La Oquedad

 

La Oquedad se gana las piedras
en la noche
en el día
en la primavera
en el otoño y quien sabe en cuantos bazares que se pierden
en la encrucijada de las cosas muertas.

Vuela una gaviota 
y la Oquedad se arrastra
como una araña
y la pisas cuando tu madre te ordena
que saques la basura
y sales descalza al albañal
cuando sabes niña
que nunca,
nunca
nunca
debes andar sin zapatos en la calle del ciego
donde los tuberculosos escupen
hasta el cansancio
y sobre todo
la Oquedad devora los pies de las jóvenes
porque tienen  sabor a mares lejanos, 
a ondinas y ballenas juguetonas,
a sirenas y orcas tendidas en las rocas,
mientras el sol del mayo calienta las marinas carnes.

Pero estamos en el callejón
y cuando abres el contenedor 
para depositar las bolsas hay sombras y águilas,
hay mochuelos acechando desde  árboles invisibles 
y sobre todo
hay oquedades con ojos hundidos hacia adentro
bajos los cuales los camellos se alinean
y observan que regresas a tu casa… 

¿Llegarás?

Un grillo canta en las alcantarillas
y una cigarra entona un contrapunto azul 
en las últimas luces de la noche. 

GOCHO VERSOLARI