hoguera

 

Y ME LLEVARON A LA HOGUERA

Recabé en aquel pequeño pueblecito de montaña casi por casualidad, huyendo de un hogar donde el amor hacía tiempo que se había marchitado y los golpes habían sustituido a las caricias. Aprovechando un despiste de mi marido, cogí a mis dos pequeños de la mano y salí corriendo de aquella casa, sin más equipaje que los ropajes que llevábamos puestos, raídos y decolorados. Corrí y corrí sin pausa, sin mirar atrás, tirando de los pequeños, de apenas 4 y 6 años, tras de mí.

A las cuatro o cinco horas de carrera me detuve exhausta. Cuando vi el aspecto que tenían mis hijos, quise morir. Estaban por completo deshidratados, rasguñados, apenas podían abrir los ojos del máximo cansancio que llevaban en las espaldas de sus diminutos cuerpos. Sin saber qué hacer, cogí al más pequeño de ellos y lo acogí en mi pecho. Procuré darle de beber de la poca leche que aún me quedaba y, con los ojos cerrados, empecé a cantarle una canción. Una canción por completo desconocida para mí, que jamás había oído, en un lenguaje extraño, pero que salía de mis labios con fluidez.

Cuando abrí los ojos, al terminar la canción, mi pequeño estaba curado por completo. No había signo de cansancio alguno en su cuerpo. Le rebusqué por todos lados buscando algún rasguño, algún moratón de las caídas que habíamos tenido en el camino, pero no encontré nada. Por alguna extraña razón, había conseguido sanarle.

Miré hacia mi hijo mayor. Él continuaba tirado en el suelo, apenas podía respirar. Con rapidez me incorporé y me dirigí hacia él, repitiendo la misma operación que hice con el primero. La canción fluía de mis labios como si siempre hubiese sido ese su destino. No conocía el significado, pero continué cantando. Para mi sorpresa, al abrir los ojos mi hijo mayor estaba por completo recuperado, al igual que le había pasado al primero.

Hicimos una hoguera en mitad del bosque, en un pequeño claro rodeado de árboles, y allí descansamos algo durante la noche. Estábamos hambrientos, pero no importaba, lo importante era descansar un poco y seguir nuestro camino sin rumbo, pero lo más alejado posible de la mala bestia que teníamos en nuestro hogar.

Al amanecer, antes de que saliese el sol, desperté con cariño a mis dos pequeñuelos y reemprendimos nuestro viaje. No llevábamos ni una hora de camino cuando encontramos una pequeña aldea, escondida dentro del bosque en la ladera de la montaña. Sus habitantes nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron cobijo y alimento. Les estaré eternamente agradecida. A pesar de todo.




Todo fue bien durante varios meses. Yo ayudaba en las labores del pueblo y mis niños iban a la pequeña escuela que había, junto con diez niños más. Hasta que un día ocurrió la desgracia. La hija del alcalde cayó gravemente enferma. Nunca se supo de la enfermedad que la había indispuesto, pues el médico del pueblo no llegaba a entender de males mayores y tampoco podía ser trasladada a un hospital. La pequeña pasó dos semanas horribles, convulsionando y con fiebres altísimas.

Una fatal noche, el doctor dictaminó que el pequeño cuerpo de la niña no podría soportar esas condiciones apenas unas horas más. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. En un santiamén, todos estábamos congregados en casa del alcalde, esperando noticias de la evolución de la niña. En ese momento recordé el incidente con mis propios hijos durante nuestra huida, algo que había dejado escondido en un recóndito rincón de mi memoria.

Le propuse al alcalde que me dejase entrar a ver a la pequeña, que en ocasiones había ayudado al médico de una gran ciudad y a lo mejor podía hacer algo aún por ella. Me consintió la entrada pero estando él presente. Tuve dudas, no lo voy a negar, pero tampoco podía dejar que un alma tan joven nos dejase de aquella manera. Así que, delante del alcalde, la tomé en mis brazos. El pequeño cuerpo de la niña, aún más mermado tras las últimas semanas, ardía como si fuese una hoguera. Podía notar hasta el último de sus pequeños huesos. Saqué un pecho y le ofrecí a beber de mi leche mientras, con los ojos cerrados, volví a cantar una vez más aquella canción misteriosa.

Todo fue algarabía aquella noche cuando la pequeña se levantó por sí misma de la cama, sin rastro de las fiebres que la estaban consumiendo. Todo el mundo me estaba agradecido y yo recibía sus muestras de afecto con humildad. Pero no es oro todo lo que reluce, y a los pocos días comenzaron a correr rumores en la aldea sobre mí. Me tachaban de bruja.

El propio alcalde, convocó un pleno con todos los habitantes, a mi excepción. Yo, que había salvado a su hija de una muerte segura en cuestión de horas, ahora era una criatura del diablo que merecía ser aniquilada sin ningún miramiento. Así lo decidieron entre todos.

Ya han preparado la gran pira donde me piensan amarrar esta misma noche. A las doce, la hora bruja, qué paradoja. Solo puedo mirar a mis hijos y dejarles el legado de que su madre fue una buena mujer que murió en la hoguera por el solo hecho de hacer el bien.

About Ana Centellas

Soy Ana profesional de los números,apasionada del mundo de la letras,iniciando mi aventura literaria, aprendiendo un poquito más cada día y compartiendo mi sueño con una familia genial.