Mi ángel de dos caras

Decidí marcharme para liberarme de ella.

De aquella niña que creció conmigo, puerta con puerta.

Que se había convertido en una preciosa mujer, que robaba tu mirada con su presencia.

Pero, a pesar de ser un ángel bello, su personalidad caprichosa, orgullosa, la llevaba a convertirse en demonio cuando se sentía defraudada.

Jamás entendió que existía un término medio, era un todo o nada para quienes pasaran por su vida y que poco a poco, destruía todo lo que tocaba.

Yo solo era la excepción de su extraña regla, quien en nuestros primeros años de juventud accedió a sellar un pacto para lograr poner a salvo esta amistad y no rebasar aquella línea roja.

Era su refugio cuando se venía su mundo abajo, aquel hombro sobre el que derramar sus lágrimas, quien siempre tenía las puertas abiertas, dejando que invadiera mi casa por largas temporadas.

Yo solo veía aquel ángel, aunque a veces, mi imaginación quiso probar ese infierno para llevarme a la puerta donde dormía, pensando adentrarme en su cama.

Entendí que me estaba arrastrando, que su vida, conectada a la mía, me hacía sentir como aquel reo que ve menguar su ventana por la que observar un lugar distinto, al mismo ritmo que ella fracasos sumaba.

Tenía que ponerme a salvo, salvar nuestra amistad llevada durante años.

Pero el día antes de mi marcha, descubrió mis planes.

Cuando desperté, ella estaba al otro lado de la cama, sentada con la mirada perdida.

A su lado, el sobre donde guardé los billetes.

Estaba envuelta con aquella camisa que tiempo atrás robó de mi armario, que no alcanzaba a taparla por completo.

Levantó su mano para golpear la cama y me gritó:

.-“¡¿Te marchas?!. ¡¿Por qué?!. ¡¿Por qué no me lo habías dicho?!.-

Por un segundo creí que vería su ira endemoniada.

Alcanzó mi mirada, sin pestañear, y vi cómo dejaba escapar sus lágrimas, para encontrar en sus ojos una triste dulzura rodeada de un gran vacío que me produjo vértigo.

Sentí cómo un escalofrío recorría mi espalda, sentí a mi ser retorcerse por completo.

Ella seguía esperando mi respuesta, aquella que resolviera todas sus dudas. Saltó mi corazón en mil pedazos con cada palabra de esa gran mentira que salió de mis labios

-“No he tenido tiempo, lo supe ayer, cuando me confirmaron que me ascendían en el trabajo para ocupar un puesto fuera de aquí durante un año. Cuando llegué, quise decírtelo pero no encontré el momento. Iba a hacerlo esta mañana, pero tú lo has visto antes…”-.

Y su llanto cortó mis palabras, desconsolada, golpeándome una y otra vez mientras trataba de abrazarla.

No pude con ese momento, mintiéndola, haciéndola daño. Jamás antes la vi así.

Solo pude unirme a su llanto mientras ella dejaba de oponer resistencia y aceptar por completo mi abrazo.

Llegué a dudar si romper los billetes, y solo lo evitó la necesidad de romper este círculo.

Traté de tranquilizarla como tantas otras veces ya había hecho. Mientras me preguntaba si aquella excusa había sido aceptada. Intentando distraer mi cabeza, mientras ella seguía aferrada a mí.

De imponer la razón para no faltar a aquel pacto, al mismo ritmo que fue desapareciendo su llanto.

Comenzaron a ser recordados, momentos que estaban escritos en nuestras vidas y que ahondaron aun más en mi herida, y que acabó por hacer que aceptara, sin ningún tipo de reparo, su propuesta de ayudar con mis maletas.

Sin pensar, que si ella se abalanzaba sobre mis labios, yo jamás me marcharía. Solo cuando ella se marchó a buscar algo que tenía intención de entregarme, fui consciente de ello.

Transcurridas casi dos horas, por momentos creí que ella no volvería, preguntándome si había ocurrido algo más.

