemporáneas) pero así y todo no la viví realmente “a consciencia”. Tenía casa, comida y la protección de mis padres que resolvían todo por mí y mi hermana así que, aunque de alguna manera lo vivimos, nos mantuvimos al margen. Lo vivimos, lo viví. Y se salió de eso. El país salió. Ya no sé siquiera cómo porque ese fin de año ocurrió una increíble seguidilla de asunciones ridículas de presidentes en tan sólo una semana y a partir de ahí se veía públicamente lo que se denominó caos social y creo que la definición fue bastante acertada, digo con respecto al tema social. Hoy, después de diecisiete años reincidimos; la sociedad nuevamente se encuentra sacudida. No aprendemos más, no sabemos aprender. A muchos tampoco los dejan porque los incentivan para no salir de ese círculo vicioso, los agitan tanto que los aturden para confundirlos, distraerlos de lo que realmente importa. ¿Qué nos sucede a los argentinos que nos dejamos pisotear una y otra vez? ¿Qué nos pasa que vale más aparentar algo que no somos a ser solidarios entre nosotros? Nos comportamos de forma egoísta cuando algo realmente vale la pena. Sólo nos unimos para hacer más ruido o para demostrar una y otra vez lo “vivos” que podemos llegar a ser ante las situaciones que nos engordan el ego.

Me siento muy decepcionada, cansada porque soy joven y estoy repleta de sueños que debo postergar por tiempo indeterminado, o lo que es peor, resignarlos para no luchar en contra de la corriente. Hace décadas que el ciudadano argentino se preocupa de verdad cuando le tocan el bolsillo, se inquieta cuando se dispara el dólar y los precios vuelan a las nubes en apenas días. Hace años que debemos lidiar con la inestabilidad económica y que el resto de las cosas dependan de ello. Y, como si eso no alcanzara, hace casi un siglo que debemos aceptar la progresiva decadencia cultural que, con los años, crece más y más a la par de la debacle social. Todo se experimenta en medio de ambientes hostiles, violentos (provocados por la misma gente que así se encuentra: violenta y hostil). Todo se mide con la vara del resentimiento y la insanidad moral. Cada vez somos menos las personas que elegimos trabajar internamente para mantenernos limpios de toda intoxicación emocional que lo único que logra es más resentimiento y más competencia entre pares. La desigualdad social es un claro ejemplo de esto; unos se llenan los bolsillos de billetes y chequeras (y de lujos adquiridos para aparentar), mientras que a otros se les escurre lo poco que tienen (material e inmaterial) aunque lo cuiden como a su propia vida. La gente prefiere ciegamente admitir diferencias irreconciliables entre personas y enfrentarse en vez de aceptar que el problema de base es muchísimo más profundo: la mentalidad y la educación, las que perdimos en alguna urna hace unas cuantas décadas o, lo que es peor, nos las fueron robando junto con la dignidad los poderosos e inescrupulosos que simularon manejar el país. Más allá de banderas políticas, los candidatos acaparan votos para salvarse ellos y el pueblo queda al margen de todo. Cada vez es mayor el número de personas trabajadoras, empobrecidas, humildes y cansadas de remar contra la corriente, mientras que cada vez son menos los que más tienen y escalan hacia un estatus social de privilegio. Y así quedarán eternamente enfrentados en distintas veredas. Y así quedará eternamente más enterrada en el olvido la alguna vez existente clase media (que ya casi no logra divisarse). De esta manera no hay más que muchísima más división de clases, desigualdad e injusticia. Y el hartazgo. El cansancio de no saber cómo salir de forma sana de ese lamentable círculo. ¿Dónde están los derechos de los que (dicen) gozamos todos? Que yo sepa, no todos tenemos los mismos derechos. Profesionales (o no) nos vemos imposibilitados a acceder a una casa propia, debemos renunciar al sueño de la familia por no poder mantenerse siquiera una pareja, como para encima pensar en alimentar una boca más, debemos aceptar que nos arrebaten de a poco los sueños más puros y más nobles por sensatez. Eso sí, a quienes no tuvieron educación se les incentiva a construir sobre el fango familias numerosas, lo mismo que a los “burgueses modernos” que jamás sabrán lo que es sentarse con su pareja a hacer cuentas una y otra vez para que los números no se diluyan en el papel. Y yo me pregunto, entonces, ¿hasta cuándo vamos a tolerar que nuestro país continúe “zafando” -como decimos en lunfardo- en medio de crisis, que se llevan puestas a miles de personas cada vez que ocurren y placebos donde se aquietan las aguas para luego volver a sacudirse al cabo de dos o tres años más?

