Cuando somos niños, podemos ver y sentir cosas que los adultos no comprenden como un ogro, hadas, duendes, e incluso antiguos indios; porque nos llegan desde el pasado convertidas en experiencias etéreas.

Adahy Unkas – zorro de los bosques, sentado frente al fuego indio, con sus piernas entrelazadas en forma de loto y en tranquila meditación, se encuentra rodeado por sus ancestros indios que cada noche se reúnen con él; todos portando sus largas plumas y el espíritu de una tribu que está en búsqueda de un hijo perdido.

Hace tantas, tantas lunas que Kanda Takoda – lobo de poder mágico, abandonó a su gente; años sin saber de él ni en cuerpo, ni en espíritu, debido a que, sin más, un día de fatídica lluvia desapareció, bajo la fuerza implacable de la tormenta y nunca lo volvieron a ver aunque buscaron entre las chozas, entre la gente, bajo cada árbol caído, incluso entre las estrellas y jamás apareció.

Kanda Takoda, era un joven indio nativo, con apenas dieciocho ciclos cumplidos, que iniciaba su vida con Onawa – Grandioso amanecer; era trabajador de las pieles, bueno, espiritual y con un gran futuro por delante ya que se sabía que desde pequeño tenía el poder para comunicarse con el mundo del pasado y del futuro, lo que lo llevaría a ser uno de los grandes jefes ceremoniales.

Él, siempre caminaba acompañado por sus ancestros; su padre en cuerpo vivo, su abuelo, su bisabuelo y parientes cercanos que formaban una nube de poder y protección a su alrededor; la fuerza misma que lo llevaba al lugar en que debía estar en el momento preciso.

Mas el día de la tormenta, y en la desesperación del pueblo, se perdieron y lo abandonaron por apenas unos instantes y el indio  Kanda Takoda quedó solo rodeado de fuerzas oscuras, de espíritus de colores gris y negro que lo arrastraron a la oscuridad mientras él se resistía.

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Usha, Erick y Al eran tres primos de entre 6 y 8 años. Típicos niños de los años noventa; alegres, juguetones, fanáticos de todo lo que podía estar de moda como los dinosaurios y los cuentos de hadas.

Usha, vivía en una casa en las afueras de la ciudad. Una casa normal y sin grandes complicaciones con una antigua caballeriza abandonada al fondo, misma que nunca visitaban ya que al oscurecer decían ver a un personaje que consideraban que sólo existe los cuentos que leen cada noche antes de irse a la cama.

-No miren para allá, nos está mirando el ogro- Decía Erick cada que caía la noche

-No piensen en él, no vaya a ser que quiera venir – Contestaba Al

Pasaban así los días y jugaban, inventaban historias y se divertían, hasta aquella noche lluviosa en que se subieron a dormir a la recámara de Usha, misma que tenía una gran ventana que asomaba a escasos veinte metros de la caballeriza.

Unos minutos antes de meterse en sus camas, colocaron una cobija en la ventana con la intención de bloquear todo ruido y contacto con el que llamaban ogro.

-Nos protegerá del ogro – dijo Usha- Cada noche la pongo y así él no sabe que estoy sola en este cuarto.

– No vendrá- dijo Erick- el ogro es bueno, sólo que no sabe cómo volver a su casa.

– Además mis papás están al lado en el otro cuarto- los tranquilizó Usha, siempre se paran cuando oyen ruidos.

Se metieron en sus camas y comenzaron a platicar de la escuela, de sus cuentos, de sus fantasías jurásicas y de todo y nada; hasta que escucharon pasos, pasos lentos y fuertes acercarse a la ventana, pasos que provenían desde el exterior y que se aproximaron tanto que podían escuchar hasta su respiración pausada y cargada de dolor.

– ¡Es el ogro!  ¡Ya sabe dónde estamos! – dijeron los tres en un grito ahogado.

Nada más alcanzaron a decir, pues fueron silenciados por un toque en la ventana, otro y otro; cada vez más intensos.

– ¡Shh! No hablen- Susurraban entre aterrados y curiosos.

Sin pensarlo ya estaban abrazados los tres en una misma cama, en silencio, hasta comenzaron a percibir un aroma a humo, incienso, hierba y  en un simple parpadear tenían enfrente de ellos a una figura oscura, vestida de dolor y tristeza; con un tocado hecho de largas y maltrechas plumas que llegaban hasta el suelo, un pantalón de cuero y la cara de dolor más amargo que hubieran imaginado.

– No teman- dijo en silencio Kanda Dakota – No les haré daño-

– No nos hará daño – susurró Erick.

Kanda Dakota, entre lo real, lo místico, lo fantasmal y lo increíble del momento les contó su historia mientras los tres niños se acercaban cada momento a lo que entendieron que era real y no un sueño.

-Llegó una tormenta – dijo Kanda Dakota – una gran tormenta de agua, todos corrían intentando llegar a las partes altas de la montaña, el agua arrasaba todo y lo que queríamos era salvar nuestras vidas y las de nuestros hermanos.

