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Categoría: NOVELAS POR CAPITULOS (página 2 de 26)

No me llames gatita 4.

Ayudo a Samuel a preparar las tortitas con chocolate y cuando están listas avisamos a Elliot, Billy y Tom, que arrasan comiendo como si llevaran días sin hacerlo.

Después de desayunar, Elliot y Billy se van a descansar y Tom sale al jardín boscoso para reunirse con los otros diez agentes que hay en el exterior. Samuel y yo nos quedamos charlando en la cocina como hacíamos en los viejos tiempos, cuando vivía con Elliot.

–  Hacía mucho que no hablábamos, desde que te mudaste apenas nos hemos visto. – Me comenta Samuel.

–  Sí, desde entonces solo nos hemos visto unas pocas veces en el Club. – Afirmo. – Últimamente no he tenido tiempo ni para mí, pero te prometo que lo primero que haga cuando se acabe todo esto será ir al Club y emborracharme.

–  Te tomo la palabra. – Me responde Samuel.

Empezamos a recordar una de nuestras noches locas en el Club y ambos nos echamos a reír hasta que las lágrimas brotan de nuestros ojos y nos empieza a costar hasta respirar. Justo en ese momento, aparece John en la cocina y se nos queda mirando sorprendido, pero no dice nada al respecto, se limita a dejar mi portátil sobre la mesa de la cocina y me hace un gesto señalándolo para que sepa que lo he traído antes de salir de la cocina tal y cómo ha entrado.

–  ¿Has vuelto a cabrear a John? – Me pregunta Samuel.

–  No que yo sepa, ¿por qué?

–  No te ha llamado gatita, pero tampoco ha abierto la boca. – Apunta. – John es de los que bromean y sonríen a cada momento, pero tú lo perturbas.

–  ¿Le perturbo? – Pregunto sorprendida. – ¿A qué te refieres?

–  Venga, Cat. ¿A caso crees que John se va haciendo con los casos de otra comisaría con todo el trabajo que nosotros ya tenemos? ¿Crees que algún capitán se encarga personalmente de la vigilancia de un civil? Ha convertido el caso en algo personal por ti, pero aún no sé bien el por qué. – Me dice Samuel encogiéndose de hombros. – John dijo que le salvaste la vida y quizá quiera devolverte el favor, pero para eso no sería necesario que él se quedara aquí, bastaría con enviarnos a nosotros.

–  No olvides que los sicarios fueron a casa de Elliot, que es uno de sus agentes. – Le recuerdo. – Es lógico que haya querido hacerse con el caso y que se implique de lleno.

–  No te lo discuto, pero entre vosotros saltan chispas cuando estáis cerca. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, a mí me parecerá bien. Solo quiero que lo sepas, Cat.

Samuel me abraza y me da un beso en la frente, un gesto tan protector como paternal. Y es que Elliot y los chicos siempre me han tratado como a una hermana pequeña y eso es lo que siempre me ha hecho sentir tan cómoda entre ellos.

Justo en ese momento tan familiar, John vuelve a aparecer por la cocina y, al vernos, nos mira con el ceño fruncido y pregunta de mal humor:

–  ¿Queréis la cabaña para vosotros solos?

Samuel y yo nos echamos a reír, un día bromeamos diciendo que si  los treinta y cinco años no había encontrado un hombre que me hiciera feliz me casaría con él y ambos descartamos la idea alegando que sería incesto. John, que no deja de mirarnos como si estuviéramos locos, da media vuelta y se marcha al salón. Samuel me hace un gesto para que vaya a hablar con él y decido hacerlo.

Entro en el salón y veo a John sentado frente al escritorio con un portátil entre las manos y el ceño fruncido mirando la pantalla del ordenador y me percato de que tiene el labio partido y antes no lo tenía, pero decido no decirle nada por el momento.

–  Hola. – Le digo acercándome a él lentamente.

–  ¿Qué tramas, gatita? – Me pregunta sonriendo con ternura.

–  No tramo nada, solo quería darte las gracias por traerme el portátil. – Le respondo. Le miro fijamente a los ojos y me sostiene la mirada. – Estás más amable de lo normal, ¿estás bien?

