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Categoría: REFLEXIONES (página 1 de 44)

Estas en la categoría Reflexiones aquí nuestros escritores escriben lo que tienen dentro .La reflexión o meditación, es el proceso que permite pensar detenidamente en algo con la finalidad de sacar conclusiones. La reflexión, por lo tanto, puede ser dicha actividad de pensamiento, pero también su expresión material. Una carta o una nota periodística, en este sentido, pueden ser reflexiones.

Un ramito de recuerdos

Reuno en un ramito de recuerdos muchos besos y silencios.

Los tormentos de la infancia.

Las torpezas de esa niña enamorada.

La grandeza del cumplir años.

La esperanza.

Reuno  las miradas agachadas.

Esos gestos a escondidas.

Provocarte oleadas.

Son los años.

La experiencia.

Son las ganas.

Sin las ganas nada vale.

Otros mienten.

Muchos venden repertorios de instantáneas falseadas.

Buenas caras y sonrisas que disparas, que se plasma, que se muere en la recámara.

Hoy reuno, en el ramito, amistades con una mano contadas.

Las perdidas en el tiempo, que abandonan nuestra balsa.

Sin rencores.

Nadie obliga a no bajarla.

Continuan con su marcha.

Hoy reuno en esta caja de recuerdos todas esas lágrimas lapidadas,

que sirvieron para nada.

Que llenaron otros tiempos.

 

Ahora cierro esta caja y cedo mi momento.

¿Que reunes en tu ramo de recuerdos?

By Miriam Giménez Porcel.

Si quieres encontrarme

 

SI QUIERES ENCONTRARME

Si quieres encontrarme, no tienes más que seguir el rastro que cada mañana he dejado para ti. Solo sigue las huellas en la arena, esas que permanecen indelebles durante la mañana. No tienen por qué ser mías, cualquier animal puede haber hecho el trabajo por mí. No te preocupes, sabrás que has elegido el camino correcto, te guiará mi aroma, entremezclado con el salitre. Tú solo sigue las huellas, allí me encontrarás. Quizá en un cruce de caminos.

Si quieres encontrarme, no tienes más que seguir a la estrella más brillante que veas en el firmamento cada noche. Será fácil, habré dejado la luz encendida para ti, para que te guíe igual que guió a los magos de oriente. No perderás el rumbo, solo con seguir la luz. Allí me encontrarás. Quizá jugando con las constelaciones.

Si quieres encontrarme, busca el rumbo de las aves por el cielo. Ellas te llevarán a mí. Silba a la mayor de todas ellas, bajará a recogerte y te traerá a mi lado, atravesando densas nubes de algodón de azúcar. Cuando llegue a su destino, allí me encontrarás. Quizá volando más alto de lo que jamás hubieras imaginado.

Si quieres encontrarme, sigue el sonido de la risa de un niño. El que ría con mayores carcajadas, el que piense que la vida es solo un juego. Pregúntale a ese niño por mí, él te indicará el camino, mientras desliza su infancia por un tobogán rojo brillante. Sigue sus instrucciones, no pierdas ni una sola, porque allí me encontrarás. Quizá flotando en un globo que vuela libre sobre el mar.

Si quieres encontrarme, siéntate frente a una hoja de papel en blanco. Escoge el lápiz más afilado que tengas, haz trazos sobre el papel. Deja fluir las palabras que surgen desordenadas de tu cabeza. Cuando hayas terminado, allí me encontrarás. Tranquilo, no te asustes, no saldré del papel para abrazarte. Solo tienes que ir en mi busca siguiendo los caminos que tú mismo has trazado. Allí me encontrarás. Quizá leyendo un buen libro en el rincón más apartado de un bar.

Si quieres encontrarme, ve a aquel concierto de música al que siempre quisiste ir. Canta, grita, baila, muévete entre el gentío. Desgañítate hasta que llegues a mis oídos, hasta que pueda indicarte dónde estoy. Sigue los colores, aparta a las muchachas rubias que te obstruyan el paso. Aparta a los chicos engominados que encontrarás en tu caminar. Allí donde las luces sean más deslumbrantes, allí me encontrarás. Quizá en un rincón de silencio dentro del bullicio.

Si quieres encontrarme, ve a caminar por los campos sembrados de flores, por las siembras de cereal, entre los pálidos olivos. Sigue a esa mariposa que se cruzó en tu camino, la de los colores brillantes. Porque ella te llevará hasta mí. No la pierdas de vista, disfruta del aroma que te ofrecen los campos y allí donde el perfume sea más intenso, allí me encontrarás. Quizá en un simple jardín de césped recién cortado.

