Detalles

Cuando tu mirada esquiva, me evitaba.
Cuando ya tu mano, al pasear, no tomaba la mía.
Cuando sonreias al aire después de revisar tu pantalla, y no era mío el mensaje que llegaba.
Cuando te dormiste sin el buenas noches de mis labios, y despertaste corriendo, sin esperar mi abrazo.
En todos y cada uno de estos pequeños detalles  supe que se acabó todo el amor perfecto que confesaste.

Hace años. Hace un tiempo. Ya lejano. Ya tan muerto.

By Miriam Giménez Porcel.

 

 

 

Pasada la quinceañera…

La vida se pone, a veces, cuesta arriba. Yo, a veces, me siento junto a la ventana, pongo una de Phil Lynott, o de Rosendo Mercado, me olvido de lo que me dicen que haga el google y la televisión y me pongo a escribir.

Y es que la honestidad no es excusa. Y es que no hay obstáculo que pueda pararme cuando, a veces, decido que 3 y 2 son seis.

 

Pasada la quinceañera… escribo

 

Hago “Rock’n’roll”. Anda, ponle un collar a ese gato. Hago “raquenroll”, dejo las raquetas y me pongo a escribir; otra vez. Quisiera no dedicarme a nada que no fuera eso, escribir. Quisiera estar seguro de que solo me dedicaba a eso porque sé, y mira que son pocas cosas las que sé, que tú, tanto como yo, eres parte integrante de todo ese escribir. Quisiera dedicarme solo a esto porque sé, siento, sinónimos de salón, que de todas las cosas que hice, mal, a veces también, escribir es la que, única, integra todo lo que no pude ser hasta que decidí que iba a darle un par de kilos de panceta y tres de mojama a esto de escribir. Quisiera dedicarme solo a esto porque esta es la empresa, terrible palabra hundida en la mierda, porque escribir es eso a lo que se puede poner intermedios. Quisiera ser solo escritor porque entiendo que el que no llega al cielo en llamas del escritor es el que entretiene, entretener no expresa lo que pretendo expresar aquí, el tiempo debido a la dedicación de escribir con otras labores, taras, tareas, folios en blanco que, porque no lo merecen, porque no lo son, nunca se terminan de rellenar.

Enfrento, me enfrento, mi trabajo diario, prostitución. No se llame nadie a engaño, que no soy de los que llaman. “Prostitución” es el nombre genérico para el más contemporáneo “trabajo”. “Prostitución” es el epíteto, no creo exagerado, Ramiro, que utilizo para designar lo que hago, a diario. No vendo mi cuerpo, mi tiempo ni mis conocimientos. No dono nada. No soy bueno. No; soy nada. Soy maestro, repartidor de publicidad, transmisor de propaganda, tonto de capirote, banquero, cooperativista, traficante, tonto de la tiza, profesor, entrenador de tenis, coach, con y sin sofá, freudiano, académico, terapéutico, clínico, que vende mucho más, al trapicheo especial-mente, usuario responsable de público transporte, concienciado contribuyente, alimento para el alma, parásito de mi mente, concienciado sobre todo al tocar al fin el mes, autor residente, “obstáculo impertinente”, propietario, de “esta nuestra comunidad” presidente, soy un cabrón con pintas. Soy el capullo que se te echó encima la otra noche en el metro. Soy el que recita el “sois de puta madre, de verdad, de puta madre”. Soy el que te quita la chica, el trabajo, la plaza de aparcamiento. Soy el gilipollas en el que encuentras consuelo. Soy el amigo, el jefe que te falta, soy el respeto que tu jefe, tu amigo y tu novia no encuentran. Soy el cartel que anuncia la siguiente área de servicio, la sal de fruta, la sexta, quién quiera que sea que se atreva a decir que se encuentra detrás del cinco.

Seis. “Why wouldn’t the gipsies warn out the danger”. Cito. Cito una serie de palabras que lejos están de existir. Me dice el “google” que ahora mismo, ahora, hay miles de empleadores, cientos de miles de empresas buscando negocios como el mío. Y sé que no. Sé que, como dije al principio, hace un rato, lo estoy haciendo otra vez.

