La Escritora – Prólogo

La Escritora – Prólogo

Y se quedó mirando el sendero como mi gato mira a los pájaros al amanecer, con ese ansia de querer volar que se convierte en celos asimilados. Es como buscar a la vida entre las tumbas del cementerio, consciente de que nadie te dará una palmada en la espalda, para recordarte que existes.

Bastaron unos minutos, esos en los que no quiso mirar hacia atrás, sabiendo que se le escapaba la vida. No hubo suspiros, ni lágrimas, todo el dolor se le quedó dentro, enquistándose hasta formar una bola que podía sentir permanentemente en su pecho. Esa que no le dejaba respirar a fondo, introducir oxígeno limpio en su cuerpo.

Y se fue pudriendo como las plantas en la sequía, hoja a hoja, tallo a tallo, convirtiéndose en un haz de flores secas, sin color apenas.

Aun con toda esa miseria arrancándole el alma consiguió restablecer la rutina. Volvía a sus libros aunque se estancaba en las palabras, a veces toda una tarde para una sola página, se paró en la palabra “padre” y se perdió en recuerdos inventados, porque los propios no le gustaban.

Aquel tirano le había hecho tanto de sufrir a su madre y a sus hermanos… Pero a ella le gustaba inventarse un padre amable, siempre sonriente, que la abrazaba, cuyos momentos juntos convirtieran su vida de mierda en la de una niña normal, con una infancia feliz, como debieran ser todas las infancias.

Y volvía a la lectura pero de nuevo se quedaba parada, esta vez en la palabra “casa” elucubrando sobre lo que sería un verdadero hogar que es lo que para ella significaba y sin embargo nunca había tenido. Volvía sin embargo muy hacia atrás, al tiempo de sus abuelos, aquellas si eran casas, con la familia siempre reunida a las faldas de una mesa camilla, o en el patio donde el pozo rezumaba frescor en las noches aciagas de verano, y la higuera nos servía de Pachamama ofreciéndonos sus frutos con sólo levantar la mano. Ensimismada en recuerdos de casas de cantería y asientos de piedra a los lados de la entrada. El lagar y la trilla, subida en el burro del abuelo. El rastrillo y la criba, aireando el heno. Para de nuevo volver a la realidad y continuar leyendo.

Intentaba recordar si siempre había tenido aquel cerebro hiperactivo, que convertía cada palabra en una historia. Se esforzaba en ordenar los frutos de su mente prodigiosamente literaria en historias, pero nunca lo lograba, se quedaba durante largo rato eligiendo cual sería de todas la palabra más adecuada para profundizar en la escritura, pero su creatividad le era infiel y caminaba de nuevo para entonces por nuevas historias que le venían a la mente con sólo imaginar cada palabra.

Se cansaba enormemente, su físico de mujer pequeña entrada en años casi proporcionales a los kilos, le hacía rendirse a su mente. Ésta exigía a menudo descanso provocando ausencias a veces pequeños lapsos de tiempo, otras bastante prolongadas. La causa de este adormecimiento incontrolado era provocada por situaciones tan sencillas como contemplar una planta, una gota de agua cayendo a través del cristal hasta alcanzar el alfeizar de una ventana, una gota de sudor que se deslizaba por su espalda lentamente hasta humedecer la cinturilla de su falda…

Donde quiera que fijase sus ojos, fuera éste un objeto animado o inanimado, un paisaje, un ser humano, un hecho o algo que pasaba de soslayo, terminaba siendo el sujeto de una nueva historia inventada, y así en cada segundo de su existencia lograba vivir varias vidas, con la excusa de abandonar la suya.

Entre realidad y ficción, pero siempre entre palabras pasaba sus días… Este verano el calor se había concentrado en pocos días y se cebaba en los tejados, y calentando el asfalto hasta poder freír huevos, pisados eso sí. A estos días de cansancio le ponía música clásica, se recostaba en la cama con las ventanas a oscuras y se dejaba guiar por La Mer una de sus piezas favoritas. Cada vez que la escuchaba se retrotraía a aquel concierto al que acudió sola al Teatro Monumental, como celebración de no sé qué aniversario del teatro. Allí pudo escucharla por última vez, en una interpretación magistral de la orquesta. Cerraba sus ojos y podía escuchar el mar en sus diferentes estados, desde la tranquilidad del leve oleaje hasta la marejada intensa, barcos zozobrando. Qué maravilla la música, el compositor que imaginó tal historia sin duda habría sido alguien tan especial, sensible al que le habría gustado conocer. Y como si de palabras se tratase una vez más volvía a abstraerse imaginando una nueva historia.

