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Categoría: NOVELAS POR CAPITULOS (página 1 de 22)

Bajo la luz de la luna 17.

A Elisabeth no le quedó más remedio que armarse de valor y afrontar aquella situación. Llamó a su padre y, tras hablar con él durante horas y explicarle con todo detalle qué era lo que realmente había pasado, ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era afrontar cuanto antes aquella situación y Elisabeth decidió regresar a Londres. Le hubiera gustado despedirse personalmente de la pandilla, pero no sabía cómo iban a reaccionar los chicos y prefirió enviarles un e-mail a Olivia y Marta para explicarles que debía regresar a Londres y las echaría de menos, pero también les prometía que, cuando todo se calmara, regresaría a verles. También les pidió que les dijeran a los chicos que sentía haberles ocultado tantas cosas y que, en el caso de que estuvieran dispuestos a escucharla, ella se lo contaría todo. Les agradeció todos y cada uno de los momentos en los que habían estado apoyándola y animándola. Tras escribir todo lo que tenía que decir, pulsó el botón de enviar y apagó el ordenador, era hora de hacer la maleta y regresar a Londres, no se puede vivir huyendo continuamente.

Alan estaba furioso. No quería ver ni hablar con nadie, se sentía decepcionado y engañado por la única mujer por la que hubiera estado dispuesto a dejarlo todo, incluso había asistido a la gala anual de su empresa con ella. Había decidido alejarse un par de días y se alojó en un hotel del Montseny para relajarse y poder pensar con claridad. Se limitó a llamar a su madre para decirle que estaría fuera un par de días y que cuando regresara les explicaría todo y ese fue el único contacto que Alan había tenido con su familia y sus amigos en los últimos dos días. No quiso tener contacto alguno con el exterior, no vio la televisión, no leyó la prensa ni buscó en internet. Necesitaba tiempo para pensar sin distracciones, necesitaba aclarar sus sentimientos más allá de la furia y la decepción.

El jueves regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue ir a casa de sus padres. Por suerte, su hermana Marta estaba allí y aquello le dio más valor para enfrentarse a ellos.

–  ¡Alan, nos has tenido a todos muy preocupados! – Exclamó su madre abrazándole. – Hijo, ¿cómo estás? ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado. – Respondió Alan. – Sigo sin entender por qué me lo ocultó todo.

–  Elisabeth lo ocultó porque necesitaba evadirse de la presión que estaba sufriendo tras haber cancelado su compromiso dos meses antes de celebrarse la boda, por eso vino a España. – Le empezó a decir Marta para intentar que su hermano comprendiera que Elisabeth no había querido engañarle. – Cuando Olivia fue con ella a Londres fue para acordar el comunicado oficial de la ruptura del compromiso, pero su ex envió otro comunicado distinto al acordado en el que tan solo decían que la boda no se celebraría en la fecha prevista, lo que ha generado todo este embrollo en la prensa. Elisabeth había decidido contártelo después del fin de semana en los Pirineos, pero la prensa se adelantó antes de que ella pudiera hacerlo.

–  Tuvo dos meses, Marta. – Le recordó Alan.

–  Se equivocó, Alan. Todos nos equivocamos alguna vez, pero ella no lo hizo con mala intención, tan solo quería sentirse totalmente libre por primera vez, sin la presión de su apellido y ha tenido la mala suerte de enamorarse de ti cuando ya era demasiado tarde para contar la verdad. – Le dijo Marta defendiendo a su amiga. – Eres mi hermano y te quiero, pero por orgullo vas a perder a una mujer maravillosa que, a pesar de todo lo que le dijiste la última vez que la viste, estoy segura de que sigue queriendo verte.

–  ¿Has hablado con ella? – Preguntó Alan.

–  Sí y lo está pasando fatal.

–  ¿Y cómo crees que lo estoy pasando yo? – Le espetó Alan molesto.

–  Cielo, creo que deberías hablar con esa chica antes de que sea demasiado tarde y te despiertes un día y te arrepientas de no haberlo hecho. Ella tiene las respuestas que tú buscas y quizás podáis daros una nueva oportunidad. – Le aconsejó su madre.

–  Había pensado en ir a verla, pero después de lo que le dije, no sé si va a querer abrirme la puerta.

–  ¿Sabes que está en Londres, verdad? – Le preguntó Marta.

–  ¿En Londres? ¿Se ha marchado?