Fotografía: Miguel Castro

Escribo frases demasiado largas, ecuaciones, malversaciones varias. Escribo. Me encuentro en el desencuentro en el que, sin concretar, sé que me encontraré. Mis afirmaciones no lo son. No afirman nada más que lo que cada cual esté dispuesto a entender que puede, podrías, ser aceptable aceptar. Cuidado. Ojalá fuera anécdota la longitud de mis enunciados. Ojalá solo lo hiciera de vez en cuando; quiero decir que ojalá fuera menos que a menudo cuando me extiendo más de lo que sería necesario. Cuidado. Necesario, extender, conceptos susceptibles de hacer frente común, equipo no, equipo es demasiado. Ojalá no me extendiera más de la cuenta y, sobre todo, ojalá no dedicara buena parte de mi poco profesional vida tocaya en forzar a sujetos varios a, al menos temporalmente, evitar la elongación de las palabras, de los términos, de los ideales perdidos donde sobran las palabras.

Ojalá. Ojalá, también, hubiera menos de “yo” en todo lo que me encuentro. Me encantaría poder dejar en estas páginas todo lo que con los años he malaprendido que soy. Quisiera ir tirando ladrillos a cada paso, a cada palabra escrita. Me encantaría pensar que la labor del escritor libera. Pero no lo creo. Podría llegar a aceptar que escribir moldea, organiza ideas, saca lo que quiera que uno lleva dentro y lo deja ahí, abandonado, para que el mundo lo vea, negro sobre blanco.

Carlos Bueno-León

Caprichos del destino 10.

Los meses han ido pasando y mi relación con Jason se ha ido haciendo más seria y formal. En el Gran Premio de España, fuimos todos a Montmeló para ver la carrera, incluso vino mi padre. No sé cómo lo habrá hecho, pero Jason ha conseguido ganarse la amistad de mi padre, cosa nada fácil teniendo en cuenta que es el hombre que se acuesta con su hija…

Ahora estoy en Inglaterra, en una habitación de un lujoso hotel con Jason, que se prepara para la carrera de mañana en Silverstone. Aunque yo estoy más nerviosa que él. Se ha empeñado en que viniera para presentarme a su familia, lo que incluye a sus padres, a su hermano y a su hermana. Camino hasta el enorme ventanal de la habitación y me quedo mirando la vida nocturna de la ciudad.

–  Cielo, ¿quieres contarme por qué no dejas de dar vueltas por la habitación? – Me pregunta Jason con una voz suave pero sin poder evitar un tono de irritabilidad. – Creo que soy yo el que debería estar nervioso y no tú. ¿Qué te ocurre?

¿Qué me ocurre? Nada. ¡Solo que mañana voy a conocer a toda tu familia! Me hubiera gustado gritarle. Por si fuera poco, también está el tema de mi trabajo, que he tenido que contratar a un detective privado para que investigue sobre el tema de las condicionales.

–  Estoy un poco nerviosa porque voy a conocer a tu familia. – Le respondo con sinceridad, aunque no sea eso lo único que me preocupa.

–  No tienes que estar nerviosa, les vas a encantar. – Me dice sonriendo al tiempo que se levanta y se coloca detrás de mí para rodearme la cintura con sus brazos y abrazarme. – ¿Hay algo que pueda hacer para calmar esos nervios?

Su sugerente pregunta solo tiene una única respuesta, la cual le hago llegar con un pequeño gemido que él entiende a la perfección.

Tras una tórrida noche en el hotel, Jason se levanta temprano y se dirige hacia el circuito, donde debe empezar a prepararse para la carrera. Dos horas antes de la carrera, Ana y yo llegamos al “hospitallity” habilitado para el equipo de King Race para el que corren Jason y Marcos. Saludo a los técnicos e ingenieros a los cuales ya conocí en Montmeló y bromean sobre lo positiva que está siendo mi relación con Jason, puesto que en estas últimas carreras se ha puesto primero con 154 puntos, seguido de Wolf con 144 y en tercer lugar Marcos con 108. Jason se acerca en cuanto me ve llegar y me da un beso en los labios para después susurrarme al oído:

–  Cariño, mi familia está aquí y quiere conocerte. – Hace una pausa para darme otro beso en los labios y añade: –  Ven, te los voy a presentar.

