Viajeras

VIAJERAS

Dejaré que sean mis letras libres como el mismo aire, que viajen a donde les plazca, que vuelen y que naveguen, que salgan por la ventana del cuarto donde las alumbro como dulces palomitas de maíz, y se vuelvan letras viajeras, caminantes sin camino de algún sueño por cumplir, perseguidoras de estrellas en un firmamento infinito.

Las pariré con el alma, con el corazón y con el nudo en el estómago que me atenaza la paz como con cruel mordaza. Las dotaré del derecho a ejercer su libre albedrío y dejaré que recorran suspirando los inhóspitos caminos hasta que encuentren su hogar y construyan su propio nido, allí donde se hallen cómodas, donde las sepan querer igual que yo las he querido.

Serán letras mensajeras que volarán cual palomas, con su misiva anudada entre los renglones de mi alma, sujeta por el hilo rojo de mi pluma desmadejada, invisible en ocasiones, para no perder su rastro cuando recalen en un corazón extraño. Las lanzaré como aviones que viajen en vuelo libre, sin motor, sin paracaídas, sin el más mínimo arnés, pues sé que caerán en mullido, que serán bien acogidas, cuidadas con igual cariño que el que mis dedos imprimieron en el trazo suave y firme bajo la luz de un albor.

Repartirán mis sentires, mis inquietudes y miedos, mis alegrías y triunfos, mis pesares y caídas. Y volarán donde quieran, revoltosas, juguetonas, correteando a la escondida, robando con cada trazo y cada vuelta de pluma un pedacito de mí. Letras ladronas de vida, bandidas de sentimientos, cleptómanas de mis sueños, exploradoras sin agua en busca de un nuevo sol.

Así viajaré con ellas hasta aquellos corazones que gocen con su lectura y mi alma perdurará siempre en aquel lugar del mundo en que haya encontrado un remanso sereno al que llamar nuevo hogar.

Desnúdate para mí

DESNÚDATE PARA MÍ

Hoy quisiera que te desnudaras para mí, con calma, sin urgencia, deleitándote en el proceso y permitiendo que yo me solace también. Sí, lo quiero, lo deseo, lo preciso. Quisiera que para mí te quitaras todos esos estrambóticos disfraces con los que vistes tu vida, que te liberes por fin de todos los recubrimientos que te envuelven, de manera tan concisa, ocultando ante la sociedad la verdadera esencia que recubre tu ser.

No es sencillo, lo sé. Yo misma empleo, en ocasiones, los mismos disfraces que tú. Son aquellos que nos llegaron impuestos de serie para satisfacer al sistema, para volvernos políticamente correctos, socialmente apropiados, hipócritamente condescendientes. Y sí, lo reconozco, yo también soy como tú, un ser vulgar que ejerce de modo total y sumiso la más soez de las prostituciones, marcado por el mismo hierro candente que nos aplicaron al nacer bajo el horrendo pragmatismo de una doble moral cautivadora. Sin salvación ni salida posible del laberinto auto impuesto bajo la consigna de una supuesta y redentora fe.

Pero dejémoslo de puertas afuera. Construyamos, dentro de estas cuatro paredes que conforman nuestro espacio, un refugio inexpugnable en el que poder mostrarnos el uno al otro sin ningún tipo de coraza sobre nuestra sensible piel, desnudos de máscaras y disfraces, sin tapujos, sin falsos pudores ni limitación alguna que coarte nuestro verdadero sentir. Hazlo para mí de la misma forma en que yo he sido capaz de hacerlo para ti, mostrándome limpia y cristalina como la superficie del más bello lago encerrado entre montañas, dejando aflorar mis verdaderos sentimientos, mis anhelos más velados, mis deseos subrepticios.

Hazlo. Te aseguro que cuando lo consigas podrás descubrir una nueva suerte de comprender la vida, sin problemas ficticios creados por una mente obligada a encauzarse por una vereda que se dirige a un lugar al que nunca quiso llegar. Descubrirás la belleza de entregarse a una persona con la única inquietud de ser. De ser tú. Único. Especial.

Así que hazlo, no tengas miedo. Haz que entre los dos no exista prejuicio alguno. Desnúdate para mí.

Me despido de ti

ME DESPIDO DE TI

Una desmesurada sensación de congoja me invadió cuando sus labios abandonaron los míos. No hubo más palabras, más besos ni más abrazos. Ese último beso parecía querer poner un punto y final a mi vida tal y como la había concebido hasta ahora. A su lado. A pesar de nuestra juventud, en mi mente ya se había recreado el anhelo de envejecer a su lado, aquí, en el pueblo que nos vio nacer a ambos. Y en ese momento estaba allí, viendo cómo se despedía de mí para siempre con un tierno beso en los labios, casi derrochando una lástima hacia mí que me hubiese gustado no poder apreciar. Bonita despedida.

La vi abrir la portezuela del coche y, sin girarse una vez más hacia mí, acomodarse en su interior, dispuesta a poner rumbo a esa nueva vida que tan ilusionada había construido y en la que yo no tenía cabida. Me dirigió una última mirada de compasión, como si me tratase de un animalito al que abandonan en una carretera secundaria. Una última pincelada de orgullo hizo que me girase hacia el interior de mi casa sin tan siquiera dirigirle la mirada. Una vez dentro, pude escuchar a la perfección el rugir del motor al arrancar, como queriendo emitir el quejido lastimero que yo había reprimido.

Las ruedas sonaron sobre el pavimento, haciendo crujir la gravilla que había sobre él. El vacío que comencé a sentir en el pecho era indescriptible, sentí cómo se iba desmoronando mi mundo como un castillo de naipes ante una ráfaga de aire, a pesar de llevar meses preparándome para ese momento. No conseguí reprimir el impulso que me sobrevino en aquel instante, como una llamarada que se encendiese de pronto dentro de mí por combustión espontánea.

Mis pies tomaron el mando del resto de mi cuerpo y cuando quise darme cuenta me encontraba corriendo por las callejuelas del pueblo como alma llevada por el diablo. Hacía calor aquella mañana de finales de agosto y el sudor resbalaba por mi rostro al mismo ritmo que mis lágrimas, nublándome la visión. Continué corriendo y corriendo, haciendo caso omiso de los saludos de las personas que se cruzaban en mi paso, hasta que llegué a la iglesia. No era una construcción muy antigua ni de gran valor cultural, pero estaba situada en el punto más alto del pueblo, en un promontorio desde el que se divisaban varías kilómetros de distancia a su alrededor.

Agradecí de manera inconsciente el hecho de que la puerta estuviese abierta y, tras invadir el templo como un huracán, comencé una trepidante subida por las escaleras que conducían al campanario, donde de niño subía a hacer voltear las campanas en la llamada a misa. Ni las voces del párroco intentando evitar que accediese a aquel lugar me disuadieron de aquel deseo loco e irrefrenable de subir. Varios traspiés en aquellos escalones de piedra desgastada por el correr de los años casi me hacen caer, pero conseguí sobreponerme con el corazón encerrado dentro del puño de mi mano izquierda.

Cuando llegué a lo alto de la torre, las lágrimas ya habían desaparecido de mis mejillas, solo las densas gotas de sudor cubrían mi frente y mi respiración era apenas un jadeo. Una ráfaga de viento me acarició con decaimiento, como si me estuviera acunando entre sus etéreos brazos, cuando llegué justo a tiempo de ver aquel coche por última vez desaparecer tras la última loma a la que alcanzaba la vista. La última lágrima cayó, pesada e intensa, sobre el suelo adoquinado del campanario.

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