–  Pensaba que lo sabías, ¿no has visto la televisión los últimos dos días? – Alan negó con la cabeza y Marta continuó hablando: – Le dijiste que no querías saber nada más de ella y ella se lo ha tomado al pie de la letra, no quiere causarte más problemas y ha regresado a Londres, donde ha aparecido en una rueda de prensa anunciando que la ruptura de su compromiso con Mike Hudson y la cancelación de su boda había ocurrido hacía dos meses, antes de venir a España y que desde entonces era libre para hacer y deshacer con su vida lo que le diera la gana, ¡incluso la reina de Inglaterra ha salido en su defensa!

–  ¿Por qué todos la defendéis? ¡Es a mí a quién ha mentido y para todo el mundo ella es la víctima!

–  ¡Porque todos nos hemos dado cuenta de que está enamorada de ti menos tú, cazurro! – Le espetó Marta perdiendo la paciencia. – ¡Y porque todos sabemos que tú sientes lo mismo por ella! ¿Te has fijado en la cantidad de mensajes que Eli te ha dejado en el contestador? ¿O cuántos e-mails te ha enviado? Lo está pasando realmente mal aunque trata de ocultarlo, pero Jason nos ha confesado que se pasa el día encerrada en su habitación, sin comer y sin querer hablar con nadie.

Alan sintió como si le apuñalaran el corazón con una daga. Había regresado porque, a pesar de que se sentía dolido con Elisabeth, se había dado cuenta de que la amaba demasiado como para poder quitársela de la cabeza y no solo había descubierto que se había marchado a Londres, sino que además lo estaba pasando mal.

–  Me voy a Londres a recuperarla, pero necesitaré ayuda. ¿Puedo contar con vosotros?

–  Olivia está de camino a Londres en este momento, yo no quería ir hasta que tú regresaras, pero ahora que ya estás aquí, creo que podemos ir todos juntos.

–  ¿Todos juntos?

–  Marcos dice que no se fía de Jason y Olivia está en Londres, yo también quiero ir a ver a Elisabeth y quiero que venga Óscar conmigo. – Le explicó Marta.

–  Quiero irme ya, busca el primer vuelo que salga para Londres. – Le ordenó Alan. Se volvió hacia a su madre, le dio un beso en la mejilla y le dijo antes de desaparecer: – Me voy a dar una ducha y hacer de nuevo la maleta, deséame suerte para que regrese conmigo.

–  Te deseo toda la suerte del mundo, pero estoy segura de que no la necesitas. – Le dijo con dulzura su madre, que había sido testigo indirecto de aquella situación y del dolor de aquella chica según las propias palabras de su hija.

El viernes por la mañana, Alan, Marta, Marcos y Óscar volaban en un avión en dirección a Londres. Marta se había encargado de organizarlo todo con la complicidad de Olivia, Jason y los padres de Elisabeth, pero Alan no quería arriesgarse a que Elisabeth decidiera no recibirlo y les pidió que mantuvieran en secreto que él también iba a Londres para así poder darle una sorpresa.

Jason fue a buscarles al aeropuerto a pesar de que el chófer de los Muller se iba a encargar de llevar al grupo de amigos junto a Elisabeth, pero Jason había hecho sus propios planes.

Marta, Óscar y Marcos se subieron a la limusina con el chófer de los Muller y Jason se llevó a Alan en su coche. Alan aceptó en silencio las indicaciones de Jason y, cuando se quedaron a solas en el coche, le preguntó con voz firme:

–  ¿Qué es lo que pretendes, Jason?

–  Pretendo arreglar lo tuyo con Elisabeth y supongo que tú pretendes lo mismo que yo. Por eso estás aquí, ¿no? – Le respondió Jason. – Elisabeth no quiere salir de su habitación, así que tendré que buscar algún pretexto para sacarla de casa, a menos que prefieras presentarte directamente en casa de los Muller y hablar con ella allí frente a todo el mundo.

–  Invéntate lo que sea para sacarla de casa, necesito intimidad y allí no la voy a encontrar.

–  Eso mismo he pensado yo, por eso te estoy llevando a mi cabaña. – Le respondió Jason. – Voy a llevarte a una pequeña cabaña junto al río de mi propiedad. Puedes instalarte allí y preparar lo que sea que quieras preparar porque a las ocho dejaré allí a Elisabeth, que no sabrá que estás ahí. También te he dejado preparado un coche, por si quieres salir a comprar cualquier cosa. Por cierto, si quieres sorprenderla, cómprale un ramo de lirios blancos, es su flor preferida y le gusta llenar su casa de ellos.

