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Si quieres encontrarme

 

SI QUIERES ENCONTRARME

Si quieres encontrarme, no tienes más que seguir el rastro que cada mañana he dejado para ti. Solo sigue las huellas en la arena, esas que permanecen indelebles durante la mañana. No tienen por qué ser mías, cualquier animal puede haber hecho el trabajo por mí. No te preocupes, sabrás que has elegido el camino correcto, te guiará mi aroma, entremezclado con el salitre. Tú solo sigue las huellas, allí me encontrarás. Quizá en un cruce de caminos.

Si quieres encontrarme, no tienes más que seguir a la estrella más brillante que veas en el firmamento cada noche. Será fácil, habré dejado la luz encendida para ti, para que te guíe igual que guió a los magos de oriente. No perderás el rumbo, solo con seguir la luz. Allí me encontrarás. Quizá jugando con las constelaciones.

Si quieres encontrarme, busca el rumbo de las aves por el cielo. Ellas te llevarán a mí. Silba a la mayor de todas ellas, bajará a recogerte y te traerá a mi lado, atravesando densas nubes de algodón de azúcar. Cuando llegue a su destino, allí me encontrarás. Quizá volando más alto de lo que jamás hubieras imaginado.

Si quieres encontrarme, sigue el sonido de la risa de un niño. El que ría con mayores carcajadas, el que piense que la vida es solo un juego. Pregúntale a ese niño por mí, él te indicará el camino, mientras desliza su infancia por un tobogán rojo brillante. Sigue sus instrucciones, no pierdas ni una sola, porque allí me encontrarás. Quizá flotando en un globo que vuela libre sobre el mar.

Si quieres encontrarme, siéntate frente a una hoja de papel en blanco. Escoge el lápiz más afilado que tengas, haz trazos sobre el papel. Deja fluir las palabras que surgen desordenadas de tu cabeza. Cuando hayas terminado, allí me encontrarás. Tranquilo, no te asustes, no saldré del papel para abrazarte. Solo tienes que ir en mi busca siguiendo los caminos que tú mismo has trazado. Allí me encontrarás. Quizá leyendo un buen libro en el rincón más apartado de un bar.

Si quieres encontrarme, ve a aquel concierto de música al que siempre quisiste ir. Canta, grita, baila, muévete entre el gentío. Desgañítate hasta que llegues a mis oídos, hasta que pueda indicarte dónde estoy. Sigue los colores, aparta a las muchachas rubias que te obstruyan el paso. Aparta a los chicos engominados que encontrarás en tu caminar. Allí donde las luces sean más deslumbrantes, allí me encontrarás. Quizá en un rincón de silencio dentro del bullicio.

Si quieres encontrarme, ve a caminar por los campos sembrados de flores, por las siembras de cereal, entre los pálidos olivos. Sigue a esa mariposa que se cruzó en tu camino, la de los colores brillantes. Porque ella te llevará hasta mí. No la pierdas de vista, disfruta del aroma que te ofrecen los campos y allí donde el perfume sea más intenso, allí me encontrarás. Quizá en un simple jardín de césped recién cortado.

Si quieres encontrarme, sal a disfrutar bajo la lluvia. Siente las gotas mojar tu cuerpo poco a poco, siéntelas resbalar por tu cara. Observa el arco iris, él te llevará a mí, sin falsos caminos de baldosas amarillas, sino maravillosos arcos de colores. Al final de él, me encontrarás. Quizá disfrutando del aroma a pasto mojado en una calurosa noche de verano.

Si quieres encontrarme, reúnete con nuestros amigos, porque entre ellos estaré. No hará falta que te digan nada, no temas, no tendrás que preguntar. Habla con ellos, comparte unas cervezas, ríe. En el momento que menos lo esperes, me encontrarás. Quizá disfrutando del aroma de un café recién hecho. O saboreando una dulce caracola de hojaldre, perdiéndome en sus espirales.

Si quieres encontrarme, busca a tu familia. A ellos les di instrucciones muy precisas para que te llevaran hasta mí. Juega, habla, sonríe, ríe, besa, ama, ayuda, colabora. Poco a poco te lo irán contando. Y sabrás con exactitud dónde encontrarme. Quizá me encuentres retozando entre tus sábanas.

Solo, claro está, si quieres encontrarme.

Un lugar para la primavera

UN LUGAR PARA LA PRIMAVERA

Yo era un hermoso jardín lleno de flores, que vivía en una eterna primavera. Me gustaba brillar con el rocío de la mañana, lanzar destellos bajo la luz del sol, impresionar con mi vertiginosa armonía. Mis flores emitían un embriagador aroma que hipnotizaba a las personas que se encontraban junto a mí. Todas ellas se sentían felices cuando mis flores les acompañaban. Ellas convivían con risas, sonrisas, carcajadas, sol, luz, lluvia… Era feliz, en toda mi plenitud.

De pronto llegaste tú, arrasando como verano caluroso y seco. Fuiste como un huracán de energía arrolladora que se adentró en mi jardín. Llegaste a las profundidades más ocultas, hasta lo más hondo de mí. Y fuiste asolando todo a tu paso. Las flores se marchitaban, precisas de una lluvia que no caía en aquel aciago verano. Se acabaron las risas y las sonrisas en rededor. Tu calor me abrasó, envolviéndome con sus llamas de puro fuego. Encendida como estaba, no tuve tiempo de apreciar que mis flores se habían ido consumiendo poco a poco, que ya no me envolvían con su aroma, ahora convertidas en tristes cenizas que nadie quería pisar. Me volví un jardín carbonizado, aislado de todo lo demás.

