Vida moderna.

Hace algún tiempo, comencé una serie que denomino “Diario de yo“. Hasta hace unos días, el diario se centraba en pequeñas partes de la vida de un personaje más o menos real. Como suele suceder, hace tiempo que el diario tomó el control de la vida del escritor… y viceversa.Vida moderna.

En los últimos tiempos, tal vez porque la vida se hace cuesta arriba, tal vez porque, cuando la vida se hace cuesta arriba, resulta difícil aceptar aspectos de esa misma vida que, por mucho que uno comprenda, son tragos largos y amargos que se mantienen en el tiempo.

Aquí os dejo la mayoría de edad de mi “Diario de yo”. Sed felices.

 

 

VIDA MODERNA – MAYORÍA DE EDAD

Me gustaría tener un perrete. Tal vez dos. Pero no te gustan los números pares. Me dices que, si tuviéramos dos perros, entraríamos en no sé qué conflicto sobre cuál de los dos quiere más a quién. No me lo dices a las cinco de la mañana. Eso sería una locura. O no; no lo sé. Tú también te despiertas a horas intempestivas aunque, normalmente, haces todo lo posible por volver a dormir, por volver a dormirte, porque yo vuelva a dormirme.

Me gustaría tener un perrete, o tres. Ya sabes, números pares. Yo sé que el problema de las querencias no sería tal. Yo sé que los perros son animales sensatos, serviciales, cariñosos, inteligentes, entregados y valientes. Yo sé que el perro, dos o tres, te querría a ti y solamente a ti. Yo no haría caso de nuestros perros, me limitaría a darles de comer, sacarles de paseo de tarde en tarde y reprocharles en silencio que se tumbaran aquí o allí. Saldríamos de paseo juntos, con los perros. Monte, montaña, playa o ciudad, los perros nos acompañarían, igual que nosotros a ellos. Y, precisamente por eso, porque tú sabes cómo se hace para acompañar, cómo se puede estar al lado y, estando ahí, ser algo más que una presencia, no me cabe duda de que los perros te querrían a ti. A mí también, de otra manera. En todo caso, el tiempo y cariño que de dios estuviera que me dedicaran llegaría siempre después. Tarde. Postrero. De última hora. De última convocatoria. El último barco que sin quilla, combustible ni remeros zarpará. Como dios.

Y aún así, querría tener un perro, tal vez tres. Nuestros perros aprenderían a conocerme, a vivir con la eterna confusión de estar a mi lado. Poco a poco, demasiado lentamente, comprenderían que no soy del todo previsible, que no se puede tener expectativas claras de lo que haré. Progresivamente entenderían cómo se hace para estar junto a alguien que hará lo que sea que diga que hará y que, cuando las cosas cambien, cuando se sienta solo, abandonado, perdido o desplazado, guardará silencio, se volverá huraño, se refugiará en sí mismo y, si las cosas no cambian, se marchará.

Me gustaría tener un perro porque, sea como sea, mi perro, el nuestro, pagará el precio de los años de incomprensión, de salvaje sinceridad, de honesta humanidad. Me gustaría tener un perro porque, para cuando cualquier ser humano hubiera decidido que ya había estado bien, que era hora de aceptar que no se debe aceptar lo inaceptable, igual que lo aceptaría mi perro, el nuestro, el animal se quedaría a mi lado, al nuestro, seguiría queriéndote más que a mí y podríamos seguir con nuestra vida los tres, o cinco, tal vez.

Y, últimamente, ahora que vuelves a recordarme el asunto de los pares e impares, pienso aun más en la importancia de tener un perro a mi lado; al nuestro. Últimamente pienso más que nunca en la naturaleza noble del animal, la misma que le hace quedarse junto al amo, a pesar de los pesares, de los penares y, lo que es peor, la más que frecuente incomprensión. Y, últimamente, además, me despierto a las cinco de la mañana.

No me gusta la sensación de vigilia absurda, repentina e inesperada que surge de los insomnios de las primeras horas de la madrugada. Despertarse, no saber por qué, no recordar con claridad si soñaste, si soñé, si gritaste en sueños, si tal vez me estremecí en uno de esos episodios de vértigo en duermevela, uno de esos interminables instantes en que mi cerebro sueña que sueña que se despeña por un acantilado, salta por la ventana o despierta en mitad de ninguna parte, ignorante de los escasos dos metros que lo separan del suelo. Me siento estúpido, inquieto, pienso que pierdo el tiempo, escapo al descanso que debería sentir, al menos cuando estás a mi lado. Solía odiar esa sensación, esos despertares, ese agitado silencio. Solía odiarlo igual que odiaba otras cosas pero, a decir verdad, hace tiempo que el odio no se encuentra en mi reducido catálogo de sentimientos.

