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RELATOS

El ingrediente secreto

El ingrediente secreto

El ingrediente secreto

Empezaba un nuevo curso del colegio de primaria, y Jack el cocinero estuvo todo el verano preparándose y elaborando nuevos platos para que los niños puedan disfrutar de sus menús. No era cocinero profesional,  entró por enchufe de su hermana que era profesora de historia, el curso pasado no lo hizo nada bien, los niños estaban descontentos y los padres pusieron varias quejas a la dirección, pero este curso se preparó para no fallar y sobretodo para demostrarle a su hija, que era alumna del mismo colegio que podía estar orgullosa de él. Lo tenía todo apuntado en una libreta, cada ingrediente, cada condimento, tiempos de cocción y un sinfín de apuntes.

hasta la primera semana del nuevo curso no había servicio de comedor, y llegó el día de su estreno pero otra vez, los niños se quejaban de lo mala que estaba la comida, su hija al llegar a casa intentó consolarlo aunque no sirvió de mucho, pero le alegro la tarde.
Al día siguiente lo volvió a intentar, pero obtuvo un  nuevo fracaso, no entendía porque si se había preparado  a conciencia y le salían sabrosos los platos, pensó tal vez que fuera culpa de los utensilios, las ollas y las cacerolas que eran viejas, fue a hablar con el director y aceptó a comprar todo nuevo con la subvención que tenían.

Fueron pasando los días pero no lo consiguió. Por el altavoz se escuchó:
-Sr. Jack acuda al despacho del director por favor.-
-Buenas tardes se puede director? preguntó Jack
-Pase, pase, mira Jack he confiado de ti todo un año entero, has tenido la oportunidad de demostrar que eras un buen cocinero, pero lamentando lo mucho la dirección a decidido sustituirle porque  no podemos aguantar mas quejas. eso no es bueno para la popularidad de la escuela, me entiendes no?
-Si señor director.- lo entiendo
-Así que al finalizar la semana, te marcharás, y Jack lo siento mucho de corazón.- dijo el director.

Jack salió del despacho con la cabeza agachada, pensando que diría su hija, cuando iba caminado por el pasillo y se dirigía a la cocina se cruzó con un niño, al verlo el pequeño se empezó a reír y burlarse del cocinero, diciéndole barbaridades, Jack empezó a sentir rabia cuando de repente su hija, que estaba escondida detrás de la columna lo escuchó todo y comenzó a llorar.
-Sofía, sofía gritaba su padre, espera no corras, por favor, perdóname.
-No papa, ahora voy a ser el hazmerreír  de todo el colegio, tanto cuesta hacer buena la comida.

Jack entró en la cocina, para hacer uno de sus últimos menús, empezó a hervir agua, cortaba cebolla cuando entró un niño y le dijo:
-Sofía en tonta como su padre, que no sabe ni cocinar, jajajajaja !!

Jack al escuchar eso, cogió el cuchillo y fue directamente al chico apuñalando varias veces hasta matarlo, cogió al chico y lo corto en pedazos pequeños, para ocultar el cuerpo, no sabía donde esconderlo y decidió añadir un ingrediente secreto a sus comidas, cuando llegó la hora de comer, estaban todos los niños en el comedor del colegio, incluida su hija los profesores y el director. Sirvieron la comida y todos quedaron encantados, la comida estaba riquísima y por fin su hija sonreía, pero desgraciadamente hubieron muchas desapariciones de niños en la localidad, durante muchos años sin saber porque.

 

La chica de los globos

La chica de los globos

Era una noche como cualquiera, en realidad no tan cualquiera, pues su día había sido de esos para olvidar. Malas noticias en el trabajo, poco tiempo para almorzar y para rematar el día, un accidente de tránsito. De aquellos días para olvidar.

 

Ya se aprontaba a dormir, cuando sintió la imperiosa necesidad de acercarse a la ventana y mirar hacia la calle. Vivía en el tercer piso de un edificio del casco viejo de la ciudad. Era cerca de la medianoche, no muchos autos había a esa hora y solo algunos transeúntes aún recorrían el lugar.

 

La noche estaba tibia, cosa rara para aquel día de invierno, sin embargo abrió la ventana y permitió que la tibia y suave brisa acariciara su cara. Cerró los ojos y se dejó llevar por esa agradable sensación.

Un ruido le sacó de su trance. Miró hacia el interior de su habitación y vio una serie de luces de colores que invadían el espacio.  Colores alegres que no podía explicar de donde venían, ya jugaban sobre las murallas, las cortinas y los muebles de la habitación.

 

Con una mezcla entre curiosidad y temor, se paró en medio de la habitación para observar en detalle el espectáculo que se presentaba ante sus ojos. Se debatía entre disfrutar el momento y tratar de averiguar que estaba pasando.

 

Mientras miraba a su alrededor, se percató que una chica estaba sentada en el sillón de su habitación. ¿Como había entrado? No lo entendía, pues estaba consciente de haber cerrado con llave las puertas de su departamento.

No te asustes, le dijo la chica, no soy ladrona ni asesina. Mil ideas volaban por su mente en ese momento, desde quién era hasta cómo deshacerse de ella.

¿Que buscas aquí? le preguntó. Estoy aquí para regalarte algo, le contestó ella con una sonrisa.

Quedó confundido, no sabía que contestar ni que hacer. Relájate le dijo ella, quiero regalarte una sonrisa. Una sonrisa especial, que no olvidarás, que nunca te dejará. Una sonrisa que te hará ver las cosas de otro color y te permitirá ver aquello que los otros no ven. Úsala cuantas veces quieras, pues esta sonrisa no se gasta, simplemente se hace más potente cada vez que la usas.

 

Él seguía sin entender las palabras de esta joven desconocida. Ella le miraba con ternura y le sonreía, al tiempo que le decía, “la felicidad es como un manojo de globos, si se te escapan sentirás que has perdido algo, sin embargo el mundo esta lleno de globos, incluso en los rincones menos esperados”.



 

Se quedó pensando en aquella frase y le quiso preguntar que significaba, sin embargo, cuando buscó a su interlocutora, ésta había desaparecido junto con las luces que llenaban la habitación.

¿Había soñado? No estaba seguro, tal vez sí. 

Abrió la ventana para dejar entrar el aire frío de invierno a su habitación y sacudirse de aquel extraño sueño. Ya era tarde y debía dormir, pues un largo día de trabajo le esperaba.

 

Ya más repuesto y calmado, fue a cerrar la ventana. Mientras lo hacía, vio a una mujer joven que se alejaba con un manojo de globos de brillantes colores en su mano y los soltaba uno a uno. En ese momento y como por arte de magia, una sonrisa se dibujaba en sus labios.

 

ホセ

Y me llevaron a la hoguera

hoguera

 

Y ME LLEVARON A LA HOGUERA

Recabé en aquel pequeño pueblecito de montaña casi por casualidad, huyendo de un hogar donde el amor hacía tiempo que se había marchitado y los golpes habían sustituido a las caricias. Aprovechando un despiste de mi marido, cogí a mis dos pequeños de la mano y salí corriendo de aquella casa, sin más equipaje que los ropajes que llevábamos puestos, raídos y decolorados. Corrí y corrí sin pausa, sin mirar atrás, tirando de los pequeños, de apenas 4 y 6 años, tras de mí.

A las cuatro o cinco horas de carrera me detuve exhausta. Cuando vi el aspecto que tenían mis hijos, quise morir. Estaban por completo deshidratados, rasguñados, apenas podían abrir los ojos del máximo cansancio que llevaban en las espaldas de sus diminutos cuerpos. Sin saber qué hacer, cogí al más pequeño de ellos y lo acogí en mi pecho. Procuré darle de beber de la poca leche que aún me quedaba y, con los ojos cerrados, empecé a cantarle una canción. Una canción por completo desconocida para mí, que jamás había oído, en un lenguaje extraño, pero que salía de mis labios con fluidez.

Cuando abrí los ojos, al terminar la canción, mi pequeño estaba curado por completo. No había signo de cansancio alguno en su cuerpo. Le rebusqué por todos lados buscando algún rasguño, algún moratón de las caídas que habíamos tenido en el camino, pero no encontré nada. Por alguna extraña razón, había conseguido sanarle.

Miré hacia mi hijo mayor. Él continuaba tirado en el suelo, apenas podía respirar. Con rapidez me incorporé y me dirigí hacia él, repitiendo la misma operación que hice con el primero. La canción fluía de mis labios como si siempre hubiese sido ese su destino. No conocía el significado, pero continué cantando. Para mi sorpresa, al abrir los ojos mi hijo mayor estaba por completo recuperado, al igual que le había pasado al primero.

Hicimos una hoguera en mitad del bosque, en un pequeño claro rodeado de árboles, y allí descansamos algo durante la noche. Estábamos hambrientos, pero no importaba, lo importante era descansar un poco y seguir nuestro camino sin rumbo, pero lo más alejado posible de la mala bestia que teníamos en nuestro hogar.

Al amanecer, antes de que saliese el sol, desperté con cariño a mis dos pequeñuelos y reemprendimos nuestro viaje. No llevábamos ni una hora de camino cuando encontramos una pequeña aldea, escondida dentro del bosque en la ladera de la montaña. Sus habitantes nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron cobijo y alimento. Les estaré eternamente agradecida. A pesar de todo.




Todo fue bien durante varios meses. Yo ayudaba en las labores del pueblo y mis niños iban a la pequeña escuela que había, junto con diez niños más. Hasta que un día ocurrió la desgracia. La hija del alcalde cayó gravemente enferma. Nunca se supo de la enfermedad que la había indispuesto, pues el médico del pueblo no llegaba a entender de males mayores y tampoco podía ser trasladada a un hospital. La pequeña pasó dos semanas horribles, convulsionando y con fiebres altísimas.

Una fatal noche, el doctor dictaminó que el pequeño cuerpo de la niña no podría soportar esas condiciones apenas unas horas más. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. En un santiamén, todos estábamos congregados en casa del alcalde, esperando noticias de la evolución de la niña. En ese momento recordé el incidente con mis propios hijos durante nuestra huida, algo que había dejado escondido en un recóndito rincón de mi memoria.

Le propuse al alcalde que me dejase entrar a ver a la pequeña, que en ocasiones había ayudado al médico de una gran ciudad y a lo mejor podía hacer algo aún por ella. Me consintió la entrada pero estando él presente. Tuve dudas, no lo voy a negar, pero tampoco podía dejar que un alma tan joven nos dejase de aquella manera. Así que, delante del alcalde, la tomé en mis brazos. El pequeño cuerpo de la niña, aún más mermado tras las últimas semanas, ardía como si fuese una hoguera. Podía notar hasta el último de sus pequeños huesos. Saqué un pecho y le ofrecí a beber de mi leche mientras, con los ojos cerrados, volví a cantar una vez más aquella canción misteriosa.

Todo fue algarabía aquella noche cuando la pequeña se levantó por sí misma de la cama, sin rastro de las fiebres que la estaban consumiendo. Todo el mundo me estaba agradecido y yo recibía sus muestras de afecto con humildad. Pero no es oro todo lo que reluce, y a los pocos días comenzaron a correr rumores en la aldea sobre mí. Me tachaban de bruja.

El propio alcalde, convocó un pleno con todos los habitantes, a mi excepción. Yo, que había salvado a su hija de una muerte segura en cuestión de horas, ahora era una criatura del diablo que merecía ser aniquilada sin ningún miramiento. Así lo decidieron entre todos.

Ya han preparado la gran pira donde me piensan amarrar esta misma noche. A las doce, la hora bruja, qué paradoja. Solo puedo mirar a mis hijos y dejarles el legado de que su madre fue una buena mujer que murió en la hoguera por el solo hecho de hacer el bien.

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