Pasada la quinceañera…

La vida se pone, a veces, cuesta arriba. Yo, a veces, me siento junto a la ventana, pongo una de Phil Lynott, o de Rosendo Mercado, me olvido de lo que me dicen que haga el google y la televisión y me pongo a escribir.

Y es que la honestidad no es excusa. Y es que no hay obstáculo que pueda pararme cuando, a veces, decido que 3 y 2 son seis.

 

Pasada la quinceañera… escribo

 

Hago “Rock’n’roll”. Anda, ponle un collar a ese gato. Hago “raquenroll”, dejo las raquetas y me pongo a escribir; otra vez. Quisiera no dedicarme a nada que no fuera eso, escribir. Quisiera estar seguro de que solo me dedicaba a eso porque sé, y mira que son pocas cosas las que sé, que tú, tanto como yo, eres parte integrante de todo ese escribir. Quisiera dedicarme solo a esto porque sé, siento, sinónimos de salón, que de todas las cosas que hice, mal, a veces también, escribir es la que, única, integra todo lo que no pude ser hasta que decidí que iba a darle un par de kilos de panceta y tres de mojama a esto de escribir. Quisiera dedicarme solo a esto porque esta es la empresa, terrible palabra hundida en la mierda, porque escribir es eso a lo que se puede poner intermedios. Quisiera ser solo escritor porque entiendo que el que no llega al cielo en llamas del escritor es el que entretiene, entretener no expresa lo que pretendo expresar aquí, el tiempo debido a la dedicación de escribir con otras labores, taras, tareas, folios en blanco que, porque no lo merecen, porque no lo son, nunca se terminan de rellenar.

Enfrento, me enfrento, mi trabajo diario, prostitución. No se llame nadie a engaño, que no soy de los que llaman. “Prostitución” es el nombre genérico para el más contemporáneo “trabajo”. “Prostitución” es el epíteto, no creo exagerado, Ramiro, que utilizo para designar lo que hago, a diario. No vendo mi cuerpo, mi tiempo ni mis conocimientos. No dono nada. No soy bueno. No; soy nada. Soy maestro, repartidor de publicidad, transmisor de propaganda, tonto de capirote, banquero, cooperativista, traficante, tonto de la tiza, profesor, entrenador de tenis, coach, con y sin sofá, freudiano, académico, terapéutico, clínico, que vende mucho más, al trapicheo especial-mente, usuario responsable de público transporte, concienciado contribuyente, alimento para el alma, parásito de mi mente, concienciado sobre todo al tocar al fin el mes, autor residente, “obstáculo impertinente”, propietario, de “esta nuestra comunidad” presidente, soy un cabrón con pintas. Soy el capullo que se te echó encima la otra noche en el metro. Soy el que recita el “sois de puta madre, de verdad, de puta madre”. Soy el que te quita la chica, el trabajo, la plaza de aparcamiento. Soy el gilipollas en el que encuentras consuelo. Soy el amigo, el jefe que te falta, soy el respeto que tu jefe, tu amigo y tu novia no encuentran. Soy el cartel que anuncia la siguiente área de servicio, la sal de fruta, la sexta, quién quiera que sea que se atreva a decir que se encuentra detrás del cinco.

Seis. “Why wouldn’t the gipsies warn out the danger”. Cito. Cito una serie de palabras que lejos están de existir. Me dice el “google” que ahora mismo, ahora, hay miles de empleadores, cientos de miles de empresas buscando negocios como el mío. Y sé que no. Sé que, como dije al principio, hace un rato, lo estoy haciendo otra vez.

Fotografía: Miguel Castro

Escribo frases demasiado largas, ecuaciones, malversaciones varias. Escribo. Me encuentro en el desencuentro en el que, sin concretar, sé que me encontraré. Mis afirmaciones no lo son. No afirman nada más que lo que cada cual esté dispuesto a entender que puede, podrías, ser aceptable aceptar. Cuidado. Ojalá fuera anécdota la longitud de mis enunciados. Ojalá solo lo hiciera de vez en cuando; quiero decir que ojalá fuera menos que a menudo cuando me extiendo más de lo que sería necesario. Cuidado. Necesario, extender, conceptos susceptibles de hacer frente común, equipo no, equipo es demasiado. Ojalá no me extendiera más de la cuenta y, sobre todo, ojalá no dedicara buena parte de mi poco profesional vida tocaya en forzar a sujetos varios a, al menos temporalmente, evitar la elongación de las palabras, de los términos, de los ideales perdidos donde sobran las palabras.