Si quieres encontrarme, sal a disfrutar bajo la lluvia. Siente las gotas mojar tu cuerpo poco a poco, siéntelas resbalar por tu cara. Observa el arco iris, él te llevará a mí, sin falsos caminos de baldosas amarillas, sino maravillosos arcos de colores. Al final de él, me encontrarás. Quizá disfrutando del aroma a pasto mojado en una calurosa noche de verano.

Si quieres encontrarme, reúnete con nuestros amigos, porque entre ellos estaré. No hará falta que te digan nada, no temas, no tendrás que preguntar. Habla con ellos, comparte unas cervezas, ríe. En el momento que menos lo esperes, me encontrarás. Quizá disfrutando del aroma de un café recién hecho. O saboreando una dulce caracola de hojaldre, perdiéndome en sus espirales.

Si quieres encontrarme, busca a tu familia. A ellos les di instrucciones muy precisas para que te llevaran hasta mí. Juega, habla, sonríe, ríe, besa, ama, ayuda, colabora. Poco a poco te lo irán contando. Y sabrás con exactitud dónde encontrarme. Quizá me encuentres retozando entre tus sábanas.

Solo, claro está, si quieres encontrarme.

¿Volverán?

 

¿VOLVERÁN?

Jueves, 3 de agosto de 2017

En esta fecha, durante mi infancia, adolescencia y un poquito más, me encontraría en el pueblo, disfrutando de las eternas vacaciones de la juventud. Mis mejores recuerdos siempre han tenido lugar en ese pequeño pueblecito manchego que tanto calor nos ofrecía en verano. Pero no importaba, éramos jóvenes y nada nos paraba. ¿Volverán esos tiempos? ¿Volverán?

Todos mis mejores amigos estaban allí. Esos que eran de verdad, los que creías para toda la vida, aunque luego la vida se encarga de poner a cada cual en un sitio diferente. Cosas de la vida, que a veces es muy puta. Cosas del destino.

Eran tiempos de no entrar en casa en todo el día. Durante las mañanas, la protagonista indiscutible era la bici. Ya podía caer un sol abrasador, que no había nada que te bajase de la bici. Bueno, algo sí había de vez en cuando, porque recuerdo las rodillas siempre marcadas por el rojo de la mercromina. ¿Y qué? Solo tenías que volver a montar. Y cuando el reloj del ayuntamiento hacía sonar sus campanas para indicar que ya eran las dos, correr volviendo a casa para comer, pero tranquilos, que todavía queda el segundo toque.

Las siestas, esas horas muertas, cuando el calor era más acuciante si cabe, yo me las pasaba aburrida como una ostra. Todo el mundo durmiendo y yo, que odiaba dormir a esas horas, deseando que diesen las cinco de la tarde para merendar rápido y volver a salir a la calle a buscar a los amigos. Quién me iba a decir a mí que ahora mis siestas serían imprescindibles y de mínimo un par de horitas, eso cuando tienes la suerte de poder echarla. Hace años, me parecería impensable.




O esos días especiales, cuando algún padre nos acercaba a la piscina del pueblo vecino, rápido, que si te bañas en la primera media hora después de haber comido, no hay que esperar las consabidas dos horas y media de digestión. ¡Ay, si hubiese sabido que lo de las dos horas era solo un mito! Eran tardes geniales, disfrutando del agua fresca, aunque el olor a alpechín de la cooperativa de aceite inundase nuestras fosas nasales. Eso era también aroma a verano.

El resto de tardes, siempre en pandilla, siempre libres, siempre en la calle. Comíamos golosinas como si no hubiese mañana. Y no pasaba nada. Eras afortunado si podías comprarte un flash de quince. Paseos por el campo, por el pueblo, partidas de cartas, de mus, cuando todavía podías echar órdagos a la grande. Baños en el pilón. Beber directamente del grifo de la fuente de la plaza. ¿Y qué?

Y no olvidemos las noches. Como siempre, fuera de casa, al aire libre. Podías pasear con tranquilidad por la carretera, con la única iluminación de la luna, y pasaba un coche cada diez minutos, que no te alborotaba el pelo al pasar. Noches enteras en el pórtico de la iglesia, especie de profanación del lugar sagrado, con la litrona vendida de extranjis o una caja de botellines, cuando se suponía que no debíamos beber. Como los cigarrillos a escondidas.

Ese pueblo, mi pueblo, me entregó a mi amor. Besos furtivos en la oscuridad de algún callejón. ¿Cómo no lo voy a añorar? Sí, es añoranza el sentimiento que me despierta. Esos tiempos en los que eras plenamente feliz, aunque lo ignorases.

Ahora, a día de hoy, me pregunto si será cierto eso de volverán las oscuras golondrinas…

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