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Categoría: NOVELAS POR CAPITULOS (página 1 de 26)

Buscando a Marta (4ª Entrega)

En aquel mundo, la mujer no es nadie. No vale nada. Marta, por muy europea que sea, no era mejor que otras. Así lo presentía y así se lo hizo saber Fernando, antes de que ella le retorciera el brazo y le golpeara con todas sus fuerzas y conocimiento en la nuca.

Había conseguido llegar a mitad de camino, pero como si de un espejismo se tratara, la civilización nunca llegó y las zancadas que había dado corriendo para alcanzar la libertad, fueron en vano.

Un coche la adelantó y se atravesó, de manera que le cortó el paso automáticamente. Fernando salió del lado del copiloto con una pistola en la mano y cara de muy pocos amigos. Yo había caido rendida al suelo. No hizo falta saber lo que ocurriría. Sentí el golpe seco, me desplomé.

Mientras atravesaban aquella desconocida ciudad a toda velocidad y se adentraban en caminos de tierra que la llevarían lejos de la civilización, comenzó a llorar, en silencio, cerró los ojos y pensó que no había manera de escapar. No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente. Debían estar muy lejos del aeropuerto y de cualquier lugar mundano. Todo era árido, tierra y más tierra. Tirarse en marcha de aquel coche, a la velocidad que iba, se le antojaba peligroso e incoherente, allí no había nada ni nadie, por lo que detendrían el coche y la recogerían, aun más herida de lo que estaba. Y no le apetecía, ya no le apetecía seguir recibiendo golpes, ni dejarse caer de un coche en marcha.

Mientras le rodaban las lágrimas por las mejillas, sintió la mirada fija en ella, de Fernando, a través del retrovisor. No entendía nada de lo que decían entre ellos, pero él la miraba llorar y aun así no percibió ni un ápice de sensibilidad, ni solidaridad por lo que ella pudiera sentir.

Era un empleado. Tal vez un matón de tres al cuarto. El encargado de una trama. Cobraría su trabajo y desaparecería, dejándola allí en lo más recóndito del desierto.

Después de varias horas, imprecisas para Marta, pero eternas ya que el terreno y la velocidad la hicieron temer que volcarían en cualquier momento, llegarón a un complejo amurallado, que probablemente desde el cielo abarcaría más de diez mil metros cuadrados.

Se abrió la enorme verja que hacía de valla fronteriza, después de que dos hombres uniformados y con sendas ametralladoras en sus manos, les comprobaran las acreditaciones de Fernando y el conductor. Acto seguido me miraron, pero no mostraron ni sorpresa, ni nada.

Dieron orden de paso y levantaron las siguientes barreras que franqueaban el paso. Demasiada seguridad, pensé.

Al otro lado de la muralla, aquello parecía un pueblo. Casas bajas, blancas, impecables, una seguida de otra, todas predispuestas alrededor de la muralla, una impresionante fuente presidía el centro de lo que fuera dónde estábamos y una gran torre en uno de los lados llamaba la atención por la diferencia de altura con el resto de casas.

Miré hacia atrás, cerrado, y mi único pensamiento fué pensar que habíamos llegado a alguna parte que pertenecía al mundo, pero que era otro mundo.

Al bajar del coche, quise memorizar todo y giré sobre mi misma para poder observar qué gentes eran aquellas que nos observaban. Aunque cada una pareciera que tenía un trabajo allí, yo sabía que me miraban. No podía definir cómo, pero me sentía observada, tremendamente violenta, porque deducía que allí todos sabían qué hacía allí, menos yo.

De una de las casas, la que me pareció aparentemente más grande e impresionante, vi salir dos mujeres vestidas con unas túnicas rosas, que me parecieron preciosas, tanto las prendas, como las propias muchachas.

