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Ruptura del cordón umbilical

 

 

 

 

 

 

Volvió a exhalar un suspiro dejando salir a través del aire el gran cansancio que sentía. No era sólo un cansancio físico, era una mezcla de todos los cansancios acumulados desde la noche de los tiempos. Era un cansancio que nacía en sus entrañas hasta alojarse en lo más profundo de su ser, en su alma.

Ya no podía hacer nada más, le había entregado su vida, se había esforzado siempre, no sólo en parecer si no en ser la hija perfecta pensando que de esa manera podría saldar la deuda que mantenía con ella y conseguir así su estima y consideración como hija.

 Era inútil ya todo intento de inventar  razones  y recurrir a  motivos de olvidos que perecieron con el recuerdo, almacenados y hacinados todos en un recóndito lugar en el que el polvo y el tiempo se encargaron de enterrar de por vida cuando aún eran jóvenes, frescos y fáciles de destapar.

No, ya no tenía ningún sentido hacer un repaso urgente en la memoria para rescatar culpas y preguntas sin respuesta a una mente desgastada, sin noción de lo ocurrido porque siempre vivió bajo su propio invento de realidades, sin plantearse ni cuestionarse su forma de actuar. No, jamás en su mentalidad se hizo reproches porque sólo su verdad y su razón eran  auténticas para ella. Quizá ese fue su modo de poder sobrevivir a su propio caos, a sus frustraciones, a sus complejos, viviendo en una realidad creada para redimirse de sus acciones. 

Ya no había marcha atrás y se dio cuenta de lo vano y estéril que podía resultar hacer hincapié en aquella llaga, en aquella herida que día tras día mantuvo abierta, de la que brotaba vieja  y oxidada sangre que aun limpiándola a diario no conseguía que dejara de supurar. Era el momento de tomar la decisión. La separación se hacía urgente y necesaria.

Se dijo a sí misma que era hora de pasar página, era hora de cortar de una vez el cordón umbilical al que se mantenía aferrada esperando lo que nunca habría de llegar. El tiempo no pasa en vano, se decía una y otra vez, es hora, es mi hora para vivir, es mi hora para mí y conmigo. No era un acto de egoísmo y no le importaba el pensamiento ajeno, sólo ella sabía de su vida y de su pesar, de lo que tuvo que soportar por haber cometido aquel supuesto “gran pecado” de nacer niña. Mujer a la que se le negó el derecho a ejercerlo, mujer a la que en todo momento hubo intención de aniquilar. 

No importaban los comentarios de nadie, sólo le importaba ella y su bienestar. Esta vez vio peligrar su salud. Había llegado a un extremo de desequilibrio físico y mental muy preocupante y no estaba dispuesta a sobrepasar los límites y perder su vida.

Consiguió vislumbrar la luz y ver claramente que nunca llegaría lo que antes no llegó, una  sonrisa, una frase amable, una mínima señal que le advirtiera que en aquel corazón anidaba algún tipo de amor hacia su persona. Después del tiempo transcurrido ya poco importaba, la niña que reclamaba afecto había crecido y en su posición de adulta no necesitaba nada de ella. Su necesidad se había convertido en renacer de sí misma otra vez,  otra resurrección después de una infinidad de muertes por las que ya antes había pasado. No le quedaba tiempo para volver a morir sin conseguir un nuevo amanecer.

Puso punto y final a su pesadilla y las sombras nocturnas no volvieron a interrumpir sus sueños. Sus noches fueron serenas y plácidas, plagadas de sueños reparadores en los cuales no tenían cabida los fantasmas del pasado ni los miedos ni los terrores. Consiguió despertar sin sobresalto y emprender su camino hacia otro lugar, hacia el nuevo mundo que un día soñó y hacia el que sus pasos la guiaban.

Desnuda, descalza, sin cargas ni mochilas pesadas sobre su espalda, caminando con firmeza a campo abierto en pos de la vida y la libertad.

Imagen de la red

 

About Marina Collado

Me gusta todo lo relacionado con el arte, la cultura, literatura sin ser experta . Me encanta leer y escribir y estoy en este mundo de las letras de forma accidental.

2 Comentarios

  1. Duro relato, Marina, con buen final. Besazos!

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