Pablo y Alicia.

Como cualquier otro día, se levantó; no sin esfuerzo, porque los años y los kilos ya le pesaban bastante. Se puso sus zapatillas de andar por casa y se dirigió al baño arrastrando pesadamente los pies. Encendió la luz, se miró al espejo y bostezó ruidosamente mientras se preparaba para darse una ducha que le reactivara un poco. Últimamente no dormía muy bien, la verdad, al final iba a tener que ir a visitar al doctor, pero estaba demasiado ocupado para pensar en eso ahora. Debía darse prisa o llegaría tarde a la reunión que la pesada de la nueva jefa había señalado para las 9 en punto, y con el mal genio que se gastaba cualquiera se atrevía a retrasarse… Salió de la ducha exactamente 5 minutos después, tiempo justo y suficiente. Se secó cuidadosamente, se puso su batín (calificado por todos los que conocían su existencia de hortera…), se dirigió a la cocina y consultó el reloj digital que parpadeaba amenazante en el panel del microondas. Mientras se preparaba el café, que siempre tomaba acompañado de zumo de naranja (de bote, no tenía tiempo ni ganas de comprar y exprimir naranjas), pensó lo bonita que había quedado la casa después de la reforma que Alicia y él habían hecho hacía 4 años. Sí, realmente bonita, una pena que ella no la esté disfrutando como él.

Ambos habían  decidido que el apartamento de dos dormitorios que tenían en el centro necesitaba urgentemente un arreglo. Las anticuadas paredes de gotelé pedían a gritos una o varias capas de pintura, de la buena a poder ser. Los muebles del salón se veían rallados y sin brillo, el viejo sofá cantaba como un grillo cada vez que se dejaban caer en él y la cocina… Bueno, la cocina era punto y a parte en este maremágnum de vejez. Así que se pusieron manos a la obra y con tiempo y dinero (del que disponían bastante por aquellos tiempos) lograron dar a la casa una aire renovado, moderno y acogedor. Tiraron el tabique que comunicaba cocina y salón, pintaron de blanco las paredes después de arrancar gustosamente el viejo gotelé, compraron muebles nuevos para toda la casa, renovaron el baño,…. En fin, no se privaron de nada y el resultado fue espectacular. “Lo que el dinero no consiga…”, pensó volviendo a la realidad.

Antes de sentarse a desayunar encendió el televisor como cada día de los últimos dos años a esa hora para ver las noticias del día en el Canal 24 h. Crisis, corrupción, violencia de género, guerra,… Una maravilla para empezar el día con optimismo. Si Alicia estuviera aquí ya le habría obligado a quitarla, no le gustaba tener que aterrizar en la realidad tan temprano…

“¡Ay Alicia, cuánto te echo de menos!”.

Después de tomar su desayuno se dirigió al dormitorio para vestirse. Al final llegaría tarde y la nueva lo iba a poner de vuelta y media… Ufff, con las pocas ganas que tenía de complicaciones, ¡y a su edad! A un paso de la jubilación y ahora esto…

Se vistió como cada día cuidando todos los detalles. Traje de chaqueta azul marino, camisa blanca, corbata azul con rayitas en celeste y cinturón de piel negro. Se puso sus zapatos de cordones negros que la noche anterior había dejado ya limpios y echó un último vistazo a la imagen que presentaba en el espejo de cuerpo que había en el recibidor del piso. ” Bien, no está nada mal chaval”. Cogió la llave del coche y el maletín y salió cerrando la puerta suavemente. No eran horas de ruidos, aunque los vecinos ya estarían también preparándose para ir a llevar a los niños al colegio y después a currar en el centro comercial que habían abierto en las afueras.