Ojalá. Ojalá, también, hubiera menos de “yo” en todo lo que me encuentro. Me encantaría poder dejar en estas páginas todo lo que con los años he malaprendido que soy. Quisiera ir tirando ladrillos a cada paso, a cada palabra escrita. Me encantaría pensar que la labor del escritor libera. Pero no lo creo. Podría llegar a aceptar que escribir moldea, organiza ideas, saca lo que quiera que uno lleva dentro y lo deja ahí, abandonado, para que el mundo lo vea, negro sobre blanco.

Carlos Bueno-León

Me rindo

ME RINDO
(Strange love)
Antes o después, confía en mí
mis crímenes parecerán imperdonables
lo serán
Rendido al placer de mis pecados

vendido al vicio de vivir
Pensarás que es el fin
que quemé todas mis naves
y es verdad
Acariciaré nubes, puliré estrellas
moriré por verte sonreír

Peros – Diario de yo

PEROS

Diario de yo

 

No puedo aceptar la mentira, nunca me lo llegué a creer, que sostiene la falacia de que escribir libera. El porqué es muy sencillo; escribir es, simplemente, una droga, una sustancia, un escondite del medio que me rodea, una pared forrada de corcho que me sirve para dejar de oír la música ambiente. No es fácil soportar el rumor suave, la música como de ascensor, en que el mundo a mi alrededor parece sumido. Me estalla la cabeza con la medianía de los sentimientos, la incertidumbre de los apegos, sufro jaquecas provocadas por el ruido blanco que escupe el televisor del vecino, mi ventana o las conversaciones de sesudos expertos de salón. Siento que nos hemos vuelto pequeños, que nos importa un bledo lo que pase alrededor, que hemos hecho nuestro el poético “que el mundo se acabe mañana y dé igual” y le hemos dotado del cien por cien de su significado literal. Y luego está, ya lo he dicho, el tema de la droga. “Por conocer a los que se margina”, por mirar por la ventana, por salir cada día a la calle, por implicarme en mi trabajo de ocho a tres, por odiarme porque no me odio, por pensar, de verdad lo pienso, que las cosas se podrían hacer mejor.

Fotografía: Rosa Sierra

“Las cosas”; bonita expresión. Se ve que soy un tío con clase. De no ser por el derecho mercantil y el de familia, habría que nombrarme cuñado. El caso es que me echo a la calle y, aunque lo intento, no puedo caminar con los ojos cerrados. Sí puedo, a menudo lo hago, evitar la entrada de los ruidos del exterior tapándome los oídos con bluesmen muertos, rockeros viejos y poetas modernos. Puedo incluso dirigir la mirada y concentrar mi atención en la lectura de “Son of Satan”, “On the road” o aquellos poemas fantásticos de Gamoneda que me hacen sentir que tengo el paladar cubierto de óxido, mientras las hojas de los árboles que contemplo desde mi ventana me acarician la cara. Pero claro, eso solo lo puedo hacer sentado en un banco, o en un asiento del autobús.

 

Supongo que me convertí en escritor, o creí que podría llegar a serlo, el mismo día que comprendí que era tarde para cambiar nada. El día que descubrí que la humanidad se agarra a un péndulo para evitar ser humana o, tal vez, precisamente todo lo contrario, para llegar a serlo, supe que había algo que sí podía y quería hacer; escribir. No me cuesta nada imaginar a toda la humanidad o, al menos, a la parte de la humanidad que tiene algún tipo de poder y, honestamente, quién no lo tiene, colgando del péndulo de un enorme reloj de cuerpo entero, balanceándose en el interior de la vitrina que deja que se vea el movimiento del colgajo, imaginármelos a todos repitiendo a coro, desafinados, a contratiempo, como una mantra, “ahora estamos bien, ahora todo está mal, ahora, casi todo el tiempo, dejamos que la vida pase entre quehaceres y cañadas, hacemos como que no nos enteramos de nada y jugamos a ser hombres de bien”.

Quién quiere luchar contra la inercia, quién se atreve a cargar, como un peso muerto, con toda la humanidad. A veces creo que yo lo he hecho, solo porque creo que no sé hacer nada a medias. Un poco también porque entiendo que luchar contra algo que no encaja es tanto como pelear con todo lo que encaja en toda la humanidad; una pérdida de tiempo. Ella siempre me dice que la gente no cambia. Supongo que es verdad. Ella lo sabe. Nunca ha cambiado, por eso ella es ella y, porque ella es ella, yo soy yo, sin cambios, sin péndulos, sin cera en los oídos ni bolsillos en los agujeros. Eso es todo lo que soy. Y, como sé que soy poco, no me meto en corregir las deficiencias de un cuaderno, no intento hacerle el paralelo a nadie; escribo.

Carlos Bueno-León

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