Las hadas de la tarde

LAS HADAS DE LA TARDE

María era una niña con grandes dosis de imaginación que pululaban por su mente inventando mil historias y mil mundos diferentes cada día. No tenía hermanos, lo que hacía que, cuando estaba en casa, tuviese que jugar sola. Como su familia no estaba pasando una buena racha económica desde que su padre se quedó en paro, tampoco disponía de muchos juguetes con los que entretenerse. Todo ello había logrado que María, cada tarde, al regresar del colegio a casa, pusiese en marcha su desarrollada imaginación impuesta por la situación y viajase cada día como si todas esas historias fuesen reales.

Sus padres se asombraban de la capacidad imaginativa que tenía su hija. Cada noche, durante la cena, la pequeña les contaba las aventuras que había vivido aquella tarde. Unos días viajaba en un cohete espacial; otros, era capitana de un barco; otros, una princesa encerrada en la más alta torre de un castillo; otros, una caballero que luchaba contra un fiero dragón sobre el puente levadizo de su fortaleza. Así, infinidad de historias habían pasado por su vida en lo poco que dura una tarde.

Lo que sus padres no sabían era que María no estaba sola, sino que contaba con una ayuda inestimable. Algunos lo podrán considerar cosa de magia y otros, la exorbitante imaginación creativa de una niña de siete años. Pero lo cierto era que, cada tarde, María recibía la visita de unas pequeñas y preciosas hadas que la ayudaban en sus particulares experiencias. Si sus padres se hubiesen asomado a su habitación mientras ella jugaba, se hubiesen dado cuenta de que la niña no se hallaba allí. Todas sus aventuras eran realidad. Producto de su imaginación, sí, pero realidad. Ella solo imaginaba una aventura y las hadas de la tarde se encargaban de que se cumpliese.

Jamás les había hablado a sus padres de ellas hasta que un día se le escapó al contarles su aventura de aquel día. Como es natural, su limitada visión de la realidad de adultos convencionales no permitió que creyeran en las palabras de la niña, atribuyéndolas de nuevo a su maravillosa capacidad imaginativa.

Por mucho que les insistió en que las hadas no eran fruto de su imaginación, no consiguió que la creyeran. Enfurruñada, salió al jardín, donde la luz del ocaso ya se reflejaba en la vegetación que rodeaba la casa. Llamó a las hadas con la mente y, de inmediato, unos preciosos haces de luz emergieron de ninguna parte hasta alumbrarle el rostro. María sonrió satisfecha. Qué lástima que los adultos no pudiesen ver lo que ella podía contemplar con tanta naturalidad. Estuvo a punto de llamar a sus padres para que pudiesen contemplar con sus propios ojos aquello. Pero al final decidió guardarse bien su secreto, así se aseguraba de que nadie le quitaría sus maravillosas hadas.

¿San Valentín o San Ballantine’s?

 

¿SAN VALENTÍN O SAN BALLANTINE’S?

El amor flotaba en el ambiente. Era un catorce de febrero, día de San Valentín, y el restaurante estaba lleno de parejitas enamoradas que tenían que ir a demostrar su amor a los cuatro vientos y avivar el consumismo auto impuesto por la sociedad. ¿Acaso ese día se quería todo el mundo? Supongo que el resto del año no debían de quererse. Qué duro debe ser estar un año esperando a que llegue el día del amor para hacerse manifestaciones de ese tipo. Yo nunca he celebrado San Valentín, jamás. Me parece una absurda fecha comercial que no merece que se le dedique ni la mínima atención. Como mucho habré celebrado ese día con una buena copa de Ballantine’s combinado. Es lo que más se parece a San Valentín.

En cualquier caso, el restaurante estaba a rebosar y, ¿quién soy yo para decirles a las absurdas parejitas que se intercambian regalos, regados con botellas de vino de cincuenta euros, que tienen todo el año para hacerlo? Al menos yo esa noche hice una buena caja. El menú especial que preparé surtió el efecto deseado, unas cuantas velas por aquí y por allá, un joven violinista paseando entre las mesas… Nadie tiene por qué saber que el violinista era mi hijo y que la actuación me salió gratis, a cambio de los cinco suspensos que había traído ya en la convocatoria de febrero, y eso que aún le faltaban exámenes por hacer. Me estaban saliendo caros sus estudios universitarios, junto con el Conservatorio de Música, pero aquella noche le saqué mucha rentabilidad. Es de recibo decirlo, yo siempre hablo con franqueza.

