Un día más

UN DÍA MÁS

El sol salta sobre la colina. Se levanta el bajo de los pantalones. Deja ver unas botas de montaña, enormes, pesadas. Dobla las rodillas. Las suelas de sus botas hacen retumbar todo alrededor. Tres nubes, una gris, dos de algodón, saltan, girando a su alrededor.

El suelo se estremece, todo tiembla, el líquido de las copas se derrama. El viento se cuela por las rendijas que los vidrios de las ventanas dejan al agitarse. Veo con claridad la masilla que las mantiene firmes. Se separan de sus marcos.

Me siento frente al fuego. Cojo una copa a punto de caer. Me dejo llevar por el baile inconexo de las llamas, inquietas por el sibilante fantasma que se cuela por la boca de la chimenea.

No tengo miedo, ya sé cómo funcionan estas cosas, todos los días se repite la misma canción. Cierro los ojos mientras doy el primer sorbo. Durante un instante, apenas un suspiro, estoy lejos de allí. Vuelo. Los paisajes se suceden. La inmensidad del mar deja paso a la playa. La arena fina se cubre de vegetación seca que, enseguida, queda oculta entre la inmensidad del bosque. Remonto el vuelo sobre una ladera cubierta de hierba, alta y carnosa. Desciendo. Dejo que la humedad verdosa cubra mis pies. Vuelvo a elevarme. Enseguida veo el sol, las nubes, las hojas de los árboles cayendo, vencidas por el bamboleo de un suelo que, indefenso, no sabe qué está pasando.

Vuelvo a abrirlos. El calor del hogar me devuelve a la realidad. Todo vuelve a estar tranquilo. El baile de las llamas es ahora ordenado, me reconforta. No hay líquido derramado, ni hojas caídas. En un cielo libre de nubes, el sol se oculta detrás de las montañas que acabo de cruzar.

Los goznes de la puerta crujen. Distingo tu silueta. Sonriente, te acercas hasta el sillón. Me besas dulce y lentamente. Enseguida te contaré mi día. Antes quiero saber qué tal te ha ido a ti.

 

Carlos Bueno-León

Interesante

Diario de yo VI

Ha sido un día interesante.

“Interesante” es una palabra que detesto con cierta fruición. “Interesante” es el término que un viejo compañero de Instituto solía utilizar cada vez que quería decir “Me importa un carajo lo que me estás contando”.

Era un personaje curioso mi compañero. No diré “interesante” aunque, a decir verdad, nunca me importó un carajo el pobre chaval. El chico no era particularmente atractivo físicamente. Eso no es mucho decir, la verdad. Echando la vista atrás, me cuesta pensar en uno solo de mis compañeros como, objetivamente, atractivos. Yo mismo, si he de ser sincero, era un personajillo del que se podrían decir muchas cosas, a veces se decían. Ahora bien, si algo no podía decirse de mí, en honor a la verdad, es que fuera ni siquiera mínimamente atractivo. Llamativo, tal vez, melenudo, seguro, corpulento, sí, torpe en los andares y en las maneras, cien por cien. Atractivo, no, no lo creo.

Los rasgos faciales de mi compañero no eran, digamos, armoniosos. Su tabique nasal venía a ser la crónica de un fracaso esperado. Era como si aquella nariz hubiera sentido la desesperada necesidad de abandonar aquel rostro, como si hubiera intentado saltar con todas sus fuerzas, suicidarse. En el fragor de la huida, aquella pobre divisoria de orificios nasales habría tenido que aceptar, como todos hacemos antes o después, que escapar es imposible. La punta de la nariz denunciaba el intento fallido terminando en un resto aguileño que tenía, o eso pensaba yo entonces, poco de señorial.

