Y de repente tú 13.

 

Madrugada del Miércoles, 15 de agosto de 2012.

Después de cenar, ya estamos más que achispados. Gina se levanta y pone un poco de música para animar el ambiente, aunque ya estamos bastante animados. A las doce en punto de la noche, Gina apaga las luces del comedor dejando solo unas pocas velas encendidas, lo suficiente para iluminar levemente la estancia. Giovanni camina hacia la enorme isla de mármol con un pastel de chocolate entre los brazos con el número 23 de vela encendido.

–  Pide un deseo y soplas las velas. – Me dice Gina cuando terminan de cantarme el cumpleaños feliz.

Cierro los ojos y pienso un deseo, aunque ya lo tengo claro: “Que de esta noche, no pase”. Susurro para mis adentros pensando en pasar la noche con Lucas, pero no solo para dormir.

–  ¡Felicidades, pequeña! Ya eres un año más vieja. – Me felicita Giovanni, dándome uno de sus abrazos de oso que dejan sin respiración. – Aquí tienes mi regalo. – Añade entregándome una pequeña caja rectangular. – Espero que te guste.

Desgarro el papel que envuelve el regalo y descubro un pequeño estuche de joyería. Lo abro y una preciosa pulsera de brillantes y oro blanco aparece dejándome con la boca abierta. Giovanni siempre se empeña en regalarme joyas y, aunque a mí me encantan, me siento incómoda aceptando este tipo de regalos.

–  Oh Giovanni, te he dicho mil veces que no necesitas regalarme joyas, yo no soy una de tus chicas. – Le digo bromeando.

–  Sabía que me ibas a decir eso, así que también te he traído otro regalo. – Me contesta orgulloso entregándome otro regalo.

Este regalo es cuadrado y mucho más grande que el anterior. Rasgo el papel de regalo y del paquete saco un marco de plata con una foto de Giovanni y Mía en una fiesta de la luna llena en la playa de Villasol.

– ¡Oh Giovanni, me encanta! – Le digo abrazándole emocionada. – Me acuerdo de esa noche como si fuera ayer, todos los que estábamos allí acabamos bañándonos desnudos en la playa.

–  Sí, fue una noche perfecta. – Dice Gina suspirando. – No he vuelto a ver a ese polaco en mi vida, pero no pierdo la esperanza.

–  Yo tampoco me puedo quejar, esa noche ligué con dos chicas. – Dice Giovanni sonriendo.

–  Y tú, Mel, ¿qué tal te lo pasaste esa noche? – Me pregunta Lucas con su mirada de Iceman.

–  En esa época, estaba con Gonzalo. – Le respondo con la misma frialdad de su mirada. – Fue una gran noche, pero las he tenido mejores.

–  Ahora abre mis regalos. – Me dice Gina impaciente. – El primero ya lo tienes, que es el vestido. Ahora abre éste y luego este otro.

Cojo el primer paquete que me da y lo abro desgarrando el papel y descubro un par de entradas del mejor balneario de Lagos con todos los tratamientos incluidos.

–  ¡Gracias, me muero de ganas por ir a probarlo! – Le digo abrazándola.

–  Toma, abre el otro. – Me dice Gina emocionada.

Este paquete es más pequeño que el anterior, parece ropa, pero es demasiado pequeño para ser una prenda, debe ser un complemento. Rasgo el papel y saco un conjunto de ropa interior de color rosa y negro, de encaje y diminuto, para dejar poco a la imaginación. Automáticamente, me ruborizo y el calor me sube a la cabeza.

–  ¡Joder! – Exclama Giovanni. – Creo que acabo de descubrir el regalo perfecto para hacerle a una mujer, siempre y cuando me deje que se lo vea puesto.

–  Lo siento chico, pero hoy no es tu día de suerte. – Le respondo divertida.

–  Será mejor que abras mi regalo. – Me dice Lucas intentando no mirar el sexy conjunto de ropa interior que me ha regalado Gina.

–  No deberías haberte molestado, ya bastantes regalos me has hecho desde que nos conocemos. – Le digo recordando que estamos en su casa.

–  Solo es un regalo que me apetecía hacerte y lo he hecho encantado. – Me susurra al oído. – Has prometido ser buena, no hagas que me enfade.

No puedo negarme, no mientras me mira de esa manera, tan sexy y penetrante que me excita a la vez que me intimida. Cojo el paquete que me entrega y rasgo el papel como he hecho con todos los anteriores. Para mi sorpresa, me encuentro con un estuche cuadrado, también de joyería. Por el tamaño, me atrevería a decir que se trata de un colgante o una gargantilla. Sin duda, demasiado para ser un regalo que se le hace a cualquiera. Las manos me tiemblan al sostener el estuche, el cual observo detenidamente sin abrirlo.

