ALICIA EN EL PAÍS DE LAS DESDICHAS - Página de escritores

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS DESDICHAS

Alicia

No era para reírse, pero Tania disfrutaba tanto cuanto veía su cuerpo lleno de cicatrices reflejado en la botella de champán, que si a ella no le importaba, menos lo hacía a su última compañera sentimental.
-Un cuerpo sin cicatrices es un cuerpo que no ha vivido… – pensaba a su modo Tania mientras se pintaba con celeridad hasta el ascensor.
Era una mujer de tez blanca, excesivamente blanca, que intentaba sobrevivir el presente en brazos de Alicia, su nueva amiga.
La tarde ya había empezado a hacérseles más dura. Y caía pesada sobre sus carnes prietas. Era verano y el calor del asfalto asfixiaba la ciudad entera.
-Todas las chicas son guarras… –tarareaba un grupo de adolescentes bajo el pesado sol de agosto- ¡sólo quieren sexo, alcohol, drogas y farra!
En tanto, al otro lado de la calle, y a la sombra de un árbol propio de larga avenida, Alicia y Tania, dos verdaderos ejemplares de mujeres supervivientes a principios del siglo XXI, se besaban en la boca del metro, mientras la despedida de su garganta provocaba tres largas lágrimas en los ojos de Alicia y siete pálpitos en labios, corazón y alma de su amada.
Temían darse un fin de semana de libertad, pero en verdad lo necesitaban. Y así lo habían decidido.
Eran las diez y cuarto de la noche en la capital, y Alicia, móvil en mano, se ajustaba la falda junto a su amiga de color en el burguer. Hablaban ávidas, con premura… Como dos inmigrantes hambrientas de vida y futuro merecido.
Ambas habían llegado en el mismo cayuco. Y eso, sobra decirlo, las convertía en hermanas.
Bebían cerveza y fumaban mientras hablaban de sus cosas. Sonia había elegido el camino del dinero fácil, trampa que no entraba en los objetivos de Alicia, cuya meta principal basaba en el enriquecimiento interior. Por ello es que el aprendizaje y la lectura, el amor y el altruismo, su sencilla elegancia la elevaban poco a poco, mas con enorme esfuerzo, hacia una cima potencial ante la que lobos y lobas sólo podían aullar envidia o admiración desde el valle quemado.
Sonia movía el culo a intervalos estudiados. Alicia la escuchaba atenta recordando a Tania. Y Tania se metía rayas con sus amiguitas en el VIII festival de música experimental, allá en la otra punta de la ciudad.
La bóveda traslúcida del futurismo no impedía ver a una luna enorme y blanca que parecía escucharlas serena y sabia. Sabe tanto la luna porque su brisa es mensajera de gozos y de desgracias, de plegarias y de deseos…
Ya dentro del centro comercial, Alicia caminaba bromeando junto a Sonia, que se mostraba informal hasta el punto de rozar lo que era. Pero Alicia tenía la costumbre de no juzgar demasiado a nadie. Conocía tan bien el significado de prejuicio como el de culpa y pecado; tanto que intentaba alejarse cada vez más de estos conceptos.
-¡Esta parece interesante! ¿No crees? –Preguntaba a Sonia, que andaba algo despistada con la música del auricular.
-Sí, vale… -respondía aquella, mientras bajaba el volumen de Mónica Naranjo con una mano y guardaba bajo las mallas étnicas el billete del parking.
– No me preguntes por Tania, por favor –se adelantó Alicia, algo más seria de lo habitual, sin mirarla siquiera a los ojos.
Sonia engulló el carajillo como puñal en hígado y calló.
-Está a punto de comenzar – se dijeron a la vez.
Los delfines volaban en elipses y el agua brotaba embobando a todos. Asombro y aplausos se escuchaban en ecos de gracias de todos los asistentes al novedoso espectáculo.
Nunca habían visto nada parecido sin haber hecho uso de drogas. Era realmente hermoso. Una danza de natura viva envuelta en láseres y hologramas interplanetarios.