–  ¿Por qué haces todo esto? – Quiso saber Alan.

–  Elisabeth es como una hermana para mí y nunca la había visto así de deprimida y mucho menos por un hombre. Se arrepiente de no haberte dicho la verdad antes y que te enteraras por la televisión, pero de lo que más se arrepiente es de haberte perdido. – Le contestó Jason. – Yo solo quiero verla feliz y hacía más de dos años que no la veía tan feliz como la vi cuando estaba contigo.

–  He sido un imbécil, no me lo va a poner fácil. – Le confesó Alan.

–  No creo que eso sea un problema. – Le aseguró Jason. – Por cierto, hemos descubierto quién ha enviado vuestras fotos a la prensa y no te va a gustar oír lo que voy a decirte. La persona que envió las fotos fue el director creativo de Social, Luís Cobo.

–  ¿Eli lo sabe?

–  Todavía no, lo hemos descubierto esta mañana y he pensado que quizás querías decírselo tú. – Le respondió Jason. – Al fin y al cabo, eres el único que puede explicarle a Elisabeth por qué lo ha hecho.

Alan se sintió fatal, todo aquello había sido causado por una rivalidad estúpida con Luís Cobo y por su culpa podía haber arruinado su relación con Elisabeth. Debía ajustar cuentas con él, pero su prioridad en ese momento era reconciliarse con Elisabeth, por eso estaba allí.

–  Se lo diré esta noche, quiero decírselo yo. – Concluyó Alan.

Tras dejarle en la pequeña cabaña, Jason se marchó y Alan entró y observó aquella casa y sonrió para sus adentros. Aquello no era una pequeña cabaña junto al río, aquello era un pequeño picadero diseñado para la ocasión. Era una cabaña tipo loft y lo primero que se veía era un enorme jacuzzi junto a la ventana con vistas al bosque por donde pasaba aquel hermoso río que parecía salido de una postal. La cama era una king size y estaba contigua al pequeño salón sin delimitar formado por un par de sofás, una televisión de cincuenta pulgadas y una pequeña mesa de café. Más allá estaba el comedor, formado por una mesa para cuatro personas y cuatro sillas, seguida de la cocina con barra americana. Elisabeth llegaría a las ocho de la tarde y eran las cinco, tenía tres horas para ir a comprar comida para la cena, unas sábanas de seda de color rojo y varios ramos de lirios blancos. Quería tenerlo todo preparado para cuando ella llegara y poder sorprenderla, quería que cuando ella le viese tuviera claro que había venido a buscarla y que no se marcharía de allí sin ella.

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Bajo la luz de la luna 16.

El lunes por la mañana, cuando Alan se levantó para ir a trabajar, Elisabeth también se levantó y desayunó con él antes de salir a correr. Se despidieron en el ascensor y Alan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no regresar con ella al apartamento y quedarse en la cama todo el día.

–  Te veré luego, llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar conmigo. – Le dijo Alan tras darle un beso en los labios. – Ten cuidado con los coches, kamikaze.

Alan se marchó a trabajar y Elisabeth salió a correr dirección este hasta que llegó a la playa y siguió corriendo por la Barceloneta.

Casi dos horas más tarde, Elisabeth regresó al apartamento y se dio una ducha rápida. Quería salir a comprar algo especial para la cena que quería prepararle a Alan y quería que todo saliera perfecto. Con las prisas se olvidó el móvil en casa y cuando regresó del mercado tenía quince llamadas perdidas de Jason. Él nunca era tan insistente, a menos que algo pasara y, cuando su teléfono sonó por enésima vez, Elisabeth respondió de inmediato:

–  ¿Qué ocurre? – Preguntó con un hilo de voz.

–  ¿Qué ocurre? ¡Joder Elisabeth, la que se va a liar! – Espetó Jason. – Acaban de llamarme para decirme que esta noche vas a aparecer en todas las noticias de la televisión del Reino Unido y que, además, ya debes estar saliendo en la televisión española.

–  ¿De qué estás hablando? – Preguntó Elisabeth alarmada.

–  Enciende la televisión y lo descubrirás tú misma. – Le respondió molesto.

