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El poder de las palabras

¿Qué ha pasado? ¿Por qué ya no te comportas conmigo como solías hacerlo? ¿Acaso eres tú quien me tiene miedo a mí ahora? No deberías tenerlo, me conoces bien, mejor que yo incluso, y sabes que soy incapaz de hacer mal a nadie. Entonces, ¿a qué es debido ese cambio?

¿Puede ser que haya sido yo la que ha cambiado? He tenido mucho tiempo para analizarte, para estudiar tu comportamiento. Me he visto presa en esa tela de araña que tú tejías tan sigilosamente. Era tan sutil tu trabajo, que cuando quise darme cuenta ya estaba enredada por completo. Cautiva en una telaraña de humillaciones y palabras de cariño, de ataques verbales y abrazos cariñosos, de “no vales nada” y falsos “te quieros”.

Y yo, sumida en mi confusión, odiándote en lo más profundo por todo el daño causado, y queriéndote con locura por todo el cariño mostrado. Conseguiste dejarme indefensa, anulada por completo, sin saber si quiera quién era ni, por supuesto, quién eres.

Lo único que sabemos es que algo en mí ha cambiado, tú también lo percibes. Por eso tu comportamiento también ha cambiado, porque sabes que no voy a ser tan sumisa, tan maleable, tan fácil de manipular. Que ya no tengo miedo a las consecuencias, que voy a ser fiel a mi esencia.

Tranquila, no guardo ningún rencor. Eso sería rebajarme a un nivel tan bajo como en el que has estado tú durante todos estos años. Con tantas carencias que necesitabas suplirlas con autoridad y malos tratos. Así que no, no guardo rencor. Te comprendo, aunque no lo justifique. El pasado, pasado está. Ahora mismo lo único que quiero es alejarte de mi vida lo máximo posible, no sea que vuelva a enredarme en tu tela de araña, que tan astutamente sabes tejer sin que nadie se dé cuenta.

Te deseo lo mejor. Escúchame bien. Lo mejor. Pero lejos. Muy, muy, muy lejos…

Dicen que las palabras tienen poder. Por eso hoy no solo las pronuncio, sino que las dejo por escrito, con la esperanza de que llegue el día, no muy lejano, en que se hagan realidad.

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La niña

 

LA NIÑA

 

Hace unos días me pasó una curiosa experiencia que me gustaría compartir con vosotros. De ella extraje una gran enseñanza, y creo que lo justo es compartirla.

Estaba yo sola, descansando, en el sillón de mi casa, cuando escuché una vocecita infantil que me decía:

—¡Hola! Hace mucho que no juegas conmigo, te echo de menos. ¿Qué pasa? ¿Qué ya te has olvidado de mí?

Podréis imaginaros el sobresalto que me llevé, puesto que yo estaba sola en casa, pero imaginé que estaría soñando. La cuestión era que yo escuchaba su voz muy cercana a mí, pero no veía a nadie a alrededor. Y además yo me sentía muy despierta, así que ya dudaba incluso de que fuese un sueño lo que estaba viviendo. ¿Alguna experiencia sobrenatural, tal vez?

—¡Hola! —le respondí. —Perdóname, pero ahora mismo no sé quién eres. De hecho, ni siquiera sé si eres real.

—¡Lo sabía! ¡Ya te has olvidado de mí! ¿Pero cómo es posible? ¡Con lo bien que lo hemos pasado juntas!

La voz de la pequeña empezaba a quebrarse, como si fuese a romper a llorar, y yo, que no tengo hijos y no sé manejarme bien en estas situaciones, intenté arreglar la situación lo mejor que pude.

—No llores, por favor. Seguro que no me he olvidado de ti. Es solo que en los últimos tiempos estoy un poco descentrada y no me entero muy bien de las cosas. ¿Puedes decirme quién eres, por favor? Y, sobre todo, ¿dónde estás? Puedo oírte, pero no puedo verte, y yo hace un ratito estaba completamente sola en casa—le supliqué.

