Y de repente tú 18.

Madrugada del domingo 2 de septiembre de 2012.

Tras saludar a todos los invitados que han llegado puntuales, nos hicieron pasar al enorme salón de actos el cual habían amueblado y decorado para la ocasión, donde hemos cenado tras un breve discurso de Fabio y Leonor. Las mesas eran redondas y grandes, para ocho comensales, y en la nuestra estaban sentados Leonor, Fabio, Mía, Álex, Giovanni, Gina, Lucas y yo, en ese orden. Al estar sentada al lado de Leonor, he podido preguntar todo lo que necesitaba saber sobre el evento, ya que Lucas no ha mostrado el menor interés por la fiesta de sus padres.

–  Todos los años hacemos esta fiesta para recaudar dinero que posteriormente donaremos a los orfanatos de la ciudad. – Empieza a explicarme. – Cada año se dona a una organización diferente, pero siempre con el fin de ayudar a los ciudadanos más necesitados. El año pasado reformamos el hospital del barrio del sur, uno de los barrios más desfavorecidos de la ciudad. Recibimos miles de propuestas al año y todas ellas son estudiadas para finalmente decidir a donde van a dirigirse los fondos recaudados. Este año, la propuesta seleccionada ha sido el orfanato de Lagos. Las instalaciones son pésimas, las aulas y las habitaciones de los niños están llenas de moho debido a la humedad y el material escolar que utilizan está completamente desfasado. Necesitan urgentemente una reforma.

–  ¿Quién se encarga de escoger la propuesta? – Le pregunto interesada.

–  Se encarga el comité de la Organización Benéfica de Lagos, la OBL, de la cual yo soy la presidenta desde hace quince años. – Me contesta orgullosa. – Si estás interesada, podríamos quedar un día y te enseñaré todo lo que solemos hacer y, si te animas, puedes hacerte miembro y poner tu granito de arena.

–  Mamá, no aburras a Mel. – Le reprocha Lucas severamente. – Dono el 5% de lo que gano a tu organización, eso debe bastar para evitar que la aburras.

–  No te preocupes Leonor, estoy muy interesada en la OBL y me encantaría que otro día pudieras enseñarme todo lo necesario para aportar mi grano de arena. – Le digo a Leonor al mismo tiempo que fulmino a Lucas con la mirada.

–  ¡Por fin una mujer que sabe plantarle cara a este hijo mío! – Se alegra Leonor. – No sé de quién ha sacado ese carácter, ni su padre ni yo somos cómo él. – Se vuelve hacia a mí y me susurra para que también la oiga Lucas: – Sinceramente, aún no sé cómo le aguantas.

–  ¡Mamá! – Exclama Lucas con su mirada de Iceman.

–  Oh, vamos. Solo estamos bromeando. – Intento mediar entre ambos. – Estamos pasando un rato agradable y disfruto escuchando a tu madre decir lo mucho que trabajan durante el año para recaudar fondos y hacer algo bueno para la comunidad. Es algo que tendría que hincharte de orgullo, no de aburrimiento.

–  Entonces, ¿por qué nunca vas a las galas benéficas que organizan constantemente tus padres? – Me pregunta Giovanni divertido. Le fulmino con la mirada y añade: – No me mires así, alguien tiene que defender a mi amigo, ¿no?

–  ¿Puedes explicarme eso? – Me pregunta Iceman en estado puro.

–  No voy, pero ayudo a organizarlas. – Me defiendo. – Además, el motivo por el que no voy nada tiene que ver con el evento en sí, sino por factores externos.

–  ¿Factores externos? – Me inquiere Lucas.

–  ¿Recuerdas el motivo de mi trato con Giovanni al cumplir los treinta y cinco? – Le doy una pista.

–  Estoy completamente de acuerdo en que no asistas a esos eventos, pero del trato que tienes con Giovanni tenemos que hablar. – Me susurra al oído.

El jardín trasero se ha convertido en una pista de baile con barras de bar por todas partes, como si estuviéramos en una de esas fiestas chil-out de Villasol. Lucas me coge de la mano en todo momento, evitando que me escape mientras él recibe educadamente el saludo de los invitados que no le habían saludado antes de la cena.

–  No me lo puedo creer, ¿cómo puedes estar con el serio de mi primo con lo divertida que eres tú? – Escucho una voz que me resulta familiar a mi espalda.

Tanto Lucas como yo nos giramos para poder ver al dueño de esa voz y mi sorpresa es encontrarme allí a Carlo, un chico al que conocí un verano en Villasol, un verano bastante peculiar.

–  ¡Carlo, qué alegría verte! – Exclamo abalanzándome sobre él para abrazarle.

–  Yo también me alegro de verte, aunque no me alegro tanto de verte con mi primo Lucas. Si me echabas de menos, sólo tenías que llamarme. – Bromea Carlo. – Ahora en serio, he escuchado por ahí que por fin Lucas se había echado novia y cuándo te he visto, no me lo he podido creer. Dime que se trata de una broma o algo parecido.