Y hoy me desperté. Me quedé tumbado boca arriba, en la oscuridad, con los ojos abiertos. Recordé mi sueño; recordé haber soñado. Recordé que mi cerebro, tres palmos por encima del suelo, en la vertical, se había dedicado a torturarse con las imágenes del día. Había un policía muerto. Vive dios, no vive, no en mí, pero, en todo caso, vive dios tanto como viven mis querencias, mis preferencias, mis anhelos y mis intereses. Vive dios, en fin, tanto como mis aprecios por los cuerpos, las fuerzas, la seguridad y el estado. Vive dios que, satán sabrá perdonarme, cómo no, ni los Status Quo me gustaban.

Pero había un policía muerto, en la calle, en mitad de una legión, más efectiva que numerosa, de energúmenos, asesinos y animales. Había un policía muerto, en las inmediaciones de un estadio, deportivo, dios me perdone. Había un policía muerto en el mismo lugar que las autoridades recomendaban evitar. Había un cadáver, un integrante de los cuerpos y fuerzas, o fuerzas y cuerpos, o como sea. Qué más da; no es cuestión de venir a cuestionar el anacrónico sostén que brindamos a un cruel estado del malestar para, simultáneamente, dar peso a la anacrónica terminología de eso que denominan, qué cabrones, seguridad.

Había un policía muerto en el lugar que el estado recomendaba evitar. Había un policía muerto. No había niños, ni madres, ni padres, ni familias. Generoso, eficiente, magnánimo, el estado recomendó no llevar a los pequeños de paseo por el lugar, ni a sus extraescolares, ni a nada de nada. Qué palabra más extraña: estado. Quiénes serán, quiénes serán los que de verdad conforman ese fantasmagórico estado, los que se esconden detrás de los payasos con traje, micrófono y sillón de cuero. Recomendaban los hombres y mujeres, mujeres y hombres, más o menos igualdad, dejar las aceras limpias, vacías. Recomendaban nuestros gobernandos, gobernadores, Robin Hood dónde andará, sabios prohombres, notables protozoos, despegar aceras y calzadas. Con espacio abierto, centenares, más bien miles, de aficionados asesinos, ultras aficionados a la destrucción, concentrados con la excusa de deportiva concentración, podrían practicar sus gracias, mostrar sus habilidades; arrasar. Indignado me acosté esa noche, la noche que precedió a la muerte del Ertzainza, la noche que me llevaría al día en que la indignación volvió a dejar paso, “n” más uno van ya, a la más visceral de las náuseas.

Indignado andaba yo ante la desfachatez de dar prioridad a los animales que destrozan todo, y a todos, a su paso, con la connivencia de clubes deportivos, gobiernos y administraciones, frente a las familias, ciudadanos y más o menos honrados, más o menos pasivos, contribuyentes. Y, sabedor de que soy tan honrado, más o menos, como pasivo, me levanté, hice café, me di una ducha. Dejé la casa, tú ya te habías marchado para, igual que yo, ir al trabajo, ese que hace tiempo que me cuesta entender. ¿El tuyo? ¿El mío? ¿Tanto da? Pasé la tarde contigo. En el telediario de las tres leí algún teletipo, las palabras de algún prohombre, de algún miembro de algún gobierno, expresando la importancia de buscar soluciones. Por la noche supimos, supe, por otro medio de comunicación, tan independiente como yo, pero mucho más activo, que los pocos, muy pocos, detenidos por los incidentes, controlados, pero poco, que concluyeron con la muerte del agente campaban, paseaban, andaban, “-aban”, que ahí está la diferencia, que el presente de los malos es siempre el imperfecto de los que no hacen ningún mal, ya libres. Algo se dijo de cargos pero, honestamente, no sabría decir si eran cargos del gobierno o de federaciones, deportivas, pero, en todo caso, poco fue lo que se dijo. No sabría tampoco decir si los cargos propios de la violencia con resultado de muerte culminan en la libertad de los responsables a pocas, muy pocas, mucho dolor, horas de los hechos acaecidos la noche de autos, noches de difuntos. Volví fui a dormir. Me dormí. No me sentí inquieto; estabas a mi lado.

