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Categoría: NOVELAS POR CAPITULOS (página 2 de 30)

NOVELAS POR CAPITULOS

No me llames gatita 11.

El sábado por la noche, tres días después de nuestra llegada a Westcoast, Berta y yo decidimos salir a tomar un par de copas.

He tenido el móvil apagado desde que llegué a Westcoast y decido encenderlo para echarle un rápido vistazo mientras Berta va a la barra del bar a pedir un par de copas al camarero. Veintitrés llamadas perdidas de Elliot, seis de John y nueve de Max Bomer, el fiscal del caso Parker. Varias llamadas perdidas de compañeros de los juzgados y alguna que otra desde algún número conocido. Veo los mensajes y solo hay uno que me interesa, un nuevo mensaje de John:

“Cat, necesito hablar contigo. Llámame cuando leas éste mensaje. Es importante.”

Reviso la fecha y hora de todas las llamadas y descubro que la mayoría de llamadas de Elliot y John son de hoy, de hace una hora más o menos para ser más exactos. Decido apagar el móvil y no decirle nada a Berta, probablemente me obligaría a llamar a John y a Elliot y no me apetece en absoluto.

Un tipo se acerca a la mesa donde estoy sentada y me dice con una sonrisa impecable:

–  No puedo creer que una señorita tan encantadora como usted esté sola en un sitio como este.

–  Gracias, pero no estoy sola. – Le respondo con una educada sonrisa.

El tipo asiente entendiendo lo que quiero decir y se marcha por donde ha venido. Lo último que me falta esta noche es aguantar las insinuaciones de completos extraños.

–  No me lo puedo creer, ese bombón se te ha acercado y tú le has despachado sin siquiera mirarle y, por si no te has dado cuenta, está como un tren. – Me dice Berta sentándose a mi lado mientras deja las copas sobre la mesa. – ¿No estás de humor para ligar? Y te lo pregunto porque estoy viendo en este momento como Elliot y un tío que está con él vienen hacia aquí con cara de pocos amigos.

–  ¿Se puede saber por qué cojones no has cogido el puñetero teléfono? – Me espeta John agarrándome del brazo con fuerza.

–  Déjame, ¿se puede saber qué te pasa? – Le espeto deshaciéndome de su agarre.

–  Parker se ha escapado. – Musita John furioso. Me agarra de nuevo del brazo y les dice a Elliot y Berta antes de sacarme a rastras del local: – Vámonos de aquí, este no es un lugar seguro.

Salimos a la calle y veo un despliegue de agentes de las fuerzas de seguridad custodiando la zona. ¿Tan grave es la situación? Pero prefiero no preguntar, no es un buen momento.

–  Yo iré con Cat en su coche, tú ve con la señorita Fox en el tuyo. – Le dice John a Elliot. Se vuelve hacia nosotras y añade: – Los agentes nos escoltarán hasta llegar a casa de los Queen y los Burns, donde por el momento permaneceremos hasta que capturen a Parker.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunto a John de sopetón.

–  Mi trabajo. – Me contesta furioso.

–  Claro, cómo no. – Murmuro entre dientes al mismo tiempo que camino los escasos cinco metros que hay hasta llegar a mi coche y me subo en el asiento del conductor.

John abre la boca para decir algo, pero finalmente decide cerrarla y subirse en el asiento del copiloto, eso sí, con su cara de pocos amigos.

Conduzco en silencio durante los escasos cinco minutos que tardamos en llegar a casa de mi padres, que ya está plagada de agentes de las fuerzas de seguridad. Aparco en la cochera y mis padres salen a recibirnos con una sonrisa en los labios.

–  ¿Os alegra que Parker se haya escapado? – Les pregunto molesta por saber cuál es el verdadero motivo de que ambos sonrían.

–  Catherine. – Me regaña mi padre. Acto seguido, se vuelve hacia a John y, sin borrar su sonrisa del rostro, le dice: – John, me alegro de tenerte por aquí, pero hubiera preferido que hubieras venido por placer y no por trabajo. – Le estrecha la mano con firmeza y añade abrazando a mi madre: – Ésta es Amelia, mi preciosa esposa y la madre de Cat.