Dudó entre bajar en ascensor los dos pisos que lo separaban de la calle o bajar andando… Un poco de ejercicio no le iba a venir mal, total, dos pisos de nada… Bajó un escalón, bajó dos, tres, cuatro,…

***

Bueno, no había sido tan difícil después de todo. Treinta y dos escalones y ya estaba en la calle. No había sudado, seguía oliendo al gel de aceite de Argán que había comprado hacía pocos días y se sentía con renovadas fuerzas. Uhmmm, igual terminaría por ir a un gimnasio, aunque la imagen que se dibujó en su mente le hizo contener una carcajada que indicaba que probablemente eso nunca pasaría.

Se dirigió al parking donde guardaba su coche, un bonito C5 azulado, capricho de Alicia hacía unos años; luego dejó de gustarle… Aunque no era de extrañar… De repente las calles de todas las ciudades de España se habían visto invadidas por el bonito coche hasta el punto de dejar de serlo.

Abrió la puerta trasera para dejar el maletín y la chaqueta y subió. Arrancó y se dirigió a la salida con cuidado de no rayarlo; no le gustaba tanto, pero no era cuestión de estropearlo.

Pasó el día trabajando casi sin parar como era su costumbre; había días que ni se acordaba de comer y sólo el esmero que ponía su secretaria en cuidar de su salud impedía que cayera enfermo.

Todos se habían portado muy bien con él desde que Alicia se marchó, la verdad, no podía tener queja. Además de estar muy bien considerado entre la cúpula directiva de su empresa, era un hombre afortunado en cuanto a relaciones sociales. Caía bien, generalmente, y eso le hacía tener un amplio círculo de amistades al que acudir cuando era necesario. Lástima que últimamente no tuviera muchas ganas de divertirse fuera de la oficina; un día de estos tendría que organizar algo para agradecerles a todos su apoyo, quizá el mes próximo. Se acercaba la primavera y, con ella, las tardes más largas, el buen tiempo y las vacaciones. Sí, organizaría algo.

Llegó a casa a eso de las 9. “Un día más”, pensó con tristeza. Entró, encendió la lamparita que había sobre el mueble de la entrada, dejó las llaves, y…

De repente se dio cuenta de que en el vestíbulo de la casa había un elemento nuevo, una maleta que él no había dejado allí. El último viaje de negocios lo había tenido hacía un par de semanas y había guardado la maleta en el trastero a la vuelta. Se acercó despacio, intentando ahuyentar el ahogo que le subía por la garganta y que amenazaba con hacerse dueño de él; conocía ese color, esa forma, sabía dónde había sido comprada, el día, la hora,… Era imposible, Alicia no podía estar allí y menos sin avisar. Esa ya no era su casa, no desde que… Sacudió la cabeza con ira intentando hacer desaparecer ese recuerdo desesperante que le había desgarrado el alma hacía dos años; las lágrimas se le agolparon en los ojos y apretó los puños son fuerza temiendo que, si los abría, toda su rabia saldría despedida arrasando todo a su paso. Intentó controlar su respiración y serenarse; si la maleta estaba allí, lo normal es que Alicia no estuviera muy lejos, quizá sentada en su antiguo sillón,  esperándole…

Respiró hondo y atravesó la puerta doble que separaba el recibidor del resto de la casa. Y la vio…

Estaba de pie junto a la ventana del salón mirándolo, muy seria, sin decir nada, como esperando la oleada de reproches que él luchaba por contener, esperando sus gritos, esperando su mirada de odio por haberle abandonado, esperando… Simplemente así, esperando…

Él la miraba sin creerse aún que estuviera allí; se la había imaginado así tantas veces a los largo de esos dos años, que no lo podía creer. Estaba allí, estaba allí,… No sabía qué decirle. No sabía qué esperaba ella que le dijera. Había intentado odiarla con todo su ser por haberse marchado como lo hizo, y ahora, al verla, se dio cuenta de que jamás lo había conseguido. Seguía amándola como el primer día, ciega y locamente, incondicionalmente,… Pero claro, no iba a decírselo. Al menos no aún, no hasta que ella le explicara el motivo de su vuelta; no hasta que ella le dijera una y mil veces lo que él tanto ansiaba escuchar. Habían pasado dos largos años sin saber de ella y se merecía una explicación.