Rendirse en brazos de Morfeo adentrándose a cada instante en nuevas historias más allá del sueño, a veces lograba retener alguna parte y al despertar de nuevo, volvía a intentar imaginar a partir de ahí el sueño completo. El caso era no parar nunca, no dejar descansar apenas su pequeño pero inquieto cerebro.

@carlaestasola

Extremadura celebra su día, felices extremeños y yo más

Micropoemas / Serie “Poemas Negros”

 

Poema Número cuatro / Serie Poemas negros (sin esperanza)

 

 

Escucho mi voz, escasa

sin apenas fuerza, baja,

poco firme.

 

Sin energía residual,

desfallecida y pacífica.

 

Sin estridencias,

ni brillo en los tonos.

sin color, plana

 

Sin ganas,

agotada.

 

Sin memoria

ni futuro, ni

pasado

 

Mi voz presente,

esa es,

tal como soy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poema número cinco

 

Lástima que sea demasiado tarde,

para perdonarme, por los pecados cometidos

pero sobre todo,

por todos los imaginados.

Tampoco hubo arrepentimiento

de todos los que nunca fueron

pero estuvieron a punto de ser

 

Los desvelos que alimentaron sueños,

que nunca se hicieron realidad

Incompletos,

por no llegar a ser ni siquiera

pensados

 

la frontera a la realidad,

estuvo siempre cerrada,

vacía.

 

Mi pasaporte sin sellos.

 

Estrellas que al estallar

cayeron en un  firmamento

yermo

 

 

 

Poema número seis

 

El sol saluda a la luna,

y entre él y yo la dehesa.

 

El camino serpentea

entre alcornoques semidesnudos

el campanario de la vieja iglesia

allá a lo lejos,

como referencia

desde este lejano punto

 

Se confunde el mugir de las vacas

con los acelerones adolescentes

de motos de baja cilindrada

que lejanas inducen la vuelta al pueblo

 

Los grajos aun no vuelan n alto

los olmos que rodean la piscina

se alzan majestuosos

meciendo sus ramas

al ritmo de la brisa

tan plateadas sus hojas

que parecen flores blancas

al final de cada rama

ilusión óptica o cierto

me pregunto

 

Mi automático cerebro responde

los cedros no florecen

es tu vista que te engaña

al no poder alcanzar tanta altura

 

 

@carlaestasola

 

Extremadura, en una aciaga siesta, donde todos duermen menos las golondrinas y yo, Marijose me mira desde la tienda, pensando seguramente vaya con esta madrileña loca. Y David y Adriana encerrados en el cine a cal y canto con el aire acondicionado a tope. Mientras la brisa aquí afuera es mucho más suave y liviana, también ellos piensan que estoy loca.

 

 

Despedida de mi barrio

Era un pequeño barrio obrero, una de esas micro urbes creadas por el Generalísimo de todos los Ejércitos para dar cobijo a la clase trabajadora, colonias les llamaron. Los pisos en su pretensión de hogar de los años sesenta, con pocas probabilidades de convertirse en algo medianamente respetable. En poco más de cincuenta metros cuadrados vivían familias de todo tipo, tenían mucha suerte aquellos que aún no habían tenido hijos, pero llegó a haber algunas con cinco, seis y hasta ocho hijos en dos dormitorios.

Eran tiempos en los que los salarios eras ínfimos y la gente se conformaba con lo que tenía. Allí mis padres nos trajeron al mundo con una diferencia de apenas 18 meses a mi hermano y a mí que fuimos de los pocos afortunados en tener una habitación para cada uno, pero éramos de los pocos.

El Colegio, público, como estaba mandado, que también fue inaugurado por el Caudillo. Siempre recordaré ese día, a la orilla del Manzanares se alza aún, sobreviviendo a los años, aunque haya cambiado de nombre y de color sus fachadas varias veces, el edificio sigue siendo el mismo, ya no está dividido en dos partes el patio por una verja como entonces. A un lado los chicos con sus babis de cuadritos azules, y al otro las chicas con los cómo no, consabidos rosas. Aquel muro siempre nos pareció nuestra pequeña versión de barrio, del alemán. También cayó cuando teníamos ya once años, en plena efervescencia del furor que sumaba a la larga separación, las insaciables ganas por descubrir aquella parte sesgada de la población de la que se nos había mantenido largamente a distancia, estando apenas a unos centímetros.