El calor de tu verano fue dando paso, sin que apenas pudiera darme cuenta, a la rutina melancólica de un otoño dorado, de tu otoño. Mis flores ya no estaban, quemadas como habían sido por el huracán veraniego. Y mis árboles comenzaron a perder sus hojas, llenando mi suelo de una gran alfombra con la que arrullarme, ante la precipitada falta de calor. Ya no estaba encendida, sino que la melancolía del otoño se fue apoderando poco a poco de mí, envolviéndome en una sutil niebla que aún mantenía mis ojos cerrados. Pero aún así, en la oscuridad de mi ceguera, podía sentir la ausencia de risas alrededor de mí. Un jardín vacío, sin compañía, en medio de un otoño embaucador. Y tú, mi querido otoño, no hacías nada por remediarlo.

El otoño que había cubierto mi jardín de hojarasca dio paso a un frío invierno, sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo. Frío y solitario, mi jardín vio cómo el hielo y las nieves cubrían todo. Cubrían las antaño hermosas flores asoladas por tu verano. Cubrían la alfombra de hojas secas que me invadió con la llegada de tu otoño. Mis llantos se manifestaron en forma de oscuras nubes que descargaban lluvia sobre mí, intentando hacer desaparecer el manto blanco que me cubría. Pero no fue suficiente. Tu invierno acabó con todo, dejando mi bello jardín congelado, frío y ausente.

Hoy que puedo vislumbrar un pequeño rayo de luz proveniente del sol primaveral, te digo adiós. Desaparecerás de mi vida como si jamás hubieses pasado por ella. No permanecerás si quiera en los recuerdos de este torpe jardín que no se supo cuidar por sí mismo. Abriré mis cielos al sol primaveral. Mis plantas y árboles volverán a brotar. Volverán las risas y la alegría alrededor de mí cuando todas mis flores renazcan con mayor esplendor. Y a partir de ahí, en mi jardín solo vivirá una eterna primavera. Vete con tus veranos que me queman, con tus otoños que me marchitan y con tus inviernos que me congelan. Aquí solo queda sitio para la primavera. Soy un lugar para la primavera.

¿Volverán?

 

¿VOLVERÁN?

Jueves, 3 de agosto de 2017

En esta fecha, durante mi infancia, adolescencia y un poquito más, me encontraría en el pueblo, disfrutando de las eternas vacaciones de la juventud. Mis mejores recuerdos siempre han tenido lugar en ese pequeño pueblecito manchego que tanto calor nos ofrecía en verano. Pero no importaba, éramos jóvenes y nada nos paraba. ¿Volverán esos tiempos? ¿Volverán?

Todos mis mejores amigos estaban allí. Esos que eran de verdad, los que creías para toda la vida, aunque luego la vida se encarga de poner a cada cual en un sitio diferente. Cosas de la vida, que a veces es muy puta. Cosas del destino.

Eran tiempos de no entrar en casa en todo el día. Durante las mañanas, la protagonista indiscutible era la bici. Ya podía caer un sol abrasador, que no había nada que te bajase de la bici. Bueno, algo sí había de vez en cuando, porque recuerdo las rodillas siempre marcadas por el rojo de la mercromina. ¿Y qué? Solo tenías que volver a montar. Y cuando el reloj del ayuntamiento hacía sonar sus campanas para indicar que ya eran las dos, correr volviendo a casa para comer, pero tranquilos, que todavía queda el segundo toque.

Las siestas, esas horas muertas, cuando el calor era más acuciante si cabe, yo me las pasaba aburrida como una ostra. Todo el mundo durmiendo y yo, que odiaba dormir a esas horas, deseando que diesen las cinco de la tarde para merendar rápido y volver a salir a la calle a buscar a los amigos. Quién me iba a decir a mí que ahora mis siestas serían imprescindibles y de mínimo un par de horitas, eso cuando tienes la suerte de poder echarla. Hace años, me parecería impensable.




O esos días especiales, cuando algún padre nos acercaba a la piscina del pueblo vecino, rápido, que si te bañas en la primera media hora después de haber comido, no hay que esperar las consabidas dos horas y media de digestión. ¡Ay, si hubiese sabido que lo de las dos horas era solo un mito! Eran tardes geniales, disfrutando del agua fresca, aunque el olor a alpechín de la cooperativa de aceite inundase nuestras fosas nasales. Eso era también aroma a verano.

El resto de tardes, siempre en pandilla, siempre libres, siempre en la calle. Comíamos golosinas como si no hubiese mañana. Y no pasaba nada. Eras afortunado si podías comprarte un flash de quince. Paseos por el campo, por el pueblo, partidas de cartas, de mus, cuando todavía podías echar órdagos a la grande. Baños en el pilón. Beber directamente del grifo de la fuente de la plaza. ¿Y qué?

Y no olvidemos las noches. Como siempre, fuera de casa, al aire libre. Podías pasear con tranquilidad por la carretera, con la única iluminación de la luna, y pasaba un coche cada diez minutos, que no te alborotaba el pelo al pasar. Noches enteras en el pórtico de la iglesia, especie de profanación del lugar sagrado, con la litrona vendida de extranjis o una caja de botellines, cuando se suponía que no debíamos beber. Como los cigarrillos a escondidas.

Ese pueblo, mi pueblo, me entregó a mi amor. Besos furtivos en la oscuridad de algún callejón. ¿Cómo no lo voy a añorar? Sí, es añoranza el sentimiento que me despierta. Esos tiempos en los que eras plenamente feliz, aunque lo ignorases.

Ahora, a día de hoy, me pregunto si será cierto eso de volverán las oscuras golondrinas…

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