Luego del 2001, se instaló la famosa “década ganada”, como a ellos mismos les gustaba definirse, que concluyendo el 2015 llegó al final de su existencia dejando una grieta irreparable en la sociedad argentina en donde más o menos la cosa se definió -y define- como un partido de football donde “sos de un equipo o del otro” (pero nunca habrá acuerdo, sos de un bando o sos el enemigo) y aún quedan resabios de esa división. Y ahora que ese período es tan inimaginable como la idea de ser potencia mundial, transitamos una nueva crisis cargada de incertidumbre (predecible o no) por una imposibilidad o desinterés en educar a la sociedad para cuidar lo que tenemos sin que nos sigan robando no sólo los sueños, también el dinero y con él la posibilidad de progresar en la vida.

Hoy debemos seguir adelante. No sabemos cómo pero hay que seguir. Hoy no estoy sola, gracias a Dios tengo a un compañero que sigue mis pasos tomándome de la mano. Y yo lo sigo a él donde vaya. Pero los dos sí estamos solos. Solos nos dejó el sistema, solos nos dejó la sociedad porque, como dije antes, la gente está muy preocupada aparentando. O tratando de sobrevivir (al igual que nosotros), mientras tanto el país continua andando en una especie de terapia intensiva de la que resulta muy difícil imaginar salir prontamente. Mientras tanto, como han dicho muchos, “hay que pensar en trabajar para un cambio que no vamos a ver, que quizás ni nuestros hijos lleguen a ver”. Pero, ¿estamos realmente dispuestos a sacrificar nuestro presente por un futuro incierto? ¿Por qué, si la vida es hoy? Mañana no sabemos si estaremos vivos o qué pasará. Además, ¿de qué hijos estoy hablando, si a este paso difícilmente los tenga? Mientras tanto, sólo queda ver pasar por delante de los ojos como algunos, con un poco de suerte (o ayuda) cumplen sus sueños, los mismos que nosotros por ahora no podemos alcanzar, también aceptar que la cultura de este país, sigue en decadencia y mientras no haya nadie despierto capaz de enderezarla éste también va a ser un problema social. Porque no todo es el bolsillo; lo que cansa es no vivir tranquilo, sabiendo que en cualquier momento puede haber un estallido social. Y lo que además entristece es ver cómo cada vez hay más gente (más) ignorante dejándose llevar por esa marea decadente; faltos de educación, faltos de interés en salir adelante y crecer, llevados por una situación que les permite sobrevivir cómodos ya que hacer el esfuerzo por cambiar implica un desgaste -o porque ni siquiera se detienen a pensar en eso, porque no tienen las herramientas para poder reflexionar- entonces es mejor seguir como se está a probar un cambio que los saque de esa comodidad tan vacía, de su zona de confort -aún sin saber que en ella se encuentran-.

Es así que mi país, mi patria, se encuentra a un millón de años de luz de lo que pudiera ser un país civilizado y mientras eso ocurre países civilizados nos miran desde arriba y con recelo por esa distancia cultural y educacional que nos separa. Y así quienes trabajamos y luchamos por superarnos, nos encontramos una y otra vez con obstáculos y trabas que nos impiden avanzar y creer que los sueños -esos que añoramos con el alma y el cuerpo- se nos van a cumplir, lidiando con la violencia que se vive en la opinión pública, en quienes no pueden despertar de ese fanatismo ciego que los impulsa a revolucionar y revolver todo aquello que sienten del lado opuesto de su vereda. Y este es el futuro hostil que dejaremos a las próximas generaciones, que cada vez tendrán más dificultades para progresar y más resentimientos con los que lidiar.