Me coge de la mano y me arrastra frente a un reducido grupo de personas que se abren en abanico al verme llegar de la mano de Jason. Todos nos miran y sonríen con aprobación, al menos eso es lo que a mí me parece. Una mujer de pelo castaño y ojos verdes, de unos cincuenta años de edad, quien supongo que es la madre de Jason, es la primera en saludarme con dos besos en la mejilla:

–  Por fin te conocemos en persona, Sara. Yo soy Helena, la madre de Jason. – Me dice en un perfecto español. Señala al hombre que está a su lado y añade: – Este es mi marido, James. – Señala a una chica de mi edad y a un chico un par de años mayor que yo y continúa hablando: – Y ellos son mis hijos, Kate y Kevin.

–  Encantada de conocerles. – Les digo con una tímida sonrisa.

El primero en saludarme es Kevin, que se adelanta a su hermana Kate y, tras pasarme la mano por la cintura, me besa en la mejilla mientras me sonríe pícaramente y me dice:

–  Ahora entiendo porque mi hermano te tiene tan escondida, eres un verdadero bombón.

Me ruborizo al instante, pero Jason intercede arrancándome de los brazos de su hermano y con un tono de voz imperativo le advierte:

–  Te quiero a un mínimo de diez metros de ella.

–  Chicos, chicos. – Les regaña su padre. – ¿Qué va a pensar Sara de nosotros? – Se vuelve hacia a mí y me saluda con un leve beso en la mejilla mientras me dice: – No les hagas ni caso, estos dos se pasan la vida discutiendo, yo creo que es su peculiar forma de demostrarse afecto.

–  Tranquila, al final te acabarás acostumbrando. – Me dice Kate divertida al tiempo que se acerca y también me saluda con un beso en la mejilla. – No obstante, si empiezan a desquiciarte, solo tienes que avisarme y ya me encargaré yo de ellos.

–  Gracias, lo tendré en cuenta. – Le respondo sonriendo.

Ana y Marcos se acercan a saludar a la familia de Jason y observo como se besan y se abrazan con total familiaridad, si no los conociera y los viera en la calle hubiese creído que eran todos una familia. De hecho, aunque no fuera de sangre, eran todos una gran familia.

–  Cariño, ¿estás bien? – Me susurra Jason al oído. – Estás muy callada y pareces preocupada. – Hace una pausa para besarme y añade: – Mi familia te adora, no tienes de qué preocuparte. – Uno de los técnicos llama a Jason y Marcos para que regresen y Jason se despide de mí con otro beso en los labios para después decirme: – Tengo que irme, nena. No hagas planes con nadie para esta noche, te quiero para mí solo.

Allí vimos todos juntos la carrera. Wolf salía primero, seguido de Jason y de Marcos respectivamente. Las primeras vueltas fueron difíciles, dos coches chocaron y tuvo que intervenir el coche de seguridad. Apenas habían llegado a la vuelta veinticinco cuando otro accidente se produjo viéndose implicados cuatro coches, por lo que ya habían abandonado seis coches la carrera. El coche de seguridad tuvo que volver a salir, así que las vueltas pasaban y con ellas las oportunidades para que Jason pudiera adelantar a Wolf. Cuando por fin el coche de seguridad se retiró, Jason fue a por todas. Finalmente y tras un duro enfrentamiento con Wolf que no le dejaba espacio, pudo adelantarlo. Pero el alemán no se amilanaba y seguía a Jason muy de cerca, incluso sus coches llegaron a chocarse en una de las curvas en las que Wolf se salió de pista, lo que le hizo perder un par de segundos respecto a Jason y perdió su posición porque Marcos aprovechó la oportunidad para adelantarle. La carrera terminó con Jason primero, Marcos segundo y Wolf tercero, lo que suponía que Jason permanecía primero en la clasificación del campeonato con 179 puntos, seguido por Wolf con 159 puntos y Marcos con 126 puntos. Sin duda alguna, no podría haber un resultado mejor, bueno sí, que Wolf no hubiera puntuado, pero tampoco es cuestión de pedir milagros. Tras subir al podio, recibir los trofeos y rociarse con champagne, Jason ha bajado y ha venido hacia donde estábamos nosotros seguido de Marcos. Tras cogerme en brazos y abrazarme, me besa con uno de esos besos de película delante de todo el mundo (incluida su familia y medio mundo que esté en su casa viendo la Fórmula 1). Al ver su sonrisa maliciosa, no tengo duda alguna del motivo por el que lo ha hecho pero aun así, Jason decide susurrármelo al oído para dejarlo claro.

