Retomando los sueños o morir en el intento

Cuando nos atrevemos a perder los sueños que nos daban vida y eran nuestro motor, ésta se convierte en hastío y latencia que hacen que parezca que no estamos vivos.

Me encadeno al reloj cada mañana, me levanto a las cinco y media de la mañana y hago todo lo necesario para llegar a tiempo al trabajo.

Un trabajo cómodo y sin complicaciones, un trabajo que ocupa casi diez horas de mi vida cada día, y que, me lleva tan cansada a casa que me olvido de mis ilusiones y de todos los sueños que tenía aquella niña pura que hoy no me perdonaría en lo que la he convertido.

Hoy, como todos los días llego, ya sin tiempo de abrir las ventanas y recojo los pequeños destrozos de en la mañana; lavo unos pocos trastes, doblo ropa, veo la TV por unos minutos y me recuesto sobre mi cama, que parece, es lo único que me abraza con fuerza en estos días.

-No puedes seguir así- escucho – medio muerta y medio viva

– ¿Qué pasa? – Digo apesadumbrada, hasta caer en la cuenta de que estoy sola.

Nadie, además de mí, se encuentra en casa.

– Levántate y ven. Mírame a los ojos- me grita ahora uno de los cuadros que tengo en la pared.

Y, aunque no lo puedo creer, me levanto y en movimientos fantasmales me acerco al cuadro, apenas percatándome de que la que me habla es la fotografía de mí misma tomada hace tantos, tantos años. Me habla la foto de aquella muchacha de apenas dieciséis años que alguna vez fui.

Me toma de las manos, de una manera tan suave y lastimera que casi hace que mis ojos se llenen de agua me interna en su mundo, haciéndome pasar por el marco de la fotografía como si fuera una puerta. Una puerta a mi propio pasado.

Ahí pierdo cualquier zozobra que me causara temor o inquietud por estar en esta situación tan irreal, tan sin razón.

Entonces, comienza la magia. La magia que trae hasta mi nariz el olor a sopa casera, la visión de las rojas malvas y el aroma a azahar de las manos de mi abuela; casi como si pudiera mover y mezclar cada sensación entre mis manos.

Avanzo unos pasos y sin tocar, estrecho las manos de esa muchacha entrando al mismo tiempo en sus ojos y en sus más íntimos deseos; sintiendo un gran placer por la esperanza del futuro, las ilusiones del primer amor y el hambre por la vida que se teje entre sus manos.

-No lo logré- le confieso – no alcancé los sueños que tenías

Sin poder contener las lágrimas, recuerdo todo aquello que hice para que sus ilusiones se tornaran en despojo, en la nueva frustración de cada día, en la rutina asesina que me regaló un presente muerta en vida.

Así, como su edad lo permite, ella simplemente toma mi frente y me dice que no me preocupe, que cada día que pasa aún es tiempo de salir a renovarse.

Me cuenta del baile del fin de semana, de la primera cita que tendrá con él, del viaje a Europa que hará cuando cumpla veintidós, del trabajó glorioso que emprenderá. Y es ahí, justo ahí en donde comienzo a atar los cabos de mi pasado y de su futuro; a mirar en dónde até todo mal, en dónde uní piezas que no embonaban.

-Te enredaste en tus quehaceres, tomaste el rumbo difícil- La vida era tan fácil antes de que le enredaras tus inseguridades y tus temores. – me dice en un tono más lastimero de lo que mi razón puede soportar.

– Elegiste el camino en que la vida se encargó de ti, no tú de ella

Son palabras que golpean mi alma con tanto dolor como la masa de un tronco en su implacable caída contra el suelo y el dolor es demasiado intenso. Tanto que no noto en dónde duele más. No sé si me duele el cuerpo, el alma o el peso de mí misma.

Abro los ojos y distingo la luz de la cortina, el olor de mi almohada y comienzo a sentir mi cuerpo.

Estoy en mi cama, recostada, con un intenso dolor que no me permite moverme; observo los cuadros, las fotos y escucho una voz joven que no para de hablar, que tiene demasiadas cosas que decir.

-Levántate – Grita – No de la cama, levántate y sal a la vida.

-Toma un sorbo de aire, de flores, de árboles.

-Bébete las nubes

Intento ponerme de pie, pero las piernas no me responden. No me responden porque mi alma no me responde; por lo que me quedo recostada pasando cada escena de esta vida que me tiene en este momento aquí postrada. Cada instante, cada decisión, cada dependencia, cada historia sin final feliz.

Conforme pasan las horas, mi cuerpo comienza a recobrar sensaciones, comienzo a ser consciente de mi momento presente y, por fin puedo ponerme de pie.

El tiempo que ha pasado no lo puedo cambiar, las cosas que han pasado no las podré cambiar, pero la vida misma la puedo recuperar, así que en absoluta humildad acaricio los ojos y las mejillas de la yo que se encuentra en la foto de la pared y le prometo que a partir de hoy y con muchos años más a cuestas, buscaré y gozaré de esa primera cita, del primer baile, del  brillo de las mañanas y las estrellas de cada noche, del viaje que haré en menos de doce lunas.

Entonces, en un gesto casi imperceptible, ella me mira y asienta sabiendo que esta vez lo lograremos juntas.

-No morirás en el intento dice- nunca es tarde para vivir.- Sólo esta vez, no te equivoques, acierta cada mañana.

 

 

 

 

About Nora Arrieta

"Me llamo Nora, vivo en la ciudad de León en México y tengo 51 años. Desde siempre me ha encantado leer y crecí con historias de cuentos y hadas en las que los sueños se hacen realidad. Me encanta la novela histórica y la poesía. En mi juventud escribí y publiqué algunas obras y abandoné las letras para retomarlas apenas hace un año, disfrutando muchísimo pintar en pliegos mi vida y las que me puedo robar en mi andar diario. ¡Gracias por leerme y sentir mis palabras en tu ser!.

4 comentarios en “Retomando los sueños o morir en el intento

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