–  No es ninguna broma. – Sentencia Iceman con su mirada más gélida que nunca. Sus ojos se han ensombrecido tanto que se han vuelto del color del humo, un gris oscuro y temeroso.

–  Vaya, veo que va en serio. – Contesta Carlo sorprendido. – En fin, espero que cuando te aburras de él decidas llamarme y repetir una noche como la de la fiesta de la luna llena en la cueva de la playa.

Noto como los músculos de Lucas, que está pegado detrás de mí con sus manos en mi cintura, se contraen por la tensión y casi me olvido de respirar.

–  Carlo, lárgate. – Le dice Giovanni. – No es el momento ni el lugar para uno de tus numeritos.

–  Nos vemos, Mel. – Se despide Carlo lanzándome un beso al aire.

Apenas me da tiempo a abrir la boca para explicarle a Lucas lo que acaba de oír, Lucas me agarra del brazo y me lleva hasta el jardín delantero, dónde el aparcacoches ha ido aparcando los coches de los invitados. Lucas saca la llave del coche del bolsillo y dándole al botón abre su coche y las luces se encienden de inmediato. Abre la puerta del copiloto y me hace subir al coche para después sentarse él en el asiento del conductor.

–  ¿Qué pasa? – Le pregunto cuando soy capaz de hablar.

–  Nos vamos. – Me contesta arrancando el coche y sin mirarme.

–  ¿Nos vamos? ¿A dónde?

–  Nos vamos a casa.

–  ¿A casa de quién? – Le pregunto enfadada. – ¿A la tuya? ¿A la mía? ¿O cada uno a la suya y Dios en la de todos?

Lucas no me contesta, me fulmina con la mirada y sigue conduciendo. Me resigno a mi destino y cierro los ojos. Cuando por fin Lucas aparca el coche, abro los ojos y descubro que estamos en el parking del edificio de Lucas y Giovanni. ¿Me ha traído a su casa? Lucas sale del coche y espera a que yo le siga, sin abrirme la puerta y ayudarme a salir del coche como acostumbra a hacer.

Después de subir en el ascensor en silencio y entrar en su casa, Lucas se sirve un vaso de wiski con hielo mientras yo empiezo a decirle:

–  Lucas, lo que Carlo ha dicho ha sonado a algo que no es así y…

–  Déjalo, Mel. – Me espeta furioso. – Tú estás demasiado cansada y yo demasiado furioso. Lo mejor es que te vayas a dormir y mañana hablaremos más tranquilamente.

–  ¿Tú no vienes a dormir?

–  No, no tengo sueño y tengo trabajo pendiente por hacer. – Me contesta secamente. – Estaré en mi despacho si necesitas algo.

Y dicho esto, se da media vuelta y desaparece tras la puerta de su despacho. Resignada, me dirijo al dormitorio de Lucas, el único que hay, me desnudo y me meto en la cama. Doy vueltas intentando dormir, pensando en si debo o no ir a su despacho y hablar del tema, pero recuerdo lo enfadado que está y decido quedarme en la cama y seguir intentando dormir.

Mejor a la car(t)a

Estoy al tanto de lo que ocurrió hace tiempo, gracias.

Me lo contó todo.

No entiendo porqué siguen con este cachondeo que, por otra parte, a mí no me hace ninguna gracia.

Será que es usted el que es y ha sido así.

¿Sabe qué pasa, señor? Pues pasa que tengo más clase que cualquiera de los que trabajan aquí, incluído usted, y exceptuando a uno de ellos.

No quiero sus disculpas, aunque quizá ni se le haya pasado por la cabeza el pedírmelas.

¡Ah, sí!, una cosa más…

Con todo el respeto, señor director, que es lo que no tiene usted conmigo…, ¡váyase a la mierda!

