Te extraño

Te extraño
Con la fuerza indómita y dolorosa que sentencia la palabra
Te extraño porque te espero de vuelta a mis brazos
porque anhelo que retorne lo que fuimos y tuvimos
Y porque derrito mis ganas cada noche por lo que imagino podríamos estar viviendo

Te extraño cuando respiro el aroma que vaporoso queda en mi almohada y aún se escabulle sin clemencia entre los pliegues de mi cuerpo

Extiendo mi mano en un grito ahogado, casi imperceptible
que noche a noche roza el helado cristal de la ventana que frente a mí habita

Temblando, estiro hasta el más lejano de mis dedos intentando tocarte
y sólo alcanzo a rozar las estrellas que se posan más cerca de lo que tú te encuentras hoy de mí

Te extraño hasta sentir que muero tratando de arrancar tu ausencia ante la burla insidiosa de la luna sobre mí

Te extraño
A veces en silencio, a veces en un mar de llanto
A veces mientras camino por las aceras de nuestro propio pasado
A veces cuando te pienso sabiendo que quieres estar tan lejos

¿Sabes qué es lo que más me está matando?
Que sabes que te extraño
Que sabes que muero lentamente por tu ausencia

Me abraza cada día el amargo sabor de la muerte cercana
Me invaden los punzantes recuerdos de tus manos a mi lado,
de tus besos, tus palabras y de la pasión ¬¬¬¬a este cuerpo anclada

Es un suspiro
Tan sólo uno, lo que me queda de vida por no tenerte a mi lado
Me falta el aire, desde lo más profundo, desde las entrañas
Me marchito a cada segundo mientras me enredo entre las sábanas
sintiendo tu piel, imaginando tu boca enlazada a mi esperanza
Te extraño
te extraño tanto que de amarte casi muero
Te extraño
Desde esta irremediable agonía que sin piedad me cobija
Sabiendo que antes de tenerte nuevamente a mi lado, me va llevando la muerte sin piedad lejos de ti

Oscuro cristal

 

 

 

 

 

Ocultos quedaron sus ojos tras aquellos oscuros cristales con los que contemplaba el discurrir de la vida, ocultos en la negrura de de una distorsionada visión. Creía firmemente que lo que contemplaba era de ese tenebroso color, más bien, no había color, sombrío era el entorno en el que se envolvía y así, oculta su vida en las sombras, asumió como realidad única el no-color de su alrededor.

Creyó que el mundo era un lugar de devastación, creyó que no existía motivo ni razón para salir de su mansión al comprobar que la tierra se desangraba, que los humanos habían perdido su cualidad de humanidad, que el planeta estaba repleto de hipocresías malsanas, que las garras del poder eran férreas y sometían y navegaban a mar abierto sin nadie que les detuviera.

Comprobó que el mundo se derrumbaba ante ella, que todo en lo que creyó quedó sepultado sin mortaja en todos los lugares del planeta. Sabía que en otros tiempos hubo color, color con el que el Universo inundó la Tierra, en su corazón grabado quedó aquel verdor de los prados, la cromática de las flores que los campos alfombraban, el mejor azul con la que se vestía el firmamento. Quedó grabada en su retina la magia multicolor de todas las primaveras, la gentileza y la sonrisa de la gente que regalaban saludos aun sin conocerse.

De repente un día su mundo oscureció y todo lo contemplo a través de un oscuro cristal del que quiso deshacerse, nunca supo cuándo, con exactitud todo se tornó sombrío, pasando del gris al negro más oscuro. Quedó atrapada detrás de unos cristales en los que el color murió y el invierno se hizo perpetuo.

 

@Marina

Cómplice y confidente

CÓMPLICE Y CONFIDENTE

Es en noches como esta, en las que me escondo detrás de mis silencios, cuando las hojas de mi viejo cuaderno se convierten en cómplices y confidentes de los sentimientos que durante el día dejé apartados en el cesto de la colada. Las palabras que fueron calladas se entremezclan con los calcetines de color y, después de lavarse la cara con el programa corto y una dosis extra de suavizante con aroma de larga duración, se plasman en las hojas turbias que nada saben del centrifugado de la razón.

Son palabras embriagadas por el aroma a café caliente que me recorre las venas en el frío de la noche, cuando el único sonido que se escucha es el eco de mi pluma tatuándome la piel. Rasgado queda el silencio que me sirvió de escondite y en cueros queda mi alma sobre la mesa de la cocina, donde aún reposan los restos del destierro de mi última cena, donde hasta el vino se enfría como lo hace mi corazón.

Aquí, en mi viejo cuaderno, marcado por los tachones de la conmiseración, mueren mis palabras mudas y se convierten en letras que, al frescor de la mañana, serán, como siempre, carentes de sentido.

Y las volveré a poner en el cesto de la colada.

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