Quise ser sirena

QUISE SER SIRENA

Yo quise ser sirena, mujer del mar, surcar las añiles aguas que se volvieron salobres con mis lágrimas de sal. Quise ser del océano princesa, una dama subrepticia que nadase entre las olas, soberana de su vida y patrona marinera de las corrientes que nunca dejaban nada al azar.

Quise ser una amazona salvaje de los océanos, camarada de los peces, señora de los abismos, que juega con los corales embadurnada de brea. Quise llevar en la testa con orgullo una corona, ser la heredera más digna del mismísimo Neptuno, ganarme a pulso el título de guerrera de mi mar.

Quise ser la voz que embruja con su dulce melodía a todos los navegantes que osan cruzar sin visado mi inmenso territorio añil. Quise hacerme escuchar por encima del sonido majestuoso del oleaje, ser la música más bella que llegase a tus oídos y que incluso mis susurros recorrieran con el viento las distancias más extremas y transitarlas en vuelo hasta llegar a una región en la que solo se oiga el mar.

Yo quise ser la más bella que hubiesen visto tus ojos, cepillar con un peine de nácar mis suaves cabellos de sal. Quise vestir mi cuerpo con las más vistosas conchas para atraer tu mirada al compás de los latidos que marcan el paso alegre de tu propio corazón. Saltar junto a los delfines, cabalgar en hipocampos y que a tus pupilas lleguen los más brillantes destellos que eclipsen hasta el reflejo de la luna sobre el mar.

Yo quise ser sirena, reunir en una persona las más poderosas virtudes que puedan enamorarte con solo verme pasar. Mas solo soy una niña, soy una mujer sin nombre que no cuenta con más armas que las que da la humildad. Tendrás que mirarme adentro, buscar entre mis fantasmas y, cuanto más me conozcas, más te vas a enamorar.

 

El bolígrafo verde

EL BOLÍGRAFO VERDE

Mi vida cambió por completo el día en que me regalaron un bolígrafo de color verde. Sí, sí, como lo oís, no penséis que exagero. He aquí una prueba más de que la cosa más insignificante puede suponer un cambio muy grande. Una especie de «efecto mariposa» en plan casero. En mi caso, todo comenzó por un bolígrafo de tinta verde.

La cuestión es que yo sabía de la existencia de estos bolígrafos, obviamente, así como de muchos otros colores, pero nunca había utilizado ninguno. Y he de decir que, cuando estudiaba, mis apuntes estaban impecables con los tres colores clásicos: azul, negro y rojo. Utilizaba el color rojo para los títulos de los temas, el negro para los subtítulos y el azul para el contenido. No necesitaba más. Después de eso, en mi vida laboral, el uso de bolígrafos quedó limitado casi en exclusiva a los colores negro y azul. Mi predilecto siempre ha sido el negro, pero para las firmas de documentos siempre he utilizado el azul, por aquello de que se notase a simple vista que eran originales y no vulgares fotocopias.

Cierto día, uno que estaba siendo particularmente duro, una reunión con un cliente fue la que me cambió la vida. Así de sencillo. Yo andaba con un humor de perros y, como ya habíamos forjado cierta confianza entre nosotros, decidió echarme una mano y contarme su secreto. Él es una persona tranquila, a la que jamás he visto alterada, por muy dura que hubiese sido la situación.

—¡Vaya! Parece que estás teniendo un mal día hoy, ¿no es cierto? —me comentó, como quien no quiere la cosa, después de que yo hubiese soltado una larga ristra de tacos tras una inoportuna llamada telefónica.

—No me hables, no me hables… —le contesté, mientras le ofrecía un café.

—¿Sabes qué? Te iba a contar una cosa, pero seguro que no me vas a creer, así que… —me dijo, interesante. Sabía de sobra la rabia que me da que me pongan el caramelo en los labios para luego no contar nada.

—¡Ah, no! Ahora me lo cuentas… Con el día que llevo, no me dejes así o soy capaz de morderte —le hice un gesto imitando a un mordisco, para enfatizar mi respuesta.

—Vale, pero me tienes que prometer que no te reirás, ¿de acuerdo? Y, sobre todo que, por ridículo que te parezca, lo probarás.

—Venga… cuenta… —le contesté. Ya estaba empezando a impacientarme y eso no era nada bueno ni para él ni para nuestro negocio.

—Verás. ¿Sabías que algo tan sencillo como el color del bolígrafo que utilizamos puede cambiar nuestro estado de ánimo?

—Jajajajaja, ¿me lo estás diciendo en serio?