–  Yo podría preguntarte lo mismo. – Me reprocha.

–  Touchée. – Le respondo encogiéndome de hombros. – ¿Cómo estaba mi casa?

–  La policía científica está trabajando allí, pero cuando terminen enviaremos a un equipo de limpieza y no quedará ni rastro de lo que pasó. – Me dice John con tono protector. – No te preocupes, solo están en el hall y la cocina, el resto de la casa no les interesa. Pero no has venido solo para preguntarme eso, ¿verdad, gatita?

–  He venido porque pareces enfadado y, ahora que veo tu herida en el labio, creo que puedo entenderlo. – Le digo con una sonrisa en los labios. – Deberías ponerte hielo si no quieres que en unas horas tu labio triplique su tamaño. – Me dirijo a la cocina y cojo un par de cubitos de hielo del congelador, los envuelvo en un fino trapo y regreso de nuevo al salón. – Toma, ponte esto durante un rato y ya verás cómo se pone mejor tu labio.

–  ¿A qué se debe tanta amabilidad?

–  He sido un poco borde contigo. – Le respondo mirándole a los ojos. – He estado un poco nerviosa y no me he dado cuenta de todo lo que has estado haciendo.

–  Solo hago mi trabajo. – Me responde poniéndose tenso.

–  Y esa herida, ¿también te la has hecho haciendo tu trabajo? – Le pregunto señalando su labio.

–  Esa herida me la he hecho tratando de concederte todos tus caprichos. – Me contesta furioso. – A tu novio no le ha gustado nada que no le dijera dónde estás.

–  ¿Mi novio? ¿Qué novio? – Le pregunto confundida.

–  No sé, ¿es que tienes más de uno? – Me pregunta con sarcasmo.

–  No tengo ninguno. – Le respondo. – No sé quién te habrá hecho eso, pero te aseguro que no ha sido mi novio.

–  ¿Te suena de algo el nombre de Oliver O’Neill? – Me pregunta furioso.

–  Sí, pero no es mi novio.

–  Pues quizás deberías dejárselo claro. – Me espeta furioso.

–  ¿Ha sido él? – Pregunto sorprendida. Oliver no es de los que se pelean por celos y mucho menos por mí, ya que ambos pactamos una relación sin compromiso. – No me lo puedo creer, no sé qué le habrá pasado pero te prometo que hablaré con él.

–  Preferiría que no lo hicieras.

–  ¿Qué?

–  Que prefiero que no hables con él. – Me contesta furioso.

–  Oye, no sé lo que habrá pasado para que hayáis llegado a las manos, pero te aseguro que Oliver no es la clase de hombre que crees que es. – Le contesto tratando de calmarlo.

–  Catherine, ahora mismo no me apetece en absoluto escuchar lo que tengas que decirme sobre ese tipo, será mejor que dejemos el tema. – Me contesta furioso sin siquiera mirarme.

–  ¿Catherine? – Le pregunto divertida. – Solo me llama así mi padre cuando está furioso conmigo, ¿debo suponer que estás furioso conmigo?

–  ¿Debería estarlo?

–  No creo que tengas motivo alguno. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Quieres contarme por qué estás tan enfadado?

–  ¿No es suficiente motivo que tu novio, o lo que sea, me haya agredido? – Me reprocha con sarcasmo.

–  Eres insoportable. – Le contesto furiosa. – Trato de ser amable conmigo pero me lo pones muy difícil y encima les haces creer a todos que la mala soy yo.

Me doy media vuelta, me dirijo a la cocina para coger mi portátil y después encerrarme en mi habitación para empezar a trabajar en el caso Parker.

A la hora de comer, John llama a la puerta de mi habitación que está abierta y entra sin esperar a que le dé permiso, cerrando la puerta detrás de sí. Me lo quedo mirando con curiosidad por averiguar lo que pretende, pero me quedo callada esperando a que sea él el primero que hable. John se sienta a los pies de mi cama y, mirándome a los ojos, me dice:

–  Perdóname, gatita. He sido un imbécil. He tenido un mal día y lo he pagado contigo, que no tienes la culpa de nada.