Me desperté temprano. Me despertaron mis sueños, demasiado reales. Un policía muerto, la excusa del deporte como excusa para la concentración de animales bípedos, la preferencia de estos animales sobre los habitantes de una ciudad, la violencia y, en medio de aquel barullo, un rapero encarcelado. El rapero rapeaba, los animales golpeaban, el policía caía muerto y, justo al final del sueño, el rapero entraba en la cárcel y los animales salían de comisaría. Junto a las oficinas policiales, la capilla ardiente. Junto al cuerpo del policía, los animales se escupían, reían, insultaban, alzaban puños, cadenas, bengalas. Junto al cuerpo del policía los salivazos de los animales volaban, se encontraban. Alguna que otra gota caía sobre el rostro del policía.

Hace unos días que me despierto a las cinco de la mañana. No para ir al baño, como mi edad y mi afición por consumir líquidos antes de acostarme sugeriría.

La mañana, la tarde, la noche, las tres, como los cuerpos, las fuerzas y la seguridad, como la santísima trinidad, como los tres picos de la servilleta que la explican, como las tres hijas de no sé quién, como las tres agrupaciones políticas que, se pongan como se pongan, se reducen a una, como una sucísima trinidad, la mañana, la tarde y la noche me regalaron la noticia. El noticiero de televisión, esa que parece que tiene muchas cadenas pero solo tiene dos, la conservadora y sucia y la sucia, conservadora y mentirosa, me trajo la noticia. Unánime. Desgracia acaecida. Policía muerto en enfrentamientos entre hinchas de equipos rivales, animales entrenados en tácticas paramilitares. Eso decían. Para militar en los grupos que matan, queman y aterrorizan hace falta poco. Eso pensé. Pensé que, aquella tarde, esa en la que los niños no pudieron acudir a sus clases, un ciudadano como otro cualquiera, murió acatando órdenes. Pensé que los cuerpos del estado tienen, más bien, poca seguridad.

Pensé más cosas. Pensé en los pobres diablos que sostienen el estado del bienestar. Qué será eso, pensé. Recorrí imágenes de desalojos de familias, sostén del estado, llevados a cabo por agentes de la ley. Cuánto desorden, pero sostén del mismo estado; sostén también. Como en filminas, pero por voluntad propia esta vez, que la muerte siempre puede esperar, recordé escenas de pateras, alambradas que separan estados, cuánta confusión, y defensores de la ley que, siguiendo órdenes, unos más y otros menos, tal vez, reprimían los esfuerzos de ciudadanos de otros estados por coronar un sueño que, dios no lo quiera, podría llegar a hacerse realidad. Pensé en cuánto no gusta debatir, en lo poco que nos cuesta cantar las virtudes de tal o cual sinvergüenza, con traje o con coderas, según aconseje la ocasión. Pensé en las pocas, poquísimas, diferencias que hay entre la destrucción que fomentamos en el deporte y las fronteras que ponemos a cualquiera que venga del frío, de la diferencia o de la pobreza. Volví a acostarme. No vomité aquella noche. No me eché a la calle. No hice la revolución. Honrado menos, pasivo más.

Me desperté temprano.

Hace unos días que me despierto a las cinco de la mañana. No para ir al baño, como mi edad y mi afición por consumir líquidos antes de acostarme sugeriría. Tampoco me despierto sediento, como corresponde a alguien tan “de agua” como yo.

Serían las cinco menos diez. Me revolvía en la cama. Logré despertarte, aunque no quería. Me preguntaste si no podía dormir. Te dije que sí. Mentía. Me preguntaste si estaba teniendo alguna pesadilla. Te dije que no. Mentí. Otra vez. Te ofreciste a abrazarme. Me dijiste que así conseguiría volver a dormirme. Asentí, con la luz apagada, con la vida a oscuras. Hice un ruido, gutural afirmación. Sabía que no conseguiría dormirme. Mentí. Piadoso, honrado y pasivo. Mentí. Y ya iban tres.

