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UNA SOLITARIA VOZ HUMANA (final)

 

 

En el hospital también yo le cogía la mano y no la soltaba.
Es de noche. Silencio. Estamos solos. Me mira atentamente,
fijo, muy fijo, y de pronto me dice:
—Qué ganas tengo de ver a nuestro hijo. Cómo es.
—¿Cómo lo llamaremos?
—Bueno, eso ya lo decidirás tú.
—¿Por qué yo sola, o es que no somos dos?
—Vale, si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.
—¿Cómo que Vasia? Yo ya tengo un Vasia. ¡Tú! Y no
quiero otro.
¡Aún no sabía cuánto lo quería! Solo existía él. Solo él…
¡Estaba ciega! Ni siquiera notaba los golpecitos de debajo del
corazón. Aunque ya estaba en el sexto mes. Creía que mi pequeña,
al estar dentro de mí, estaba protegida. Mi pequeña…
Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara
hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras
me dejaban pasar. Al principio también me querían convencer:
—Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un
hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos. —Y yo
corría tras ellas como un perrito. Me quedaba horas enteras
ante la puerta. Les rogaba, les imploraba. Y entonces ellas
decían: «¡Que te parta un rayo! ¡Estás loca perdida!».
Por la mañana, antes de las ocho, cuando empezaba la
ronda de visitas médicas, me hacían señas desde detrás de
la cortina: «¡Corre!». Y yo me iba durante una hora al hotel.
Pues desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la
noche tenía pase. Las piernas se me pusieron azules hasta las
rodillas, se me hincharon, de tan cansada que me encontraba.
Mi alma era más fuerte que mi cuerpo… Mi amor…
Mientras yo estaba con él… No lo hacían. Pero cuando me
iba, lo fotografiaban. Sin ropa alguna. Desnudo. Solo con una
sábana ligera por encima. Yo cambiaba cada día esa sábana,
aunque, al llegar la noche, estaba llena de sangre. Lo incorporaba
y en las manos se me quedaban pedacitos de su piel;
se me pegaban. Yo le suplicaba:
—¡Cariño! ¡Ayúdame! ¡Apóyate en el brazo, sobre el
codo, todo lo que puedas, para que alise la cama, para que te
quite las costuras, los pliegues! —Cualquier costurita era una
herida en su piel. Me corté las uñas hasta hacerme sangre,
para no herirlo.
Ninguna de las enfermeras se decidía a acercarse a él, ni
a tocarlo; si hacía falta algo, me llamaban. Y ellos… Ellos, en
cambio, lo fotografiaban. Decían que era para la ciencia.
¡Los hubiera echado a patadas a todos de allí! ¡Les hubiera
gritado y les hubiera pegado! ¿Cómo se atrevían? Era todo
mío. Lo que más quería… ¡Si hubiera podido impedirles entrar!
¡Si hubiera podido!…
Salgo de la sala al pasillo. Y me guío por la pared, por el
sofá, porque no veo nada. Paro a la enfermera de guardia y
le digo:
—Se está muriendo.
Y ella me dice:
—¿Y qué esperabas? Ha recibido mil seiscientos roentgen,
cuando la dosis mortal es de cuatrocientos. —A ella
también le daba pena, pero de otra manera. En cambio para
mí, él era todo mío. Lo que más quería.
Cuando murieron todos, repararon el hospital. Quitaron
el yeso de las paredes, arrancaron el parqué y lo tiraron. La
madera…
Prosigo. Lo último… Lo recuerdo a fogonazos. A fragmen…
Todo se desvanece…
Una noche, estoy sentada a su lado en una silla. Eran las
ocho de la mañana:
—Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco.
Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al
hotel, a mi habitación, y me acuesto en el suelo —no podía
echarme en la cama, de tanto que me dolía todo—, llega una
auxiliar:
—¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar! —Pero aquella
mañana Tania Kibenok me lo había pedido con tanta insistencia,
me había rogado: «Vamos juntas al cementerio. Sin ti
no soy capaz». Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok
y a Volodia Právik.
Éramos amigos de Vitia. Dos familias amigas. Un día antes
de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la
residencia. ¡Qué guapos se veía a nuestros maridos! Alegres.
El último día de nuestra vida pasada… La época anterior a
Chernóbil… ¡Qué felices éramos!
Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera:
—¿Cómo está?
—Ha muerto hará unos quince minutos.
¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si solo me
he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba:
«¿Por qué? ¿Por qué?». Miraba al cielo y gritaba… Todo el
hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me recobré
y me dije: «¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver!». Bajé
rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían
llevado.
Sus últimas palabras fueron: «¡Liusia! ¡Liusia!». «Se acaba
de ir. Ahora mismo vuelve», lo intentó calmar la enfermera.
Él suspiró y se quedó callado…
Ya no me separé de él. Fui con él hasta la tumba. Aunque
lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polictileno.
Aquella bolsa… En la morgue me preguntaron:
—¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?
—¡Sí que quiero!
Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre
el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos
adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lugar
de pies, unas bombas. También cortaron el uniforme de
gala, no se lo pudieron poner.
Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga
sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba
la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había
separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón,
de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía
la mano con una gasa y la introducía en su boca para
sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto!
¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!… Todo esto
tan querido… Tan mío… Tan… No le cabía ninguna talla de
zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.
Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa
de plástico y la ataron. Y, ya en esa bolsa, lo colocaron dentro
del ataúd. El ataúd también envuelto en otra bolsa. Un celofán
transparente, pero grueso, como un mantel. Y todo eso lo
metieron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo
dentro. Solo quedó el gorro encima…
Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos pañuelos
negros en Moscú… Nos recibió la comisión extraordinaria.
A todos les decían lo mismo: que no podemos entregaros
los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vuestros
hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio
de Moscú de una manera especial. En unos féretros
de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón.
Deben ustedes firmarnos estos documentos… Necesitamos
su consentimiento. Y si alguien, indignado, quería llevarse el
ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes,
decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personalidades.
Y pertenecen al Estado.
Subimos al autobús. Los parientes y unos militares. Un
coronel con una radio. Por la radio se oía: «¡Esperen órdenes!
¡Esperen!». Estuvimos dando vueltas por Moscú unas
dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego
regresamos de nuevo a Moscú. Y por la radio: «No se puede
entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales
extranjeros. Aguarden otro poco». Los parientes callamos.
Mamá lleva el pañuelo negro… yo noto que pierdo el conocimiento.
Me da un ataque de histeria:
—¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es: un
asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?
Mamá me dice:
—Calma, calma, hija mía. —Y me acaricia la cabeza, me
coge de la mano…
El coronel informa por la radio:
—Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la esposa
le ha dado un ataque de histeria.
En el cementerio nos rodearon los soldados. Marchábamos
bajo escolta, hasta el ataúd. No dejaron pasar a nadie
para despedirse de él. Solo los familiares… Lo cubrieron de
tierra en un instante.
—¡Rápido, más deprisa! —ordenaba un oficial. Ni siquiera
nos dejaron abrazar el ataúd.
Y, corriendo, a los autobuses. Todo a escondidas.
Compraron en un abrir y cerrar de ojos los billetes de
vuelta y nos los trajeron. Al día siguiente, en todo momento
estuvo con nosotros un hombre vestido de civil, pero con
modales de militar; no me dejó salir del hotel siquiera a comprar
comida para el viaje. No fuera a ocurrir que habláramos
con alguien; sobre todo yo. Como si en aquel momento hubiera
podido hablar, ni llorar podía.
La responsable del hotel, cuando nos íbamos, contó todas
las toallas, todas las sábanas… Y allí mismo las fue metiendo
en una bolsa de polietileno. Seguramente lo quemaron
todo… Pagamos nosotros el hotel. Por los catorce días…
El proceso clínico de las enfermedades radiactivas dura
catorce días. A los catorce días, el enfermo muere…
Al llegar a casa, me dormí. Entré en casa y me derrumbé
en la cama. Estuve durmiendo tres días enteros. No me podían
despertar. Vino una ambulancia.
—No —dijo el médico—, no ha fallecido. Despertará. Es
una especie de sueño terrible.
Tenía veintitrés años…
Recuerdo un sueño. Viene a verme mi difunta abuela, con