–  Encantado de conocerla, señora Queen. – La saluda John estrechándole la mano con menos fuerza.

–  Lo mismo digo John y llámame Amelia, por favor.

No sé si reírme o llorar. Mis padres están encantados con John y ni siquiera le conocen. Esto es lo más surrealista que me ha pasado en la vida, no tiene ni pies ni cabeza, pero estoy demasiado nerviosa, enfadada y abatida que ni siquiera quiero protestar. ¿Qué más da? Igualmente no servirá de nada. En lugar de enfadarme más de lo que estoy, decido ir a la cocina y servirme una copa, quizás si me bebo un par incluso logre olvidar un rato lo que está pasando.

–  Cat, ¿por qué no le ofreces a John una copa o algo de beber? – Me sugiere mi madre al ver que me dirijo a la cocina. Se vuelve hacia John y le dice: – John, acompáñala y siéntete como en tu propia casa.

–  Gracias, Amelia. – Le responde John con una encantadora sonrisa.

John me sigue hasta la cocina en silencio y, cuando abro la nevera, le pregunto con indiferencia:

–  ¿Qué quieres beber?

–  Nada. – Me responde con la voz de hielo. Le miro a los ojos y entre nosotros la tensión aumenta, y no solamente la sexual. – ¿Vas a contarme qué cojones te pasa?

–  Nada. – Le respondo con la misa frialdad.

Me sirvo mi copa y me bebo la mitad de un solo trago bajo la atenta mirada de John, que ha pasado de mirarme con frialdad a mirarme con frialdad y reproche. Por suerte, Elliot y Berta entran en la cocina, seguidos de mis padres y los padres de Elliot. Tras hacer las presentaciones oportunas, John toma las riendas de la situación y empieza a hablar muy profesionalmente. Faltaría más, ya me ha dejado muy claro que está aquí por trabajo.

–  Cómo ya todos sabéis, Alan Parker estaba en prisión preventiva y se ha fugado. Creemos que estará tratando de salir del país pero es posible que, mientras lo consigue, dé órdenes a sus sicarios para que terminen de hacer el trabajo para el que les contrató. – Dice John sin mirarme ni una sola vez.

–  ¿Qué tratas de decirnos? – Le pregunta mi madre preocupada. – ¿Crees que van a venir a por Cat?

–  Es una posibilidad. – Le contesta John contrayendo el gesto. – Pero también pueden tratar de llegar hasta a ella utilizándoos a vosotros, por eso estamos aquí. Si todos permanecéis en una sola casa no tendremos que dividir a nuestros agentes y, por lo tanto, tendremos el doble de seguridad. – Se vuelve hacia mis padres y los de Elliot y añade: – Elliot me ha dicho que son prácticamente cómo de la misma familia, ¿habría algún inconveniente en que se instalaran juntos?

–  Ninguno. – Contestan los cuatro a la vez con una sonrisa en los labios.

–  Perfecto entonces. – Sentencia John.

–  Y vosotras dos os trasladáis a la casa principal. – Nos advierte Elliot. Me desafía con la mirada y finalmente dice: – Ya hablaremos tú y yo más tarde.

–  ¿Vas a aprovechar que tienes delante a un juez para juzgarme? – Le replico molesta.

–  Soy policía, no necesito a un juez para juzgarte. – Me responde Elliot.

–  Catherine, ¿qué te ocurre? – Me pregunta mi padre alertado por mi malhumor.

–  No le ocurre nada, es así. – Musita John lo suficientemente bajo para que tan solo Elliot y yo lo oigamos.

–  Vete a la mierda. – Le digo a John alto y claro para que todos lo oigan.

–  ¡Catherine! – Me regañan mis padres al unísono.

–  Genial, si Parker no aparece pronto, yo misma acabaré con mi vida. – Les respondo con sarcasmo mientras me sirvo otra copa.

Todos me miran sorprendidos y preocupados, pero ninguno sabe qué decir. Preferiría estar en cualquier otra parte antes que estar aquí, con todos adorando a John y tachándome como a la mala de la película o, mejor dicho, la bruja mala de la película.

