Archibald

Archibald, el caballero.(parte 2)

 

 

No entró, se quedó en una posada en donde dieron de comer y beber a su caballo y le ofrecieron una habitación para descansar del camino andado.

-Buenos días – le dijo un hombre cuando, al amanecer bajó de su habitación al comedor de la posada.

-Buenos días. Me llamo….

-No es necesario que lo digas – interrumpió el hombre- eres Archibald, el caballero que viene a salvar nuestra ciudad.

Jonut, era el nombre al que respondía aquel hombre, y le contó lo que pasaba en la ciudad. Hacía, mas o menos un año, cayó sobre la ciudad una nube gris que se llevó la felicidad, causando que todos los hombres, mujeres y niños dejaran de reír y de trabajar, se detuvo toda actividad, las personas se quedaron en sus casas y no salieron a visitarse, no hubo más fiestas, ni reuniones de trabajo, ni nada que hacer pues la gente no podía salir de su tristeza. No les importaba nada…

 

Y es ahí, en donde empieza a encontrar su misión nuestro Archibald.

Se adentró en la ciudad cruzando sus puertas con precaución, avanzó lentamente sintiendo sobre sus espaldas, el gris que la cubría; sin preguntar, observó a la gente sentada en las calles, cubiertas con su capa, arrastrando los pies, mirando a la nada.

Por un momento, sintió que la pesadumbre quería invadirlo, pero recordó el fuego azul de Agfor y siguió avanzando.

Llegó a un campo llano y sin flores en donde había huecos en el piso y desmontó su caballo, sólo para sentir que unas pequeñas manos jalaban la orilla de su capa.

-¿Archibald? – dijo una voz aguda y casi imperceptible

-Sí – dijo él – soy yo, ¿Quién eres?

-Onus

 

Debajo del campo, antes cubierto de flores, vivían los duendes del bosque. Ahí tuvieron que irse cuando la nube gris acabó con las plantas, los árboles, la luna, el sol y todo lo que le daba alegría a la ciudad.

Onus le contó que antes vivían entre los árboles del bosque, pero ahora vivían en túneles que habían cavado, así como la hadas y todos los seres fantásticos que cuidaban la ciudad y los campos.

Archibald pensó, y pensó, mientras caminaba; en lo que podría estar pasando. Le prometió a Onus que intentaría traer de nuevo la felicidad a sus tierras, montó su caballo y se fue cuesta arriba.

Subió, y subió y subió hasta que sentía que casi podía tocar las nubes. Repentinamente, Miel se detuvo, de una manera tan drástica que casi cae el caballero quien sacó su espada dispuesto a enfrentarse a lo que fuera.

De una cueva salió una mujer anciana, muy arrugada de la cara y de las manos, vestida con una túnica de lana negra que le cubría hasta los tobillos, sus pies se veían sucios y sus cabellos eran largos, grises y parecía que no se había lavado en muchos años.

Archibald se acercó a ella con la intención de preguntar quién era ella y recibió un grito que, seguramente, pudo escucharse hasta la luna.

-¿Qué haces aquí? – ¿Qué quieres?

– Sólo quería preguntarte quién eres, cómo te llamas o …

-No importa quién soy- interrumpió – ni mi nombre. En realidad nada importa ya.

El caballero, haciendo uso de toda su paciencia, soportó los gritos de la anciana, la escuchó mientras hablaba una sarta de barbaridades acerca de las personas de la ciudad, de las hadas, de los duendes, y de todo el mundo.  Permaneció sentado sobre una piedra sin ser consciente del tiempo que ella habló y habló, le dio hambre, le dio sed y siguió escuchando.

Para sorpresa de la anciana, Archibald no le gritó ni le dijo cosas negativas. Al contrario, le pregunto qué podían hacer juntos para cambiar algunas de las cosas que ella dijo.

Sin embargo, la bondad no fue suficiente.

Cuando la anciana se dio cuenta de la actitud del caballero, gritó como nunca antes lo había hecho; tanto que los árboles y la tierra temblaron; y de inmediato salió de su boca una nube negra que fue tomando la forma de una gran serpiente que atacó a Miel y a Archibald.

El tomó su espada, forjada por el fuego del dragón y no pudo hacer otra cosa más que defenderse del ataque, que era rápido y con mucha fuerza y luchó. Luchó por muchos minutos; tal vez por horas, repelió todos los embates de la serpiente hasta que, por fin, de un certero golpe en la cabeza logró vencerla.

¡Lo que ahora veían sus ojos, era increíble!

La anciana comenzó a partirse en mil pedazos y cada una de sus partes era brillante, hasta que fueron tomando forma de unos diminutos cuerpecitos con grandes alas que hablaban como si estuvieran cantando una canción suave y esperanzadora.

-¡Hadas! – ¿Son hadas? – preguntó casi sin pensar

-Somos hadas – dijo una de ellas

Hablando casi todas al mismo tiempo, le contaron que un gran mago las había juntado en la figura de una anciana para que dejaran de habitar y dar vida a los bosques; le explicaron que el mago quiso que el mundo fuera un reflejo de lo que sentía en su interior y por eso las había apresado de esa manera y que, tomando la forma de serpiente las tenía vigiladas para que no pudieran volver a brillar.

Así es. Efectivamente, Archibald, sin saberlo había vencido al mago y el mundo volvería a ser como antes.

A lo lejos, vieron venir en el cielo una figura imponente que llegó a tierra echando un fuego tan potente que convirtió a la serpiente en cenizas.

¡Claro! Era Agfor.

-Sólo debemos esperar a que aparezca la luna en el cielo- explicó- ella dará el primer brillo que hará que todo sea como antes.

La primeras horas del anochecer fueron marcadas por la aparición de una luna grande, redonda y brillante que encendió todo lo que había permanecido apagado, flores de colores aparecieron en el bosque, los árboles levantaron sus verdes hojas, los animales salieron de sus escondites, las hadas y los duendes aparecieron por doquier y la gente empezó a levantarse de donde se encontraba riendo de nuevo y entonando cantos alegres.

Nadie esperó a que amaneciera para gozar de nuevo de la luz y la felicidad que volvía a la ciudad y a cada una de sus almas.

Agfor habló al pueblo y le contó todo lo que el caballero había hecho.

-¡Viva! ¡Viva Archibald! ¡Viva el caballero Archibald! – gritaban todos en señal de agradecimiento.

 

La ciudad sigue viviendo hasta hoy, con sus seres mágicos y su gran felicidad.

Archibald, Agfor y Miel recorren los caminos en busca de lugares mágicos en donde la valentía y la bondad sean la magia que cubra de alegría a las personas.

 

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