-Alicia.

-Pablo.

-No esperaba verte por aquí nunca más.

-No hubiera venido de no ser necesario, al menos no sin avisar. Esta sigue siendo mi casa.

-Esta dejó de ser tu casa el día que hiciste la maleta y te marchaste sin decir adiós.

-Imagino que habrás pensado que eso fue por un buen motivo.

-No pienso nada. No he podido pensar nada porque no he tenido nada en qué pensar. Un día llegué a casa y no estabas. Punto. Mejor no pensar; te sorprendería la respuesta. Aunque bueno, quizá no. Me conoces muy bien Alicia.

-Sí, te conozco muy bien, por eso he vuelto. Necesito darte una explicación, te mereces esa explicación, y sé que me dejarás dártela a pesar de todo.

Pablo se acercó al mueble bar que había en el salón. Lo abrió y se sirvió un whisky solo. Casi sin mirarla se sentó en el sillón que tenía más cerca y que más alejado quedaba de ella. No estaba seguro de querer acercarse demasiado… La dejaría hablar y luego… Bueno, luego ya veríamos qué pasaba.

***

El 19 de febrero de hacía dos años, Pablo se levantó como cada mañana, puso la cafetera, se duchó y, envuelto en su batín, se dirigió a la cocina a desayunar en compañía de Alicia. Era un ritual que mantenían desde hacía tiempo, a pesar de que ella ya no tenía que levantarse para ir a trabajar. Hacía un año que había conseguido dejar su trabajo de toda la vida para dedicarse a escribir, su gran pasión, sin tener que lamentar demasiadas pérdidas económicas.

Alicia le esperaba sentada con su sonrisa de “buenos días”, como siempre. Le preguntó, como cada día, si había dormido bien y qué planes tenía. Nada en su actitud le dio una pista para lo que encontraría, o no encontraría, al llegar a casa esa noche.

Nada. No había nada de ella cuando llegó a casa. Solamente había dejado la foto que adornaba una de las estanterías del salón en la que se les veía a los dos sonrientes y felices a orillas del Mediterráneo, en una de sus playas favoritas, durante las vacaciones del verano anterior.

Irracionalmente y llevado de la mano de la locura que le embargaba, pensó que la habían secuestrado. Llamó a la policía y le tomaron declaración. Le hicieron toda clase de preguntas y lo marearon hasta la saciedad; normal, en estos tiempos que corren no sería el primero que se deshacía de su pareja y se iba de rositas. Pero él sabía, al igual que se lo habían dado a entender, tanto los policías como todos sus amigos y conocidos, que Alicia se había marchado por su propio pie.

Durante al menos un mes estuvo en casa día y noche por si ella llamaba, por si llegaba una carta, por si volvía… Pasado ese tiempo, cuando Pablo comprendió que ella no iba a volver hasta que quisiera, se levantó, se duchó y salió a un nuevo mundo en el que estaba solo: el mundo sin Alicia. Hasta hoy…

***

Alicia se sentó en el sillón que quedaba justo enfrente de Pablo; sus miradas se cruzaron durante un interminable minuto en el que sólo se oían sus respiraciones agitadas, ansiosos, él de escuchar, ella de explicarse.

-¿Alguna vez, durante esa época, me preguntaste cómo estaba? ¿Cómo había pasado el día? ¿Cómo había dormido? ¿Te molestaste algún día en saber si me dolía la cabeza, si había comido, si me sentía satisfecha con mi nueva vida? ¿Cuántas veces, al llegar a casa, te molestaste en venir a darme un abrazo y comprobar que estaba bien? ¿Algún día me preguntaste si me apetecía salir a pasear, a tomar algo? ¿Sabes cómo es vivir día tras día esperando un gesto de amor, de ternura, de comprensión?