El muchacho hacía poco más que enfrentar a diario la resultante de una combinación de rasgos afilados en una cara con forma de plato, unos huesos que asomaban por todos lados, incluso por debajo del grueso jersey de lana con que se abrigaba hasta bien entrado el mes de mayo. Si eres lo que el resto del pequeño universo en que te ha tocado rebullirte ha decidido que entra en la categoría de “poco agraciado” y, además, circulas por el medio de un grupo inmerso en una adolescencia contumaz, entonces tienes un problema. Si a tu, digamos, peculiaridad genética se suma una inteligencia dirigida hacia los aspectos más prácticos de la vida, llamémosles estudio, conocimiento o futuro académico y profesional, entonces los problemas ya son dos. El tercer problema queda fuera de toda capacidad de elección. El desprecio cae, caía, encima de cualquiera que cumpliera esos dos requisitos. A menudo ni siquiera era necesario poseer ambos. Con una, con ninguna, de esas dos excusas el desprecio podía caerte encima, como un tres por dos, o un descuento del cien por cien en el mercado de la penúltima adolescencia.

El chaval tenía aún una cualidad más; era orgulloso. Supongo que si la cosa se hubiera quedado ahí podría haber sentido cierto respeto por mi compañero. Pero su orgullo era impostado. Tenía este chavalín una asombrosa facilidad para trabar amistad con algún otro relativo inadaptado como él. Pero no le servía cualquiera. No. No solamente era inteligente, también era buen juez de la fuerza física y de la naturaleza bondadoso de otros. De manera que mi compañero mantenía amistad con otros inadaptados como él, seguramente menos “inteligentes”, aunque nunca he tenido muy claro el significado de la palabra, pero, sin duda, infinitamente más bondadosos y dispuestos a romperle la cara al que osara ofender al otro.

Nada de malo hay en eso, lo sé. De hecho, la amistad, aunque tampoco podría definir la palabra con exactitud, es una cosa hermosa. El toma y daca de los amigos que cambian favor por favor, que miran por el otro y todo lo demás. Pero mi compañero cambiaba algo parecido a la amistad por la lujosa sensación de ser un chulo de barrio, arrogante, a menudo insultante, sin llegar nunca a las manos. Eso lo dejaba a los otros, a los que quisieran responder con las manos a las punzadas de sus palabras. Nunca le vi levantar una mano, ni despeinarse, ni resbalar al intentar colocar un puño en la mejilla de otro.

Recuerdo su mirada como de comadreja, de medio lado, su tono de superioridad al usar aquel “interesante” que, en realidad, significaba algo así como “no me importa una mierda lo que me estás contando pero, por alguno razón que desconozco, experimento un gran placer cuando pierdo mi tiempo en intentar que los otros se sientan como eso, una mierda”.

A los que no fueran especialmente ofensivos, como era mi caso, no los trataba mucho mejor. Me he dado cuenta del poco respeto que siento por la institución. Compañeros implicados. Compañeros que creen, firmemente, que otros compañeros están, de verdad implicados. Compañeros que eligen esa creencia, estoy seguro, por razones de pura supervivencia.

No me sorprende que mi relación con aquel personaje, y su reducida cohorte de gorila bienintencionados, se redujo a cero en menos de lo que se tarda en decir “interesante”. Como daño colateral me quedó un desprecio casi religioso por cualquiera que se atreva a usar la palabra en cuestión sin sentir que lo dice de verdad. Creo que en los escasos diez meses en los que coincidí con aquel capullo con pinta de cuervo recubierto por bolas de lana multicolor aprendí a alejarme de las personas que no escuchan, las que se sienten, incluso un poco, superiores, de los que se aprovechan de otros y, en general, de cualquiera que no pareciera sentir lo que sea que dijera o hiciera. Con los años aprendí a perfeccionar la técnica y, mientras otros la mayor parte de mis contemporáneos se dedican a mantener relaciones que perdieron todo significado hace años, yo me siento desaparecer cada vez que intuyo, o confirmo científicamente, que la otra persona no me escucha, no me entiende o, más simplemente, haciendo algo parecido a escuchar y entender, me utiliza para hacer lo que le salga de los cojones, ovarios, agallas o células fotosintéticas.

