Segunda historia de mi pueblo adoptado

Debo reconocer que mi vuelta a este pequeño reducto cuasi deshabitado en la Extremadura aledaña al parque natural de Monfragüe (provincia de Cáceres, al menos hasta que los extremeños, altivamente sumisos, decidan solicitar su independencia de este país fragmentado, no ya de manera geográfica, sino visceral e intrínsecamente ideológica), pues bien este nuevo reencuentro me ha pillado de sopetón con una inesperada marcha, mi primer amigo Héctor, ese niño tímido con un huesecillo de su muñeca roto por caer desde el puente, cuando quería ver los peces,  ha abandonado el pueblo para irse a vivir a Madrid. Horror yo que venía con unas enormes ganas de encontrarlo ya recuperado de su caída y me entero de esto.

Su mamá ha decidido separarse de su padre, y llevar a los pequeños con ella. Héctor tiene dos hermanos, una niña y un niño mayores que él ambos. Parece que en el seno de su familia se vivía una situación nada propicia para los menores y poner distancia de por medio ha sido la solución que ha resuelto su progenitora. Era la segunda vez que esta familia hacia el intento, pero tal y como pasó la primera, la resolución vino por la imposibilidad de retomar la convivencia de nuevo de una manera  no traumática para los niños.

Echaré de menos a Héctor y su pelo rubio, esos ojos inquietos pero con un halo de tristeza que casi dejaba traslucir su interior. Como tantos niños en el mundo, presas de situaciones que provocan los mayores, los estados, las guerras, las pateras, el trabajo no remunerado… Tantos y tantos niños viven en una situación tan flagrante de falta de niñez, que casi nos hemos acostumbrado a no mirarles a los ojos, para no ver su sufrimiento. Males menores o mayores, todos infelices, sin infancia y sin juego, sin aprendizaje, avocados a un futuro que no mejorará sino que será aun más duro de lo que han vivido hasta el momento.

La grata noticia, en contraste con la huída de Héctor, es el descubrimiento de la biblioteca del pueblo, donde amablemente se me abrieron las puertas a la colección que atesoran sus nuevas pareces. Al contrario que el resto del pueblo, la biblioteca es un edificio relativamente nuevo. Hay cobertura de internet y dispone de ocho ordenadores que pueden usar los jóvenes del pueblo. Los libros se apilan en cuatro pasillos, desde luego muchísimo más de lo que habría esperado.  La bibliotecaria me muestra el orden en el que los ha colocado, y mis ojos se sorprenden de nuevo al contemplar un mueble entero lleno de libros de poesía… Sin lugar a dudas me va gustando cada vez más este pequeño pueblo, que cuida al detalle a sus pocos habitantes. Lo sé, a pesar de haber traído tres libros y varios cuadernos para entretenerme una pequeña temporada, no he podido evitar revisar el mueble entero y llevarme un par de libros más para ir variando de lecturas, esa costumbre que últimamente se ha ido arraigando dependiendo de mi estado de ánimo. Esa manía me hace llevar encima al menos tres libros al retortero, que tomo y dejo a mi propio albedrío y me aleja siempre del aburrimiento sobre la misma historia

Lo sé, muchos estaréis pensando que es una auténtica locura llevar varias historias a la vez, pero si fueran sólo esas, al menos estaría justificado el cambio. Hay muchas más pululando en mi inquieta cabeza. Siempre se me escapan vivas, sin ser reflejadas en ningún lado. Se pierden en mi cerebro con la misma rapidez con la que toman forma primero. Apenas algunos retazos pasan días después al papel o a un archivo Word. Atrás quedó aquella época en la que me asustaba tanto abrir un nuevo documento en blanco y ponerme a pensar qué decir o por dónde comenzar.

Llevaba mucho tiempo en deuda con mi creatividad. No sabría cómo explicarlo sin usar un símil, si se me permite el atrevimiento.

Parto de una base que probablemente no sea la tuya, incluso podría ser errónea, seguramente lo sea, sin embargo en mi paseo por la dehesa a las ocho de la mañana ha ido tomando forma en mi cabeza. Allí entre vacas, caballos y cerdos (ojo de pata negra, que aquí el puerco es de mucha calidad señores) me envuelvo es resquicios de una filosofía perdida en el tiempo, silogismos sin fin que parten de premisas imposibles y que quizás sólo a mi me parezcan cuerdas.

