La dosis

 

LA DOSIS

– Una dosis… sólo una… ¡por favor, Señor, necesito una dosis! La droga le había convertido en un ser totalmente dependiente de la sustancia. Y lo sabía.

Llevaba toda la maldita noche buscando la droga, de un lugar a otro de la lluviosa ciudad, desde los sitios habituales hasta aquellos donde nunca había comprado, y nada. Parecía que los dioses jugaban con él al juego más macabro del existir -pensaba Juan, mientras apretaba sus mandíbulas y viajaba con sus ojos azules al infinito- No puede ser, una señal, ¡Dios!, ¡alguien que tenga droga, la necesito ya!

Entonces, como una estrella fugaz le sonó el móvil, hubo un silencio sepulcral, era un número desconocido, pasaron dos segundos, pensó a la velocidad de la luz millones de cosas, derrochó cruces sinápticos, creyó en Dios y, por fin, se puso el auricular: Era un camello con la droga que él ansiaba, quedaron en media hora y, en ese tiempo, ya estaba proveído.

Caminaba feliz, con una sonrisa incomparable, la que llega de después del sufrimiento, y con una calma indecible. Se dirigió hacia el primer parque que encontró en su trayecto a casa y se sentó en un banco. En la agradable arboleda florida de rocío del alba decidió consumir:

El jardín era un canto a la belleza floral, pura poesía paisajística donde gozar de los sentidos de la vista y el olfato, un lugar paradisíaco sacado de algún cuento de hadas y puesto allí sólo para el deleite de quien lo conocía; había plantas trepadoras verdes, campanillas azules y violáceas, flores de todos los colores imaginables, setos cortados a escalas destellando verdeoro a su izquierda, mientras que en el centro, una preciosa fuente de mármol brillaba aún más en la forma de dos delfines alegrando de espuma y agua cristalina un estanque a la derecha, donde los sicómoros y los nenúfares convivían juntos, toda la gama de colores era el precioso parque que brillaba a su manera según le diese o no más el Sol a unas plantas que a otras, el techo, como no podía ser de otra manera, lo constituían varios troncos milenarios, que de no ser por la inmensa luz de la mañana, habrían dado la sensación de fantasmagóricos… Y Juán se sentía encantado con esa paleta de color de la Divinidad, oliendo la ofrenda floral de que había sido elegido, cegado por tanto brillo y luminosidad de una mañana más que preciosa, se sentía unido a todos los seres humanos en un Todo, y diríase que hasta flotaba y veía el parque desde todas sus perspectivas, se notaba en comunión con la especie, y volaba cada vez más alto, el parque ya era una pequeña luz, y se elevaba, hasta morir.

Eduardo Ramírez Moyano

Por los pliegues de mi alma

POR LOS PLIEGUES DE MI ALMA

Por los pliegues insensibles de mi alma
se me cuela alguna vez un sentimiento
que convierte en cicatrices las heridas
y que viene a recordarme
que, a pesar de lo sufrido,
aún no he muerto.

La última margarita

LA ÚLTIMA MARGARITA

No se pudo morir antes la primavera. Aquello fue casi un suicidio, un óbito premeditado que envió al destierro todas las flores que habitaban en mi jardín. Después de un largo y brutal invierno, mis esperanzas por encontrarte fenecían al mismo ritmo que el raudo avance del marchitar de todos aquellos brotes que, sin llegar a germinar, se agostaban con el transcurrir de los días.

Fui testigo silencioso del deceso de la primavera, sin que hubiese nada en mis manos que pudiese hacer para evitarlo. Fui tan solo un mero espectador que derramaba lágrimas ante aquel prematuro funeral, como si con ellas pudiese devolver la lozanía a los pétalos marchitos que languidecían bajo mi estática mirada. Fueron sollozos inútiles.

La frescura y la juventud dieron paso en pocos días a los surcos castigados de un estío prematuro que se reflejaba en mi rostro sombrío, un auténtico sicario de las margaritas desvalidas que un día pintaron de sonrisas desdentadas mi rostro cuajado de cal, que, mezclada con mis lágrimas, resultó mortal para mi primavera ausente.

Sucumbieron sin posibilidad alguna de soslayo todas las margaritas que nacieron con la intención de convertirse en un inmenso vergel. Abrasadas por el sol, todas murieron bajo mi mirada atenta y acusadora que, poco a poco, fue quedando vacía de ilusiones.

Pero más allá de la inmolación colectiva del florecimiento, te vi. Te resistías a abandonar tus pétalos, a esconderte de mi mirada magnicida, a dejarte morir simplemente como hicieron las demás.

Fuiste la última margarita que me quedaba por deshojar.

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