Las parejas fueron abandonando el local una por una, imagino que para celebrar su San Valentín en lugares más cálidos y con menos ropa. Como si no pudiesen hacerlo otro miércoles del año, seguro que más de una de aquellas parejitas se limitaban al consabido «sábado, sabadete». Lo cierto es que yo lo empecé a agradecer. Divorciado y sin pareja, y con la opinión que tenía acerca de la fecha de marras, tanta parejita acaramelada en mi restaurante me empezaba a resultar ya demasiado empalagoso. Casi se podía respirar purpurina y ver unicornios voladores con los colores del arco iris mientras portan globos con forma de corazón.

Comencé a hacer caja cuando apenas quedaban dos o tres parejitas en el local. No me apetecía tener que quedarme mucho tiempo después. Notaba el cansancio también en los ojos de mi hijo, que ya llevaba varias horas de pie tocando entre las mesas. Fue entonces cuando la vi.

En una de las mesas más apartadas, junto a la cristalera, una señorita esperaba sola en su mesa. La observé durante unos minutos, hasta que la vi sacar un pañuelo del bolso y enjugarse unas lágrimas retenidas durante horas. Algún estúpido debía de haberle dado plantón. Mira que hay que ser rastrero para hacer una cosa así. Aún no sé por qué lo hice, fue impulso que me salió sin pensar. Además, yo no había cenado  y mi estómago llevaba ya un rato regañándome, así que me acerqué hasta su mesa y con delicadeza le ofrecí una cena conmigo. Ya que llevaba toda la noche esperando a su «enamorado» sin probar bocado, me pareció lo más correcto en aquel momento. Solo una botella de agua mineral con gas descansaba vacía sobre la mesa.

La muchacha estaba tan abatida que creo que aceptó mi alocada proposición solo porque precisaba de un hombro en el que descansar y soltar todas las penas que la abatían. Aquello duró hasta el postre. A partir de ahí, su estado de ánimo mejoró de forma bastante ostensible. Nos volvimos cómplices en tan solo unos momentos, aquellos que yo supe utilizar para calmar a su maltratado corazón. Fiel a mi tradición, terminamos la noche en mi restaurante con varias copas de Ballantine’s, que hicieron el resto.

Despertamos juntos a la mañana siguiente en mi casa, haciéndole pedorretas al «sábado, sabadete» con una nueva manifestación de lujuria entre mis sábanas de algodón barato. De esto han pasado ya doce meses. Todo un año en el que nuestras vidas han dado un giro de ciento ochenta grados, desde que nos tenemos el uno al otro. Mañana vuelve a ser San Valentín. Y mi pregunta es, ¿tendré que celebrarlo o nos seguirá bastando con nuestro particular San Ballantine’s?

Bébeme

 

BÉBEME

No puedo moverme. Me encuentro por completo paralizada en un lugar que no conozco. Está oscuro, pero entre las penumbras vislumbro lo que parece ser la silueta de una puerta, pequeña, muy, muy pequeña. De hecho, parece excesivamente pequeña. Debe haber otra entrada a este lóbrego lugar, porque es imposible que yo haya podido entrar por ella, su tamaño no es mayor que el de una gatera.

Intento palpar con mis manos el lugar sobre el que me encuentro sentada. Es inútil, mi cuerpo no responde, es incapaz de realizar movimiento alguno. Siento la boca seca y, de repente, una sed infernal me invade. Necesito agua de inmediato. La garganta está igual de seca y no puedo emitir sonido alguno. Creo que estoy en pleno ataque de ansiedad, porque el ritmo de mi respiración se ha acelerado de manera brusca, lo que provoca que comience a hiperventilar dentro de este reducido espacio.

Busco entre mis recuerdos algo que me indique cómo he llegado hasta aquí. Nada. Mi cerebro no es más que una caja vacía que no proporciona ningún tipo de información y que tampoco puede dar ninguna orden para que realice algún movimiento. Sin embargo, siento las lágrimas deslizarse por mis mejillas como fríos ríos que ruedan sin parar hasta deslizarse dentro de mi boca. Las saboreo. Siento su gusto salado que, en lugar de proporcionar hidratación a mi boca, hace que se reseque aún más.

En cualquier caso, parece que el contacto de las lágrimas al deslizarse por mi garganta está logrando algún efecto sobre lo que sea lo que me está paralizando, porque comienzo a poder mover ligeramente los dedos de las manos. Noto cómo la ansiedad me deja un suave respiro. A los pocos minutos, creo, porque no tengo ninguna manera de controlar el tiempo, ya empiezo a poder moverme. Mi cerebro comienza a despertarse, lo noto.

Poso los pies sobre el suelo y lo siento frío. Estoy descalza, pero afortunadamente el resto de ropa continúa en su lugar. Comienzo a hacer memoria. Ayer, hoy, ¿hace una semana? No sé, el último recuerdo que tengo es de aquella fiesta a la que acudí con mi mejor amiga.

A ver ahora cómo salgo de esta. Creo que no debí haber bebido de aquella botella sobre la barra en la que ponía «BÉBEME».

 

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