Autoría: Xavier Hernández & Cristina Peralta

Corría una madrugada aún fría, nada fuera de lo ordinario. El mismo ring! ensordecedor de siempre emergiendo de aquel viejo reloj comprado en una tienda en oferta. Incluso llegaba a despertar a otros vecinos del área.
Pero no había motivo para ponerse a pensar en eso, son las cinco de la mañana, no debe perderse un segundo, la hora de salida al trabajo debe ser puntual o habrá retraso y consecuencias.
La rutina en acción mecánica, directo al baño y pasar descolgando la toalla mientras se rasca la cabeza en un intento de despertar totalmente.
Daniel llevaba así aproximadamente diez años, los cuales se habían pasado tan rápido.
Parece que apenas fue ayer su boda con Dalia. Desde entonces acoplarse a un ritmo de vida entre su matrimonio y el cumplir con su trabajo. Dalia solía quedarse unos minutos más en cama, mientras él se duchaba, tenía ya calculado el tiempo de baño, para después levantarse y preparar algo ligero para que desayunara y no saliera con el estómago vacío.
Había escuchado el despertador, como siempre, Dalia, se había quedado un momento más envuelta entre las sábanas, solía después de tanto tiempo tomar la almohada de Daniel, su marido, ahuecarla y hundir su rostro en ella, adoraba el olor de su cabello mezclado con su olor natural y varonil, aun después de tanto tiempo, estiraba una pierna para sentir ese rastro de calor que había dejado al levantarse.
Era más que una rutina, una costumbre, reconfirmar cada mañana que era suyo a través de su esencia. Era la energía necesaria para poner el cuerpo en acción.
Puso los pies en el suelo, mientras escuchaba el ruido de la ducha proveniente del baño,
hasta allí llegaba el olor de su gel favorito, aquel que nunca olvidaba comprar, revitalizante, vigorizante aromaterapico.

Hizo rápidamente un inventario mental de lo que había en el refrigerador, había huevos, zumo de naranja, haría algo rápido. Mientras revisaba el closet y la combinación que se pondría su marido.
Recordó que debía comprar algunas provisiones. Aún era temprano para despertar a Danny, su hijo de ocho años. Desnuda, se dirigió hacia el baño paró en la entrada y a través del cristal empañado por el vapor contempló la silueta de su marido unos segundos.
Miles de imágenes pasaron por su cabeza. No había tiempo. Otra vez, tocaría la despedida y el beso en la cocina, para él era tarde, debía apresurarse.
Entró, lavó sus dientes, tomó su albornoz de la puerta, frenando el impulso de meterse con él en la ducha, se lo puso anudando con rapidez el cinturón.
Andando por el pasillo, se detuvo para abrir la puerta de Danny, acercarse a la cama, acariciar su cabello y luego darle un beso en la oreja, tras lo cual su hijo hacía un gesto que la hacía reír, mientras decía: “mamá no, falta mucho”. Salió dejando la puerta a medio cerrar.
Ya en la cocina, se sumergió en la rutina de preparar huevos rancheros, tostadas y demás.
Todo lo hacía de forma automática, con esa inercia característica de las amas de casa con muchos años de experiencia.
A través de la ventana notaba la total oscuridad del exterior y algunas luces encendidas en las casas vecinas, quizás desarrollando rutinas parecidas.
Pero sus pensamientos volvieron una vez más a la preocupación que se había instalado en su mente hacía unos días. Intuía y veía el cansancio y el estrés marcado en el rostro de su marido. Unas vacaciones no vendrían mal, o tal vez un fin de semana fuera de la ciudad.
Había pasado horas frente al computador buscando opciones, había conseguido un par, en lugares de relajación y diversión en total contacto con la naturaleza.

Doña Ramona, en la misa del domingo pasado, le había recomendado alguna especie de retiro espiritual para despejar los embates y barrullos de la gran urbe, ya que había pasado por aquello, cuando la vida de su familia se había convertido en algo sistemático.
Sólo faltaba contarle a Daniel, sabía que económicamente no era el momento y adivinaba lo que diría. Pero ya estaba preparada para ello. Así, como el desayuno estaba dispuesto en la mesa, de manera impecable.
Justo a tiempo Daniel salió de la ducha, encontrando sobre la cama su ropa preparada por Dalia, mientras aspiraba el olor del desayuno que se saboreaba, sabía que su esposa era una buena cocinera, el sazón lo volvía loco.
Ya listo, solo faltaba peinarse y ponerse loción, llevaba buen tiempo en arreglarse, justo para poder desayunar sin tanta prisa. Bajó a la cocina y con un amoroso abrazo por la espalda, tomó con suavidad la cintura de Dalia dando un beso en su mejilla y elogiando el rico aroma del desayuno.
Ella disfrutaba su taza de té y miraba por la ventana, frente al fregadero, cuando sintió su presencia en la cocina, aún la química existía entre ellos como el primer día, a medida que se acercaba, cada cabello en su nuca se erizaba, una corriente bajaba por su espalda, provocada por la anticipada respuesta a su cariño.
Sentado en el comedor tomaba sus alimentos, ella recargada sobre la barra le observaba mientras desayunaba, él le pidió que no fuera a despertar tarde a Danny su pequeño para asistir al colegio. No hubo mucho que hablar, el reloj avanzaba y el tiempo no perdona.
Ya no hubo oportunidad de plantearle aquel retiro recomendado por doña Ramona.
Asear su boca no le tomó mucho tiempo, una revisión en el espejo y nuevamente peinarse,
Dalia ya le esperaba en la puerta con su lonchera para que no la olvidara, eso era de todos
los días, se respiraba el cariño de ambos en esas atenciones tan pequeñas pero significativas.
Para luego despedirse de la manera acostumbrada. Un apasionado y profundo beso que no necesitaba de palabras para dejar en él la clara muestra de un amor que aún prevalecía, una sonrisa coqueta y partía.

Antes de llegar a la siguiente esquina volteaba para decirle adiós con su mano.
Dalia, en el vano de la puerta, se quedó viendo a Daniel hasta perderle de vista, con su mano derecha levantada en respuesta a su despedida y, de manera distraída, se llevó los dedos a los labios que aún sentían la breve, pero extrema, intensidad con que la había besado.

Continuará…

About Xavier Hernandez

Encontré en las letras un desahogo de mi mente que se mantiene inquieta en ideas. Vivo un mundo de fantasía, siguiendo muy de cerca la realidad. Pienso que las historias no deben morir en la nada y darles eternidad plasmadas en tinta y papel.