No es pequeño el daño colateral, no nos engañemos. Una vez me explicó un facultativo que mis problemas físicos, especialmente los óseos y articulares, provenían de la irregular disposición de mi cadera. Aparentemente, una cadera mínimamente descompensada no tiene porque ser un problema, a no ser que el portador se empeñe en caminar, saltar, correr o llevar a cabo, esencialmente, cualquier actividad física. En la lista de actividades físicas también hay que añadir la inactividad, más letal, si cabe, que la mismísima vigorexia. Si alguien así se empeña en, durante años, vivir, su cadera le obsequiará unas lesiones, contracturas, roturas, dolores y tratamientos varios. En mi caso, igual que mi compañero sumaba a la poca belleza exterior una fealdad interior proverbial, añado a la desviación de mi cadera varias desviaciones del alma.

Entre mis desviaciones se cuenta una cabezonería reseñable y un considerable afán por sentirme perfectamente diferenciado de los que me rodean. Esas dos desviaciones me pueden llevar a entregarme al cien por cien o a reservarme parcelas crecientes de mi persona. Verme reflejado en el amor que comparto con otra persona, amor, amistad, tanto da, si siento que uno de los dos es real, me dejo embargar por el enorme placer de desaparecer en los ojos y en las palabras de otro. Si algo huele a robado, impostado, ilegítimo o egoísta, entonces voy desapareciendo de la estela del otro. Puede pasar que mi progresiva desaparición no sea advertida. Ahí reside el final. No me engaño, sé que las relaciones verdaderas, y no me refiero a las relaciones absorbentes, son difíciles de encontrar y, si cabe, aún más difíciles de conservar. Pero no me resisto al placer que me produce la sensación de saberse conocido, comprendido y en paz. Poco importa si la relación es diaria o si la vida lleva a dos personas a verse, hablarse o encontrarse muy de vez en cuando.

Estas desviaciones, unidas a la firmeza, cabezonería, tanto da, que favorece mi tendencia a no practicar la marcha atrás, me ha obsequiado numerosas ausencias y, como podría parecer natural, me ha ido volviendo cada vez más celoso de mi intimidad.

Tal vez haya un corazón amable en el pecho de cada solitario, quizá no sea más que un loco obsesivo, compulsivo, depresivo o esquizofrénico. No sé, seguramente no sea más que un cabrón orgulloso y arrogante que esconde sus miedos en un aire de persona reservada. Da igual. En todo caso, lo único que importa es que empecé diciendo que había sido un día interesante y, entre tanta palabrería, el relato de mi día y su interés ha quedado igual que antes de empezar.

Interesante.

 

 

Carlos Bueno-León

Celebrando el Primero de Mayo…

… en la plaza del Dos de Mayo de Madrid.

Me di una serie de gustos el martes.

1. Volver al Dos de Mayo de fiesta después de bastante tiempo.

2. Recitar para la persona que mejor me conoce y siempre me acompaña…

3. … y, además, para un público increíble.

4. Compartir dos poemas, uno de ellos con mucha “plaza” entre sus líneas.

5. Subirme al escenario al que se subió, entre otros grandes poetas, uno de mis escritores más admirados: Carlos Salem.

 

Y, como de darse gustos va la cosa, ahí va el segundo de los poemas que recité, largo y duro, como las realidades de las que es humilde crónica:

 

 

DIOS TE AMA, HIJO MÍO

Dios te ama, hijo mío

te ama, no le des más vueltas ya

ya empiezan a oler tantos años de preguntarse, más bien de preguntar

si existe, si no existe, si es mujer, si tiene barba, si voy al infierno si digo que a veces me cago

si me pregunto de qué va todo el rollo de las sandalias, de la chilaba

dios que me amas, ¡cuánta modernidad!

Ya está, no demos más vueltas, que todo lo que sea que se fuma

se bebe

se practica en la intimidad o al aire libre, se practica y marea es pecado

y mira, hijo, si dejas de dar por saco con todos esos problemas y escribes

olvídate de los datos, del planteamiento, de las operaciones y de los pasos

intermedios nada más

y como todo buen cristiano, budista, neo-marxista, neo-intelectual

víctima de filatélica estafa, piramidal admites

que dios te ama, escribe aquí el resultado

dios te ama

aquí

al lado del igual

que es que pareces tonto, hijo, que no se puede aguantar

Vale, resultado expresado en castellano antiguo, puesto al día en el plano gramatical

dios te ama, dios te espía, dios es tu padre, tu madre, el brazo incorrupto de Juana

el sexo de la vecina y la posibilidad de escapar siempre en el último momento

siempre por la puerta de atrás

permíteme recordarte comprobar, nombre y dos apellidos, santo y seña, curso, letra y grupo

firma al pie, en la esquina

¿en todas las páginas?

de verdad que eres tonto

para responder dios te ama, o me ama, o a los dos, ¿cuántas páginas necesitas? ¡copón!

