Sátira, ladrillos y cartones mojados

 

 

La verdad es que podría decir un millón de cosas. Pero no tengo ganas. Me aburre la vida. Estoy cansado de las rutinas. No puedo con la falsedad de una sociedad convertida en horarios, malas miradas y miedo enlatado. Soy repetitivo, lo reconozco. Siempre la misma temática. Es como una reflexión infinita. Como pisar la misma mierda una y otra vez —con cierto sentido, claro—. La sociedad y sus venenos. Nada de amistades sinceras. Cero acercamientos. Solo el documento en blanco y la cerveza medio vacía. Aislado de lo que antaño fue mi maldito devenir. Nada de bares o ambientes ahumados. Se acabaron las conversaciones banales y los insultos a la luz de la luna. Ahora estoy recluido en mi interior, donde solo existen los susurros de la bestia: Vagos consejos de una personalidad desdoblada, insultos airados y una crítica feroz que no para de repetirse. De este modo me lapido falsamente. Lo que viene a significar que duermo en un pedestal de contrariedades. Podría decir que he alcanzado el objetivo principal. Ahora solo me queda reventar la situación —es la costumbre—. Entiéndase, hay muchas formas de reventar algo, y no todas las connotaciones son negativas. En este caso existen variantes para todos los gustos. Ya lo sé, estoy siendo ambiguo, lo capto. Aclararé: el objetivo es escribir y la forma de reventarlo es lo que me preocupa. Una cosa está clara, el asunto tiene que evolucionar, bien de forma natural o por causas ajenas. Seré más conciso. Clavaré la aguja. Inyectaré el veneno. Sí, eso es lo que haré. ¿Quieres saber cómo se puede reventar el objetivo? Ganando mucho dinero. ¿No te lo crees? Pues imagíname ahogado en un océano de monedas de cinco céntimos, sepultado bajo una montaña de fajos de billetes de cincuenta —el abanico de posibilidades es una delicia metafórica—. Puede ocurrir que mis escritos se rodeen de aduladores y detractores hasta lograr un estallido de difusión sin precedentes, algo que me elimine de la ecuación y me convierta en esclavo de mi cuenta bancaria. Nadie habla de morir de hambre y garabatear con un palo sobre la superficie de un cartón mojado. No digo que la situación reviente mi vida y me convierta en un indigente, que a rasgos generales, es lo que soy en estos momentos —nuevos indigentes: personas que hacen lo que quieren y viven de préstamos familiares o bancarios mientras se aíslan del rebaño—. Es jodido reventar el objetivo. Existen tantas opciones, tantas caras B de la hecatombe, tantos ladrillos de inconformismo convertidos en posibilidades difusas.

About Dani Aragones

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