Sonrientes atravesaron los grandes portones que se iban abriendo como a cámara lenta. Venían directamente a por mi, puesto que fijaron ambas la mirada y me tendieron una de sus manos, cada una. Miré a Fernando, que me sonreía y me asentía con la cabeza que fuera con ellas. Avancé un paso muy poco decidido, pero ellas alcanzaron a llegar a la altura del coche y  saludaron a modo de reverencia a aquel que me había traido hasta allí y esperar su aprobación para tomar mis manos y llevarme con ellas.

Parecía surrealista todo aquello. Pero ahora si que presentía que sería difícil escapar. Todas aquellas gentes pertenecían a ese mundo y nadie me ayudaría. Me dejé llevar por ellas.

Definir que me aterraba entrar a aquella casa hubiera sido mentir. Al traspasar los grandes portones de madera que se cerraron a nuestro paso, comprobé que parecía el paraiso. Tal vez a esto se refería Fernando cuando me decía que mi destino no estaba tan mal.

Escuché mi voz, mientras intentaba almacenar todos mis pasos y el recorrido que iba dando con aquellas muchachas cogiéndome ambas manos, y trasladándome a vete tu a saber dónde.

-Marta, aquí acaba mi trabajo contigo. Has llegado sana y salva, que era mi cometido. Siento haber tenido que emplear la fuerza en alguna ocasión. No me lo has puesto fácil. No volveremos a vernos nunca más. -Me tomó la mano derecha, y yo como abstraida por el momento, me la dejé besar por aquel retorcido personaje que había conseguido traerme hasta este recóndito lugar y ahora decía que me abandonaba. Sin duda, esto era una pesadilla.

Jamás me había sentido atractiva. Jamás había dado muestras claras a ningún hombre de sensación de sed sexual. ¿Quien podría haberse decidido por mi para transportarme a este lugar? ¿Porqué yo? Lloré de nuevo. Tenía claro la respuesta. Fui yo la elegida por que no me buscarían. O porque me buscarían, pero sin demasiada perserverancia.

Patética fue la palabra que en ese momento sentí que me definía.

Y la única cara conocida, la de Fernando, estaba a punto de desaparecer para siempre. Sin saber que idioma hablaban en la maldita casa que simulaba ser el paraiso, ni quien era el pervertido jeque que secuestraba mujeres jóvenes sin apenas familia.

Haciendo ver que escuchaba las palabras de Fernando, me percaté de que había una puerta al final del camino que habíamos realizado, una vez atravesadoslos grandes portones de entrada, le empujé con todas mis fuerzas y volví a correr, directa a aquella puerta, sin saber si estaba abierta, o qué habría detrás, me daba igual, no me van a obligar a nada, no soy una sumisa, aunque muera en el intento, mil veces huiré, y alguna vez lo conseguiré….. corrí y alcancé la puerta.

Asombradas las muchachas y Fernando, no les dió tiempo a reaccionar tan rápido como para alcanzarme. Atravesé aquella puerta que daba a un gran jardín. Flores en Tunez, demasiadas flores….

—————-CONTINUARÁ——————————————–

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No me llames gatita 5.

Una semana después de llegar a la cabaña, el nuevo juez del caso Parker anuncia que el juicio se celebrará el próximo lunes, dentro de siete días.

Creía que el juicio lo iban a adelantar para celebrarlo ésta semana, pero al parecer no se celebrará hasta la próxima semana. Lo que significa que tendré que pasar otros siete días en ésta cabaña.

Desde que John y yo pactamos una tregua hace una semana, nuestra relación se ha vuelto más educada y menos tensa, pero también más fría y banal.

Elliot tenía razón, entre John y yo hay una tensión sexual tan grande que me tiene asustada y lo único que se me ha ocurrido para no perder el control es evitar a John, al que solo veo en el desayuno, la comida y la cena. Yo me paso el día en mi habitación trabajando con mi portátil y él pasa las mañanas fuera de la cabaña, regresa a la hora de comer y se pasa la tarde en el salón pegado al teléfono o al ordenador hasta la hora de cenar.

Después de cenar, les doy las buenas noches a todos y subo a mi habitación dispuesta a meterme en la cama y quedarme dormida.