–  No te preocupes, la culpa es mía. – Le respondo molesta. – No debí pedirte que te quedaras aquí, tú trabajo no es estar aquí.

–  Mi trabajo ahora mismo es protegerte para que puedas encerrar a Alan Parker de por vida. – Me contesta suavizando su tono de voz. – Y me gustaría poder seguir realizándolo.

–  Será agradable poder disfrutar de una tregua. – Le contesto sonriendo.

John me sonríe y me ayuda a levantarme de la cama ofreciéndome su mano. Bajamos juntos a la cocina, donde comemos con Samuel y Tom mientras que Elliot y Billy duermen.

Después de comer, subo de nuevo a mi habitación para seguir trabajando y no salgo de allí hasta que John viene a buscarme a la hora de cenar. Bajamos juntos a la cocina y cenamos con Elliot y Billy, ahora son Tom y Samuel los que descansan. Después de cenar, Elliot me acompaña a mi habitación y me voy a dormir.

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Buscando a Marta (2ª entrega)

Era una mujer sensata, fingió tranquilidad. Cuanto menos, pensó que sería importante mantenerse atenta a las palabras de aquel demente, que no tenía ni idea de por dónde le iba a salir. Tal vez, todo era una cuestión económica.

Ella era una empresaria de poca monta. Vivía en aquel piso desde hacía diez años. Compró el piso a medias, con su, por aquel entonces, pareja y a los tres años se separaron, comprándole ella su parte y pasando a ser única propietaria.

Había montado un bar, a tres esquinas de ese piso, con todas las características que siempre había soñado. Sofisticación, clase, y zona agradable donde ir a parar un rato.

La herencia de sus padres le habían permitido cumplir su sueño. Por desgracia, para ello tuvo que pasar por aquel terrible accidente. Un cuatro de abril, sus padres y ella volvían de haber pasado una agradable velada en casa de sus tíos. Papá parecía animado, hablando y sonriendo con mamá. No tardarían más de diez minutos en llegar a casa. Marta, los miraba feliz pero notaba que le vencía el sueño.

Lo siguiente que recordó fue despertar en la habitación de un hospital. Con su tía sentada en la silla del lado derecho, junto a la ventana, mirándola fijamente.

Su mundo se desmoronó. Todo acabó y empezó después de aquel accidente.

Marchó a vivir con sus tios, tras tres semanas ingresada en el hospital.

Sus padres no habían sobrevivido y por lo que le contaron, ella lo hizo de milagro. En una recta, sin ningún tipo de peligro, un camión embistió el citroen familiar. Matándolos en el acto. Dejándola a ella atrapada dentro, inconsciente y sin haberse enterado de nada.

Mientras observaba como aquel hombre que la mantenía secuestrada en su casa, se preparaba para explicarle, lo inexplicable, ella repasó toda su vida hasta el momento. Y se sintió orgullosa de si misma. De su entereza para afrontar los problemas. Podía haber acabado loca. Y en cambio salió adelante. Así que de aquello, fuera lo que fuera, también iba a salir.

-Vamos a emprender un viaje. Tengo preparada en la otra habitación una maleta con lo imprescindible. Tu pasaporte está vigente. Ya me parecía que serías una chica apañada. Y te vas a olvidar de este pais y de esta vida para siempre.- Mientras le explicaba se excitaba sólo de pensarlo. Le habían contratado para secuestrar a una mujer española, joven, atractiva y sin familia. Marta cumplía todos los requsitos. Era bella, muy bella. Y fácil de hacer desaparecer.

-Estás loco si piensas que iré a ningún sitio contigo. ¡Antes tendrás que matarme!.-Gritó con todas sus fuerzas. A lo que hizo que él se levantara de un salto y le abofeteara tan fuerte que le hizo caer con silla incluida al suelo y empezar a sangrar por el labio, de un modo que la asustó y la acobardó de nuevo. Volvía a parecer esa niña asustada que no quería aparentar.

-¡Oblígame a matarte!. Pero no creo que sea agradable. Seguramente, acabarás suplicando que te deje vivir. Escucha cual va a ser tu destino. No es tan malo, mujer. – Y sonrió de un modo tan estridente, que le provocó rabia. Tanta rabia que, sin pensarlo, le escupió la saliva con sabor a sangre que se le había acumulado en la boc.