la misma ropa con la que la enterramos. Y adorna un abeto.
«Abuela, ¿cómo es que tenemos un abeto? ¿No estamos en
verano?» «Así debe ser. Pronto tu Vasia vendrá a verme. Y
cómo ha crecido en el bosque…»
Recuerdo… Recuerdo otro sueño: llega Vasia vestido de
blanco y llama a Natasha. A nuestra hija, la niña que aún no
había dado a luz. Ya es mayor y yo me asombro: ¿cómo ha
podido crecer tan rápidamente? Él la lanza por el aire hacia
el techo y los dos ríen. Y yo los miro y pienso: qué sencillo es
ser feliz. Tan sencillo… Luego tuve otro sueño. Paseamos los
dos por el agua. Andamos mucho, mucho rato… Seguramente
me pedía que no llorara. Me mandaba señales. De allá. De
arriba… [Se queda callada durante largo rato.]
Al cabo de dos meses regresé a Moscú. De la estación
al cementerio. ¡A verle! Y allí, en el cementerio, me empezaron
las contracciones. En cuanto me puse a hablar con
él. Llamaron a una ambulancia. Les di la dirección del hospital.
Di a luz allí mismo. Con la misma doctora, con Anguelina
Vasílievna Guskova. Ya en su momento me había
dicho:
—Ven aquí a dar a luz.
¿Adónde iba a ir si no? Parí con dos semanas de adelanto.
Me la enseñaron. Una niña…
—Natasha —la llamé—. Tu papá te llamó Natasha.
Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus
piernas. Pero tenía cirrosis. En su hígado había 28 roentgen.
Y una lesión congénita del corazón. A las cuatro horas me
dijeron que la niña había muerto. ¡Y, otra vez, que no se la
vamos a dar! ¿Cómo que no me la vais a dar? ¡Soy yo quien
no os la voy a dar a vosotros! ¡La queréis para vuestra ciencia,
pues yo odio vuestra ciencia! ¡La odio! Vuestra ciencia fue la que se lo llevó y ahora aún quiere más. ¡No os la daré!
La enterraré yo misma. Junto a su padre… [Pasa a hablar en
susurros.]
No hay manera de que me salga lo que quiero decir. No
con palabras. Después del ataque al corazón, no puedo gritar.
Tampoco me dejan llorar. Por eso no me salen las palabras.
Pero le diré… Quiero que sepa… Aún no se lo he confesado
a nadie. Cuando no les di a mi hija…, nuestra hija…, entonces,
me trajeron una cajita de madera:
—Aquí está.
Lo comprobé. La habían envuelto en pañales. Toda envuelta
en pañales. Y entonces me puse a llorar y les dije:
—Colóquenla a los pies de mi marido. Y díganle que es
nuestra Natasha.
Allí, en la tumba, no está escrito «Natasha Ignatenko».
Solo está el nombre de él. Ella no tuvo ni nombre, no tuvo
nada. Solo alma. Y allí es donde enterré su alma…
Siempre vengo a verlos con dos ramos: uno es para él y el
segundo lo pongo en un rinconcito para ella. Me arrastro de
rodillas por la tumba. Siempre de rodillas… [De manera inconexa:]
Yo la maté. Fue mi culpa. Ella, en cambio… Ella me
ha salvado. Mi niña me salvó. Recibió todo el impacto radiactivo,
se convirtió, como si dijéramos, en el receptor de
todo el impacto. Tan pequeñita. Una bolita. [Pierde el aliento.]
Ella me salvó. Pero yo los quería a ambos. ¿Cómo es
posible? ¿Cómo se puede matar con el amor? ¡Con un amor
como este! ¿Por qué están tan juntos? El amor y la muerte.
Tan juntos. ¿Quién me lo podrá explicar? Me arrastro de
rodillas por la tumba. [Calla largo rato.]
En Kíev me dieron un piso. En una casa grande, donde ahora
viven todos los que tienen que ver con la central nuclear.
Todos somos conocidos. Es un piso grande, de dos habitaciones,
con el que Vasia y yo siempre habíamos soñado.
¡Pero yo allí me volvía loca! En cada rincón, mirara donde
mirase, allí estaba él. Sus ojos. Me puse a arreglar la casa, a
hacer lo que fuera para no parar quieta, lo que fuera para no
pensar. Así pasé dos años.
Un día tuve un sueño: vamos los dos juntos, pero él va
descalzo. «¿Por qué vas descalzo siempre?» «Pues porque no
tengo nada.» Fui a la iglesia. Y el padre me aconsejó:
—Hay que comprar unas zapatillas de talla grande y colocarlas
en el féretro de algún difunto. Y escribir una nota de
que son para él.
Así lo hice. Llegué a Moscú y me dirigí de inmediato a
una iglesia. En Moscú estoy más cerca de él. Allí descansa,
en el cementerio Mitinski. Le expliqué a un clérigo lo que me
pasaba, que había de hacerle llegar unas zapatillas a mi marido.
Y él me pregunta:
—¿Y tú sabes, hija mía, cómo conviene hacerlo?
Me lo explica… Justo en ese momento traen a un anciano
para rezarle un responso. Y yo que me acerco al ataúd, levanto
el velo y coloco allí las zapatillas.
—¿Y la nota… la has escrito?
—Sí, la he escrito, pero no digo nada de en qué cementerio
está enterrado.
—Allí todos están juntos. Ya lo encontrarán.
