Sin perder el rumbo

SIN PERDER EL RUMBO

Posiciónate en el rumbo exacto
que marca mi GPS,
recorre todos mis valles,
navega por mi interior.
Te enseñaré la locura
de emprender este viaje,
de disfrutar de las curvas,
de fondear en mis mares,
de escalar por mis montañas
cubiertas por el rocío
de largas noches sin sol.
No pierdas jamás el rumbo,
yo guiaré tu timón.

Suave vaivén de mi alma

SUAVE VAIVÉN DE MI ALMA

Déjame permanecer así,
aletargada y silente,
suspendida en el susurro
hechicero y transparente
de una caracola de mar.
No despiertes si es que ves
a mi corazón ausente,
sumido en algún letargo
sosegado y resiliente,
sin pretextos para amar.
Déjame permanecer así,
en esta espera paciente,
no despiertes la memoria
que, adormecida, se mece
con el suave vaivén de mi alma.

La dosis

 

LA DOSIS

– Una dosis… sólo una… ¡por favor, Señor, necesito una dosis! La droga le había convertido en un ser totalmente dependiente de la sustancia. Y lo sabía.

Llevaba toda la maldita noche buscando la droga, de un lugar a otro de la lluviosa ciudad, desde los sitios habituales hasta aquellos donde nunca había comprado, y nada. Parecía que los dioses jugaban con él al juego más macabro del existir -pensaba Juan, mientras apretaba sus mandíbulas y viajaba con sus ojos azules al infinito- No puede ser, una señal, ¡Dios!, ¡alguien que tenga droga, la necesito ya!

Entonces, como una estrella fugaz le sonó el móvil, hubo un silencio sepulcral, era un número desconocido, pasaron dos segundos, pensó a la velocidad de la luz millones de cosas, derrochó cruces sinápticos, creyó en Dios y, por fin, se puso el auricular: Era un camello con la droga que él ansiaba, quedaron en media hora y, en ese tiempo, ya estaba proveído.

Caminaba feliz, con una sonrisa incomparable, la que llega de después del sufrimiento, y con una calma indecible. Se dirigió hacia el primer parque que encontró en su trayecto a casa y se sentó en un banco. En la agradable arboleda florida de rocío del alba decidió consumir:

El jardín era un canto a la belleza floral, pura poesía paisajística donde gozar de los sentidos de la vista y el olfato, un lugar paradisíaco sacado de algún cuento de hadas y puesto allí sólo para el deleite de quien lo conocía; había plantas trepadoras verdes, campanillas azules y violáceas, flores de todos los colores imaginables, setos cortados a escalas destellando verdeoro a su izquierda, mientras que en el centro, una preciosa fuente de mármol brillaba aún más en la forma de dos delfines alegrando de espuma y agua cristalina un estanque a la derecha, donde los sicómoros y los nenúfares convivían juntos, toda la gama de colores era el precioso parque que brillaba a su manera según le diese o no más el Sol a unas plantas que a otras, el techo, como no podía ser de otra manera, lo constituían varios troncos milenarios, que de no ser por la inmensa luz de la mañana, habrían dado la sensación de fantasmagóricos… Y Juán se sentía encantado con esa paleta de color de la Divinidad, oliendo la ofrenda floral de que había sido elegido, cegado por tanto brillo y luminosidad de una mañana más que preciosa, se sentía unido a todos los seres humanos en un Todo, y diríase que hasta flotaba y veía el parque desde todas sus perspectivas, se notaba en comunión con la especie, y volaba cada vez más alto, el parque ya era una pequeña luz, y se elevaba, hasta morir.

Eduardo Ramírez Moyano

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