Un par de horas más tarde, me despierto al notar una corriente de aire y al abrir los ojos veo una silueta cruzar la habitación. Me incorporo de inmediato y trato de encender la luz, pero alguien me sujeta de los brazos y trata de inmovilizarme. Doy una patada tras otra para intentar zafarme del tipo que me sostiene e intenta ponerme un pañuelo en la boca y la nariz, probablemente un pañuelo empapado con cloroformo.

De repente, la luz de la habitación se enciende y el tipo que me inmoviliza sale volando por los aires y veo a John pegarle un puñetazo tras otro hasta que el tipo cae al suelo inconsciente.

John se me acerca despacio, precavido por mi posible reacción y con la preocupación en los ojos. Asustada y aturdida por lo que acaba de suceder, me arrojo a los brazos de John, que me devuelve abrazo con fuerza y me susurra al oído:

–  Tranquila, gatita. Esto no va a volver a suceder.

Dos segundos más tarde, aparecen en mi habitación Elliot, Samuel, Billy y Tom y es entonces cuando me doy cuenta que tanto John como yo estamos en ropa interior, es decir medio desnudos, y abrazados, pegados el uno al otro. John me sostiene entre sus brazos mientras todo mi cuerpo tiembla por el susto que me acabo de llevar. Todos nos miran de arriba a abajo y John, que se da cuenta en ese mismo momento de que voy en ropa interior, tira con fuerza de la sábana y me cubre con ella para ocultar mi semi desnudez.

–  ¿Estáis bien? – Nos pregunta Elliot.

–  Diría que estaban mejor antes de que les interrumpieran. – Se mofa Samuel.

–  Se nos ha colado un tipo habiendo diez agentes fuera y otros cinco dentro, ¿os parece graciosa la situación como para bromear? – Les espeta John furioso. – Puede que hayan más asaltantes. Elliot, quédate con Cat en la habitación, nosotros iremos a comprobar si nuestro amigo venía acompañado.

Continuo abrazada a John y cuando le oigo ordenarle a Elliot que se quede conmigo le aprieto la cintura con fuerza, haciéndole saber que no pienso separarme de su lado. John me mira a los ojos y veo la indecisión en ellos. Elliot también debe verla porque nos mira y le dice a John:

–  Creo que Cat estará más tranquila contigo, nosotros nos encargamos de asegurar la cabaña.

–   Tened cuidado. – Les dice John.

Los cuatro salen de la habitación mientras yo sigo temblando entre los brazos de John, que me abraza con ternura y me pregunta:

–  Gatita, ¿estás bien?

–  No, no lo estoy. – Le respondo con un hilo de voz. – ¿Cómo ha podido entrar? Hay diez agentes vigilando el perímetro de la cabaña. Si no llegas a aparecer a tiempo yo…

–  No pienses en eso, gatita. – John me coge en brazos y me lleva a su habitación, donde me deposita sobre la cama y añade: – Tranquila, no dejaremos que se acerque a ti.

John coge una pistola de uno de los cajones de la cómoda y después se sienta a los pies de la cama frente a la puerta, justo a mi lado. Por alguna razón, siento la necesidad de mantener el contacto con John y le abrazo, dejándole un poco aturdido, pero me corresponde estrechándome con fuerza entre sus brazos al mismo tiempo que me susurra con voz dulce:

–  Tranquila Cat, no voy a dejar que te hagan daño.

Nos miramos a los ojos fijamente y nuestros labios empiezan a acercarse peligrosamente, pero cuando están a tan solo un milímetro de distancia, la puerta se abre y aparecen Elliot y Samuel, que se nos quedan mirando con una cómplice sonrisa en los labios.

–  Todo está controlado y los tres asaltantes detenidos, vamos a interrogarlos. – Dice Elliot. – ¿Quieres estar presente en el interrogatorio o vas a quedarte aquí con Cat?