>>Cada nuevo día me levantaba a desayunar contigo con la esperanza de que ése sería el día en el que, al volver a casa, me abrazarías y me besarías con la ternura de antaño y me harías sentir importante. Cada día soñaba con que volverías a verme al mirarme y, sentados en nuestra sala, abriríamos una botella de vino mientras tú me preguntabas por mi día y yo por el tuyo.

>>Durante meses estuve esperando, meses inútiles que no sirvieron más que para afianzarme en la idea de que tenía que terminar con esto de una vez por todas. Pero cada vez que iba a decirte adiós, te miraba y me paralizaba el miedo… Miedo a vivir sin ti, miedo a levantarme cada día sin ver tu cara; miedo a ser una en lugar de dos; miedo a no saber caminar sola…

>>Hasta ese día… Una noche llegaste a casa tarde, muy tarde. Fue un par de noches antes de irme. Yo estaba preocupada; no me habías llamado en todo el día y no sabía nada de ti. Te esperé sentada aquí mismo, en este sillón, mirando hacia la puerta, esperando ansiosa, cuando oí el ruido de las llaves al abrir la puerta. Me levanté y fui a tu encuentro. “¿Sigues levantada?”, me dijiste. “Estaba preocupada, es muy tarde. ¿Va todo bien?”, “¿Preocupada por qué? Siempre estás igual. ¿No tienes nada más que hacer? Anda, vete a la cama, estarás cansada”, me soltaste irritado.

>>Y ese día, en ese preciso momento, lo supe. Iba a marcharme, pero iba a hacerlo sin decirte adiós. Iba a hacer que cada uno de los días del resto de tu vida fueran un infierno; necesitaba saber que tu vida iba a convertirse en un calvario. Tendrías que vivir cada día preguntándote cómo estaría, dónde estaría, con quién estaría… Iba a devolverte cada uno de los desplantes que me hiciste durante ese tiempo; haría que revivieras cada momento de nuestra vida juntos preguntándote en qué momento algo había ido mal y se te había pasado por alto. Cuando miraras a tu alrededor no habría nada de mí, solo un recuerdo de una felicidad remota que una vez compartimos.

>>Me fui a los dos días, con todo resuelto, tranquilamente, con la certeza de que estaba haciendo lo correcto, pero con el pesar de saber el dolor que ibas a sentir cuando por fin despertaras de tu letargo de monotonía que te había mantenido ciego durante mucho tiempo. Por que si hay algo que sé de ti, es que, a pesar de todo, me has amado como nunca amaste a nadie, sólo lo olvidaste durante un tiempo.

>>Y ahora estoy aquí para explicarte que me fui para poder ser feliz; necesitaba irme lejos de ti para sentirme viva, porque a tu lado ya no era nada.

Una lágrima surcaba la mejilla de Alicia cuando terminó de hablar. El silencio invadió la sala y ambos sintieron cómo el peso de la culpa que habían sentido todo ese tiempo se desvanecía liberándolos para siempre del profundo dolor que se había instalado en su corazón.

Pablo se levantó, despacio, sin decir nada, sin apartar su mirada de la de ella. Dejó el vaso sobre la mesa que tenía a su izquierda y se acercó despacio. Alicia lloraba, por fin, dejando salir esos sentimientos reprimidos con los que había convivido los últimos años. Él se arrodilló a su lado, le cogió las mano, las besó… Ella lo miró. Y con esa mirada se lo dijo todo. Había vuelto para quedarse con su permiso, si él quería. Y ya sabía que sí, lo había leído en la profundidad verde de los ojos de Pablo.

 

 

Bss.

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3 respuestas a Pablo y Alicia.

  1. carlos dijo:

    Y es que hay veces y días que le entran a cualquiera unas ganas…
    Me ha gustado mucho. Un beso

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