—¿Cómo que dónde estoy? ¿Pues dónde voy a estar? ¡Donde siempre! ¿Dónde quieres que esté? ¿Has olvidado que tú nunca estás sola, que siempre estoy yo contigo? Hace tiempo lo pasábamos muy bien juntas, jugábamos mucho, pero luego creciste y con eso de la madurez, te has olvidado de mí…

¿Que la niña estaba conmigo? ¿Que habíamos jugado mucho juntas? ¿Que me había olvidado de ella al crecer? De pronto, una lucecita se encendió dentro de mí. ¡Vaya aviso! No quiero ni pensar en lo que hubiese podido ocurrir si ella misma no viene a avisarme. Y es cierto, ya no me acordaba. Era para darse cabezazos contra la pared.

—Tranquila, ven aquí que te abrace. Por poco me olvido de ti, ¿sabes? Pero por suerte has venido a recordarme que siempre tenemos que estar unidas. A partir de ahora, te dedicaré más tiempo y jugaremos más juntas, ¿vale? Y recuerda que te quiero —le dije, abrazando su pequeño cuerpecito de niña.

La niña sonrió, dio su trabajo por finalizado y volvió al lugar de donde había salido. Yo decidí comenzar a cumplir mi promesa en ese preciso instante, así que me levanté del sillón, encendí el equipo de música a todo volumen y comencé a bailar y a brincar como una loca.

Después me enfundé mi abrigo, salí a la calle y comencé a tocar los timbres de las casas, mientras salía corriendo para que no me pillaran. Hasta que llegué al parque y pasé un buen rato montada en el columpio, cada vez más alto, cada vez más alto, hasta casi dar la vuelta por completo.

Cuando llegué a casa, no podía parar de reírme a carcajadas, me encontraba más relajada que nunca y casi podría decir que hasta feliz. Mi niña interior y yo lo habíamos pasado en grande.

Recordad que todos nosotros llevamos dentro el niño que fuimos. No le olvidemos y démosle el cariño y la diversión que se merece. De lo contrario, la rutina y la desidia se apoderarán de nuestras vidas, y eso es algo que no nos podemos permitir. ¡Pasadlo bien jugando con vuestro niño interior!

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La utopía

 

LA UTOPÍA

Soy una leyenda, una utopía, uno de esos cuentos que van de boca a oreja, de generación en generación, y que por el camino van perdiendo parte de su sentido. Hay quien dice haberme poseído, pobres ilusos. La verdad es que muy poquitos han sido capaces de llegar a alcanzar mi estado, mi altura, mi exquisitez.

Nunca sabrás si existo en realidad, si soy producto de tu imaginación, un chisme o un sueño. Tampoco sabrás nunca si algún día llegué a existir en realidad. Los cuentos de las viejas del hoy siempre lo han negado pero, ¿quién sabe? Ya te dije que solo unos pocos privilegiados han llegado a alcanzar mi nivel.

Tú creciste pensando que era real. Tanto, que te sentiste orgulloso de tenerme. Pobrecito, ¿de verdad creíste que me tenías? Quizá fuese solo un espejismo, pero lo cierto es que nunca me has poseído.

Hay muchos intereses en que pienses que soy real, que me posees, que estés tranquilo, sosegado pero, amigo, siento decirte que te han estado engañando como a un pobre corderillo desde la más tierna infancia. Recuerdo a aquel pequeño niño que pensaba que me poseía. Y se sentía feliz por ello. Cuánta ingenuidad, hoy ya perdida ante la revelación que se nos hace en la edad adulta. Casi como el pequeño que se entera de que los Reyes Magos son los padres.

¿Recuerdas cuando te decían: de mayor podrás ser lo que quieras? ¿Recuerdas cuando te decían: siempre podrás elegir? Pues lamento ser yo quien tenga que decirte que todo eran engaños, patrañas de la clase gobernante para teneros dentro del “redilito”. Una utopía siempre buscada por el obrerito de a pie, como tú.

Pero permíteme decirte una cosa. Soy real, existo, solo tienes que luchar por mí un poquito más, como hicieran en su día tus ancestros. Y estarás a un paso de conseguirme.

Desde el cariño, tu libertad.

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