ACARICIARTE AL DESPERTAR

Acariciar las dulces notas
(musicales)
que tu cuerpo desprende 

Es esa bella melodía
que nace de ti sin quererlo

Es el canto de un gorrión
en primavera

Es el verdor primero
que tu alma diluye
en el aire

Es saberme en auge
al recorrer ese perfume
que a tu lado respiro 

Aunque duermas el sol te alumbra
y te florecen las pestañas,
cálidas con el sudor tibio
del final de agosto

Y al despertar, tu pelo de felpa
regado por la luz
que se cuela por la ventana
acaricia mi pelo
sobre la almohada

TODO LO QUE TENGO

Nada de lo que tengo me ha sido regalado.

Nada de lo que tengo resultó sencillo de transitar ni de lograr. Hasta mis alas las he conquistado, forjando con fortaleza las raíces que me nacieron de ellas para sostenerse en mí. Hasta mi sensibilidad la he de defender con uñas y dientes, contra viento y marea, aún en tiempos donde las miserias humanas pretendían llevarme con la marea hacia el camino opuesto. Hasta mi esencia ha sido puesta en jaque en tiempos donde ser sensible y profundo no mueve las masas porque lo superficial se vuelve comercial, llamativo.

Nada de lo que hoy soy me ha sido servido, más bien cada uno de aquellos bienes inmateriales que atesoro en el alma reflejan la suma de tantos pasos pronunciados en un camino extenso, a veces tortuoso, otras veces florido, pero siempre de aprendizaje, de recibir, de gratitud y evolución.

*

Nada de lo que poseo me ha sido regalado, mi casa y todo lo tangible en ella es producto de una labor incansable que no me ha impedido desistir de soñar y luchar por lo que anhelo. Mi valor más fuerte es la sencillez y puedo afirmar que soy rica porque observo el pino de la mesa del comedor matizada en tono algarrobo y siento el poder de la belleza que se encuentra en lo simple. Admiro los pocos cuadros que tengo colgados en las paredes de este hogar y me enorgullece que no pertenezcan a un autor famoso, que le he dado la posibilidad a alguien noble de expandirse. Abro las puertas de mi placard y me alivia encontrarme con la cantidad justa de ropa, la misma (o menos) que hace cinco años y que no existan diseñadores de renombre entre esas prendas. No me preocupa ver el desgaste en ellas porque el paso del tiempo es ineludible. También en las personas.

Nada de lo que hoy tengo son posesiones. Cada una de las cosas que forman parte de mi vida y mi historia me han sido concedidas por alguna razón, acomodadas perfectamente a la realidad que me sucede y al contexto que me rodea. Mi trabajo, mis pasiones, mis “trofeos”, mis éxitos (y también los fracasos), las personas que residen en mi presente y mis pensamientos han sido debidamente arribados mediante el proceso de mi crecimiento y se me han brindado por un sentido.

*

No me desvela saber al tiempo como el carrousel que es, que no se detiene. Que la vida transcurre sin fin y sin detenerse. A veces es cruel la vida, a veces concede lo que deseamos con el cuerpo, otras nos devuelve lo mejor que tenía alistado para el momento exacto en que ser brindado, aunque ello no fuera lo que tanto buscamos. Aunque fuese aún mejor y nos regale la sorpresa de la abundancia. A veces los sobresaltos también son presentes que adquirir, regalos que se nos acercan sin poder impedirlo.

Todo lo que tengo es todo lo que podría haber soñado. Todo lo que no tengo es aquello que por alguna razón el destino no quiere hacerme transitar aún. Aunque lo anhele con cada latido de mi corazón, aunque hoy no lo comprenda. ¿Cuál será la trampa que el azar busca tenderme? No lo sé, pero confío (si es que me quedan ápices de luz para iluminar esa esperanza) en que, si bien mi futuro no está escrito, esa fuerza superior y divina me oye suplicarle al viento que se materialicen mis sueños despiertos.

Todo lo que tengo, ha llegado con el sabor de las batallas recorridas en triunfos (casi) fortuitos. Por más que hoy luzcan lejanos esos pasos vencidos de andares extensos, sé que ahí estuvieron esos pesos y esos sudores que me permitieron ganar esas contiendas. Y entonces todo lo que tengo sigue siendo reflejo de la luz alcanzada, continúa siendo mi mayor trofeo, mi orgullo.

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-Ensayo de mi autoría, publicado en mi espacio personal, en mis redes sociales.
-Fotografía: Ezequiel Azcona

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