Elisabeth hizo lo que Jason le ordenó y se quedó bloqueada cuando en la pantalla de su televisión apareció una foto de ella y Alan besándose mientras bailaban en la cena de gala de la empresa de Alan. Junto a la foto había un titular: “Lady Elisabeth cancela la boda pero decide celebrar la despedida de soltera.”

–  ¿Cómo han llegado esas fotos ahí? ¿Qué ha pasado? – Preguntó Elisabeth con el pánico en el cuerpo.

–  Esperaba que tú me lo dijeras. – Replicó Jason. – Van a publicar un montón de fotos tuyas con Alan, algunas bastante comprometidas.

–  ¿Lo sabe mi padre?

–  Las noticias han llegado directamente al bufete, mi padre se está encargando en este momento de avisarle. ¿Qué piensas hacer, Elisabeth?

–  Aún no le he dicho nada a Alan. – Musitó Elisabeth con un hilo de voz.

–  Pues lamento decirte que ya debe saberlo.

–  Jason, tengo que colgar. Redacta un comunicado aclarando que mi compromiso con Mike se anuló hace casi dos meses y que el comunicado que él decidió enviar no fue el que acordamos.

–  Elisabeth, los paparazzi probablemente ya estarán en la puerta de tu casa.

Elisabeth colgó y llamó a Alan, en aquel momento él era lo único que le importaba y su reacción lo que más la preocupaba.

Alan estaba furioso. Se había enterado de que salía en las noticias porque su secretaría se lo había dicho y ella se había enterado porque venía de desayunar de la cafetería. No entendía nada y cuando encendió la televisión de su despacho y vio una foto de él y Elisabeth bajo el titular: “Lady Elisabeth anula su compromiso con Lord Hudson pero decide celebrar su particular despedida de soltera con un director ejecutivo español.” Alan se quedó en silencio, escuchando todo lo que aquellos colaboradores del programa decían y sintiéndose cada vez más confuso y furioso.

Según aquellos periodistas, si es que podían llamarse así, Eli en realidad era Lady Elisabeth Muller, hija de un alemán que había levantado su propio imperio sobre la seguridad informática y a quién la reina de Inglaterra le había otorgado el título de Lord. Al parecer, Lady Elisabeth se tenía que casar este sábado con Lord Mike Hudson, un estirado bastante importante en su país pero del que él no tenía ni idea, pero el lunes pasado enviaron un comunicado escrito a la prensa en el que anunciaban que la boda no se celebraría en la fecha indicada. A Alan no le salían las cuentas, cuando ese comunicado se envió a la prensa él ya se había acostado con Eli. ¿Se había acostado con él estando prometida a otro hombre? Y luego estaba lo de su padre. Si Eli era la hija de Erik Muller, ¿por qué su jefe y su esposa no la saludaron como correspondía? Al fin y al cabo, Erik Muller era un gran amigo de su jefe y se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa. ¿También su jefe había fingido no conocerla?

Alan se pasó las manos por la cabeza y se sirvió un vaso de whisky que se bebió de un trago a pesar de que no eran ni las once de la mañana. ¿Qué se suponía que debía hacer? Su teléfono empezó a sonar y al ver que era Elisabeth quien llamaba decidió no contestar y apagó el teléfono, no estaba preparado para hablar con ella. Se dirigió al despacho de su jefe y lo encontró hablando por teléfono pero cuando lo vio entrar, se despidió rápidamente de su interlocutor y colgó.

–  ¿Conocías a Elisabeth antes de que yo te la presentara? – Le preguntó Alan furioso.

–  Sí. – Respondió Guillermo resignado. – Evelyn la vio antes de que nos la presentase, no sabía que trabajabas para nosotros y nos pidió discreción porque no quería que nadie se enterara de quién era debido al escándalo por la cancelación de la boda.

–  ¡Joder, se iba a casar este sábado y yo ni siquiera sabía nada!

–  Alan, creo que antes de tomar decisiones en caliente deberías hablar con ella, me consta que está removiendo cielo y tierra para detener todo esto y me acaban de comunicar que su abogado te ha blindado.

–  ¿Qué significa eso?

–  Que ni tu nombre ni tu imagen ni tu persona pueden ser objeto de cualquier información pública. – Le respondió Guillermo y, al ver que Alan le miraba como si le hubiera hablado en chino, añadió: – En resumen, que no se puede hablar de ti ni en la prensa, ni en la televisión ni en ningún otro medio de comunicación.