–  Cat está un poco nerviosa, deberíamos dejar de agobiarla. – Dice John echándome una mano.

–  Iremos a recoger nuestras cosas de la casa de invitados, así pensará en otra cosa. – Dice Berta dispuesta a sacarme de allí.

–  Buena idea, pero me llevo la botella. – Le respondo antes de dar media vuelta con la botella en una mano y la copa en la otra para dirigirme a la casa de invitados. Una vez atravesamos la puerta principal de la casa, le digo a Berta: – Gracias, no sabes cuánto necesitaba salir de allí.

–  De nada, para eso están las amigas. – Me contesta abrazándome. Entramos en la casa de invitados y continuamos hablando mientras recogemos nuestras cosas y hacemos el equipaje: – Pero vas a tener que empezar a controlar tu ira si no quieres que te encierren en un psiquiátrico. ¿Cómo se te ocurre mandar a la mierda a John delante de todos? Por cierto, no te ha quitado el ojo de encima en ningún momento y ha tratado de salvarte el culo cuando tú misma te has puesto la soga al cuello.

–  ¿Ahora tú también estás de su parte? – Le pregunto arqueando una ceja.

–  No, yo siempre estaré de tu parte, Cat. – Me contesta. – Pero John no tiene que estar al otro lado, él también está de tu parte, está aquí para salvarte la vida.

–  Está haciendo su trabajo, no lo hace por mí. – Le contesto.

–  Hazte un favor y, la próxima vez que le veas, observa cómo te mira. – Me sugiere Berta. – Después seguimos hablando y me cuentas si sigues pensando lo mismo.

–  Lo haré. – Le respondo sacando la lengua como una niña pequeña.

 

 

No me llames gatita 10.

Al día siguiente decido ir de compras al centro comercial con Berta, una compañera de trabajo del juzgado y mi única amiga de verdad en Sunset. Berta también es abogada y nos conocimos hace un par de años, cuando regresé a Sunset. Ella y Elliot se gustaron desde la primera vez que se vieron y siempre que Berta ha venido de copas con nosotros al Club han estado coqueteando constantemente, pero siempre de una manera muy sana y ninguno de los dos se ha decidido a dar el paso para que ese coqueteo se convirtiera en algo más. Al principio creía que era por el hecho de que yo viviera con Elliot, pues Berta siempre me decía que si algo salía mal con Elliot ella ya no podría venir a verme a casa, pero hace ya más de un año que no vivo con Elliot, ellos se han visto algunas veces desde entonces y siguen igual, coqueteando sanamente sin llegar a nada más. Personalmente, creo que están hechos el uno para el otro, pero son ellos quienes deben dar el paso y no yo.

Berta y yo estamos desayunando sentadas en la terraza de una de las cafeterías del centro comercial cuando veo pasar a John, agarrando de la cintura a una morena exótica que sonríe mostrando su perfecta dentadura y llevando a un bebé de un año en su brazo izquierdo. John pasa a escasos metros de mí sin percatarse de mi presencia y le oigo decir a la morena:

–  Es demasiado pronto para decirlo, pero sé que nos saldrá bien, Rachel.

Así que esa es Rachel, a la que le prometió ir a cenar y con la que deduzco que ha pasado la noche ya que son las once de la mañana y sigue con ella. En cuanto al bebé, ¿será su hijo? Si tuviera un hijo Elliot lo sabría y me lo hubiera dicho, pero Elliot me dijo anoche que John no es de los que habla de su vida privada.

–  Cat, ¿estás bien? – Me pregunta Berta cuando se termina su café. – Estás muy callada desde hace un rato y estás poniéndote pálida.

–  Estoy bien, ¿vamos de compras? – Le respondo dando un salto de la silla para ponerme en pie, necesito caminar y que me dé el aire. – Quiero comprar un pijama calentito, de franela y de cuello alto a poder ser.

–  Vale, ya no aguanto más. – Me espeta Berta furiosa. – Vas a contarme lo que te pasa sí o sí.