-Hija de…. – Estas palabras y el golpe que le asestó aquel malnacido, fue lo último que recordó de aquel día.

A las cinco en punto de la madrugada, un despertador la hizo incorporarse de su cama y le vinieron a la mente, a modo de dolores, todo lo acontecido en la tarde anterior. Empezó a tener miedo. Atada de pies, con el labio hinchado y dolorido y el pómulo palpitándole, sintió ganas de llorar.

Se dejó caer al suelo y en medio segundo, sintió como la alzaban y la sentaban de nuevo en la cama.

-Bueno, espero que ahora que nos conocemos mejor, dejes que haga mi trabajo hasta el final y luego ya, allí donde vas, si quieres pataleas y le dices a tu señor, lo que piensas, ¿entendido señorita? – Me miraba tan fijamente y tan cerca, que solo acerté a asentir.

-Por favor, no chillaré, no intentaré nada. Me olvidaré de todo. Suélteme. No me lleve a ningún sitio. Por favor, se lo suplico. ¿Porque yo? ¿Quién es usted? No entiendo nada.- Rodándome las lágrimas por la cara, cansada y herida, le rogué, porque realmente empecé a sentir mucho miedo.

-¡Mañana lo entenderás todo, Marta!, aséate, nos vamos, el avión sale en hora y media, y tenemos una maleta que facturar.- Salió de la habitación sin esperar mi reacción. No había más oportunidad, ni más preguntas. Mi vida estaba a punto de cambiar para siempre….

—-CONTINUARÁ ———-

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No me llames gatita 3.

No duermo más de un par de horas cuando mis ojos se abren como faros y decido levantarme. Me doy una ducha rápida y me asusto cuando me veo en el espejo: mi cuello está morado y horrible igual que la parte inferior derecha de mi cara. ¡Estoy horrible!

Me pongo unos tejanos, unas botas altas sin tacón y un jersey rosa de cuello alto para ocultar las marcas y los hematomas de mi piel.

Salgo de la habitación dispuesta a encontrarme con todos y ver al doctor, que debe estar a punto de llegar, cuando escucho voces procedentes del salón y me quedo quieta en el pasillo para escuchar lo que dicen. Reconozco la voz de John:

–  ¿Cat sigue durmiendo?

–  Sí, o al menos no ha salido de la habitación. – Le responde Elliot.

–  Ves a despertar a la fiera, el doctor ya está aquí y quiero que le mire esas marcas del cuello. – Le dice John preocupado.

–  ¿No te atreves a despertarla tú? – Se mofa Elliot.

–  No me soporta, no creo que sea buena idea. – Le contesta John.

–  Cat tiene dos maneras de relacionarse: desafiarte o ignorarte. – Le dice Elliot. – Que te desafíe es una buena señal, le caes bien.

–  Pues no quiero pensar en lo que pasaría si le cayese mal. – Musitó John.

Abro la puerta del salón como si acabara de llegar y les saludo aún medio dormida:

–  Buenos días.

–  Buenos días, Cat. – Me dice Elliot dándome un beso en la frente. – Me ha llamado Oliver, ha visto tu casa en las noticias y cómo no podía localizarte…

–  ¿Qué le has dicho? – Le pregunto interrumpiéndole.

–  Que estabas bien, pero que no podías ponerte en contacto con él por el momento. – Me responde encogiéndose de hombros. – También he hablado con tus padres y me han pedido que te diga que les llames en cuanto te despertases, todos están preocupados.

–  Aún sigo dormida, les llamaré luego. – Me excuso.

–  Señorita Queen, el doctor ya está aquí. ¿Le puedo decir que pase para que le reciba? – Me pregunta John con tono de burla.

–  Sí, aunque insisto en que estoy bien. – Le respondo encogiéndome de hombros con indiferencia.

–  Me alegro de que así sea, pero aun así, me quedaré más tranquilo si el doctor lo confirma. – Me replica. – Solo trato de hacer mi trabajo.