Mi pesadilla apenas lo era. Las imágenes de situaciones vistas, nunca imaginadas y, a veces, unas cuantas veces vividas, difícilmente podrían ser aceptadas como pesadillas. Llevaba algún tiempo retorciéndome, algún tiempo porque el reloj pierde cualquier viso de realidad por la noche, como la realidad empieza a difuminarse durante el día. Me retorcía entre las paredes de la exposición de arte que retiraba las obras de algún autor, a todas luces ofensivo para los notabilísimos visitantes que habrían de honrar con su presencia a la institución. Me reía en sueños recordando aquello de que las obras se retiran pero nunca, nunca, nunca, con afán de censurar. Se me caía la baba al recordar al hijo del campechano y a su señora, tan modosos, tan monos, tan elegantes, tan alto él y tan fashion victim ella, entrando en la famosísima feria de arte, por la puerta más alejada de la pared donde, durante unas horas, habían colgado los rostros pixelados de personas con el título de preso político número tal o cual. La fase REM se me descontrolaba mientras mi cerebro, ese perdedor, recopilaba toda la mierda que se había venido diciendo sobre la libertad, la censura y la expresión.

En medio de todo ese parné, de princesitos y reinonas, se me apareció en sueños un rapero, o dos.

Me desperté temprano.

Hace unos días que me despierto a las cinco de la mañana. No para ir al baño, como mi edad y mi afición por consumir líquidos antes de acostarme sugeriría. Tampoco me despierto sediento, como corresponde a alguien tan “de agua” como yo. No tengo calor, no tengo frío, no tengo hambre. Me despierto. Punto y seguido. Inquieto, ojos como platos, empiezo a dar vueltas como un perrrete.

Me desperté pensando en los galeristas que hablan de provocación, tan superiores a los provocadores, claro está. Me desperté entre restos de apuestas deportivas, alegales y, precisamente por eso, mejores que las clandestinas; claro está. Me desperté entre retratos pixelados de rostros encarcelados y, al despertarme, los rostros desaparecieron. Recordé entonces que el monarca que gobierna, el que indulta, condena, proscribe o refrenda, entra por la puerta más alejada del calor que sus vasallos apagaron, admira obras de arte cubiertas de mierda, de institucionalizada censura y, de qué otra manera iba a ser, desvestidas de todo interés, vacías de significado, llenas de estado, de estupidez, de borreguil servilismo. Pienso en consumir algún tranquilizante, legal, claro está, no voy yo a empezar ahora a cuestionar la labor de las farmacéuticas, tan loable, tan incuestionable. Que le digan a los de la tierra prometida qué tal les está saliendo eso de cuestionar. Pero no preocuparse las personas, la cosa no está mala, las embajadas proliferan, las relaciones internacionales trinufan, Marshall, iguialico que en los 30’s, 60’s, 70’s y, en general, igual que siempre, de toda la vida, no va a venir no sé quién a cambiar no sé que. Abandono la idea del calmante, con o sin receta. Me reconforta el futuro; cercano. Para cuando el monarca, y la señora del monarca, abandonen el barco, otros admirarán fotografías de impresoras, insospechadas usurpadoras del espacio que antes ocuparon los rostros pixelados de los que algunos consideramos que podrían ser considerados presos políticos. Qué te iba a decir: ¿al crimen de considerar, al agravante de pensar, se le aplica ahora la pena de resolver eliminando el problema? Resulta que la comedia supera a la realidad: al problema del tráfico, diario, cotidiano, unbano y universal, el grandísimo Cano aplicaba la solución de cortar las calles que se congestionen. Aplaudo la comedia, me pesa la mierda que tragamos sin inmutarnos ni un poco.

Me desperté pensando en que tampoco tiene tanto peso eso del preso. Me senté en la cama, tú ya te habías levantado y te habías ido a hacer café, cada vez es más complicado dormir a mi lado, y me quedé pensando que tampoco tiene tanto peso eso del político. Pensé en Marcos, en Buenaventura, en aquellos que encontraron barrotes y muerte por defender sus ideas, en ellos y en otros que sufrieron la mentira, la difamación, la obligada muerte, el recurso a la defensa, del que se encuentra, sin huir, entre la espada y la pared. Pensé en otros que hacían política, hace años ya. Pensé en lo que pasaba en una, grande y libre, antes de que, dios le bendiga, el primo mayor evitara que germinara en el patrio territorio la semilla de la libertad, del auto-gobierno, de la igualdad. Pensé en cuarenta años largo de represión que, feliz cumpleaños, van seguidos de cuarenta años más. Cuarenta y cuarenta son ochenta, como los de la década en la que las cosas podrían haber empezado a mostrar el cambio, la vuelta a la libertad, el regreso de la soberanía individual y colectiva. Pero, claro está, ochenta son muchos años. Pero, claro está, cuarenta años de represión, muerte, espolio, exilio y cárceles tampoco están mal; tampoco son fáciles de superar.

