Ella se alejaba lentamente por el pasillo que la llevaría a tomar su vuelo de regreso a casa.
Avanzó venciendo el impulso que la haría regresar a sus brazos y atarse a él para siempre.
Él la observó alejarse detenido por el estúpido letargo que siempre frena a los hombres, resignado a perderla por el temor de dar el paso que la detendría ataría a su corazón.
Al ritmo que marcaban sus caderas al caminar, él visualizó un mundo perfecto; y aún así la dejó partir, porque en su mundo gris y plano no cabía la risa y la felicidad que ella representaba, al casi brillar igual que las estrellas.
Hoy ambos tratan de tocar la lluvia que golpea el cristal de sus ventanas; sabiendo que son gotas de los recuerdos de una historia que nunca existió; de una historia que el frenó cada vez que ella avanzaba para introducirlo a un mundo que no conocía.
Tan alejados
Tan infelices
Tan grises por no haber avanzado aquellos años atrás, amarrados a una historia de falso amor que a ninguno pertenecía.
Ella añorando lo que no existió, sumida en otros brazos sin terciopelo ni calor.
Él latiendo, como cada día ha hecho desde que tiene recuerdos; atado a la nada.
Atado a la soledad.