Se atrevieron a juzgarme

SE ATREVIERON A JUZGARME

 

Hoy se atreven a juzgarme

sin saber lo que he vivido,

cómo pueden ni siquiera

pensar en llamarme loca,

si primero han de ponerse

en lugar del sufrimiento

de mi corazón herido.

 

Pasan los días en gris

delante de mi mirada,

y, cariño, no lo entienden,

quieren que siga viviendo,

disfrutando de la vida,

sacando adelante mi alma

cual si no pasara nada.

 

Lo siento por todos ellos,

te necesito a mi lado.

Se atrevieron a juzgarme

sin conocer mi vivencia,

sin saber lo que era esto.

Que me juzguen, si es que quieren,

Cuando ya me haya marchado.

 

Si una cosa tengo clara

es que la vida sin ti

no tiene sentido alguno.

No puedo seguir viviendo

tirando de un carro roto,

arrancando las espinas

que tu falta dejó en mí.

 

Un corazón dolorido,

hecho trozos, astillado,

sin vida desde que te fuiste.

Lo he intentado, no te creas,

pero si algo aprendí,

lo repito en estas líneas,

te necesito a mi lado.

 

Hoy caminaré al estanque,

al mismo que te llevó.

Rasgaré mis vestiduras,

mostraré al mundo mi alma

en toda su desnudez,

y me adentraré contigo,

necesito de tu amor.

 

Siento si no me comprenden,

si me juzgan, si me lloran.

No puedo continuar la vida

temblando en esta agonía

que tu falta me ocasiona.

Voy a fundirme contigo,

para siempre, con la aurora.

Limpieza

 

LIMPIEZA

Voy a lavarme el alma de culpas, de resentimientos, de odios y rencores. La limpiaré con ternura, como quien talla una piedra preciosa, dejándola tersa y brillante para que pueda lucir en la mano de cualquier enamorado. Ese mismo tratamiento le dispensaré a mi alma en cuitas, resentida, llorosa, enfadada, crispada de la vida.

Porque ahora mismo la noto sucia, poblada de sentimientos que no hacen más que formar una enorme mancha negra en su interior, partiendo de su mismo centro.

Y si fuera necesario, si  con todo el cariño y el cuidado del mundo, mi alma no consiguiera limpiar como es debido, no albergaré ninguna duda para introducirla en un túnel de lavado, como los que se usan para limpiar los coches, que cepille bien su superficie y su propio interior.

Sé perfectamente lo que necesito para poseer un alma límpida, intachable, hermosa en su misma esencia, sin manchas que afeen su linda apariencia. Pero para ello es necesario realizar una limpieza a fondo, sin dejar un rincón por el que pasar, eliminando todos aquellos sentimientos que hacen sentir a mi alma impura.

Repaso mentalmente los mismos y creo que al final tendré que elegir la opción del túnel de lavado, esa que es más severa y efectiva. Puede que quede un poco dolorida tras el paso por él, pero el resultado valdrá la pena. De eso estoy seguro.

Por eso, a día de hoy, desnudo mi alma hacia vosotros, amigos, y os pido disculpas por todo el daño que os haya podido causar. Disculpas cargadas de arrepentimiento de las que solo yo podré conocer el alcance. Os pido disculpas, sí, por todas esas veces que he sentido envidia de vosotros, que os he fallado de alguna u otra manera, que no he estado ahí como hubiera debido, por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias.

De igual forma, os concedo mi perdón más sincero, por todas aquellas veces que me habéis fallado vosotros a mí, eliminando de mi interior cualquier rastro de rencor que en su día hubiera podido guardar y que, aunque intente pasar desapercibido, continúa ahí dañando la superficie y el interior de mi alma.

Solo hay una regla, disfruta del momento. Y no guardes nada para el futuro ni recuerdes nada del pasado que acecha a la vuelta de cualquier esquina, para cernirse sobre ti como una enorme sombra que es, precisamente, la que va poco a poco ensuciando tu alma.

Porque, ¿quién sabe? Quizá mañana nos toque emprender ese largo viaje de no retorno que nos llevará a quién sabe dónde, y qué mejor forma de hacerlo que con el alma limpia, sin preocupaciones ni tensiones. A lo mejor así, quizás y solo quizás, el universo pueda tejer una vida mejor para nosotros en ese no futuro inexistente en algún lugar del último agujero negro.

Madre Tierra

Madre Tierra

 

MADRE TIERRA

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, la Madre Tierra era humana. Recorría con gracia los ríos, los campos, los bosques, los jardines y los valles, llenando todo de vida, de naturaleza a su paso.

En una de estas excursiones en las que Madre Tierra regalaba con cariño vida a la naturaleza por doquier, llegó a un bosque cargado de tristeza muerta. Sus árboles se habían secado, los pájaros ya no ocupaban sus ramas, no había vida entre los arbustos, solo restos de hojarasca. La mano de los humanos había hecho su magia, tan contraria a la suya, y había matado al bosque con sus descuidos, con su inmadurez, con la mayor arma que portaban entre sus manos. Una diminuta chispa y el bosque quedó incendiado.

Madre Tierra fue posando en cada árbol sus manos, pero ninguno vivía, no había perdón para tanto pecado. Y posando sus suaves rodillas sobre el suelo de tierra y piedras, lloró como solo sabe hacerlo una madre. Lloró por aquella criatura que ella misma había dado a luz al mundo, criatura poderosa que se había vuelto cruel, avariciosa, celosa, guerrera, envidiosa, pecadora. Lloró porque los humanos, que con tanto cariño había creado, se habían vuelto inhumanos.

Y tanto lloró y lloró, regando el suelo de lágrimas, que en aquel lugar brotó vida nueva bajo sus manos. Brotó un pequeño arbolito que ella convirtió en humano. Lo vio crecer ante sí y al instante se enamoraron. Juntos fueron de la mano, poderosos y confiados, acariciando los árboles, devolviéndoles la vida que los hombres habían sesgado.

Convirtieron el bosque muerto en otro bosque animado, al que acudieron con premura los animales a habitarlo. El bosque reía feliz, trinaban todos los pájaros, las ardillas daban saltos con las nueces en las manos. Y, terminado el trabajo, Madre Tierra y aquel árbol humano se enredaron en un beso, propio de enamorados.

En el hueco entre dos árboles, su amor dejaron sellado, se amaron humanamente, hasta quedar abrazados. La calidad de su amor, hizo que de ellos brotasen raíces muy vigorosas que a los árboles se enlazaron. Y allí quedaron prendidos, Madre Tierra y Hombre Árbol, para siempre enamorados, sellando su amor perpetuo, haciendo magia con las manos.

Los humanos en la tierra quedaron desamparados, siguieron matando a su antojo cuanta naturaleza se interponía en su paso. Gracias a Madre Tierra, que ama a su Hombre Árbol, el planeta aún no está perdido, tiene salvación entre sus manos. Si en cualquier lugar del mundo vemos brotar una flor, será porque los eternos amantes han vuelto a sellar su amor.

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