John me mira buscando una respuesta en mis ojos, pero comprendo que es su trabajo y que quiera estar presente en el interrogatorio, así que le digo:

–  Ve, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y añade: – Quédate aquí y descansa un poco, habrán dos agentes en la puerta y yo volveré en cuanto termine, ¿de acuerdo?

Vuelvo a asentir con la cabeza y John me da un beso en la frente antes de separarse de mí, levantarse y ponerse una camiseta y unos tejanos.

John desaparece con Elliot y yo me quedo tumbada en su cama. Trato de dormir, pero lo único que consigo es ponerme aún más nerviosa de lo que ya estoy. Finalmente, en algún momento previo al amanecer logro quedarme dormida.

Cuando abro los ojos de nuevo, ya es de día y la luz de la mañana, pese a que el día está nublado, alumbra toda la habitación. No hay ni rastro de John, creo que aún no ha vuelto del interrogatorio. Me levanto de la cama y cojo del armario una de sus camisas para cubrir mi semidesnudez. Estoy a punto de salir de la habitación cuando escucho el ruido de algo caer al suelo, un ruido que proviene del otro lado de una puerta que hay en la habitación y que supongo que es el baño. ¿Qué clase de delincuente se encierra en un baño? Echo un vistazo a mi alrededor para buscar algún objeto que me pueda servir de arma para defenderme y lo encuentro, un atizador de chimenea de hierro. Cojo el atizador y camino despacio hacia a la puerta del baño, cuento hasta a tres y abro la puerta de golpe, amenazando con el atizador a quien sea que esté ahí. Pero entonces noto como alguien me empuja contra la pared y me acorrala. Me doy cuenta de que se trata de John, envuelto en una toalla desde la cintura a las rodillas, y suelto el atizador de golpe al mismo tiempo que me disculpo sintiéndome fatal:

–  John, lo siento. No he pensado que podrías ser tú.

–  Gatita, te recuerdo que ésta es mi habitación. – Me dice sonriendo. Me mira de arriba a abajo y añade divertido: – Te sienta bien esa camisa.

–  Lo siento, no tenía nada que ponerme y…

–  Lo sé, solo bromeaba. – Me interrumpe. Me estrecha entre sus brazos con ternura y añade: – Soy yo el que debe disculparse, no debería haberte despertado y asustado de esa manera. Te vi dormir tan tranquila que no quise despertarte. – Me da un beso en la frente y todo mi cuerpo empieza a temblar, pero esta vez no tiemblo de miedo. – Cat, ¿te encuentras bien? Estás temblando.

–  Acabas de darme un susto de muerte y últimamente estoy un poco susceptible. – Le contesto con un hilo de voz.

–  Vuelve a la cama, apenas habrás dormido cuatro horas y necesitas descansar. – Me dice John. – Siento lo que ocurrió anoche, Cat.

–  ¿Sientes haberme salvado la vida otra vez? – Le pregunto bromeando. – Nunca pensé que me alegraría tanto de verte cómo me alegré anoche.

John me abraza de nuevo, me estrecha entre sus brazos meciéndome para calmarme, y yo me dejo abrazar dócilmente. En este momento, lo único que me relaja y me hace sentirme un poco mejor es estar entre los brazos de John.

–  Si hubiera hecho bien mi trabajo lo de anoche no hubiera ocurrido, no entiendo cómo se pudieron colar en la casa sin que ninguno de los diez agentes les vieran, pero he triplicado la seguridad y nos trasladaremos después de comer a otra casa franco más segura. – Me susurra sin dejar de abrazarme. – Te prometo que lo de anoche no volverá a repetirse, Cat.

–  Deja de culparte por algo de lo que no eres responsable. – Le reprendo. – Necesito darme un baño, ¿te importa si uso tu baño?

–  Dame diez minutos, tengo que afeitarme.

–  La bañera está al otro lado del muro, tú no me verás y yo no te veré. – Le contesto. – ¿Te supone un problema afeitarte mientras me baño?

–  Ninguno. – Murmura entre dientes.