—Me has prometido que no te ibas a reír…

—Es cierto, llevas razón. Continúa, por favor —le solicité, mientras trataba de esconder una sonrisilla burlona.

—Apuesto a que utilizas bolígrafos de color negro, ¿me equivoco?

Como ya os lo he contado antes, ya sabréis que no, no se equivocaba. Ya me había picado un poco la curiosidad, así que asentí para que continuase.

—Verás, es muy sencillo. Si solemos escribir con bolígrafo azul, nuestra vida nunca tendrá nada de especial. Eres una persona tradicional, no proclive a realizar cambios, que se encuentra demasiado a gusto en su zona de confort. Si el que utilizamos habitualmente es el negro, nuestra vida será propensa a ser de ese color. ¿Lo entiendes?

Aunque no confiaba mucho en esa descabellada teoría de los colores, asentí y le insté a que continuase. Quería saber a dónde llevaba todo aquello.

—El rojo siempre se ha asociado al color de las correcciones y los fallos. No te lo recomiendo, tu vida será un desastre. Tu cerebro interpretará que todo lo que escribes es erróneo y nunca tendrás la suficiente seguridad en ti mismo.

¿Así que aquello tenía que ver con la interpretación que tu cerebro hiciera? Ya que había entrado al trapo de aquella manera, decidí que lo mejor sería dejarlo continuar.

—Como sabrás, podemos utilizar bolígrafos de todos los colores posibles, pero yo te recomiendo, en tu situación, que comiences a utilizar el verde.

—¿El verde? ¿Por qué el verde? —pregunté, extrañado. Nunca me había parecido que fuera un color muy agraciado.

—El verde es el color por antonomasia de la esperanza. Es el color de los prados, de la naturaleza. Es positivo y relajante. Pruébalo. Ya verás cómo lo notas —y sacó de su maletín un bolígrafo de gel verde, que me entregó.

Sé que suena extraño, pero no tenía nada que perder, ¿no? Desde aquel día comencé a utilizar el bolígrafo verde que me regaló mi cliente. Y después de ese han venido muchos más. Todo, absolutamente todo escrito que tengo que hacer lo redacto en color verde, incluso las firmas de los documentos. ¡Ya son famosas mis firmas verdes en los pagarés! He de reconocer que, desde que utilizo este color, la vida ha cambiado para mejor. Tengo mucha más paciencia, soy más positivo y creo que podría decir que me siento incluso más feliz. Los malos días de ánimo malhumorado son cosa del pasado y disfruto más de cada día. Lo podéis creer o no, pero es así. Quizá sea solo psicológico… o puede que el color de la tinta con la que escribimos pueda afectar en realidad a nuestro estado de ánimo. No lo sé con seguridad.

Y vosotros, ¿os pasáis al verde?

He visto

HE VISTO

He visto respirar al propio aire bajo la sombra perezosa de los naranjos en flor, sin quejarse ni inmutarse ante la primavera tardía.

He visto al sol morir en un suspiro tras cabalgar sobre las nubes en busca de un lugar donde yacer.

He visto despertar al arco iris tras sucumbir ahogado por una prodigiosa lluvia infinita de estrellas.

He visto a la luna esconderse tras un claro del bosque para encontrarse con su amante clandestino.

He visto a las aguas del mar batirse en retirada después de escuchar el canto de las más bellas sirenas del sur.

He visto al universo quebrarse con las voces plañideras que la naturaleza enviaba como grito de auxilio.

He visto ríos nacer en las altas cumbres y desangrarse en cascadas vertidas desde la incandescencia de los deshielos.

He visto explosionar planetas bajo un prisma sin aristas que se extiende más allá de los bordes ovalados de mi trasnochado caleidoscopio.

He visto florecer todo un éxtasis de rosas bajo la lluvia calmada que provenía de los cielos más azules del lado este del sol.

He visto en espejismos en la noche un amanecer brillante en algún planeta lejano que divisé desde mi ventana cerrada al viento del cierzo.

He visto los oasis más hermosos aparecer de entre las páginas de un cuento de hadas que no tenía final feliz.

He visto caer a los gigantes a manos de un ejército de manos diminutas y limpias que solo ansiaban vivir en paz.

He visto fenecer a las huestes famélicas en una lucha cruenta por sobrevivir al menos unas pocas horas más.

He visto verdaderos prodigios que jamás concebí contemplar, auténticos cataclismos que nunca llegué a concebir, pero ninguno ha logrado hacerme sentir tanto como la primera vez que presencié tu mirada.

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