Reflexiones VII

Los minutos anteriores a que suba el telón, las cosquillas duelen, retumban en las sienes y las manos no dejan de temblar. Es una sensación que se repite cada día, en cada actuación.

Cada noche, salgo del camerino, observo distraído el peine con sus varillas sosteniendo los focos y las telas, me acerco entre bambalinas a escuchar, tras el telón, cómo el susurro del miedo se acerca, acechando en la oscuridad, ver cómo se abren las puertas y van pasando como un goteo incesante el exigente y fiel público, tomando su asiento y esperando que se cumplan sus expectativas. Que merezca el valor de su dinero. Ese miedo al ridículo y esa sensación tan íntima, me hace sudar de frío.
Pasados esos lentos minutos, siempre me dan ganas de vomitar, las piernas me sostienen únicamente por instinto. Un timbre me dice que es la hora. El corazón va a estallar, se levanta el telón, se encienden los focos y llega la transformación como por arte de magia, ya no tengo miedo, ya no soy feo, ni gordo, ni viejo. La gente aplaude y la tensión desaparece. Ya no oigo nada, salgo al escenario, enchufo mi guitarra, dos acordes para afinar y comienza el espectáculo, directo al infinito.
Cuando los bises acaban y el teatro vuelve a quedar en penumbra, en esos primeros instantes, en lis que la adrenalina manda, no se qué ha pasado, durante dos horas el tiempo se ha detenido. Quedo totalmente extenuado, roto. Feliz por haberlo dado todo.
Después de la ducha inevitable, salgo del teatro por la platea, escuchando el silencio que queda después de la tormenta de aplausos y música. Salgo por la puerta principal, allí los rezagados esperan la foto y firma de autógrafos. Cumplimentamos a gusto todo lo que venga.
Cuando todo acaba vuelvo al camino que en el que me siento seguro, el que me gusta, la soledad de la naturalidad.
¡Cínico me dirás, vives de ello!
¡Venga ya!
Ni ayer era nadie ni hoy tampoco. Sólo quiero ser yo. Un simple hombre. Nada más.
Un hombre al que le gusta escribir en soledad y contarlo. Un poeta de mierda, de manos vacías.

Esperanza Conciencia.

Moxitla 21

Esperanza Conciencia. Grupo música Motxila 21. ¿No los conocéis?

Abrázame sin prisa

 

Abrazáme sin prisas
Que de mi corazón salen astillas;
Descolgados los cimientos
De los huesos que los ratones
Muerden sin roer la piel.

Es la luna que se va,
La que me aleja,
La luz que irradia tu mirada,
Lo que me alumbra.

La ciénaga baldía
Y el pisar de mis pies
El retumbar y el estruendo,
El quejío y el mortero.
Peteneras en mi pecho.

El badajo de este triste corazón
Que aletea sin presión,
Y desbanca el ancla
Fondada en la arena
Partida en dos.

No sufre si no hay mugre,
Lo que el viento pudre.
Lo que el tiempo elige
El maldito albedrío impune.

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