Página de escritores

Relatos,poesías,poemas y literatura

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA

Esta vez compartire una historia real extraida del libro “Una solitaria voz humana”.
escrito por la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich (periodista).

Es la historia de una mujer esposa de uno de los bomberos que acudieron a apagar el fuego aquella noche. El marido murió en Moscú, a los catorce días, el tiempo que dura el proceso clínico de una enfermedad radiactiva.
Estaba embaraza pero no se separó de él. Su hija nació enferma y murió a las cuatro horas. De sus conversaciones con médicos y personal sanitario, la mujer recordaba estas palabras: “No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez”.

Esto lo hago recordando el 26 de abril del 1986 en aquel trágico accidente nuclear de Chernóbil.
Quienes tenemos la oportunidad de laborar en una planta nuclar comprendemos las dimensiones de aquel error humano que provocó el desastre, a partir de ese accidente
surgieron organizmos internacionales que regulan a este tipo de plantas, más no estamos exentos de algo parecido, lo vimos en Fugushima (Japon) el 11 de marzo del 2011.
A casi 20 años de estar en la Central Laguna Verde (Única en México) he podido observar el buen desempeño en seguridad nuclear lo que nos da confianza, más no sabemos si algún día…

 

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA
No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo
mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por
la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de com-
pras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no
sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba… Vivíamos en
la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba.
En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con
una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches.
Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo
siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le
pasaba…
En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ven-
tana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en
la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía ilumina-
do. El cielo entero… Unas llamas altas. Y hollín. Un calor
horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que
ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de
asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recor-
daría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mien-
tras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardien-
te con los pies… Acudieron allí sin los trajes de lona; se

fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió;

era un aviso de un incendio normal.
Las cuatro… Las cinco… Las seis… A las seis teníamos la
intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde
la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían
sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era
su trabajo favorito… Su madre recordaba a menudo que ni
ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso
le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las
tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bom-
bero. Ninguna otra cosa.
[Calla.]
A veces me parece oír su voz… Oírle vivo… Ni siquiera las
fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nun-
ca me llama… Ni en sueños… Soy yo quien lo llama a él…
Las siete… A las siete me comunicaron que estaba en el
hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordo-
nado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban
las ambulancias. Los milicianos gritaban: «Los coches están
irradiados, no os acerquéis». No solo yo, vinieron todas las
mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche
en la central.
Corrí en busca de una conocida que trabajaba como mé-
dico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de
un coche:
—¡Déjame pasar!
—¡No puedo! Está mal. Todos están mal.
Yo la tenía agarrada:
—Solo quiero verlo.
—Bueno —me dice—, corre. Quince o veinte minutos.
Lo vi… Estaba hinchado, todo inflamado… Casi no tenía
ojos…
—¡Leche! ¡Mucha leche! —me dijo mi conocida—. Que
beba al menos tres litros.
—Él no toma leche.
—Pues ahora la tendrá que beber.
Muchos médicos, enfermeras y, especialmente, las auxilia-
res de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían en-
fermas. Morirían… Pero entonces nadie lo sabía.
A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue
el primero… El primer día… Luego supimos que, bajo los es-
combros, se había quedado otro… Valera Jodemchuk. No
lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero
entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los
primeros…
Le pregunto:
—Vasia,* ¿qué hago?
—¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño. —Estoy
embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me
pide—: ¡Vete! ¡Salva al crío!
—Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos.
Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la mis-
ma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos su-
bimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche.
A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas
garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para
todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles.
Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los
médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían enve-
nenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se
cerraron todas las carreteras… Se veían soldados por todas
partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expre-
sos… Lavaban las calles con un polvo blanco… Me alarmé:
¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para
comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación… Solo
los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba
su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los

estantes había pasteles… La vida seguía como de costumbre.

Solo… lavaban las calles con un polvo…

Por la noche no me dejaron entrar en el hospital… Había

un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su
ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan
desesperado! Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que
decía: que aquella noche se los llevaban a Moscú. Todas las
esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos va-
mos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No
tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos.
Los soldados…, los soldados ya habían formado un doble cor-
dón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el mé-
dico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche
en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que lleva-
ban en la central se había quemado
. Los autobuses ya no fun-
cionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos
con las bolsas, el avión ya se había marchado… Nos engañaron
a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos…
Llegó la noche… A un lado de la calle, autobuses, cientos
de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la
ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los
trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma
blanca… Íbamos pisando aquella espuma… Gritando y mal-
diciendo…
Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o,
a lo mejor, cinco días. «Llévense consigo ropa de invierno y
de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de
campaña.» La gente hasta se alegró: «¡Nos mandan al cam-
po!». Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo
inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y
compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófo-
nos… ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las
mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si
despertara:

—¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!

Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles…

(¡Y a la semana evacuarían la aldea!)