-Este es el delfinario mágico de los deseos –le traducía al oído Alicia, señalando hacia un cartel de neón al fondo. Mientras que Sonia, incapaz de cerrar los ojos, derramaba inevitablemente una emoción sódica por su mejilla de ébano.
La luna de plata era el reflejo de sus almas reconvirtiéndose a cada minuto, los saltos la pasión del arte que conmueve al ser y el tiempo… El tiempo carecía ya de sentido ahora.
Tumbadas en la húmeda arena de la playa se sentían libres, protegidas de miradas impertinentes y mecidas por el vaivén clarificador de una noche sincera que no había hecho más que comenzar. El pollón de un duende marcaba la una y treintaisiete en el móvil de Sonia.
De repente, una ola excitada empapó a Alicia de resolución y salitre:
-¡Cuidado, mi niña! –exclamó.
-¡El cubata, mierda! –Se quejó Sonia, intentando salvar la botella de ron.
-Aún queda, tranquila…
-¡Gracias, mamita! –Exclamaba Sonia-¿Sabes? Sólo dejaré el alcohol cuando encuentre una droga mejor… Mientras le pasaba el porro de marihuana a su hermana.
-¿Y lo otro, nena? -Refiriéndose a su trabajo
– ¡Alicia! –Interpeló- No me sicoanalices, por favor… Y se dirigió hacia la orilla con lentitud.
-¡Espera, Sonia! Lo siento –acercándose hasta ella pensativa- ¿Nos damos un baño, cielo?
Sabiendo que en verdad lo necesitaban, se miraron a los ojos circunspectas, sonrieron… Y, cogidas de la mano, no dudaron ni un segundo en meterse al agua.
-Desde aquí se ve todo tan distinto -pensaba Alicia, mientras jugaban a mojarse medio ebrias.
Habían dejado dos importancias serias en los huecos de la arena. Y, aunque no quisiesen darse cuenta, el llanto habría de venir en oleada existencial tarde o temprano. Quizás por ello se sumergían una y otra vez riendo juntas, salpicándose y brincando en el agua nocturna de la playa, porque preferían reír antes de que tuvieran que llorarse las penas.
Y así, en tanto que el espíritu del mar acariciaba sus cuerpos, sus mentes entumecidas dejaban claro que en este momento sólo querían refrescarse de vida. Mientras el horizonte, algo sofocado, derivaba en ellas sus más anhelados y secretos sueños de esperanza.
-¿Qué quiere decir festival experimental? -decía la voz afónica de Marta, mientras orinaba entre dos coches con tranquilidad.
– Quiere decir que igual algún tío interesante nos alegra el coño esta noche… -contestaba Tania mientras veía a un tipo que, desde la esquina de la calle, no dejaba de mirarlas.
Las flores de un semáforo advertían silenciosas desde la calzada de la gran vía…
Tania y Marta cruzaron la esquina del cajero automático y allí estaba Negras nieves, sentada. Una mujer hombruna con tatuajes de verdad. La heroína de Tania envuelta en papel de regalo, un cómic para adultos de rojo eléctrico intenso, lo peor de tres vidas en un parque sin gentes.
Dentro de una casita de plástico, la burbuja del caballo las unía en rito macabro para siempre. Por primera vez en su vida, Tania y Marta habían decidido montar.
El cielo cambiaba de color, lloviznando, y la gente se agolpaba para intentar coger un buen sitio. El concierto estaba a punto de comenzar en los jardines de Viveros.
Y una noria enorme parecía marcar el pulso de la noche desde la alameda.
En las terrazas del puerto, Sonia y Alicia llevan horas hablando. Sopla un aire refrescante ahora en el local «vivir sin dormir». También la vela de la mesa danza enloquecida sólo para ellas dos ahora, precisamente hoy…
Ambas miran al camarero y sonríen. Levantan los mojitos con fuerza y brindan, riendo y llorando de felicidad. Y es que hoy celebran su permiso de residencia después de tantos años.
Dos barcas violáceas rumbo a Venus centellean en la distancia.

EDUARDO RAMÍREZ MOYANO.

2 comentarios en “ALICIA EN EL PAÍS DE LAS DESDICHAS”

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