–  ¿Se puede hacer eso?

–  Lady Elisabeth acaba de hacerlo. – Le confirmó Guillermo.

–  Guillermo, necesito tomarme unos días de vacaciones y salir de aquí. Puedo seguir trabajando a distancia. – Le dijo Alan.

–  Tómate el tiempo que necesites, Alan. Ya sabes que eso no es ningún problema. Pero espero que sigas mi consejo y no pienses en huir. Hablando se entiende la gente.

–  Tendré el móvil apagado, pero envíame un e-mail si me necesitas y me pondré en contacto contigo de inmediato. – Le dijo Alan antes de salir del despacho de su jefe.

Alan regresó a su despacho, apagó su teléfono móvil que no dejaba de sonar y se dirigió a su apartamento. Estaba furioso y quería explicaciones y, aun siendo consciente de que no era el mejor momento para exigirlas debido a su estado alterado, fue en busca de Elisabeth. Llamó a la puerta del apartamento de Eli y esperó a que abriera la puerta para irrumpir en él hecho una furia. Se encontró con una Elisabeth pálida, con marcadas ojeras y ojos hinchados, sin duda había estado llorando. Ella fue a abrir la boca, pero él no la dejó hablar y le espetó:

–  ¿Pensabas decirme algún día quién eres? ¿O que estabas prometida? ¡Joder, estabas prometida con ese maldito Lord cuando te acostaste conmigo la noche de la fiesta de la luna llena!

–  No es lo que parece, Alan. – Trató de disculparse Elisabeth. – Pensaba decírtelo, pero no sabía cómo ibas a reaccionar y me dio miedo…

–  ¡Y creíste que lo mejor era que me enterara por la prensa y la televisión! – Le espetó Alan con sarcasmo alzando la voz. – ¡Mi móvil va explotar de tantas llamadas que recibo, toda España y parte del mundo creen que he sido el causante de la cancelación de tu boda y tanto en la prensa, como en la televisión, como en internet, aparece mi foto bajo el titular: “El español que le arrebató la prometida al Lord Hudson” o, peor aún, “Lady Elisabeth celebra su despedida de soltera con un boy español”! ¿Tienes idea de lo que todo esto significa para mí? ¿De los problemas que esto le va a causar a mi familia? ¡Joder, la puerta del edificio está llena de paparazzi!

–  Alan, lo siento, yo…

–  ¿Que lo sientes? ¡Más lo siento yo por pensar que eras diferente, que eras sincera y una verdadera amiga! – Volvió a interrumpirla Alan. – Espero que hayas disfrutado de tu particular despedida de soltera, porque se acabó.

–  Alan, escúchame por favor. – Le suplicó Elisabeth con un hilo de voz.

–  ¡Te he escuchado durante dos meses, tiempo suficiente para que dijeras todo lo que tenías que decir y no lo hiciste! – Le espetó furioso y añadió con una indiferencia que a Elisabeth le rompió el corazón en mil pedazos: – Ya no quiero escucharte, no quiero saber nada más de ti.

Una vez dicho aquello, Alan se marchó cerrando la puerta de un portazo mientras Elisabeth estalló en un desmesurado llanto que había estado aguantando con esfuerzo mientras Alan estaba presente pero que, ahora que ya se había ido, no tenía que seguir conteniendo.

Alan entró en su apartamento, llenó un par de maletas con algo de ropa y objetos de higiene personal y se marchó subido a su coche, conduciendo sin un rumbo claro mientras sentía que la cabeza le iba a explotar.

¡Maldita kamikaze! ¿Cómo ha podido ocultarme algo así?, se preguntaba Alan una y otra vez.

Elisabeth se quedó destrozada tras aquel encuentro con Alan y aún tenía que enfrentarse a sus padres, a Mike y probablemente a toda la prensa. Le hubiera gustado poder chasquear los dedos y desaparecer, no se sentía con fuerzas ni ganas de luchar, sobre todo cuando lo que más le importaba ya lo había perdido.

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Bajo la luz de la luna 15.

Alan y Elisabeth el sábado siguieron la misma rutina que el día anterior, salvo que por la noche se celebraba la gala anual de la empresa de Alan y todos tenían que vestir de etiqueta. Elisabeth, acompañada por Olivia y Marta, días atrás se había comprado para la ocasión un vestido de noche de Versace de color violeta con escote en palabra de honor y cola de sirena.

