Puede ser un gran día

Después de dos años tienes tu primera entrevista de trabajo. Te levantas temprano. Enciendes el calefactor del baño y abres el grifo del agua caliente. Por un lado, calor. Por el otro, vapor. Te desvistes. Una vez desnudo, observas tu figura en el espejo y te dices: «Soy el mejor». Estás feliz —mentira—. Eres un privilegiado —mentira doble—. Haces lo que quieres y no miras por encima del hombro a nadie —verdadero—. Entras en la bañera y dejas que el agua y el jabón hagan su trabajo. Antes de vestirte eliges una ropa que te defina a la perfección. Te peinas la barba. Sacas el desodorante y te enchufas una buena dosis. Agarras el pulverizador de colonia de bebé y te dejas dominar por la esencia fresca. Vuelves al espejo. Eres una especie de troglodita fuera de tiempo. Vas a ir a la entrevista, eso es un hecho, aunque el sitio esté a más de dos horas de tu casa y no te venga nada bien. Si te cogen para el puesto, dirás que sí y acudirás todos los días a la hora marcada, como un borrego. Sabes que no te queda otra. El primer mundo no perdona. Así funciona esto: eres un cero a la izquierda, una res marcada a fuego, un idiota del montón. Aun así, seducido por el ego, alejas toda esa mierda de tu cabeza, te vistes, sacas al perro y vas a la parada del autobús sintiéndote importante. Durante el trayecto, lees, piensas y dejas que el sol caliente tu careto mañanero. Llegas a Moncloa con una idea clara y definida: el trabajo va a ser una mierda. Es triste reconocerlo, pero no existe otra realidad en estos instantes. Cuanto antes lo asimiles, mucho mejor.

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Vas directo a la recepción y preguntas por el jefe de mantenimiento. El tipo no tarda más de cinco minutos en aparecer. Te mira. Enseguida te reconoce. A ti te extraña, porque nunca antes te ha visto. Le das la mano. Existe apretón, lo cual, es buena señal. Busca un sitio cómodo, una sala adecuada para la reunión —tarda un rato, hay gente en todos los despachos—. Al llegar ocupáis asiento y te suelta una charla tipo, camuflada y cargada de disculpas. La realidad es esta: «Mucho trabajo, poco dinero, cuadrantes ajustados, horas extras ilegales y mal rollo en abundancia». Imitas a un mono y haces como que escuchas. Eres consciente de la mierda que te está vendiendo —traducir falsedades es tu jodido don—. No importa. Vas a decir que sí porque tienes que tragar. Con ese dinero pagarás tu libertad temporal. Un tiempo aquí, lo que dure la suplencia, y todo arreglado —sí, también te ha dicho que es una suplencia: panacea suprema—. Él sigue hablando. Tú sigues vagando por mundos interiores. «Sí, sí… y una mierda… sí, sí… Claro, no sufras, si en el cuadrante dice que tengo que joderme la vida así se será… sí, sí… ¡Qué te den por culo!». Cuando te pregunta por la experiencia, no dudas en contestarle. En ningún momento dices que eres el dios del mantenimiento integral de edificios. Te limitas y vas al grano, eres conciso. No le hablas, ni por asomo, de tu verdadera profesión —la maldita escritura—. Parece que le gustas. Seguro que te llama. Para acabar, el tipo sonríe y te mira fijamente a los ojos. Le pides que te acompañe a la salida y te contesta de forma afirmativa —el edificio es demasiado grande, un laberinto de pasillos—. Llegáis a la puerta, te da la mano y vuelve al interior con andares de McGregor. Entonces sueltas una flatulencia y deshaces el camino que te ha llevado hasta allí dejando en la entrada principal toda tu pestilencia interna. Hoy puede ser un gran día.

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3 respuestas a Puede ser un gran día

  1. atardecerensantboidellobregat dijo:

    BUENÍSIMO!!!!!!!!!

  2. Muy bueno! Y realista a más no poder

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