M. L. F.

La casa…

-Calla- le dije a esa muchacha que se había empeñado en acompañarme a esa casa abandonada que siempre me llamo la atención.
Obedeció y mantuvo silencio, mientras tratamos de que nuestros pasos fueran como los de un felino.
Un vago ruido parecía provenir detrás de aquella puerta que daba acceso al desván.
Sus ojos se llenaron de pánico mientras dijo susurrando
– Vámonos, aqui ahí alguien mas-.
– No, llevó varios días vigilando esta casa y no he visto entrar a nadie, será una rata-
le contesté comprobando como le repugnaba la posibilidad de encontrarse con dicho animal.
Volvió ese ruido y la cercanía parecía que eran golpes en aquella puerta.
-Yo me voy, esto no me gusta nada-
dijo y sin más se alejó de mi.
Perdí su pista cuando salió hacia el pasillo.
De repente los golpes en aquella puerta se hicieron más repetidos. Un segundo después escuché el chillido de aquella muchacha que venía conmigo.
Corrí hacia aquel pasillo, pase por el salón hasta salir de la casa.
No había nada ni rastro de ella. Era casi imposible que le hubiera dado tiempo de salir, aunque quizás el miedo…
Me gire y vi una sombra que pasaba por la ventana.
-¿Ella?-.
Me pregunté mientras decidía si volver a entrar a esa casa.
Aunque con asombro comprobé como la puerta se cerró de manera brusca. Entre ese silencio unos pasos corrían por el interior de la casa, hasta que cesaron igual como aparecieron.
Para entonces mi corazón ya estaba completamente acelerado, y casi podía percibir como latía esa vena de mi cuello que me mostraba mi tensión.
Examine los alrededores de la casa, llamándola en repetidas ocasiones.
– Elisa, Elisa-
ninguna respuesta.
De nuevo los pasos acelerados aparecieron aunque esta vez se vieron acompañados por los chillidos que casi destroza mis tímpanos.
Corrí hacia hacia aquella casa esperando que la suerte se volcará de mi lado y la puerta trasera no se encontrase cerrada.
Ni suerte ni nada, estaba cerrada. Mire a mi alrededor buscando cualquier elemento contundente, que me sirviera para romper el pequeño cristal que había en la parte superior del pomo.
Y ante mi incredulidad observe, como ese pomo se giraba, y la puerta quedaba entreabierta. Alguien desde dentro abrió la puerta.
Me acerqué con sumo cuidado, empuje levemente para dejar el hueco necesario por donde cabía mi cuerpo.
Entre y allí no había nadie, mientras pensaba que había sido un estúpido al entrar asi.
Si llega a estar alguien detrás…
Avance con más miedo que cautela, mi respiración agitada.
– Perfecto ahora una bajada de azúcar, lo que me faltaba.- Busque en mi bolsillo algunos de esos caramelos que llevaba.
Jamás hizo tanto ruido ese envoltorio de plástico, exageradamente pensé que se había escuchado en cada rincón de esa casa. Entonces escuché un ligero chisteo..
– Shhh!! Estoy aqui-.
La voz provenía de aquella puerta que seguramente sería una despensa. Se abrió lentamente.
– Corre volverá en un segundo-  me dijo Elisa y tan pronto como callo los pasos se escucharon. Alguien venía por el pasillo.
Corrí casi de puntillas para que fueran lo más leve el ruido de mi carrera, entre y ella cerró con cuidado esa puerta.
– No hagas ningún ruido- me advirtió.
Su mirada seguía llena de pánico.
– Ves, ya te dije que aqui había alguien mas-
me susurró a mi oído.
La tenía tan pegada a mi que podía escuchar su corazón latir tan rápido como el mío.
Aquellos pasos cada vez se escuchaban con mayor claridad, tomaron una pausa hasta que se pudieron percibir de nuevo alejándose de donde estábamos. Escuchamos como el cerrojo de la puerta por la que yo había entrado  se cerraba.
Bien ahora si que estamos atrapados, pensé mientras de nuevo un grito me atravesó el alma.
Seguramente el pánico tomó también mi mirada porque Elisa se abrazó a mi.
– ¿Como vamos a salir de aquí? – le susurre.
– No lo sé quizás sólo salga uno de nosotros –
me dijo dejandome confuso.
-¿ Que estas diciendo?, saldremos los dos-
respondí.
Ella me sonrió, abrió aquella puerta y me ofreció su mano.
– Venga vamos- dijo.
Agarre su mano.
Deje que me fuera guiando hasta que nos encontramos al borde de aquel pasillo.
Justo a la mitad estaba la puerta que daba al salón. Caminamos despacio tocando con la yema de los dedos la pared sin dejarnos llevar por el pánico de aquellas súplicas que se percibían y que sin duda provenían del desván.
Un pequeño alivio me invadió cuando alcanzamos el salón, pero aquella voz seguía penetrando en la cabeza.
“No, por favor, haré todo lo que quieras” se escuchaba repetidamente al tiempo que esos pasos pesados.
De repente dos detonaciones secas retumbaron en toda la casa. Sentí como la mano de Elisa se soltó de la mía y escuché el impacto de su cuerpo contra el suelo.
El pánico me cubrió y dude si girarme, esperaba volver a escuchar esas dos detonaciones de nuevo y sentir como sacudian mi cuerpo, incluso cerré los ojos mientras los pasos seguían acercándose.
Unos segundos después los pasos dejaron de escucharse. Rápidamente me vinieron a la cabeza las palabras que ella había dicho y que vaticinaba que sólo saldría uno de nosotros.
Me gire, allí estaba tendida en el suelo, su rostro ya no presentaba ese color rosado, me fui acercando poco a poco maldiciendo haber dejado que me acompañará. Me puse de rodillas mientras una lágrima recorrió mi mejilla y cayó sobre su pecho.
– Sal de aqui, no quiero intrusos en mi casa-
me dijo al mismo tiempo que se incorporaba lentamente.
Corrí como alma que lleva el demonio, casi sin dar crédito a lo que había ocurrido, salí sin mirar atrás.
No podía ser era imposible, sólo cuando cerré esa puerta ella se acercó al cristal y me dijo
– la próxima vez no te mostraré mi muerte serás tu quien morirá- …
Jamás volví a acercarme a esa casa aunque no puedo borrar su imagen mirando a través de los cristales de aquella puerta….

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