La despedida

LA DESPEDIDA

Se alejó lentamente, cabizbajo, sin detenerse si quiera un segundo para permitirse una última mirada atrás. A simple vista podría parecer que su actitud era incluso contradictoria, alejándose despacio como si en realidad no quisiera hacerlo y, al mismo tiempo, sin volver la vista como si quisiera olvidar lo más rápidamente posible. Así era. Su mente y su corazón se debatían en una cruel dicotomía a medida que sus pasos se iban alejando más y más de ella, de tal forma que las lágrimas estaban a punto de comenzar a derramarse de un momento a otro. Esta situación le dio la fuerza necesaria para continuar en su pausado avance, sin girarse, sin volverse para verla por una última vez. Jamás permitiría que ella le viese llorar, jamás.

Ella, por el contrario, se quedó quieta en el sitio, inmóvil, mientras lo veía alejarse. Derrochaba tal aire de melancolía en su caminar que a punto estuvo de salir corriendo detrás de él. Pero no podía hacerlo, ya no. No después de todo lo que había pasado, de todas las cosas que se habían dicho. Sus lágrimas habían hecho acto de presencia en el mismo instante en que él se giró después de decirle adiós. No podía evitarlo, su corazón siempre había dominado a su mente y los sentimientos afloraban solos, sin ayuda. Pero su orgullo la impedía dar el primer paso para recuperar su vida, que se alejaba en aquellos momentos de ella para siempre. Jamás se rebajaría a eso, jamás.

Él la amaba. Tanto, que a duras penas podía soportar el camino que le alejaba de ella. Ella lo amaba. Tanto, que a duras penas podía soportar ver cómo se alejaba. Sin embargo, ninguno de los dos era capaz de admitirlo. Murieron juntos, irremisiblemente, en aquella despedida.

La realidad del lamento

LA REALIDAD DEL LAMENTO

Resbala por mi piel el lamento dulce y agrio de un recuerdo parapetado tras la realidad engañosa que sostiene y que mantiene que el tiempo todo lo cura.

¡Ay, el tiempo! El tiempo todo lo cura, menos la locura. El tiempo es un mal amigo que apuñala por la espalda cuando menos te lo esperas, rescatando del olvido los recuerdos agrietados por la falta de cariño. No hace falta más que un mínimo instante para que vuelvan a la superficie, horadando con su amargura todos los restos de cordura que encuentren a su paso.

Esa falta de cariño fue causante de la herida que creíamos sanada y que el tiempo recrudece, abriéndola en carne viva y curándola con sal. Entonces el recuerdo escuece hasta en lo más profundo del alma, se derrama entre las vísceras ulceradas por la añeja melancolía de un pasado que fue huella de algo que nos mató.

Vivimos todo ese tiempo creyéndonos vivos, a salvo del naufragio que a punto estuvo, creímos, de quitarnos la vida, cuando la realidad certera te asesta la puñalada a traición y te hace ver, de repente y sin testigos que, durante todo este tiempo, no has sido más que un lúgubre muerto viviente.

Muerte en vida, vida en muerte, ¿qué más da? Solo queda la certeza de que el recuerdo olvidado trae consigo un cruel lamento que, cuando es de noche y a solas, resbala sobre tu piel.

Un refugio en mí

UN REFUGIO EN MÍ

Quiero ser tu despertar
en las frías mañanas de invierno,
acompañarte en silencio
hasta que el dormir se venza
de mantenerme en tus sueños,
cuando la tenue alborada
que ilumine nuestro cuarto
se cuele por las rendijas
que dejamos entreabiertas
cuando cerramos los ojos,
anoche,
por última vez.

Quiero ser para ti el lacre
que selle tus labios dormidos
con besos deshilvanados,
perdidos por el camino
en el paso de la noche,
y vestirte con sonrisas
tejidas entre tinieblas
con los hilos de los sueños
que descolgados quedaron,
cansados, sobre la almohada,
en la mañana,
en el nuevo amanecer.

Quiero ser tu medicina
contra la melancolía
que apaga sin querer tus ojos
cuando en tu cabeza vuelves
al pasado que se fue.
Seré tu nuevo ansiolítico,
el que te saque del pozo
de oscuridad horadada
en las profundas lagunas
que planean por tu mente,
sin permiso,
una y otra y otra vez.

Quiero ser como el aroma
del café que te preparas,
despertarte los sentidos,
para que cuando lo inhales
te impregnes siempre de mí.
El narcótico aliciente
que impregne de amor tus neuronas,
esa sustancia prohibida
que te convierta en adicto
al cimbrear de mi cintura,
cada día,
temblando por tu querer.

Quiero que encuentres en mí
el refugio más seguro
contra todos tus temores,
esos que fueron creciendo
como si fuesen de hiedra,
adheridos a tu alma,
trepando por la pared
interna de tus suspiros.
Yo quiero ser tu refugio,
tu zona sin cobertura,
espacio
seguro para el amor.

En mi tendrás siempre un refugio.
Respira, tranquilízate y confía.

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