Trato de resistirme pero no tengo ni ganas ni fuerzas para buscar excusas frente a Berta y me derrumbo echándome a llorar. Le explico todo lo que ha pasado con John y con quién lo acabo de ver y Berta trata de consolarme como puede.

–  Tengo una idea. – Me dice Berta cuando logra calmarme. – Nos vamos esta misma tarde a Westcoast a pasar unos días con tus padres y después nos vamos a la casa de la playa de mis padres, que está a una hora en coche de Westcoast.

–  ¿A la playa con este tiempo? – Le pregunto sonriendo por primera vez desde que he visto a John paseando con Rachel.

–  Es la mejor época del año si quieres ver a surfistas rubios y cachas semi desnudos en la playa, en verano las olas se calman y solo quedan abuelos y familias con niños. – Bromea Berta.

Por improvisado y descabellado que resulte, la idea de Berta me parece la mejor opción para alejarme de todo esto y de paso hacerle una visita a mis padres. Además, con el bajón que tengo, mejor tener a Berta a mi lado así al menos no me emborracharé sola.

Regreso al apartamento de Elliot y empiezo a recoger mis cosas mientras le cuento que me marcho a Westcoast esta misma tarde.

–  ¿A qué viene tanta prisa? – Me pregunta sorprendido.

–  Elliot lo siento, pero necesito salir de Sunset hoy mismo. – Le contesto.

–  ¿Ha pasado algo? No entiendo a qué viene tanta prisa.

–  No pasa nada, es solo que necesito alejarme de Sunset. – Le respondo para tranquilizarle. – Éstas últimas semanas han sido duras y complicadas, solo necesito desconectar y Berta es capaz de animar un entierro, así que no tienes de qué preocuparte.

–  Te estás comportando como una niñata, Cat. – Me reprende Elliot. – Si de verdad te gusta John no salgas huyendo como haces siempre, algún día tendrás que madurar.




–  Tú no tienes ni puta idea de nada, Elliot. – Le reprocho furiosa como nunca antes lo había estado con Elliot. – No te estoy pidiendo permiso, ni siquiera te he pedido opinión. – Le digo cogiendo mis maletas y añado enfadada: – Solo quería que lo supieras. Por cierto, tendré el móvil apagado, te llamaré cuando regrese.

Elliot le da un puñetazo a la pared y yo me marcho dando un portazo. Cargo el equipaje en el maletero del coche y me dirijo a casa de Berta para recogerla y poner rumbo a Westcoast.

Mientras ayudo a Berta a cargar su equipaje en el maletero, oigo un mensaje a mí móvil, que aún no me ha dado tiempo a apagar, antes tengo que llamar a mi madre para avisar que voy de camino con Berta.

Cuando vuelvo a sentarme en el asiento del conductor saco mi móvil del bolso y leo el mensaje, es de John.

“Gatita, no me puedo creer que te hayas ido sin despedirte de mí, ya hablaremos tú y yo cuando vuelvas a Sunset. Por cierto, no sé qué le habrás dicho a Elliot, pero está furioso contigo y conmigo. Llámame cuando vuelvas, tenemos una conversación pendiente.”

Le doy el teléfono a Berta para que lea el mensaje y, tras leerlo, me dice:

–  No sé Cat, quizás deberías hablar con él antes de sacar conclusiones. Puede que esa chica sea una amiga o alguien de su familia, no es justo que le juzgues sin estar segura de nada.

–  Lo pensaré, pero de momento necesito poner tierra de por medio. – Le respondo.

Arranco el coche y empiezo a conducir. Durante las casi tres horas que dura el trayecto hasta Westcoast, Berta y yo hablamos de todo excepto de John y Elliot.

Cuando llegamos a casa de mis padres, ya es casi la hora de cenar. Mi padre y mi madre salen a recibirnos y ambos me abrazan con cariño y acto seguido saludan a Berta, a quién ya conocen porque ha venido varias veces conmigo de visita.

–  Cada vez que os veo estáis más guapas, lástima que ninguna de las dos quiera sentar la cabeza, casarse y tener una familia. – Nos dice mi madre con su perorata de siempre.