Hoy sin ir más lejos contemplaba yo a los puercos y me dio por pensar que debajo de nuestro cuerpo, muy por debajo de la piel, lo que alimenta nuestros movimientos y reacciones de humanos es la roja sangre que a todos nos recorre de arriba abajo, y de izquierda a derecha, movidas por esos impulsos eléctricos que son bastante irracionales y mecánicos. Pero la sangre queridos, ella es realmente el motor de nuestro cerebro, el rector de nuestros cuerpos.

Y naturalmente examinando mis reacciones personales, se me ocurrió implicar al resto del universo.

Digamos que aquello que llamamos el bien y el mal está igualado en nuestros glóbulos rojos, no somos malos o buenos, cada uno de ellos tiene los dos polos. La forma en que algo nos hace movernos depende de si esos polos son atraídos por un negativo o un positivo, naturalmente el estado normal es el equilibrio imperfecto y alternativo entre ellos.

Y cómo se concentran en esos polos cual y porque se atraen. Como  la Diabetes y la Colesterolemia en la sangre, más o menos… Ambos pueden llegar a ser mortales. Cuando se acumula demasiado azúcar, y entendamos por azúcar, ese estadía en el que todo es felicidad maravillosamente llevada que nos sube el índice glucémico, esa glicada puede llegar a  matarnos porque nuestra sangre se convierte en algo muy espeso que apenas puede circular y entonces colapsamos, necesitamos reducir el nivel de azúcar rápidamente, el placer también nos mata, como el azúcar.

La negatividad la asocio al funcionamiento del colesterol.  Actuaría como la acumulación en nuestras paredes de partes enquistadas, placas que van reduciendo la amplitud de nuestras venas, fijándose a sus paredes hasta dejarlas sin paso, eso hacen los estados negativos. Se van quedando enquistados y no hay forma de salir, no somos capaces de asimilar cambios, respondemos con rabia a situaciones que no son como esperamos y eso nos deja sin conductos para llegar a los órganos. Se van cerrando. Nos dejan sin respiración y podemos morir en cualquier momento.

Hay un regulador de todos estos factores que pobres de nosotros, es un problema añadido. Dos glandulitas del tamaño de una judía blanca que se sitúan a los lados de nuestro cuello, y que rigen todas las hormonas de nuestro cuerpo. Y las descontrolan, no nos olvidemos.

Las dos funciones dependen de estas dos pequeñas hijas de puta, que cuando se empeñan en no funcionar, ralentizan todo lo que ocurre en nuestro cuerpo, o lo aceleran en algún puntual momento.

Y ahí en esas dos judías está la balanza, la felicidad o la desgracia dependen de que estas miniaturas decidan sobre nuestro carácter, si estamos arriba o abajo. Cabreados o teniendo un orgasmo. Sólo ellas y nuestra sangre como conductor hacia el resto del cuerpo harán que un polo u otro se active o desactive como un mecanismo eléctrico.

Cuanta rabia contenida somos capaces de soportar, cuando odio, cuando amor, cuantos recuerdos… Habrá que preguntarle a nuestros glóbulos rojos su temperatura y densidad, acumulación y movimiento, y si esas dos judías decidido ya, hacia donde irá tu ánimo hoy, yo que tu dejaría de preocuparme pero ya, al fin y al cabo poco depende del exterior de nuestro cuerpo. Las eventualidades finalmente sólo agravan o descienden los niveles de ansiedad que nuestro cerebro y su entrenamiento adquirido por los hábitos son capaces de soportar.

Yo por si acaso, ya lo he hecho.

Desde la Extremadura rural, donde también la naturaleza nos deja una puerta abierta a las pequeñas locuras de esta loca que lo es, Carla, vuestra corresponsal en vena que late desde la dehesa extremeña.

Carla

@carlaestasola

25/08/2016 a las 21:23

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Una respuesta a Segunda historia de mi pueblo adoptado

  1. carlos dijo:

    Comparto las lecturas solapadas y que, en efecto, los paseos por la dehesa al amanecer dan para tanto que resultan adíctivos. Pero que entre nosotros aún perviven los genes de Caín es un hecho. Hay personas que son más malas que un dolor, espero que nunca tropieces con ningún delincuente en cualquiera de sus múltiples versiones y que Hector y su familia puedan encontrar un camino a la felicidad. Un saludo.

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