–  Genial, voy a bañarme. – Le respondo sonriendo.

John me devuelve la sonrisa y empieza a rebuscar en su neceser hasta encontrar su máquina de afeitar mientras yo acciono el grifo del agua caliente de la bañera y pongo el tapón en el desagüe para que la bañera se llene mientras me desnudo.

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Buscando a Marta (3ª Entrega)

Fernando hizo la llamada de rigor, antes de salir de casa de Marta hacia el aeropuerto.

-Confirmamos salida de vuelo a las 6:42 h. y llegada a las 8:55 h., si no hay ningún contratiempo. Mercancia en perfecto estado. Solicito coche de recogida.-Y colgó sin esperar contestación.

Marta escuchó aquellas palabras, aterrorizada, pegada a la puerta de su habitación y se dejó caer al suelo echa un ovillo, encogiéndose cada más, hasta que su cabeza, oculta entre sus piernas, se perdía en recuerdos y pensamientos que para nada ayudaban en aquella situación.

Paseó la mirada por toda la habitación, de repente pensó que vivir en un séptimo, en el ático de aquel edificio era una más de sus desgracias. Desde allí no podía saltar por la ventana, y temía que si se asomaba y gritaba, la mataría.

Se estaba empezando a dar cuenta que no tenía escapatoria. Que no se le ocurría nada.

Fernando abrió la puerta tan rápido que la desestabilizó, aun estando de cuclillas apoyada, haciéndola caer de boca al suelo.

-Vaya, Marta, lo último que me hubiera imaginado es que te pusieras a rezar!! Le dijo irónico, mirándola con gracia, apoyado al pomo. Y tendiéndole la mano para que se levantara, le pidió disculpas por haberla tirado al abrir la puerta tan bruscamente.

-No tenemos tiempo para rezos. Sal de aquí, ponte esa chaqueta. Y tómate las pastillas con el vaso de agua que te acabo de dejar encima de la mesa. No hay opción a discusiones. No esperes que te busquen. Lo he predispuesto de manera que nadie sospeche. ¡Despídete de tu hogar!

La tia de Marta recibió dos días antes un mensaje desde el móvil de su sobrina; activado con su huella, mientras ella estaba drogada y dormida, donde le explicaba que necesitaba un tiempo para ella y relajarse, que no hacía vacaciones desde hacía años y que marchaba a Thailandia a pasar un par de semanas. No sería de extrañar, ya que Fernando la había oido hablar en más de una de las ocasiones que él la había estado escuchando desde la esquina de su bar, dónde la estudiaba minuciosamente, paso a paso, horarios, amigos cercanos, familia.  Y sabía que había expresado su deseo de marchar lejos y descansar.

De este modo, cuando su mejor amigo intentara localizarla, al no conseguirlo porque su móvil ya no se volvería a encender más, contactaría con sus tíos y ellos le confirmarían su retiro espiritual.

Para cuando saltaran las alarmas, para cuando se dieran cuenta que las vacaciones de Marta estaban siendo demasiado largas, ya sería tarde. Habría desaparecido. Marta ya no existiría.

No es tan difícil que una persona se esfume de la nada y sea imposible encontrarla.

Hay miles, millones de personas desaparecidas en el mundo que jamás aparecerán.

Y no están muertas.

Marta caminaba por la terminal del aeropuerto como si fuera una zombi sin sentido. Agarrada a la cintura de aquel hombre, parecían una pareja normal. Tal vez ella, pasara como una mujer de las que se marean en los vuelos y ha tomado su tranquilizante con demasiada antelación.

Así lo hizo saber Fernando a la azafata que les atendió en el mostrador de Tunisair, mientras le entregaba los pasaportes y la maleta que había preparado para facturar.

Ante la atenta mirada de Sophia, así se llamaba la hermosa chica que desde el mostrador les observaba, él acertó a decir:

-Mi mujer tiene terror a los aviones. Le he dicho que se tome una pastilla aquí, mientras bebíamos algo antes de embarcar, pero ella cabezona se la ha tomado ya en casa y mira. Está cao.