Para mi madre, las personas solo pueden ser felices si se casan y forman una buena familia, da igual que sea hombre o mujer, no lo hace por discriminar al sexo femenino. De hecho, Elliot también tiene que soportar la misma perorata. Su madre y la mía se alían para tratar de convencernos para que nos casemos y les demos nietos, aunque por lo menos ya han dejado de intentar que Elliot y yo seamos pareja y han asumido que eso nunca pasará.

–  Señor, señora Queen, me alegro de verles de nuevo. – Les saluda Berta amablemente.

–  Por favor Berta, llámanos Amelia y George. – Le responde mi padre. Se vuelve hacia a mí y me dice tras besarme en la frente: – Os hemos preparado la casa de invitados, allí estaréis más cómodas. Por cierto, ha llamado Elliot, quería saber si habíais llegado y parecía algo preocupado, ¿va todo bien?

–  Sí, papá. – Miento.

–  Y, ¿qué tal con John? – Insiste mi padre.

–  No quiero hablar de eso, papá. – Le respondo.

–  ¿Has discutido con John? – Vuelve a preguntar mi padre.

–  No, no he discutido con John. – Le contesto molesta. – Y no quiero hablar más del tema, ¿de acuerdo?

Todos asienten con la cabeza y se miran entre sí. Nos acompañan a la casa de invitados y nos dejan a Berta y a mí a solas mientras nos instalamos antes de cenar.

La casa de invitamos tiene cuatro habitaciones, así que aquí las dos solas tendremos sitio de sobra, podremos entrar y salir sin que mis padres se despierten y podremos llegar borrachas y seguir bebiendo y riendo en el salón sin molestar a nadie.

Cenamos con mis padres en la casa principal y Bárbara y Philip Burns, los padres de Elliot, se acercan a tomar café y saludarnos. Como era de esperar, Bárbara deja caer sus insinuaciones sobre cuánto le gustaría que Berta llegara a ser su nuera y Berta, ya acostumbrada a las insinuaciones de Bárbara, bromea al respecto, tomándoselo muy bien.

Por suerte, nadie más en toda la noche vuelve a hablar de John y yo lo agradezco. Cada vez que alguien lo nombra o pienso en él, el corazón se me acelera y siento un dolor horrible en el pecho. Quizás Berta y Elliot tengan razón y debía haber hablado con John antes de sacar conclusiones  sin fundamentos. Pero, ¿qué le iba a preguntar? “John, te he visto en el centro comercial agarrado a una espectacular morena y con un bebé en brazos, ¿son tu mujer y tu hijo?” Al menos sé que no es su mujer, de lo contrario viviría con ella y no solo en el apartamento de al lado del apartamento de Elliot. Aun así, me enfurece pensar en John agarrando a esa tal Rachel por la cintura con tanta naturalidad. A los ojos de cualquiera, al ver esa imagen en el centro comercial, hubiera pensado que eran una familia perfecta.

Esa noche, nos vamos a dormir temprano, agotadas por el viaje. Cojo mi teléfono móvil y dudo en encenderlo o no, pero finalmente decido dejarlo apagado.

 

Buscando a Marta (7ª ENTREGA-último capítulo)

Buscando a Marta

Lo voy a conseguir se dijo Marta así misma, mientras esperaba a Aban.

Los minutos avanzaban y ella temía que él no volviera, que alguien lo estuviera acechando y temía que los descubrieran.

A su vez Fernando hacía su trabajo. Era el mejor. Y aquella estúpida iba a pagar lo que le estaba haciendo pasar. Había tenido que aguantar la rabia de la persona que le había contratado, que confiaba en él, porque jamás le había fallado, porque nunca antes ninguna de las muchachas que había llevado a aquel recóndito lugar, había conseguido escapar. Y aun se preguntaba qué había pasado. Cómo había bajado tanto la guardia.

Tenía apostados a sus hombres en el aeropuerto, el consulado, las paradas de autocares, todas las salidas del pais por tierra y aire estaban controladas, no escaparía de Tunez, ni de sus manos. Ya le daba igual las amenazas que le habían hecho si aquella niña no aparecía, porque él mismo se encargaría de que no apareciera. Esto se había convertido en algo personal. Pasarían un par de meses hasta que le consiguiera otra chica bonita, solitaria y dócil, y entonces el jeque olvidaría la desaparición de Marta. Al fin y al cabo no se habían visto siquiera, no tenía porque preocuparle tanto ni interesarle tanto aquella chica que había desaparecido antes de que pasara por sus manos.

