Un número más

UN NÚMERO MÁS

Caminar siempre avanzando,
pararse a descansar,
retroceder si hace falta,
continuar el caminar.
Tropezar y caerse al suelo,
ahora toca levantarse,
sacudirse las heridas,
volver a caminar de nuevo
con la cabeza bien erguida
sin temor a tropezar.
Pero, en ocasiones, corres
como si tu vida fuese en ello,
una carrera de fondo
de la que nunca sales
con el dorsal en su sitio
y en la meta no te espera
ninguna compensación.
Mirar a un lado,
luego al otro,
pararse siempre antes de cruzar
un camino que es ajeno,
pues puedes quedar tendido,
arrollado en los raíles
de un tren en el que no viajas,
que proseguirá su camino
sin importarle tu estado
o si no te vuelves a levantar.
Sonreír, sonreír, sonreír,
aunque estés hecho pedazos,
pensar siempre en positivo,
hacerse el olvidadizo
y esquivar la melancolía
cuando esta intenta con fuerza
apoderarse de ti.
Y sonreír, sonreír,
sobre todo, sonreír,
fabricar la pose falsa,
interpretar un papel,
vestirte con mil disfraces
y a la vez sin olvidar
que debes ser tú mismo,
fiel,
coherente,
legal.
Buscar refugio seguro
allí donde les permitas
a las lágrimas saltar.
Mientras, seguir sonriendo
y evitar el pensamiento
breve, intenso, fugaz,
de que lo único que quieres
es escapar y escapar,
volver a entrar en carrera,
bien prendido tu dorsal,
sabiendo que solo eres
para alguien un número más
que controlará tu existencia
sin importarle tu nombre,
tus vivencias y tu edad.
Fingir que no nos importa,
volver a correr sin parar
por nosotros y por aquellos
que quedaron en el camino,
los que jamás consiguieron
la carrera completar.
Reconocer tu fortuna
por estar vivo sin más
aunque te pongan un precio,
por más que te prostituyan
y tú aceptes porque quieres
llegar a cruzar la meta
sin olvidar la sonrisa.
Pero sin olvidar tampoco
que por más que lo intentemos,
para alguien, siempre seremos
solo, tan solo,
un simple número más.

Imposibilidad

Cómo diluirme en un segundo entre tus manos
si es imposible tocarlas…
Cómo engendrar en mi memoria recuerdos que sean nuestra historias,
si es imposible que una gota de tus lágrimas se una a una lágrima mía en el rodar de nuestras mejillas…
El frío de tu voz es el filo que rebana mi esperanza de todo cuanto haya envuelto en las nubes de mi ensoñación.
Cercanía, inapelablemente, inviable.
Sólo tengo en mi garganta la hiel que me diste de beber con el último huracán que dejaste escapar de tu alma.
¿Cómo ser, si sólo alcanzo a difuminarme entre las sombras del tiempo que sobra?

Viviana Lizana Urbina

MANUEL ENRIQUE

 

 

A estas alturas, mi padre tendría ciento catorce años. Era del año tres del siglo pasado y vio pasar el cometa Halley, subido sobre la mesa del comedor allí en el Cusco y lo que recordaba eran las migas de pan que le picaban en los pies descalzos.

Mi padre era ingeniero y nunca mejor aplicado el término, porque su ingenio era infinito aunque su paciencia fuera corta. Capaz de encontrar soluciones inverosímiles a problemas sencillos, podía arreglar casi cualquier cosa que le cayera en las manos.

Estudió ingeniería electromecánica e ingeniería civil; empezó a estudiar medicina a la vez, pero un surmenage lo regresó a las ingenierías nada más.  Se graduó en electromecánica y siempre ejerció como ingeniero civil. Recorrió el Perú, especialmente la sierra, construyendo carreteras. Escribió un libro sobre pavimentos y fundó el primer magister en Vías de Transporte en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería).

Fotógrafo fanático, llevaba a cuestas su cámara fotográfica y los implementos de revelado. En un tiempo en que los negativos de vidrio eran no sólo más fiables sino prácticamente únicos, su bagaje de aficionado era voluminoso y lo acompañaba en sus largos meses de campamento. Guardadas tengo placas de hermosos lugares,  de mis hermanos, mi madre y sus amigos. Placas que en la época de la efímera fotografía digital, permanecen como hermosos dinosaurios en el blanco y negro de un pasado siempre actual.

Manuel Enrique leía mucho y de todo. También lo acompañaban en sus viajes tres cajones con libros, que servían además como asiento debajo de la carpa del campamento.

Eran cajones largos con asas de soga que acomodaban libros profesionales, novelas,  filosofía y religión: contenido que era renovado por mi madre en Arequipa, cuando le llegaban los cajones llenos de libros ya leídos.

Manuel Enrique era Católico. Con C mayúscula.

Vivió su fe desde estudiante, cuando integró la mítica JEC. Una fe inquebrantable, meditada y actuada en cada instante de su vida. Una fe ejemplar, envidiable y alegre.

Fue perseguido por su fe y perdió más de un puesto público por ella. Lo persiguieron porque no se permitía ser concesivo con los mediocres. Lo hicieron porque era un ingeniero que rezaba, que no tenía empacho en ponerse en las manos de Dios cuando trepaba en mula por las sierras de La Libertad o cuando soportaba en solitario los fríos de una puna hecha para el ichu y no para los que la cruzaban construyendo caminos que el hombre pudiera recorrer.

Mi padre se fue en 1985.  No conoció Internet ni esta magia que me permite ahora compartir los recuerdos usando la computadora. Él que hizo su tesis de ingeniero electromecánico sobre los tubos de vacío, que  eran una promesa entonces,  ¡cómo hubiera disfrutado de tales maravillas!

Se me haría corto el espacio para hablar de él. Como ahora me doy cuenta que fue corto el tiempo en que lo conocí y tan poco lo que conversamos…

Siempre sucede. El tiempo pasa y nos damos cuenta de todo lo que quisimos decir, escuchar, charlar o simplemente mirar. Y ya es tarde. Quedará para otra ocasión. Esa que ocurrirá cuando le dé el encuentro, lo ponga al día y le diga que sigo haciendo el Geniograma que disfrutábamos juntos y con el que yo aprendí tantas nuevas palabras.

 

 

Foto: Manuel Enrique en algún lugar de la sierra, al lado de su teodolito y un compañero de trabajo, circa 1933.

 

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