Taza del váter con forma de vida

 

 

Ahora mismo tengo hambre, y eso me nubla, anula mis capacidades. Aunque no es excusa. La verdad es no sé qué escribir. Estoy cansado de llevar una rutina tan lamentable y cruel y me obstruyo con cualquier minucia. Quiero contar anécdotas graciosas, sucesos agradables. Pero no soy capaz, no quiero ser capaz. Prefiero hacer lo de siempre y lanzar frases cortas. Ofrecer sin ofrecer. Párrafos carentes de descripciones. Tristeza, melancolía, rechazo, odio. Es fácil echarle la culpa al mundo, ¿verdad? Lo sé, pero ¿qué le voy a hacer? Soy un desempleado, alguien sin ingresos importantes, un escritor que pasa las horas en soledad y busca trabajo de cualquier cosa para sobrevivir. Nada reseñable que decir, nada que hacer o narrar que no se haya hecho antes. Porque seamos sinceros, en este caso, hablar sobre el funcionamiento de las oficinas del INEM, o cómo se quieran llamar ahora, no es algo en lo que quiera perder el tiempo. Dar publicidad a una pandilla de funcionarios carentes de empatía no se encuentra entre mis prioridades. Imagino sus frigoríficos, eso sí, colmados de comida precocinada y latas de cerveza industrial de marca blanca y mahonesa y verdura embolsada con sabor a plástico. Rebusco virtualmente en sus cubos de basura y disecciono sus personalidades a mi antojo —se puede hacer, nuestros desperdicios hablan por nosotros—. Solo diré que ese tipo de gente no va conmigo. Prefiero hablar de la mortadela con la que me voy a preparar el bocadillo, o describir el hongo que ofrece la explosión de una bomba nuclear, o recrear en este texto, ahora que hablo de bombas nucleares, un experimento imaginativo en el que todos esos funcionarios inútiles están sentados en casas prefabricadas de color rosa, con sus mujeres e hijos alrededor de una mesa, tomando café en tazas recién estrenadas, mojando pastas sin azúcar y sonriendo como idiotas mientras esperan una hecatombe aparentemente controlada. En mi ensoñación realista una bomba nuclear cae a dos kilómetros de altura, sobre las casas prefabricadas, y lo manda todo al pedo. Ellos, los funcionarios, han aceptado ser los conejillos de indias de un experimento que logrará salvar al ser humano. Son los héroes de la película, los que saldrán en el cartel principal. Solo hay un problema: el experimento no consiste en observar los efectos de la onda expansiva o de la radiación. No. Se trata de erradicar de la faz de la Tierra a los incompetentes que chupan de las arcas de la sociedad, y observar la evolución de un mundo sin funcionarios. Eliminar a todos aquellos que dejaron de tener sueños vitales y se convirtieron en basura orgánica. No existe otro objetivo. Sé que suena violento, voraz y vil. Pero no lo puedo evitar, no quiero evitarlo. Soy así por dentro. Escribo para desahogarme. Me gusta imaginar estas brutalidades. Las vivencias positivas no suelo contarlas, ¿para qué? Son mi salvación interna. Por eso ofrezco una visión tan desalentadora y metafórica. Esta taza del váter llamada vida, o mundo, o sociedad, o grupo de monos sin pelo, no merece otra cosa.

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Mi yo más físico y superficial va por ahí como si formase parte del maldito subsuelo de la razón, sin ganas de sonreír de forma gratuita, cansado de la vida y del funcionamiento impuesto, ajeno al movimiento de la manada. Aun así, pese a lo que pueda parecer, hago un esfuerzo sobrehumano y sonrío a mis vecinos. Saludo a la idiota que me vende el pan, a la cajera del supermercado del barrio, a los mecánicos del taller de la esquina, al barrendero que limpia de día y rompe litros de cerveza por la tarde, a la vieja que fuma tabaco negro y blasfema sin parar. Ofrezco conversación a todo el mundo, rollo superficial y patético. Falsedad en estado puro. Y no me importa hacerlo. Ser falso forma parte del proceso vital. El problema es que puedo enfermar de forma crónica y convertirme en uno de ellos si sigo involucrándome de esta forma, así que, para paliar los efectos de mi quimérica humanización, me pongo objetivos definidos: analizar sus vidas, las de todos ellos. No  tengo otra prioridad. No existe otra cura. De esta forma conozco a unos y a otros. Sé quién tiene hijos y cuántos, la marca de los coches que usan, lo que deben de hipoteca, quién tiene un familiar adicto a la cocaína o al alcohol, los bares que frecuentan, lo jodidos que están y la amargura que gastan. Ellos son libros abiertos, seres diagnosticados como idiotas crónicos, nacidos para flotar como excrementos sólidos en el fondo de esta taza del váter llamada vida. Lo que no saben es que algún día sonará un «¡ZAS!» y sus memorias se borrarán. Alguien apretará el botón de la cisterna y todo volverá a empezar. Contratarán a gente nueva para desempeñar la labor de siempre, y con el tiempo, esa nueva élite de idiotas decidirá tener hijos y volver a cagarla. De nuevo a opositar y plantar la semilla del carroñero amargado. Nuevos productos novedosos. La manada de las tetas de oro líquido tiene que seguir dentro del círculo de la opresión. ¿Y qué haré mientras pasa todo esto? Pudrirme lentamente y sonreír. Iré a trabajar a eventos de negocios. Cobraré una cuarta parte de lo que debería. Pasaré las noches en blanco. Moveré sillas y mesas para que luego las ocupen esos que se hacen llamar a sí mismos «entendidos en la materia». Llegaré a casa por la mañana, me prepararé un café, fumaré, esperaré otra llamada de trabajo y soltaré la carcajada más grande del universo conocido. Así hasta que me haga rico. Entonces todo me dará igual.

About Pedro Altamirano

Autor Pedro Altamirano, me encanta el mundo de la informatica, y hasta hace muy poco no sabía que tenía la capacidad de escribir donde conocí a gente maravillosa en la red y formamos un sueño " El poder de las letras"

Acerca de Pedro Altamirano

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