–  Así todo el mundo tendrá claro que eres mi chica, incluido el idiota de tu ex.

Y es que la semana pasada Alberto se presentó en mi casa con la mala suerte de que fue Jason quién fue a abrir la puerta. Ni qué decir tiene que Jason se puso furioso y las palabras que salieron de la boca de ambos no las voy a repetir porque no fue nada agradable de oír, pero gracias a eso no he vuelto a recibir ni una llamada de Alberto, ha dejado de enviarme flores a todas partes y vivo mucho más tranquila.

–  Chicos, esta noche cenamos juntos, tenemos algo importante que deciros. – Nos anuncia Marcos de la mano de Ana. – A las nueve en el restaurante del hotel.

–  Espero que sea algo realmente importante, ya teníamos planes para esta noche. – Replica Jason.

–  Ya me imagino qué clase de planes tenéis. – Dice Marcos divertido. – Tranquilos, después de la cena os dejaremos que os vayáis a vuestra habitación.

Después de la rueda de prensa, de regresar al hotel, comer y echar una pequeña siesta, aparecemos en el restaurante del hotel a las nueve en punto. Ana y Marcos ya están esperándonos en una mesa para cuatro. Nos sentamos junto a ellos a cenar y, cuando ya nos están sirviendo el café, Jason no puede más:

–  ¿Pensáis decirnos eso tan importante o vamos a tener que suplicar?

–  Me gustaría verte suplicar a ti. – Se mofa Marcos.

–  Cariño, díselo. – Le dice Ana a Marcos con una tierna sonrisa.

–  Estáis empezando a asustarme, ¿qué pasa? – Les pregunta Jason preocupado.

–  Amigo, estás frente a unos futuros padres. – Nos dice Marcos con orgullo.

–  ¡Enhorabuena! – Les felicitamos Jason y yo al unísono.

Tras un montón de felicitaciones y abrazos, me quedo mirando a Marcos y Ana. Sus rostros emanan felicidad por todas partes, sus miradas reflejan el amor y el cariño que se tienen y que estoy segura le transmitirán a ese bebé.

–  Cariño, te has quedado muy callada. – Me susurra Jason. – ¿Te gusta la idea de ser mamá?

–  Si te soy sincera, nunca me lo había planteado. – Le respondo. – Pero sin duda alguna me lo plantearía si estuviese en su lugar, se les ve tan felices.

–  Bueno, eso ya es algo.

–  ¿Algo de qué? – Pregunto.

–  Bueno, yo estaba pensando en ir practicando la manera de hacer un bebé para cuando quieras tenerlo. – Su contestación, aunque medio en broma, denota algo de verdad en lo que dice.

–  ¿Estás hablando de tener hijos conmigo? – No puedo evitar que mi voz suene temerosa.

–  Tranquila cariño, no quiero que vayas a salir corriendo. – Me dice burlonamente al ver la expresión de terror en mi rostro. – Sé que es pronto, pero no he podido evitar pensar en nosotros con un bebé. ¿Crees que podría llegar a ser el padre de tus hijos?

–  Si algún día tengo hijos, no me cabe la menor duda que será contigo. – Le respondo sonriendo.

–  Me alegra oír eso. – Me responde con una amplia sonrisa.

 

A %d blogueros les gusta esto: