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¡Ven aquí, mariposa!

Ven aquí, mariposa

 

¡VEN AQUÍ, MARIPOSA!

 

Esa niña que pasea por el campo, bajo el sol, podría haber sido yo misma, hace años, tierna flor. Va pensando en la alegría que siente cuando el sol la quema, no se detiene a pensar tonterías que le den pena.

Con su vestido de cuadros la niña corriendo va, ha visto una mariposa muy cerca de ella volar. Yo la observo desde lejos, no quisiera entrometerme en las ilusiones de un niño pero sé que se mariposa de la niña huirá por siempre.

Ella no ceja en su empeño, va riendo, con las mejillas encarnadas y el vestido recogiendo. Pues teme dar un traspiés, perder a la mariposa entre las flores del campo y ya no volverla a ver.

¿Cómo explicarte mi niña que en la vida hay muchos sueños que se ven truncados aún siendo tu mayor deseo? Que la mariposa huirá siempre por mucho que la persigas, ella no entiende a la gente, pensará que es que la hostigas.

Desde mi asiento de colcha verde como los trigales, sigo observando a esa niña, que busca amor a raudales. Tengo ganas de llamarla, de decirle ven conmigo, pero la dejo tranquila, es su juego, es divertido.

¡Ven aquí, mariposita!, escucho a la niña decir. Cómo si fuera a escucharte, eso pienso yo para mí. Pero la sigue llamando, y la mariposa vuela y vuela, de ecos está llenando mi niña toda la pradera.

Y mientras la mariposa va corriendo entre las flores, la niña va presurosa a cogerla sin temores. Pero es escurridiza, las alas comienza a batir, veo el fastidio de la niña, que se le pasa sin sentir.

No sabes cuánto quisiera parecerme a ti un poquito, volver a ser aquella niña que no paraba un ratito. Pero el tiempo pasa raudo, la mariposa se va, la niña no se detiene. ¿Hasta dónde llegará?

Me adormezco unos instantes, la luz del sol me camela, la niña sigue constante tras su mariposa que vuela. De pronto veo un milagro, escucho su vocecita, la niña está cantando, acariciándole una alita.

Igual que la mariposa que la niña logró coger, igual vendrán esos sueños que no debemos temer. No quieren hacernos daños, como nosotros tampoco, por eso hoy sé que se cumple, aunque puedan pasar años.

A la deriva

 

A LA DERIVA

 

Navegando  a la deriva, dejé mis sueños marchar, mis sueños de mil colores junto con mis esperanzas van. No he sabido manejarlos así que los dejo volar, para que encuentren su rumbo sin mi ayuda, ¿qué más da?

Si hasta el día de la fecha he demostrado con creces, que no he sabido ni un segundo manejar mis ilusiones. Me siento Caperucita, que se ha perdido en el bosque, temiendo que llegue el lobo y le quite sus ambiciones. Porque equivoqué el camino y nunca he sabido verlo, y ahora que me he dado cuenta, llego tarde, llegué lejos. A desandar el camino no me enseñaron, lo siento, ahora que llego al final, hay un muro de desprecios.

Recuerdo aún aquel día, cuando tomé aquel sendero. ¡Qué contenta me sentía, pensando llegar muy lejos! Y lejos llegó, eso es cierto, pero a un destino de encierro, de aciagos días de lucha, de tormentas y lamentos. ¿Cuántas lágrimas perdidas por el camino he dejado? Las mismas que sinsabores con los que iba tropezando.

Aquel sendero era angosto, empinado y recubierto por miles de zarzas sombrías que al recorrerlo me hirieron. Herida y muy dolorida llegué hasta el muro espinoso, recorriendo el camino sola para que no se hirieran otros. ¡Qué equivocada estaba cuando tomé aquel camino! Ciega, como la gallinita, que no veía su destino. Porque de haberlo sabido habría elegido otro, pero la cosa está hecha, de salir no encuentro el modo.