–  ¿No vas a abrirlo? – Me pregunta Lucas con voz ronca.

Le miro intentando descifrar su pensamiento, pero se ha puesto la máscara de Iceman y es implacable, no deja al descubierto ni un solo sentimiento. Abro el estuche y me quedo petrificada al ver una preciosa gargantilla con una cadena fina de oro blanco y un colgante en forma de lágrima de color rojo.

–  ¿Te gusta? Es un rubí tallado en forma de lágrima y la cadena es de oro blanco. – Me dice Lucas sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.

–  Es precioso pero…

–  Me has prometido ser buena y las niñas buenas no rechazan un regalo de cumpleaños, es de mala educación. – Me susurra al oído al mismo tiempo que saca la gargantilla del estuche para colocarla alrededor de mi cuello. – Te queda perfecta.

–  Gracias Lucas, pero…

–  Pero nada, eres una niña buena, lo has prometido. – Me interrumpe de nuevo.

Le abrazo mientras le doy las gracias y cuando sus brazos me rodean y siento su piel sobre la mía, una descarga eléctrica sacude mi cuerpo para finalizar en el centro de mi placer.

–  ¿Qué pasa? ¿No te gusta? – Me pregunta intentando descifrar mi rostro. – Si no te gusta, podemos cambiarlo por otro.

–  No es eso, me encanta. – Le respondo.

–  Entonces, ¿qué es? – Insiste.

–  Nada, olvídalo. – Le respondo dándole un beso en la mejilla y añado para que olvide el tema: – Me ha encantado la gargantilla, pero no deberías haberte gastado tanto dinero.

Gina y Giovanni han desaparecido tras decir que se iban a dar un chapuzón a la piscina, pues Gina no se fía de meterse en el lago de noche, así que estamos solos, otra vez.

–  Explícamelo, por favor. – Me ordena con su voz melódica.

–  ¿Qué quieres que te explique?

–  Creo que he hecho mal, según mi hermana, si a una mujer le regalas algo así se quedará encantada y será la más feliz, aunque solo sea en ese instante. – Empieza a decir frustrado. – Pero a ti parece haberte ofendido y, sinceramente, no lo entiendo. No voy regalando joyas por ahí, de hecho, exceptuando a mi madre y mi hermana, nunca he regalado joyas a nadie, pero está claro que hay algo que no he hecho bien.

–  Lucas, me encanta tu regalo. – Le digo sonriendo con ternura. – Es precioso, pero no me lo esperaba y he reaccionado un poco mal. – Intento calmar la tensión en los ojos de Iceman, que acaban de volver para fastidiarme la noche y no lo pienso permitir. – Si te soy sincera, esperaba que no me hubieras comprado nada y así poder pedirte el regalo que yo quisiera.

–  Pídeme lo que quieras, te lo regalaré si puedo hacerlo. – Me dice intrigado. – ¿Qué es lo que quieres?

–  Se me ocurren muchas cosas, pero no termino de decidirme.

–  Pídelas todas, tengo suficiente dinero.

–  El problema es que ninguna de las cosas que deseo se compra con dinero, no quiero cosas materiales, quiero otro tipo de regalo más personalizado. – Le digo con la voz llena de lujuria y pasión.

–  Creo que he bebido más de la cuenta y te estoy malinterpretando. – Me contesta Lucas con la voz ronca delatando su excitación. – ¿Puedes decirme qué quieres exactamente?

–  Justo lo que estás pensando. – Le susurro al oído.

No tengo que decir nada más, Lucas se me echa encima y hace de mi boca su prisionera mientras sus manos recorren todo mi cuerpo como si quisiera aprendérselo de memoria. Estoy tan conmocionada de sentir sus labios sobre los míos y sus manos sobre mi piel que me olvido hasta de respirar.

–  Respira, cariño. – Me susurra al oído. – Si te olvidas de respirar, no podré darte tu regalo de cumpleaños.

Sus premonitorias palabras me excitan tanto que se me escapa un gemido de lo más profundo de mi garganta, necesito tenerle. Lo necesito ya.

Sin necesidad de hablarle, Lucas parece entenderme y, tras cogerme de los muslos y alzarme haciendo que rodee su cintura con mis piernas, sube las escaleras hasta llegar a su habitación sin dejar de besarme. Me tumba boca arriba sobre la cama y me observa con una sonrisa pícara y un destello en los ojos, revelando su excitación. Se desnuda poco a poco ante mí, primero quitándose la corbata para seguir con la chaqueta americana, el cinturón, el pantalón, la camisa, los calcetines y, por último, su bóxer negro. Deja que me deleite observándolo y eso es lo que hago, sobre todo centrándome en su abultada entrepierna, lista y preparada para una noche de pasión.