Elliot entra en la cocina y regresa instantes después con un vaso de zumo de piña en la mano y seguido de un tipo de mediana edad que lleva un maletín en la mano.

–  Cat, te presento al doctor Emerson. – Me dice Elliot.

El doctor me dedica una sonrisa y me estrecha la mano con profesionalidad al mismo tiempo que me dice a modo de saludo:

–  Encantado de conocerla, señorita Queen. – Su mirada se dirige a mi cuello oculto por el jersey y añade en su papel de doctor: – Tengo entendido que tiene unas marcas en el cuello, ¿le importaría mostrármelas?

Me quito el jersey a regañadientes y me quedo vestida de cintura para arriba con una camiseta de tirantes ceñida y escotada. El doctor se acerca a mí y examina las marcas de mi cuello volteando mi cabeza de un lado a otro mientras John tampoco le quita ojo a mi cuello.

Es curioso, llevo una camiseta de tirantes, ceñida y muy escotada, estoy rodeada por tres hombres pero ninguno de ellos me mira como a una mujer, más bien como a una hermana pequeña o incluso una hija.

–  Las marcas donde los dedos hicieron presión son claramente visibles, ésos tipos no pretendían asustarla, querían matarla. – Dice el doctor sin dejar de examinar mi cuello y mi cara. – No puedo entender cómo alguien de tu tamaño y fuerza puede haber resistido semejante agresión.

–  No la subestime, doctor Emerson. – Le dice John sin pinta de estar bromeando. – Le asombraría descubrir lo que es capaz de hacer.

–  No la subestimo, pero le recomiendo que realice reposo para recuperar fuerzas y le he traído una pomada para los hematomas del cuello y la cara. – Me dice el doctor. – En tres o cuatro días no debería quedar rastro alguno de esas marcas, señorita Queen. De todas formas, le ruego que me llame si necesita cualquier cosa o tiene cualquier duda.

El doctor Emerson me entrega la pomada y una tarjeta con su número de teléfono. Lo dejo todo sobre la mesa auxiliar del salón y acompaño al doctor a la puerta al mismo tiempo que le digo:

–  Gracias por venir y disculpe las molestias.

–  No es ninguna molestia, señorita Queen. – Me contesta el doctor sonriendo. – Elliot y John son buenos amigos y estaban preocupados por usted, para mí ha sido un placer venir hasta aquí para atenderla.

Me despido del doctor con un apretón de manos y John aparece detrás de mí y decide acompañar al doctor hasta su coche mientras yo regreso al salón junto a Elliot.

–  Ya has oído al doctor Emerson, necesitas hacer reposo. – Me advierte Elliot.

–  ¿Tú también? – Le reprocho. – Ya he tenido suficiente con tu jefe.

–  No seas tan borde con John, si fueras otra persona no hubiera movido ni un solo dedo por hacerse con el caso. – Me contesta tratando de hacerme entender todo lo que John ha hecho por mí. – Cat, no sé qué rollo te traes con él, pero te aseguro que es una excelente persona y un buen amigo.

–  Y no lo pongo en duda, es solo que estoy cansada, de mal humor y John solo trata de molestarme continuamente. – Protesto.

–  Tan solo trato de protegerte. – Oigo la voz de John detrás de mí. – No te preocupes, gatita. Si quieres que me vaya, solo tienes que pedírmelo.

Me desafía con la mirada y al ver que no digo nada me sonríe con sorna. Elliot trata de ocultar su sonrisa pero sin éxito y yo decido ignorarles a los dos y sentarme en el sofá.

–  Elliot, tengo que encargarme de un asunto personal y estaré fuera un par de horas. – Le dice John como si yo no estuviera presente. – Encárgate de todo y llámame si surge cualquier cosa.

Elliot asiente con la cabeza y ambos me miran preocupados mientras yo disimulo mirando la televisión, como si no hubiese escuchado nada, hasta que oigo la puerta de entrada abrirse y cerrarse y deduzco que John se ha ido. Me doy la vuelta y me encuentro con Elliot, que me mira como si fuera una criminal y dice:

–  John estará fuera un par de horas, así que ya puedes contarme qué está pasando.

–  ¿A qué te refieres?