-Si no se encuentra bien señora, le recomiendo que en la sala VIP hay una zona para recostarse donde podrá estar cómoda y más relajada.-Le explicó Sophia mirando fijamente a Marta. Pero ésta no entendía como no podía leerle los ojos de terror que le gritaban que la ayudara. La pastilla que le había obligado a ingerir, cerciorándose que se lo tragara, amenázandola con volver a golpearla. Apenas se podía mantener en pie y sentía que le caian los párpados.

Decididamente debía mostrar un aspecto lamentable. Pero como miles de mujeres que odian volar. Y no podía gritar, el efecto de aquella pastilla le había entumecido la lengua de tal manera que le era imposible articular palabra.

-Se lo agradezco señorita..ejem… Sophia, esperaremos en la zona VIP, ya ve que no puede ni hablar.- Fernando le mostró a la azafata la mejor de las sonrisas, haciéndole parecer un esposo entregado y atento.

Casi tres horas después, cuando Marta despertó, con la cabeza a punto de estallar, aterrizaban en Tunez.

La mano de Fernando sujetaba la suya fuerte. La miraba fíjamente.

-Hemos llegado, encanto. Sigo mandando yo. Ahora ya puedes hablar, se te habrá pasado el efecto del relajante. Pero te recomiendo que no intentes nada. Aquí no eres nadie. Y desearás estar cerca mío, así que déjame acabar mi trabajo limpiamente. Tal como te avancé, tu destino no es tan terrible, ha sido contra tu voluntad, cierto, pero no es el infierno querida, así que simplemente déjate llevar!

Marta lo observaba y sintió ganas de pegarle allí mismo, instintivamente llegó a levantar la mano, pero Fernando era un hombre con experiencia, se la apretujó entre sus dedos, haciéndola doblarse de dolor. No era la primera, ni la última mujer que llevaría allí. Conocía todas y cada una de las reacciones femeninas.

-¡Ágarrate a mi brazo!, mantente sumisa Marta. Hazme caso y todo irá bien. No estamos solos. Y cualquier ciudadano que creas que puede ayudarte, seguramente será de los mios, así que soy lo mejor y lo único que conoces ahora, intenta no hacer ninguna tontería. Yo al menos te tengo algo de apego. Si intentas escapar de mi, los demás no tendrán miramiento. ¡Te matarán!

Y como si aquello fuera lo más bonito que me habían dicho en días, asentí y me agarré a él. Creyendo que empezaba a tener el temido síndrome de estocolmo. Porque pasara lo que pasara, al menos con él me sentía segura.

O eso le hice pareceder a él. Agarré su brazo y se lo retorcí tan fuerte que me pareció sentirlo crugir. Su grito de dolor me confirmó que había conseguido lo que buscaba. Acerté a darle un golpe seco en la nuca, mis clases de judo en la infancia habían servido para algo. Tal y como le vi caer, comencé a correr. No miré atrás, no sabía hacía dónde me dirigía. Salí del atestado aeropuerto. Aquella calor sofocante del exterior me pareció insoportable, pero no podía parar.

No creía ni una sola palabra de aquel demente. Tunez no es una ciudad imposible. No tenía que ser tan difícil encontrar quién la ayudara.

Pasé la rotonda, por donde taxis circulaban a modo de paseo. Me sentía observada. Seguí corriendo. Solo buscaba puestos ambulantes, calles de tiendas imposibles, atestados de personas, a lo lejos me pareció divisar, eso  me parecía adecuado, mezclarme entre la gente. Si conseguía adentrarme allí, estaría salvada. Se me ocurrió implorar a Dios que no me alcanzaran, y que mis piernas no me jugaran una mala pasada. No podía tropezar. Mi deficiente capacidad atlética se delataba a cada zancada. Creía que me ahogaba, que no llegaba y cada vez la gente más cerca y el aeropuerto a mis espaldas…

—— CONTINUARÁ ——-

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