En un instante, mi padre se separó de mí para ayudar a un anciano que no podía caminar, mis ancestros separaron su alma de mí para ir a ayudar a otros y yo quedé desprotegido.

-Soy un indio, nací en tierras al norte de américa, prometía ser un gran líder ceremonial; pero me quedé solo en manos de la oscuridad pues esa noche de tormenta fui alcanzado por Daho- Tuke – tribu del infierno que, sabiendo mi fuerza me arrastró hacia su mundo. Por años; no sé cuántos fui obligado a esconderme de ellos por no querer realizar los actos viles que me pedían, recorrí montañas, ríos, lagos y tiempos hasta llegar aquí en donde me pude proteger entre los caballos-.

-Por eso estás siempre en las caballerizas- interrumpió Al.

Sí, antes había caballos y los cuidaba Doña Isabel, mucho antes de que llegaran ustedes, pero un día se fueron y permanecí encerrado hasta que los vi aparecer, con esa luz de inocencia que tienen los niños; fue el momento en que supe que podía regresar a mi gente, el momento en que volveré a mi tribu. Los he visto temerme, pero no odiarme y eso me motivó para verlos esta noche y pedir ayuda.

-Tú Erick, puedes llevarme a mi padre. Eres el indicado para ayudarme.

– ¿Yo?  No sé cómo – dijo Erick, aunque muy dentro de él sabía que podría hacerlo.

– Sí lo sabes, sólo necesitas recordar- Insistió Kanda Dakoda – Has hablado con espíritus y has ido más allá de las fronteras de este mundo.

Erick se quedó callado pues de alguna manera sabía que Kanda Dakoda tenía razón, que había visitado otros mundos y hablado con espíritus ancestrales. Lo único que quedaba por hacer era, en realidad, saber cómo ayudar al indio.

Los tres niños se pusieron de pie rodeando el cuerpo nebuloso de Kanda Dakoda, iniciando un ritual desconocido para ellos y que, sin embargo, realizaban guiados por José como si lo hubieran sabido desde antes.

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Adahy Unkas permanecía sentado frente al fuego, esperando por al alma de su hijo pues, después de tantos años, creía que era la única manera en la que lo volvería a ver: en espíritu y nada más. Kanda Dakota había sido esperado por tantos años, buscado por su padre y ancestros; y hoy volvería al corazón de su tribu.

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Erick soltó las manos de sus primos y corrió escaleras abajo llevando de regreso una vela que tomó de un cajón en la cocina, misma que llevó al cuarto, la entregó en manos de Kanda Dakota y la prendió para decir las palabras dictadas por algún ser que le hablaba en silencio, dentro de su mente; en espera de llevarlo con su padre.

-Vuelve, Kanda Dakota. Vuelve a tu casa, vuelve a tu tiempo. Encuentra a tu padre a tus ancestros y a tu amada Onawa. Vuelve sin mirar atrás, no escuches más que el canto de tu padre, no pienses en otra cosa más que en tu hogar.

La flama de la vela danzaba en arcos grandes, cada vez más grandes y las paredes comenzaron a moverse en amplias ondas que las convirtieron en neblina, una neblina densa por la que entró Kanda Dakota en su camino al encuentro con su padre indio.

En la habitación de Usha todo estaba en calma, una calma mística que, sabiendo que estaban despiertos hacía que los niños creyeran que estaban soñando; una calma que casi sin voluntad los llevó a cada uno a su cama y se quedaron dormidos para amanecer sin recuerdos de lo vivido.

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Onawa, de pie extendió sus brazos hacia las estrellas suplicando que su amado estuviera bien; Adahy Unkas había ayudado a sus hermanos y volvía al lado de su hijo que yacía semi inconsciente a la orilla del camino.

-Hijo, despierta. La tormenta ha pasado- Intentaba reanimarlo. -¡Los niños! Me han traído de vuelta, los niños padre – Decía el indio entre lamentos mientras sentía en su mano la vela que Erick había encendido y que había viajado junto con él.

Su padre, su amada y sus ancestros lo llevaron a su casa, lo cuidaron y le curaron los raspones y golpes que recibió durante la tormenta; Kanda Dakota sabía que no había sido un sueño, sabía que aquellos niños lo habían traído de vuelta venciendo los límites del tiempo y la vela en su mano le confirmaba todo. Tenía una nueva oportunidad de vivir, de agradecer y siempre los tendría presentes en las ceremonias rituales.

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Es una tarde lluviosa, en la que no se antoja nada más que estar en casa, los niños llegan de la escuela, se detienen ante la caballeriza y con la mayor naturalidad del mundo se dicen entre sí

– Que raro, ya se fue el ogro-

– No, ya no está el ogro- dice sonriendo Erick mientras saca de su bolsillo el dibujo de un indio norteamericano que realizó durante su clase de inglés, un indio que caminará a su lado, que lo guardará y protegerá hasta el último día de su vida. Porque desde que regresó a su casa, Kanda Dakota decidió ser su alma protectora.