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La vieja gloria

 

LA VIEJA GLORIA

Silencio… Solo se escucha el silencio. Silencio y un ligero gorgoteo en mis oídos. Mi cuerpo laxo, viviendo una tranquilidad total. No quiero salir de este estado jamás. Vuelvo a escuchar con atención, silencio.

Creo que hacía tanto tiempo que no sentía tal relax. La verdad es que no sé por qué no lo hago más a menudo. La lesión de la rodilla, quizá, sea influyente. Pero esta paz… Lo que daría por mantener esta paz… Me encontraba literalmente en la gloria.

El esfuerzo que había realizado había sido excesivo, lo sabía. Había aguantado demasiado tiempo y ahora pagaba las consecuencias. Me dolían los brazos y la rodilla derecha. Bueno, lo de la rodilla derecha no era dolor, eran auténticos calambres que se deslizaban pierna abajo, recordándome que ya no tenía ni la edad ni la forma física de los buenos tiempos. Pero algo en mi interior quería continuar resistiéndose al cambio. Maldita mente, qué poderosa podía ser a veces.

Sin embargo, no cambiaba para nada todos los dolores que estaba sintiendo por aquella sensación de relax y paz que sentía en aquellos momentos. Si por mí fuese, permanecería en este estado para siempre. No es que quiera olvidarme de todo, pero… es que es tan agradable. Ya no lo recordaba. Hacia tanto tiempo que no lo hacía…

Los médicos me habían aconsejado que me retirase y llevaba como unos dos años sin hacerlo. Pero hoy no había podido más. La necesidad me obligó a hacerlo y la verdad es que estaba bastante contento. ¿Que había sufrido? ¡Claro! Pero, ¿y lo bien que me sentía en aquellos momentos?

De pronto, la paz y la tranquilidad fueron rotas de golpe. Una especie de maremoto me cubrió por entero, el silencio se rompió de súbito. Adiós al estado de calma que tanto estaba disfrutando.  Miré a mi alrededor en cuanto pude, limpiándome con las manos las gotas de agua que me estaban nublando la visión.

Allí estaba él. Viejo compañero de fatigas, de glorias y decepciones, de triunfos y pesares. Sin pronunciar palabra, me guiñó un ojo e hizo un movimiento con la cabeza que yo supe interpretar a la perfección.

Agarrados los dos en el borde de la piscina, comenzamos a realizar el largo con furia, estilo mariposa, nuestro preferido por ser el más costoso. Me costaría agujetas durante toda la semana, pero nada pagaba la cara de satisfacción que se me quedó cuando llegué antes que él.

—¿Qué pasa? ¿Que no eres capaz de ganar a un viejo de setenta años lesionado? Desde luego…

Una sonrisa pícara apareció en su rostro, y mi viejo amigo, que había seguido un riguroso entrenamiento día tras día desde que dejamos la competición, vino hacia mí a darme un abrazo como los que nos dábamos cuando los triunfos eran compartidos.

Aquí, entre nosotros, creo que me dejó ganar. Pero no se lo digáis a nadie. Permitidme disfrutar de mi ratito de gloria.

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El poder de las palabras

¿Qué ha pasado? ¿Por qué ya no te comportas conmigo como solías hacerlo? ¿Acaso eres tú quien me tiene miedo a mí ahora? No deberías tenerlo, me conoces bien, mejor que yo incluso, y sabes que soy incapaz de hacer mal a nadie. Entonces, ¿a qué es debido ese cambio?

¿Puede ser que haya sido yo la que ha cambiado? He tenido mucho tiempo para analizarte, para estudiar tu comportamiento. Me he visto presa en esa tela de araña que tú tejías tan sigilosamente. Era tan sutil tu trabajo, que cuando quise darme cuenta ya estaba enredada por completo. Cautiva en una telaraña de humillaciones y palabras de cariño, de ataques verbales y abrazos cariñosos, de “no vales nada” y falsos “te quieros”.

Y yo, sumida en mi confusión, odiándote en lo más profundo por todo el daño causado, y queriéndote con locura por todo el cariño mostrado. Conseguiste dejarme indefensa, anulada por completo, sin saber si quiera quién era ni, por supuesto, quién eres.

Lo único que sabemos es que algo en mí ha cambiado, tú también lo percibes. Por eso tu comportamiento también ha cambiado, porque sabes que no voy a ser tan sumisa, tan maleable, tan fácil de manipular. Que ya no tengo miedo a las consecuencias, que voy a ser fiel a mi esencia.

Tranquila, no guardo ningún rencor. Eso sería rebajarme a un nivel tan bajo como en el que has estado tú durante todos estos años. Con tantas carencias que necesitabas suplirlas con autoridad y malos tratos. Así que no, no guardo rencor. Te comprendo, aunque no lo justifique. El pasado, pasado está. Ahora mismo lo único que quiero es alejarte de mi vida lo máximo posible, no sea que vuelva a enredarme en tu tela de araña, que tan astutamente sabes tejer sin que nadie se dé cuenta.

Te deseo lo mejor. Escúchame bien. Lo mejor. Pero lejos. Muy, muy, muy lejos…

Dicen que las palabras tienen poder. Por eso hoy no solo las pronuncio, sino que las dejo por escrito, con la esperanza de que llegue el día, no muy lejano, en que se hagan realidad.

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El reencuentro

EL REENCUENTRO

¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Quién he sido? ¿En qué me he convertido? Mírame, mírate, ¡míranos! ¿Recuerdas cuando nos daban las tantas de la madrugada medio borrachos hablando en el jardín? El tequila corría por nuestras venas como fuego ardiente, y terminábamos haciendo el amor de manera apasionada y sensual.

¿Por qué hemos hecho esto? Seguro que no nos dan las tantas de la madrugada. Tenemos la botella de tequila sobre la mesita, cuando los dos sabemos que no podemos tomar alcohol debido a la medicación. Y sí, puede que terminemos la noche con un patético intento por practicar sexo.

Estoy tan nerviosa que mataría por un cigarrillo, después de veinte años sin fumar. Al menos podremos hablar. Es lo único que no ha cambiado en este medio siglo que nos separa de aquella noche. Lo único que no hemos dejado de hacer a diario. Siempre a escondidas. ¿Por qué? Me da la risa solo con pensarlo.

Mejor dejémoslo aquí, antes de cometer una locura. Antes de volver a comprobar que el tema de conversación que nos une son nuestras respectivas familias.

Venga, dale. Llena un chupito de tequila. Hagamos un brindis por aquellos viejos tiempos, los que nunca volverán, los que ni siquiera han conseguido mantenernos unidos, y vayamos cada uno a nuestro dormitorio.

Mañana haremos como si esto no hubiese ocurrido. Yo regresaré junto a mi marido y tú junto a tu esposa sin ningún remordimiento. Y habremos saciado nuestras salvajes ganas de vernos retenidas durante cincuenta largos años. Piensa que, al menos, a partir de ahora no tendremos que escondernos para hablar, pues seguiremos haciéndolo a diario. Ya sabremos con conocimiento de causa que no somos más que viejos amigos. Muy viejos y, también, muy amigos.

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