Ahora que has respondido y firmado, sin líos, sin complicarte

ahora que aceptaste firmar

cambiaré el trasnochado “hijo” por un más confiante “hermano”

dios nos ama, hermano, se acabó el penar

… MÁS QUE AL NEGRITO DEL ÁFRICA TROPICAL

Ahora tendré que hacerte caso

sabía yo que nos estábamos precipitando

en todo caso soy hombre de ley

me visto por los pies

si dejaste de ser hijo y ahora eres hermano

si hay algo que te inquieta, lo hablamos, y asunto solucionado

Mira, es sencillo, no, no tomes nota, coño, que igual luego todo esto lo tengo que negar

no, tantas veces como Pedro no, coño, que ese la metió hasta el fondo

yo solo me paso de bocas una vez al año, coincidente, habitualmente

con alguna de las principales fiestas de guardar, esos que nos recuerdan

que la santa madre iglesia consume, invierte, contribuye más bien poco pero celebra

que en cúpulas, pan de oro y misas del gallo no vamos a querer ahorrar

Dios, buen dios, te ama, más a ti que al negrito, al refugiado que llamamos inmigrante

al ilegal, al exiliado, al delincuente común y al sin hogar y olvidado

Dios te ama más, por eso es bueno dios

dios mantiene su estatus, su estatus de dios

a fuerza de decreto ley, de bula papal y de una vida dedicada a ser sostén

del status quo, del valor de ley

dios te ama y, porque te ama mantiene el orden establecido

dios es un hombre, mejor un hombre, blanco, caucasino, barbudo en su eterna treintena

con el pelo bien castaño y bien limpia la melena

dios se pasea en sandalias, en túnica, con cinturón

delgado, fibroso y atlético, camina por un mar de pega

igual que te la pega con la chorrada esa del desalojar de Arquímedes

te la pega con el rollo hippie de las plantas polvorientas y esas melenas tan largas

vagos y delincuentes le aplica yo al artista, menos mal que a mí no me la pega

Dios te ama, no te engaña, dios es un dios ordenado

dios deja que el pobre crea que suyo es el reino de los cielos

y el pobre, que es pobre por ignorante, por vago y por que lo digo yo

perdón, lo dice dios

se lo cree, que es un capullo el pobre, pero un capullo ordenado, para mayor gloria de dios

la vida eterna está buena, pero mientras llega o no llega

¿cómo?

que sí, hombre, que sí llega, que te lo digo yo

perdón

mientras llega o no llega la eternidad esa, nuestra vida en la tierra queremos que sea mejor

más cómoda, más cristiana, más rollizos, más vestidos

damos mejor alabanza a dios

Las cosas están como están

no es culpa nuestra, que nada tenemos que ver en eso

que todo es porque así lo quiere dios

tres alambradas seguidos, dos fosos, concertinas, hojas de sable

íbamos a poner cocodrilos pero están tan bien alimentados, porque así lo quiere dios

que no enseñaban los dientes, ni una pierna de inmigrante, ni un mal mordisco, por dios

Pateras a rebosar de fantasmas, océanos llenos de muertos

señores de la guerra que matan, porque así lo dicen los que mandan

los que tienen línea directa con dios

La mayoría de la población del planeta entre la enfermedad, la guerra y el hambre

viviendo del aire, del agua embarrada y de la evangelización

viendo morir a sus hijos, santa procreación

navegando entre la mierda, entre la basura sangrienta, de la minoría del mundo, nosotros

nosotros, los hijos de dios

Carlos Bueno-León

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