Por eso me he entretenido construyendo con mis sueños cien mil barcos de colores, que a la deriva partieron. Se llevan mis esperanzas, mis anhelos, mis deseos, siguiendo el río de la vida, hasta llegar a otro puerto. Y al llegar a su destino, al bueno, al que ellos quisieron, no les dejaré solitos, pondré todo mi empeño en ellos. Mis sueños, mis ilusiones, un día veré cumplidas, pues son ellos los que mandan, son de  los que no naufragan. El náufrago aquí soy yo, pero solo de momento, en el más grade de ellos volveré a ser descubierto.

Me he sentado aquí esperarles, en mi prisión solitaria, hasta que me hagan la seña, la nuestra, la necesaria. Confianza he puesto en ellos, no se han ido de vacío, mil barquitos de colores, a la deriva en el río.

Deja entrar la luz del sol

Coro Soul de la Isla

 

DEJA ENTRAR LA LUZ DEL SOL

Tomé asiento en las primeras filas del auditorio. No quería perderme ni un solo segundo de aquella experiencia que sabía resultaría extraordinaria para mí. Hacía tiempo que no asistía a un evento de esas características, desde que dejaste de ir conmigo. Aún recuerdo los escalofríos que me recorrían escuchando las voces, la música, tu mano siempre agarrada a la mía.

Pero desapareciste de mi vida y mi ilusión se esfumó. Quedó hecha trizas por el camino que me tocó recorrer sola, sorteando mil obstáculos sin ayuda. Hoy ha llegado el día en que me he propuesto reinventarme, volver a ser yo, reanudar esa sonrisa que quedó colgada de un estante barato. Y aquí estoy, con los mismos nervios de una chiquilla en su primera vez, esperando que dé comienzo el espectáculo.

Hoy retomo las ilusiones que en mí vivían, que quedaron marchitas hace tantos años. Porque creo que me lo merezco. Así que me he engalanado como hacía tiempo que no lo hacía, he utilizado esos colores que tanto te gustaban en mi cara, me he vuelto a calzar los tacones. Nerviosa, pero determinante, y feliz, o eso creo.

El auditorio está repleto esta noche. Reprimo el impuso de morderme las uñas, recién arregladas con la manicura francesa que a mí tanto me gustaba y a ti tanto te disgustaba. Los artistas poco a poco comienzan a llenar el escenario. Reina el silencio en la sala. Hasta que comienza su música.




El escalofrío es inmediato. En su mayoría mujeres, comienzan a interpretar con gran maestría “Let the sunshine in“, uno de los que fuera mi leitmotiv en la vida. Siempre dejé entrar la luz del sol, hasta que me cubrió la oscuridad. Poco a poco, guiadas a la perfección por la directora de la coral, van subiendo volumen, bajando, dando espacio a los compañeros que interpretan su parte de manera excepcional.

Las notas musicales se cuelan en mis oídos y me hacen estremecer. Cierro los ojos, apreciando aún más el embrujo de la música y de las voces armonizadas a la perfección. Sé que me estoy perdiendo el bello espectáculo de la coral, pero no importa. En estos momentos solo me importa sentir la música. Dejar que las notas se cuelen por mis oídos y me transporten allá donde brilla el sol.

¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin disfrutar de este enorme placer para mí? Por primera vez en mucho tiempo, la sola idea me parece ridícula. Vale, tú no estás, pero yo sí, y estoy viva, disfrutando de uno de mis grandes placeres, de mis grandes vicios inconfesables. La música, la luz del sol, la vida. ¿Quién sabe? A lo mejor dentro de poco vuelvo a estar allí, encima del escenario, de donde tú me bajaste para ponerme en un altar que luego destruiste a patadas. Sí. Decidido. Volveré a cantar.

La canción termina. El auditorio al completo se levanta en una gran ovación. La interpretación ha sido excelente. Con los ojos aún cerrados, me levanto también, aplaudiendo con ganas, con una sonrisa en los labios, sintiéndome viva de nuevo, viendo brillar mi sol interior.

Aún quedan muchas grandes piezas por disfrutar, y me dispongo a ello con la felicidad por fin reflejada en mis ojos.

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