Y en ese preciso momento, oí cómo la puerta se abrió.

Apareció, más hermosa que nunca, llevando en sus manos una botella de vino, junto con dos copas.

Su mirada había cambiado, ahora volvía a tener ante mí a la mujer que siempre se mostraba segura, la que nadie jamás vería llorar.

Me quedé inmóvil, petrificado, viendo cómo lentamente se acortaba esa distancia que nos separaba, diciéndome a mí mismo “por favor que no lo haga”.

Se detuvo y me entregó una de las copas.

Respiré aliviado cuando seguidamente me dio la botella.

Serví el vino, mientras ella permanecía apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos, observando cada uno de mis movimientos.

Sonrió justo antes de coger su copa y acercarla a la mía proponiéndome brindar.

-“Por la única verdad que hay en mi vida”,- dijo, y dio un sorbo, tras el cual me entregó una pequeña caja adornada con un lazo de un vivo color dorado.

Bebí casi por completo aquella copa de vino y vi que dentro de esa pequeña caja, junto a un perfume, estaba aquel papel donde ambos firmamos nuestro pacto.

No me dejó decir nada. Se aproximó a mí y me gritó -“¡Qué importa ya esa estupidez, si sé que cuando te marches mañana ya no te volveré a ver. Qué todo eso del trabajo es solo una excusa!”-.

Y volví a ver de nuevo cómo sus ojos se empañaban de lágrimas.

No pude decir nada, mis palabras se quedaron atravesadas en mi garganta, mientras el sentimiento de culpa llenaba mi cuerpo por completo. Solo pude servirme otra copa de vino para beberla de un trago, y escuchar como entre aquel llanto me decía

-“Crees que nunca he pensado en ti como algo más, crees que no me doy cuenta de que todo lo que toco se estropea, que llevo media vida tratando de cambiarlo y no encuentro la manera de hacerlo y conseguir llegar a tu lado, porque sé que también te destruiría y tú no, tú no mereces eso….”-.

Y se quedó mirándome fijamente, buscando en mis ojos aquello que nunca antes quiso buscar.

Y dio el paso que juramos no dar.

Sentí el suave roce de sus labios junto a los míos, cómo me quemaba, dejando luego un dulce sabor.

Cogió mis manos para llevarlas a su cintura, hasta que comprobó que yo no pondría ninguna resistencia. Jugó con mi cabello, besándome cada vez con más pasión, logrando que yo me contagiara de ella.

Besé su cuello, saboreándolo, mezclado con el salado sabor de sus lágrimas.

Y poco a poco fui desabrochando aquella camisa que fue mía, para pasar mis manos hacia su espalda y subir hasta sus hombros con la intención de que la fina tela lentamente cayera hasta sus pies.

Justo en ese momento, detuvo ella el juego.

Me miró sonriente, orgullosa de haber conseguido su objetivo, cogió mi mano y me llevó hacia la habitación donde cientos de noches durmió.

Cerró la puerta y con un leve empujón me tiró sobre la cama.

Comencé a sentirme mareado. Comencé a sentir cómo mi corazón, acelerado hasta aquel momento, poco a poco iba decreciendo en su ritmo.

Recordé el gusto extraño del vino.

Ella se tumbó a mi lado y me dijo: -“He encontrado la manera para que sea perfecto y no destruirnos”- y me besó una vez más, mientras la observaba, tratando de que mi última visión fuera realmente bella.

Durante días se habló de aquello por todo el lugar, cuando en las noticias del periódico apareció el siguiente titular:

“HAYAN DOS JÓVENES MUERTOS SOBRE SU CAMA”

Eterno aprendiz de escritor, poeta o como pueda llamarse.
Ya que esta afición lleva acompañándome desde mis tiempos de escuela.
También es un medio para evadirse de esta realidad que en ocasiones pesa..

2 comentarios en “Mi ángel de dos caras

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