Archibald, el caballero (parte 1)

A veces en la vida diaria te encuentras con verdaderos caballeros que, aunque no llevan armadura ni espada; van creando un hermoso mundo a cada paso que dan.

Es apenas la hora en que la noche va cesando y el día emite sus primeros brillos.

Ahí va, alcanzo a ver desde la torre más alta, la sonrisa del caballero Archibald, que montando su caballo color miel, cabalga lentamente sobre el campo húmedo.

¿A dónde se dirige?

Hacia su mundo.

Estoy segura que va cabalgando hacia allá, a un mundo perfecto en donde él lucha por sus ideales, como todo caballero lo hace.

Archibald nació durante una noche estrellada adornada con una luna naciente que parecía sonreír con satisfacción ante la llegada de un alma buena y pura; y fue, a partir de ese día que decidió acompañarlo en todas sus aventuras.

Archibald, tuvo una infancia feliz, acompañado de su madre, de su padre y un hermano que, a veces pensaba que él no pertenecía a este mundo.

¡Claro! Tenía razón. Archibald no pertenece a este mundo. Él pertenece al mundo de las hadas, de los dragones, de las armaduras y de las ilusiones.

Aún recuerdo el día que Archibald decidió convertirse en caballero.

Estaba empuñando una espada de débil madera, contra un enemigo imaginario, cuando repentinamente se detuvo y clamando al cielo elevó, algo así como una plegaria.

-Seré caballero. ¡El mejor! ¡El más valiente!

A partir de ese momento, Archibald, buscó su armadura, su espada, su escudo y la fuerza que le ayudaría a luchar por alcanzar sus sueños.

Lo primero.

No hay caballero sin caballo; así que se puso en marcha escalando la montaña pidiendo encontrar el caballo más hermoso del mundo.

-Eres tú.

Exclamó al ver andando a un solitario caballo color miel, que inmediatamente se entregó al abrazo cálido de nuestro nuevo caballero; y a partir de ese momento, se volvieron grandes amigos.

Archibald llamó a su caballo Miel, así como su color; y avanzaron montaña arriba platicando de manera muy divertida mientras observaban a las hadas entre los árboles.

Todo iba muy bien hasta que escucharon un ruido estruendoso, hasta que sintieron en el piso la vibración de unos pasos pesado y fuertes; que probaron su valentía.

-No tememos a nada. Somos valientes, muy valientes.

Se repetían sin parar, hasta que se presentó ante ellos la figura más aterradora que habían visto; con su piel plateada, dura y escamosa, grandes patas, unos inmensos ojos y una voz tan grave que hasta los árboles se inclinaban ante él al escucharlo.

-Archibald – dijo – sé de donde has venido. Y sé hacia donde te lleva el destino.

-¿Sabes mi nombre? – dijo titubeante el caballero- ¿Cómo es que lo sabes?

-Tu nombre está escrito en el cielo- le contestó- está escrito en la esperanza de los hombres y de todos los seres mágicos.

Archibald, quedó inmóvil. No entendía porqué ese casi gigante ser, sabía su nombre y le hablaba de un destino.

-Mi nombre es Agfor – dijo el ser- soy un dragón plateado y me ha destinado el cielo a guiarte y protegerte. A mostrarte cómo encontrar tu propia fuerza y regalarla a los demás.

-Creo que no entiendo – dijo Archibald- mientras en su corazón nacía y crecía una emoción que no podía describir, pero lo hacía muy feliz.

¿Conoces a un caballero sin espada, o sin armadura?

¡No!

Pues Archibald no será el primer caballero sin espada y armadura.

Esa misma tarde, Agfor forjó una resistente espada y una hermosa armadura que fue construyendo con el fuego azul que salía de su boca.

-Ahora sí – soy todo un caballero.

Pasaron algunos días y algunas noches en las que Archibald entrenó con su espada, corrió sobre su caballo y aprendió muchas cosas que su dragón protector le enseño, jugó con duendes y hadas y esperó la señal que el cielo mandaría para poder cabalgar hacia su primera misión.

Finalmente; una noche, cayó una lluvia de estrellas avisando a Archibald acerca de un lugar, más allá de las montañas, en donde la oscuridad había invadido los campos. Ahí debería llegar y enfrentar su primer batalla, por lo que se despidió de Agfor; quien prometió cuidar de él aún desde la lejanía, y partió montado sobre su caballo.

Pasaron doce anocheceres hasta que llegó a las orillas de una ciudad cubierta por una nube densa y gris que impedía ver la puerta de entrada, y aunque no sabía con certeza qué lugar era ni cuál era su misión; supo de inmediato que era ahí, y justo ahí en donde debía quedarse.

(Continuará)

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