No tenía ningunas ganas de vivir. Por la noche me quedaba
junto a la ventana y miraba al cielo: «Vasia, ¿qué he de
hacer? No quiero vivir sin ti». Durante el día, paso junto a un
jardín infantil y me quedo ahí parada. Me pasaría la vida
mirando a los niños… ¡Me estaba volviendo loca! Y por las
noches le pedía: «Vasia, pariré un niño. Me da miedo estar
sola. No lo aguantaré. ¡Vasia!». Y al día siguiente se lo volvía
a pedir: «Vasia, no necesito un hombre. No hay nadie mejor
que tú. Quiero un niño».
Tenía veinticinco años…
Encontré un hombre. Se lo conté todo. Toda la verdad.
Que tuve un amor, un amor para toda la vida. Se lo confesé
todo. Nos veíamos, pero nunca lo invitaba a mi casa. En casa
no podía. Allí estaba Vasia.
Trabajé en una pastelería. Hacía una tarta y las lágrimas
me caían a mares. No lloraba, pero las lágrimas me seguían
cayendo. Solo les pedí a las chicas una cosa:
—No me tengáis lástima. En cuanto me empecéis a consolar,
me marcho. —Quería ser como todos los demás. No
hay que tenerme lástima. Hubo un tiempo en que fui feliz.
Me trajeron la medalla de Vasia. Una de color rojo. No
podía mirarla mucho tiempo. Se me saltaban las lágrimas.
He tenido un niño. Andréi… Andréi se llama. Las amigas
me querían hacer cambiar de idea:
—Tú no puedes tener hijos.
Y los médicos me asustaban:
—Su organismo no lo soportará.
Después… Después me dijeron que le faltaría una mano.
Se veía por el aparato. «¿Y qué? —me dije—. Le enseñaré a
escribir con la mano izquierda.» Y nació normal. Un niño
guapo. Ya va a la escuela, y saca todo excelentes.
Ahora tengo a alguien. A alguien por quien respiro y vivo.
Él lo comprende todo a la perfección:
—Mamá, si voy a ver a la abuela un par de días, ¿podrás
respirar? —¡No podré! Me da miedo separarme de él un
solo día.
Un día íbamos por la calle. Y noto que me caigo. Entonces
fue cuando me dio el ataque. Allí, en la misma calle.
—Mamá, ¿quieres un poco de agua?
—No. Quédate a mi lado. No te vayas a ninguna parte.
Y lo agarré de la mano. Luego ya no recuerdo nada…
Abrí los ojos en el hospital. Lo había sujetado de tal modo
que los médicos se las vieron moradas para abrirme los dedos.
El niño tuvo la mano azul durante varios días.
Y ahora cuando salimos de casa me pide:
—Mamá, por favor, no me agarres de la mano. No me iré
a ninguna parte.
Él también está enfermo: va dos semanas a la escuela y
dos las pasa en casa, con el médico. Así vivimos. Tememos el
uno por el otro.
Y en cada rincón está Vasia. Sus fotos. Y por las noches no
paro de hablar con él. A veces me pide en sueños: «Enséñame
a nuestro niño». Y Andréi y yo vamos a verle. Él trae de
la mano a nuestra hija. Siempre está con ella. Solo juega con
ella.
Así es como vivo. Vivo a la vez en un mundo real y en otro
irreal. Y no sé dónde estoy mejor.
Tengo de vecinos a todos los de la central; ocupamos aquí
toda una calle. Así la llaman: la «calle de Chernóbil». Esta
gente ha trabajado toda la vida en la central. Y hasta hoy van
allí a hacer guardia; en la central solo se hacen turnos de
guardia. Allí ya no vive nadie ni nunca vivirá.
Muchos sufren terribles enfermedades, son inválidos,
pero no dejan la central. Tienen miedo hasta de pensar que
la cerrarán. No se imaginan su vida sin el reactor; es su vida.
¿A quién le harían falta tal como están en otro trabajo?
Muchos se mueren. De repente. Sobre la marcha. Va uno
por la calle y, de pronto, cae muerto. Se acuesta y ya no despierta.
Le lleva unas flores a una enfermera y, de pronto, se
le para el corazón.
Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado
de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido.
Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la
muerte. De los horrores.
Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado.

Liudmila Ignatenko,
esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko

About Xavier Hernandez

Encontré en las letras un desahogo de mi mente que se mantiene inquieta en ideas. Vivo un mundo de fantasía, siguiendo muy de cerca la realidad. Pienso que las historias no deben morir en la nada y darles eternidad plasmadas en tinta y papel.
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1 Comentario

  1. Te felicito Xavier, una historia maravillosamente contada.
    Cuántas vidas truncadas por acontecimientos como el que relatas, guerras, conflictos… todos generados por los hombres.
    Qué manera de desperdiciar la vida, siempre por intereses, ¿no te parece?
    Siempre fue igual.
    Un beso :))

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