Tal vez esa era la cuestión. Marta era distinta y Fernando lo sabía. Y el jeque también.

A las seis en punto se abrió la puerta y apareció Aban, muy nervioso. Le indicó algo a su abuela y esta le preparó en la cocina una bolsa que luego le entregó.

-¡Vamos Marta! Le dijo Aban, cuando tomó en sus manos la bolsa.

-¡Por favor, dile a tu abuela que no la olvidaré nunca, que gracias por todo, es única!.- Le dijo Marta a Aban con lágrimas en los ojos. A lo que Aban le contestó que no era necesario decirle nada, que ella sabía lo que sentía.

Marta abrazó a Amal tan fuerte que la abuela sonrió y le dió unas palmadas en la espalda a modo de agradecimiento. Nadie sabría que minutos después sería ella la que lloraría cuando aquella chica tan alegre saliera por la puerta para no volver.

Sin perder más tiempo, salieron por la puerta, y de la manera más silenciosa que pudieron, arrancaron y el coche desapareció por el callejón hacia el consulado.

Aban intentaba relajar a Marta, sentada en el asiento del copiloto, muy emocionada por la despedida.

-No llores, ahora tienes que estar fuerte.Le decía el muchacho.




-Tienes razón, perdona, no puedo evitarlo. Deseo más que nada que todo esto acabe. Pero a su vez me da tanta pena que jamás pueda volver a agradeceros lo que habeis hecho por mi. Siento que os deberé mucho, toda la vida!. Dijo Marta sollozando

Se iban aproximando al consulado, pero no se percataron de que en la misma esquina, Fernando personalmente estaba esperando a aquel coche que se aproximaba. No era fácil pasar desapercibido a aquella hora. Demasiado temprano, pensó Fernando conforme iba viéndolo acercándose. Demasiado cauto conduciendo. Y arrancó para no levantar sospecha y para intentar aproximarse él por delante e intercederle.

Allí él mandaba y nadie iba a acercase al consulado sin comprobar el coche.

Dentro del consulado, no podría ya hacer nada, así que era inadmisible dejar pasar a nadie.

Aban no se percató del coche que arrancó a sólo unos metros de él.

En un minuto ya se tenían prácticamente frente a frente y a una distancia y velocidad que a ambos les pareció sospechosa, cada uno pensó por su parte, que aquello no era normal, cuando sin poder evitarlo, Aban se encontró con que aquel coche se le cruzó en la carretera y no pudo reaccionar. Aunque quiso echar marcha atrás para huir, aquel individuo ya estaba prácticamente en su puerta rompiendo el cristal y otro coche detrás interceptando también el paso. Estaban acorralados. Marta se escondió de tal modo que parecía una cucharacha en el suelo del asiento del copiloto.

Aban se encontró con un puñetazo que le tambaleo en el mismo asiento y Fernando lo sacó del coche desde la misma ventana. No se consideraba un muchacho débil, pero la corpulencia de Fernando y la rabia, no le dejó más opción que dejarse patear. Perdió el conocimiento rápido.

Marta no reaccionaba. Seguía allí, agachada, ojos cerrados, llorando y latiéndole el pulso tan fuerte que creía que le estallaría la cabeza en cualquier momento.

Se abrió su puerta, no le sorprendió, sabía lo que sucedería a continuación. Ya no sintió ni dolor.

A un kilómetro del cosulado español.

Marta murió en el acto. Un golpe seco. Como Fernando solía hacer de niño, con su padre cuando salían a cazar conejos. Como hacía siempre que alguien no cumplía lo que el ordenaba. Como siempre haría.

Sin sentimientos, ni remordimiento.

Que bonito es el amanecer en Túnez, pensó mientras se atusaba el traje y se crujía los nudillos.

———————– FIN——————————-

 

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