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Hoy bajo la luz de la luna (Carta)

Hoy bajo la luz de la luna (Carta)

Después de todo lo que disfrutamos de la mañana y la tarde, después de pasar el día, hoy bajo la luz de la luna; esa suave luz que entra hasta tu morada, que te cubre y te abraza, ¡oh bella luna! como te envidio, tú puedes entrar tranquilamente hasta su estancia y disfrutar de los encantos de mi amada. Bajo esa luz a media noche me encuentro escribiéndote estas líneas.

No me es posible dormir, y me levanto para llenar de letras esta hoja en blanco y pintarlo de los bellos pensamientos que invaden hoy mi corazón.

En medio de la oscuridad y del silencio que me rodea, sólo escucho la débil respiración de los demás, de los que descansan tranquilos, de los que disfrutan del sueño. Bajo estas sabanas frías, sólo pienso en ti, de la falta que me hace tu calor, pienso y vuelvo a extrañar tus ojos, tus abrazos, tu sonrisa. Bajo este techo vuelvo a extrañar tus besos.

Y mientras más pienso, lo hago como un niño indefenso, si no habrá alguien que un día me quité tu cariño.

Pienso en lo mucho que te amo, en lo mucho que te adoro, en que no podré nunca ser feliz si tú me faltas.

Quiero escribirte muchas cosas, pero las hojas no alcanzan, mi lápiz queda corto, y mi tinta se agota, y al despertar la aurora me sorprende divagando en estas cosas, pensando en el día feliz en que vuelvas a ser mía.

Autor: Agus Didier

Nota:

Quiero agradecer a todos los escritores que conforman esta magnífica página, gracias por darme la oportunidad de compartir mis locas y desenfrenadas letras, espero que sea totalmente de su agrado para los lectores.

concluyo con un “Gracias”.

ÉL Y SU MAR

El mar lo llamó antes de tiempo

Mi brazo no alcanzó más que para acompañar sus últimos y forzados pasos
Ese mar que con su aire salado lo cobijó durante la mitad de su vida

Prefiero creer que la eternidad lo encuentra en ese mar, en esa arena donde con sus pasos sostuvo los míos cuando ni siquiera sabía caminar

Ahora la distancia me trajo claridad, tranquilidad y su recuerdo dulce

No puedo evitar la sonrisa con ojos empañados cada vez que su imagen y su voz regresan a mí

Hoy pienso que llevo algo de él en mí cuando escribo, porque él supo escribir sus propios versos sueltos en papeles de mandados y en cuadernos

Quiero creer que el mar se lo llevó temprano para regresarlo a su inmenso jardín lleno de flores, frutas y verduras, el mismo que al principio no era más que un rejunte de yuyos y que más tarde se convirtió en su hogar de la costa

Ayer encontré sus fotos y estaba exacto a la imagen del recuerdo

Él estaba igual que en mi corazón, con su boina y sus ojos chiquititos, tan chiquitos como su contextura

Ahí estaba con su inigualable y eterna sonrisa

Si pienso en él ahí están sus gritos en su “castellano italianizado”, sus manos algo arrugadas y sus canciones que aún aquí y ahora puedo reproducir casi de memoria

Mi brazo pudo no haber alcanzado para que pudiera seguir caminando cansado, pero mi ternura antes de su partida y las oraciones de ella -su amor- seguro alcanzaron para que partiera en paz

Y con lágrimas en los ojos me despedí de ese hogar de mar antes y después de dejarlo físicamente, porque él ya no estaba entre nosotros y porque esa sería la última vez, después de toda una vida allí

Y con una sonrisa de gratitud y ojos aguados es que lo recordaré mañana y pasado también.

El Imperio de Augusto

 

EL IMPERIO DE AUGUSTO

—¡Livia! ¡Livia! ¡Ven, corre! ¡Tienes que ver esto! —gritaba a pleno pulmón César Augusto, esperando la pronta llegada de su esposa.

—¿A ver qué son esos gritos? Querido Augusto, ya te he dicho mil veces lo que opino de que me hables con gritos —respondió Livia, con un ligero enfado.

—Perdona, Livia, pero es que esto es una situación excepcional. Mira, mira ante tus ojos —repuso César Augusto, con indignación.

La majestuosa Livia contempló la extensión de terreno que se abría ante ella. Allí donde se hubo ubicado su bello pueblo. No quedaba nada de lo que era, tan solo ruinas y piedras recolocadas unas sobre otras, intentando simular precisión. Se intuían los contornos de lo que fuera su precioso palacio en su día, así como los de algunas casas más. Reconoció parte de lo que fuera el horno que utilizaban para preparar los grandes banquetes y el pan diario. Por lo visto, según pudo leer en una placa que había fuera del contorno del pueblo, acordonado para más inri, ahora se trataba de un importante conjunto histórico-artístico. Una lágrima rodó por su mejilla, lánguida y prudente, y fue a parar justo dentro de su boca, que había quedado abierta desde el instante en que sus ojos contemplaron aquello. El regusto salado de esta le dio ganas de vomitar.

—¿Has visto? ¿Comprendes ahora por qué te llamaba a gritos, mujer? Mira lo que queda de nuestra bella villa. Aquí ya no se podrá celebrar ni una triste bacanal más —dijo César Augusto, rompiendo de esta manera el tenso silencio que se había adueñado del lugar.

—¡Por favor, Augusto! ¡Siempre pensando en lo mismo! ¿Crees que ahora es momento de pensar en bacanales? ¿Pero quiénes han sido los vándalos que han hecho esto con nuestro pueblo? —Livia parecía a punto de estallar de la ira.

—Pero fíjate bien, pone que se trata de un conjunto arqueológico histórico-artístico y que forma parte del Patrimonio Nacional. ¿Del patrimonio de qué nación? ¡Esta villa pertenece al Imperio Romano! —gritó, furioso, Augusto.

—Ay, Augusto. Ya te decía yo que no me parecía buena idea volver después tantos siglos. Me parece que la historia ha debido cambiar mucho desde entonces… Alguno de esos estúpidos emperadores que te sucedieron debió meter bien la pata. Creo que de nuestro Imperio ya no queda más que este montón de ruinas —dijo Livia, afligida—. Anda, volvamos al limbo, del que nunca debíamos haber salido.

—Pues sí —contestó Augusto—. Volvamos al limbo. Al menos allí sí se preparan bacanales en condiciones, como las de antes.

Dicho esto, tomó a su esposa por la cintura, mientras una mano juguetona bajaba hasta su nalga izquierda, acariciándola con ganas.

—Augusto, Augusto… Si es que por ti no pasan los siglos… —terminó de decir Livia, mientras se alejaban en una ascensión ligera hasta el limbo.

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