¿Quién lo iba a saber? Por la

noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de emba-
razo. Me sentía tan mal…
Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me
llamaba en sueños: «¡Liusia, Liusia!». Pero, una vez que mu-
rió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez.
[Llora.]
Me levanté por la mañana y me dije: «Me voy sola a Moscú. Yo que…».
—¿Adónde vas a ir en tu estado? —me dijo llorando su
madre. También se vino conmigo mi padre:
—Será mejor que te acompañe. —Sacó todo el dinero de
la libreta, todo el que tenían. Todo…
No recuerdo el viaje. También se me borró de la cabeza
todo el camino… En Moscú preguntamos al primer miliciano
que encontramos a qué hospital habían llevado a los bombe-
ros de Chernóbil y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí de ello
porque nos habían asustado: «No os lo dirán; es un secreto
de Estado, ultrasecreto…».
—A la clínica número seis. A la Schúkinskaya
.En el hospital, que era una clínica especial de radiología,
no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de
guardia y me dijo: «Pasa». Me dijo a qué piso debía ir. No sé
a quién más le supliqué, le imploré… Lo cierto es que ya es-
taba en el despacho de la jefa de la sección de radiología:
Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo
se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único
que sabía era que debía verlo… Encontrarlo…
Ella me preguntó enseguida:
—¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Estaba claro que tenía
que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos
mal que soy delgadita y no se me nota nada.

—Sí —le contesto. —¿Cuántos?  Pienso:

«He de decirle que dos. Si solo es uno, tampoco me dejará pasar».—Un niño y una niña.

—Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha:su sistema nervioso central está dañado por completo; la médula está completamente dañada…«Bueno —pensé—, se volverá algo más nervioso.»—Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante

para casa. Está prohibido que os abracéis y que os beséis. No
te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba, sería con
él. ¡Me lo había jurado a mí misma!
Entro… Los veo sentados sobre las camas, jugando a las
cartas, riendo.
—¡Vasia! —lo llaman.
Se da la vuelta.
—¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!
Daba risa verlo, con su pijama de la talla 48, él, que usa
una 52. Las mangas cortas, los pantalones… Pero ya le había
bajado la hinchazón de la cara… Les inyectaban no sé qué
solución…
—¿Tú, perdido? —le pregunto.
Y él que ya quiere abrazarme.
—Sentadito. —La médico no lo deja acercarse a mí—.
Nada de abrazos aquí.
No sé cómo, pero nos lo tomamos a broma. Y al momen-
to todos se acercaron a nosotros; vinieron hasta de las otras
salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque habían
sido veintiocho los que habían traído en avión. «¿Qué hay de
nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad?» Yo les cuento que han em-
pezado a evacuar a la gente, que se llevan fuera a toda la
ciudad durante unos tres o cinco días. Los chicos se callaron;
pero también había allí dos mujeres; una de ellas estaba de

guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:

—¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué va a ser de ellos?
Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque solo
fuera un minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situa-
ción y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo.
Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
—No te sientes cerca. Coge una silla.
—Todo eso son bobadas —le dije, quitándole importan-
cia—. ¿Viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué es lo que
pasó? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar…
—Lo más seguro es que haya sido un sabotaje. Alguien lo
habrá hecho a propósito. Todos los chicos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo creían de verdad.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado;
cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categó-
ricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban gol-
peando la pared. Punto-raya, punto-raya. Punto… Los mé-
dicos lo justificaron diciendo que cada organismo reacciona
de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que
lo que uno aguanta puede que no lo resista otro. Allí, don-
de estaban ellos, hasta las paredes reaccionaban al geiger.
A derecha e izquierda, y en el piso de abajo. Sacaron a todo
el mundo de allí; no dejaron ni a un solo paciente… Por de-
bajo y por encima, tampoco nadie…
Viví tres días en casa de unos conocidos de Moscú. Mis
conocidos me decían: coge la cazuela, coge la olla, coge todo
lo que necesites, no sientas vergüenza. ¡Así resultaron ser
estos amigos! ¡Así eran! Y yo hacía una sopa de pavo para
seis personas. Para seis de nuestros muchachos… Los bombe-
ros. Del mismo turno. Todos estaban de guardia aquella no-
che: Vaschuk, Kibenok, Titenok, Právik, Tischura…
En la tienda les compré a todos pasta de dientes, cepillos,
jabón… No había nada de esto en el hospital. Les compré
toallas pequeñas… Ahora me admiro de aquellos conocidos
míos; tenían miedo, por supuesto; no podían dejar de tenerlo;
ya corrían todo tipo de rumores; pero, de todos modos, se
prestaban a ayudarme: coge todo lo que necesites. ¡Cógelo!
¿Y él cómo está? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con
vida? Con vida…
[Calla.]…
(continuará)

 

 

About Xavier Hernandez

Encontré en las letras un desahogo de mi mente que se mantiene inquieta en ideas. Vivo un mundo de fantasía, siguiendo muy de cerca la realidad. Pienso que las historias no deben morir en la nada y darles eternidad plasmadas en tinta y papel.

2 Comentarios

  1. UNA TRISTE HISTORIA, PERO CON UNA PROBLEMATICA ACTUAL,…SALUDOS…

  2. Vaya XAVIER, sabes esto es tan terrible, que a medida que avancé en la lectura, el nudo en la garganta creció y creció hasta ahora en que no puedo evitar el llanto. He visto películas de esta tragedia, pero leerlo es como verlo y sentirlo. Sólo puedo decir, que Dios te proteja a ti y a todos quienes trabajan en la planta de México y en todo lugar que corran el mismo riesgo.

Deja tu comentario, así nos haces grande

A %d blogueros les gusta esto:
Copyright-protected by Digital Media Rights