Ahora se me amontonan las noches cortas, las madrugadas largas, los listados con las barbaridades que sostenemos con total naturalidad. En mi lista de la compra, la de las cosas que me niego a comprar, ya tengo el desprecio por la educación, el maltrato que recibe, ella y la cultura en general. También he apuntado la persecución despiadada de la libertad de expresión, la destrucción progresiva de todo lo que huele mínimamente a arte. En mi lista destaca la muerte del artista, la censura de su obra y la exaltación de seudo-intelectuales vestidos para la ocasión. El régimen, exigente, cero calorías, que la libertad recibió durante tal o cual dictadura llega, siempre en mi lista, a la tragedia de la avitaminosis, de la muerte por inanición de las mentes. En mi lista están la era de Internet, la de las redes sociales, la del acceso a la cultura, a la información, a las ciencias, a las artes y a las letras. En mi lista está una población empobrecida más allá del salario mínimo. En mi lista hay kilolitros de flúor y calcio, dientes podridos, huesos vacíos y mentes que no distinguen entre esclavitud y acceso gratuito a Internet.

También he empezado un cuaderno de dibujos. Ilustro artistas encarcelados, perseguidos, condenados antes de presentar denuncia, docentes acosados, defraudadores multimillonarios, políticos guiados por los hilos del capital, medios de comunicación siameses de grandes grupos inversores y millones y millones de seres humanos encantados con el sueño de dar el pelotazo, en televisión, en las apuestas o, los más afortunados, en el mundo de las finanzas de cuello alto, corbata, trajes a medida, chóferes, consejeros, sueldos vitalicios, indemnizaciones y bancarrotas. En mi cuaderno las bancarrotas siempre son las de otros pero, a decir verdad, la docilidad de los que mantenemos todo el tinglado es tal que, desde que me despierto de madrugada, se me hace imposible sentir pena o rabia. Sería más exacto decir que siento nada.

Me gustaría tener un perrete. Tal vez dos. Pero no te gustan los números pares. Me dices que, si tuviéramos dos perros, entraríamos en no sé qué conflicto sobre cuál de los dos quiere más a quién. No me lo dices a las cinco de la mañana. Eso sería una locura. O no, no lo sé. Tú también te despiertas a horas intempestivas aunque tus pensamientos son más ordenados que los míos. A mí me gustaría tener un perro porque me gusta pensar que la actitud del mejor amigo del hombre podría llegar a hacerme comprender, quién sabe si aceptar, la imbécil pasividad del mundo en general, la dócil ignorancia con que nos conducimos. Quisiera leer en los ojos de un perro que no hay nada malo en hacer daño al más débil, incluso cuando el más débil es apenas más fuerte que tú y, con solo cruzar la calle, con solo arriesgar un poco, con solo lanzar un ladrido, tal vez un mordisco, por aquí y por allí, el malo, el duro, el fuerte, el que sostiene los hilos, las armas, los ejércitos los medios de comunicación y el dinero podría empezar a sentir el peso de todo lo que está mal hecho.

Ertzainza, escritor, ciudadano, artista gráfico, inmigrante, que todavía no entiendo bien qué significa, profesor, frutero, artesano, mayoritaria minoría o lo que sea. Todos somos lo mismo ; Dead man walking, como eso que llamamos socedad, humanidad y vida. Todo ha acabado; ahora tenemos otra cosa. Ahora vivimos vida moderna.

 

 

Carlos Bueno-León

 

 

Llevo toda la vida ligado a la literatura y la música y no siempre en ese orden.

En la actualidad colaboro, además de con mis relatos y poesía, como ensayista y crítico musical con diversas publicaciones periódicas.
La mejor manera de ver algunas de las cosas que hago es visitar mi perfil de facebook, mi blog y, tal vez, leer alguna de mis colaboraciones en otros medios:

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En estos tiempos de famosos que publican, jammers, slammers, youtubers, influencers y demás, me gusta considerarme, simplemente, escritor.

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