El Muelle

Los recuerdos le daban vida. Más de setenta y cinco años habían pasado desde que en su juventud trabajó en ese muelle.

Corría el año mil novecientos cuarenta y dos cuando los barcos cargados de azúcar morena llegaban al muelle, hoy convertido en un paseo familiar y turístico.

El proceso era de gran esfuerzo físico para acarrear esos sacos llenos del precioso y dulce cargamento que era luego transportado en un tren que recorría los en ese tiempo desolados paisajes de la costa de la ciudad.

Cada Sábado don Pedro vuelve a recordar sus tiempos de mozo empleado en aquel lugar que le vio crecer y que hoy como testigo mudo permanece de pie resistiendo el paso de los años, el agua y la sal.

 

ホセ

¿Que haces en este puerto?

30 de Julio de 2014

Ella era inglesa y venía viajando desde Nueva Zelanda. Qué la trajo hasta Valparaíso no estaba claro, lo cierto es que la puerta de la casa cervecera, enmarcada por un graffiti multicolor, llamó su atención.

Cruzó la puerta con un montón de interrogantes en su cabeza. No dominaba el idioma, sin embargo eso no la había detenido al momento de comprar un pasaje hacia el fin del mundo.

Era un día Sábado, cerca de las cuatro de la tarde, cuando avanzó insegura por un pasillo angosto entre la barra y las mesas.

Las murallas de ladrillo vivo le llamaban la atención, tal vez porque contrastaban con las tuberías brillantes de acero de los dispensadores de cerveza que se erguían sobre el mesón de la barra de madera oscura.

Se sentó en una mesa alta apoyando su espalda contra los ladrillos mientras observaba la gente a su alrededor y los empleados del local. Se podía observar que estaba acostumbrada a viajar y a descubrir nuevos horizontes. Tenía esa actitud de las almas aventureras.

Luego de recorrer la carta y darse a entender con el joven que la atendió, el cual no dominaba el inglés a la perfección, finalmente llegó a su mesa una chorrilana acompañada de una cerveza negra. Mientras disfrutaba de su comida, sacó su cámara de bolsillo y le pidió a una pareja que se sentaba en la mesa vecina que le tomará una foto para inmortalizar en su diario de viaje, el paso por ese rincón desconocido para ella y al cual había llegado después de recorrer literalmente medio mundo.

Cruzó algunas palabras con la pareja de la mesa vecina para luego retirarse y seguir su camino, seguramente a descubrir nuevos rincones de esta ciudad que depara una sorpresa a la vuelta de cada esquina.

Al pasar junto a mi cruzamos una mirada y una sonrisa. Mientras se alejaba no pude evitar preguntarle ¿Que haces en este Puerto?

ホセ

 

La chica de los globos

La chica de los globos

Era una noche como cualquiera, en realidad no tan cualquiera, pues su día había sido de esos para olvidar. Malas noticias en el trabajo, poco tiempo para almorzar y para rematar el día, un accidente de tránsito. De aquellos días para olvidar.

 

Ya se aprontaba a dormir, cuando sintió la imperiosa necesidad de acercarse a la ventana y mirar hacia la calle. Vivía en el tercer piso de un edificio del casco viejo de la ciudad. Era cerca de la medianoche, no muchos autos había a esa hora y solo algunos transeúntes aún recorrían el lugar.

 

La noche estaba tibia, cosa rara para aquel día de invierno, sin embargo abrió la ventana y permitió que la tibia y suave brisa acariciara su cara. Cerró los ojos y se dejó llevar por esa agradable sensación.

Un ruido le sacó de su trance. Miró hacia el interior de su habitación y vio una serie de luces de colores que invadían el espacio.  Colores alegres que no podía explicar de donde venían, ya jugaban sobre las murallas, las cortinas y los muebles de la habitación.

 

Con una mezcla entre curiosidad y temor, se paró en medio de la habitación para observar en detalle el espectáculo que se presentaba ante sus ojos. Se debatía entre disfrutar el momento y tratar de averiguar que estaba pasando.

 

Mientras miraba a su alrededor, se percató que una chica estaba sentada en el sillón de su habitación. ¿Como había entrado? No lo entendía, pues estaba consciente de haber cerrado con llave las puertas de su departamento.

No te asustes, le dijo la chica, no soy ladrona ni asesina. Mil ideas volaban por su mente en ese momento, desde quién era hasta cómo deshacerse de ella.

¿Que buscas aquí? le preguntó. Estoy aquí para regalarte algo, le contestó ella con una sonrisa.

Quedó confundido, no sabía que contestar ni que hacer. Relájate le dijo ella, quiero regalarte una sonrisa. Una sonrisa especial, que no olvidarás, que nunca te dejará. Una sonrisa que te hará ver las cosas de otro color y te permitirá ver aquello que los otros no ven. Úsala cuantas veces quieras, pues esta sonrisa no se gasta, simplemente se hace más potente cada vez que la usas.

 

Él seguía sin entender las palabras de esta joven desconocida. Ella le miraba con ternura y le sonreía, al tiempo que le decía, “la felicidad es como un manojo de globos, si se te escapan sentirás que has perdido algo, sin embargo el mundo esta lleno de globos, incluso en los rincones menos esperados”.



 

Se quedó pensando en aquella frase y le quiso preguntar que significaba, sin embargo, cuando buscó a su interlocutora, ésta había desaparecido junto con las luces que llenaban la habitación.

¿Había soñado? No estaba seguro, tal vez sí. 

Abrió la ventana para dejar entrar el aire frío de invierno a su habitación y sacudirse de aquel extraño sueño. Ya era tarde y debía dormir, pues un largo día de trabajo le esperaba.

 

Ya más repuesto y calmado, fue a cerrar la ventana. Mientras lo hacía, vio a una mujer joven que se alejaba con un manojo de globos de brillantes colores en su mano y los soltaba uno a uno. En ese momento y como por arte de magia, una sonrisa se dibujaba en sus labios.

 

ホセ

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