Tras dejar que me deleite unos segundos, Lucas me coge en brazos y me deposita de pie en el suelo, preparándome para desnudarme. Empieza acariciándome las manos y asciende hasta llegar a mi cuello para rodearlo y desabrocharme el vestido, el cual se desliza hasta caer a mis pies de inmediato.

–  ¿Qué estás haciendo conmigo? – Me pregunta mientras acaricia mi cuello con sus labios, formando un camino por mi clavícula hasta llegar al hombro. – Desde que te vi en el Sweet te metiste en mi cabeza y lo único en lo que podía pensar era en este momento.

–  Podrías haberlo dicho antes. – Protesto divertida mientras acaricio su abdomen con las yemas de mis dedos.

–  No podía, le prometí a Giovanni que no intentaría nada contigo a menos que tú me lo pidieses antes, así que la decisión estaba en tus manos. – Me susurra al oído acariciándome con la nariz. – Te deseo como nunca he deseado a nadie.

Y sus palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez, hasta disolverse para dejarme llevar por el momento, para disfrutar de mi regalo de cumpleaños.

 

Cataratas de decepción

Mis ojos ya no brillan con el fulgor del ayer.

Se han vuelto esquivos,

planos

tristes

vagos,

yo qué sé.

Hartos de tantas miradas sin vuelta;

de tantas miradas de mentiras llenas;

de tanto tanto que siempre les faltó.

Quemados de soñar tan lejos y no ver nada.

Rendidos, como vueltos hacia atrás.

Privados de la vida tras los cristales.

Rotos de promesas falsas de ir más allá.

Exhaustos casi

Casi muertos

Casi ahogados

sin llorar.

 

El juego de las miradas…

 

Cien días bastaron, desde que descubrí su existencia.

Desde el momento en que se cruzaron nuestras miradas, brevemente, entre aquella ventana que ocultaba la intimidad de su habitación.

Hasta el momento en el que se convirtió en un juego de miradas que se esquivaban mutuamente, y que solo por un segundo se encontraban.

Donde ella jugaba conmigo, enloqueciendo mi corazón en cada segundo; que tras descubrirme se escondía, apartándose de aquella ventana, para asomarse de nuevo, de manera fugaz, mostrando una leve sonrisa.

Otros, donde conseguía no sentirse observada y donde despertaba todo en mi interior. Pasé de enamorarme a desearla.

Quería ver aquella mirada, cargada de pasión, no solo en mis sueños, sino clavada a la mía sin temor a ser descubierto.

Besar sus labios un millón de veces, lentamente, para saborear el dulce elixir que llegaba a embriagarme, para llevarme a la felicidad.

Descubrir el contorno de aquel cuerpo dibujado tras su blusa de lino, que escondía toda su belleza.

Quería aprendérmelo como si fuera aquel mapa que traza el camino correcto para encontrar un preciado tesoro.

Recorrerlo, acariciándolo con las yemas de los dedos para sentir su piel reaccionando a mis caricias, hasta provocar el suspiro que hasta podría enamorar al silencio.

Envolverla en el día con cientos de miradas y poder descubrirla en la noche, en cada noche, por completo, como si nunca antes hubiese llegado a hacerlo.

Y allí estaba, en aquel vagón de metro colmado de gente, ella, quien tantas veces deseé, tratando de que no se percatara de mi presencia. Percibiendo el aroma de su perfume.

Y una vez iniciado el viaje, allí permanecí, hasta que ella, cuando el tren llegó a su primera parada, acabó por descubrirme.

Sentí cómo un suave roce se deslizaba por mi mano. Cómo sus dedos comenzaban a entrelazarse con los míos, hasta agarrarme fuertemente.

Y comenzó a girarse, lentamente, dibujando aquella sonrisa que tantas veces vi durante nuestros juegos.

Sentí cómo su mirada conectaba con la mía, esta vez, sin intención alguna de retirarla, llegando a lo más profundo de mi ser.

Percibí su perfume, envolviéndome por completo, demostrándome la cercanía de ambos cuerpos.

Eternos parecieron los segundos, hasta que fundió sus labios con los míos, regalándome su dulce beso.

Y tras separarlos lentamente, comenzó a recorrer con ellos mi rostro y mi cuello, suavemente, hasta lanzarme un leve mordisco en el lóbulo de mi oreja, para después susurrarme:

-”Ha llegado nuestro momento, te juro que será eterno”-.

Durante el trayecto hasta la siguiente parada, pudimos liberar todos aquellos besos, atrapados entre los cristales de su ventana.

Y bajándonos del vagón, nos mezclamos de nuevo entre la marea de gente para volver caminando allí, donde surgió aquel deseo.

Volví a verla, día tras día, asomada a aquella ventana, tras las noches en las que se fundían nuestros cuerpos, cuando la rutina de la vida diaria me obligaba a marchar. Con la certeza de que el resto de mi vida la vería despertar.

 

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