–  A la tensión sexual que hay entre tú y mi jefe, a vuestros coqueteos y posteriores discusiones y, ya que estamos, también al hecho de que has sido tú la que le has pedido que se quede en la casa franco y a mí no me engañas con eso de que es un escudo más. – Me contesta Elliot. – Por cierto, ¿dónde queda Oliver en medio de esta situación?

–  Entre Oliver y yo solo hay sexo esporádico y sin compromiso. – Le aclaro. – Ni siquiera somos amigos de los que se cuentan confidencias. Solo quedamos con un único fin y ambos tenemos muy claro que nunca habrá nada serio entre nosotros.

–  Y, ¿qué me dices de John?

–  No lo sé. – Le contesto con sinceridad encogiéndome de hombros. – Pero tampoco pienso perder el tiempo pensando en ello.

–  ¿Qué significa eso exactamente?

–  Elliot, no conozco de nada a John. Puede que haya mucha tensión sexual entre nosotros, pero no tengo ninguna intención de resolverla. – Le aclaro. – Con todo lo que ha pasado, estoy segura de que decidirán adelantar el juicio para los próximos días. Con un poco de suerte, Parker estará entre rejas en pocos días y yo podré volver a mi casa y a mi vida.

–  He visto cómo tú y John os miráis, nunca os he visto a ninguno de los dos mirar así a otra persona, creo que deberíais salir a tomar algo alguna vez. – Me dice sin tono de mofa. – Puede que os vaya mejor de lo que crees.

–  Hace menos de veinticuatro horas varios tipos han intentado matarnos, ¿de verdad crees que es buen momento para pensar en esto ahora? – Le replico molesta.

–  Vuestro mal humor y vuestras discusiones nos afectan a todos, si os desahogáis mutuamente todos viviríamos mejor, incluidos vosotros. – Me contesta con sorna.

–  Buen intento, pero no cuela. – Le respondo. – Necesito mi ordenador, ¿crees que podríamos ir a mi casa a buscarlo?

–  John ha ordenado que nadie salga ni entre de aquí, así que me temo que no podemos ir a buscar tu portátil, pero estoy seguro de que si llamas a John y le pides amablemente que vaya a buscarlo, él te lo traerá encantado. – Me dice con una sonrisa maliciosa en los labios.

Elliot me tiende su móvil y se marcha, dejándome sola en el salón para que llame a John. No demasiado convencida, decido llamarlo. Si voy a estar aquí encerrada, necesitaré algo en lo que entretenerme y el trabajo ahora mismo es la mejor opción.

–  Dime Elliot. – Responde John tras un par de tonos.

–  Soy Cat. – Le contesto. – Necesito pedirte un favor, John.

–  ¿Qué necesitas, gatita?

–  Mi portátil, sin él no puedo trabajar.

–  ¿Dónde lo tienes?

–  En casa, creo que lo dejé en el hall pero no estoy segura. – Le contesto. – Si nos dejas, podemos ir a buscarlo nosotros y así no te molesto.

–  De eso nada, gatita. – Me contesta con rotundidad. – No quiero que nadie, y mucho menos tú, salga de la cabaña, ¿me has entendido?

–  Alto y claro, capitán Stuart. – Le contesto con burla. – Necesito el portátil, John. El juicio contra Parker se va a adelantar y necesito trabajar en el caso.

–  Te traeré el portátil en un par de horas. – Me contesta. Oigo de fondo la voz de una mujer que le dice algo y a un bebé llorar. ¿Dónde estará? – Tengo que colgar, nos vemos luego.

John cuelga el teléfono y la curiosidad se apodera de mí. John le había dicho a Elliot que debía ocuparse de un asunto personal y está con una mujer y un bebé. John no puede tener pareja porque de lo contrario Elliot no me hubiera animado a salir con él. ¿Quiénes serán esa mujer y el bebé? Ni siquiera sé si John tiene hermanos o sobrinos. Puede incluso que el bebé sea su hijo y que ya no esté con la madre.

Decido no pensar más en el tema y me dirijo a la cocina para comer algo, donde me encuentro a Samuel haciendo tortitas con chocolate.

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