Recuerdo los bofetones de nuestro Maestro D. Miguel, no diré el apellido por si acaso aún sigue vivo y le da por buscarme para darme uno ahora a mí. En plena cara, dejando toda la enrojecida marca de su mano en la mejilla de aquel que se dignase ni siquiera a mirar los cuatro bancos de señoritas que se encontraban aisladas en la fila de al lado de las ventanas, justo pegadas a la del maestro por si acaso había alguna violación de los ochenta centímetros de pasillo que nos separaban de los chicos, aquella raza fascinante y a la vez lo suficientemente ridícula como para seguir intentando acercamientos a pesar de los bofetones de D. Miguel. Ellos, veintiocho, nosotras ocho. No podía soportar el ruido sordo de aquellos malos tratos y aunque el maestro fue siempre encantador con nosotras, jamás se enfadó, y mostraba mucho más interés por nuestro aprendizaje que por el de ellos. También fuimos siempre mejor valoradas y por supuesto nuestras notas les dejaban boquiabiertos.

Nuestro rincón del barrio era una calle cerrada entonces al tráfico, los edificios rodeados por jardines con setos bajos de medio metro y con pequeñas zonas de columpios y toboganes.

Ni que decir tiene que en aquella época eran pocos los que podían disfrutar de vacaciones fuera de casa, unos pocos afortunados de nuevo, tenían “pueblo”, pero el resto permanecíamos perennes. Los árboles de Morera hicieron flaco favor a las madres en cuyas casas se criaban todas las primaveras ingentes cantidades de gusanos de seda. Las competiciones por el mayor número de capullos siempre atraían a la chiquillada y aquel que los poseía se convertía en una especie de Master Chef de la crianza que nos daba lecciones a todos gratuitamente y no sin cierta altivez por cierto.

Todas las tardes de verano, después de la siesta, el jardinero, que no es que tuviéramos que era un vecino encargado al que llamábamos así,  abría la manguera y procedía a regar las calles el barrio para refrescar el ambiente. Así después de la cena cuando todos estábamos ya de vacaciones, las madres solían hacer corrillo bajo las farolas que estaban rodeadas por una especie de poyete de cemento donde algunas se sentaban. Otras bajaban sillas plegables de su casa, y alguna labor, para entre charla y charla. La chiquillada aprovechábamos las veladas para jugar bajo el siempre vigilante ojo de ellas y sin perdernos de vista tras ninguna esquina que se mosqueaban.

Fue abriendo la ventana corredera del cuarto de baño donde fumé mi primer cigarrillo a escondidas, también desde donde contemplaba a los chicos más mayores jugar al futbol, ya casi de noche. En realidad, debo ser sincera no miraba a todos, sólo a Agustín, hermoso efebo hijo de la Señora Maria del tercero derecha del bloque de enfrente, que aunque luego perdió mucho con los años, por aquella época estaba cañón y tenía unas preciosas piernas que jugueteaban con la pelota como si de un futbolista de élite se tratase, o al menos a mi así me parecía.

Mi barrio era como un pequeño pueblo dentro de la enorme capital, y así lo recordaré siempre. Han pasado muchos años, pero para mí sigue teniendo ese encanto especial que le dan los miles de recuerdos que atesora tras cada esquina, en el portal, o tras los jardines.

Qué pena me dan los niños de ahora, esos que ya no saben sonreír, que siempre están con cara enfada y mosqueados con la vida a pesar de tenerlo todo. Una lástima que los barrios hayan cambiado tanto que ahora ni siquiera conozcamos el nombre de nuestros vecinos. Vivimos en el mismo portal y apenas nos cruzamos en el ascensor una vez al mes si acaso.

Me dan pena los niños, porque ya no sonríen, ni juegan, ni corren, ni saltan a la comba. Me habría gustado tener nietos que disfrutaran de los barrios, como yo disfruté del mío.

No sé que nos depara el futuro, pero ojalá volvamos alguna vez a ser humanos y a dejar que los niños rían, corran y salten, aprendan de sus propios errores y sus recuerdos puedan ser tan hermosos como los míos.

@carlaestasola

Día 28 de Junio- Notaría a las 12. Hoy hemos tenido que vender el piso de mis padres, triste pero con la esperanza de que quien lo ha comprado pueda disfrutar tanto, como yo lo hice durante media vida.

 

Imagen: Óleo de Eugenio Mayor

Música: Joan Manuel Serrat

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