–  Estás preciosa, tanto que estoy pensando en pedir que nos suban la cena a la suite. – Le dijo Alan cuando la vio lista para bajar a cenar con los demás.

–  Tú también estás muy sexy con ese traje negro y esa corbata a juego con mi vestido, ¿cómo la has conseguido?

–  Marta me dijo que iba a acompañarte a comprar un vestido para la cena de esta noche y le pedí que me comprara una corbata a juego con tu vestido. – Le respondió Alan divertido. – Tengo que confesarte que el Versace que llevas te hace parecer una diosa sexy a la que voy a desear toda la noche.

–  Cuanto más se espera por conseguir lo que se desea más se disfruta cuando por fin lo consigues.

–  Acabarás matándome. – Le susurró Alan oído mientras la estrechaba entre sus brazos.

Se dirigieron al salón donde daría comienzo la gala con un cóctel de bienvenida y, mientras Alan hablaba con un par de compañeros de la oficina, la mujer del presidente se dirigió hacia a ella y la saludó con un cariñoso abrazo al mismo tiempo que le decía en inglés:

–  ¡Lady Elisabeth, qué coincidencia verte aquí!

Evelyn Boots era una amiga de la madre de Elisabeth desde que iban al instituto y aún seguían manteniendo el contacto. Entonces Elisabeth cayó en la cuenta: el marido de Evelyn, Guillermo Rojo, tenía una empresa de publicidad en España y si estaba allí solo podía ser por un motivo.

–  ¡Evelyn, qué sorpresa! – La saludó Elisabeth sin poder ocultar su nerviosismo mientras dirigía la mirada hacia a Alan para que no se diera la vuelta y descubriera el pastel.

–  Relájate, no pasa nada. – Le susurró Evelyn. – Supongo que no le has dicho que acabas de romper tu compromiso con Lord Hudson, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondió Elisabeth avergonzada por su estupidez. – Ni siquiera tiene idea de quién soy en realidad, Eve.

–  No seremos nosotros quien te descubra, pero deberías hablar con él cuanto antes. – Le aconsejó Evelyn. – Estas cosas siempre se terminan sabiendo y a él no le gustará enterarse por otra persona que no seas tú. Hablaré con Guillermo antes de que meta la pata.

–  Gracias, Eve.

Entregadas a aquella conversación, ninguna de las dos se dio cuenta que alguien las estaba observando y había escuchado toda la conversación.

Como si nada hubiera pasado, ambas se separaron discretamente y Elisabeth se acercó a Alan y éste cuando la vio aparecer la abrazó por la cintura y la besó en la mejilla para después presentarla a sus compañeros y sus respectivas esposas.

Volvieron a posar antes de entrar en el comedor, donde Guillermo Rojo dio un breve discurso de bienvenida antes de que todos empezaran a cenar. Alan presentó a Elisabeth y Guillermo y ambos se saludaron como si acabaran de conocerse, lo cual resultó bastante extraño, pero Evelyn se había encargado de alertar a su marido y pedirle que les siguiera la corriente y fingiera no conocer a Elisabeth y él obedeció a su mujer, aunque sabía que aquello no estaba bien.

Tras la cena, siguieron los brindis y el baile. Alan sacó a bailar a Elisabeth una balada de Adele, “Set in fire”. Muy apropiada, se dijo Elisabeth. Bailaron pegados el uno al otro mientras se miraban a los ojos con deseo y sus labios se aproximaban cada vez más hasta que finalmente se fundieron en un beso apasionado que les abstrajo de todo lo demás, incluidas las más de doscientas personas que estaban allí. Con el furor de la noche y la ayuda del alcohol, aquel beso pasó desapercibidos para todos, excepto para una persona que les sacó varias fotos sin que se dieran cuenta.

En cuanto acabó la canción, Alan y Elisabeth se retiraron a la suite. El deseo ya les invadía y después de aquel beso ninguno de los dos pudo reprimirse más. Entraron en la habitación y Alan la cogió en brazos y la llevó a la cama, le urgía la necesidad del contacto con ella y a ella le ocurría lo mismo. Elisabeth no esperó a que Alan le pidiera lo que ambos deseaban, sabía lo que quería y estaba dispuesta a dárselo. Hicieron el amor y se quedaron tumbados sobre la cama, abrazados el uno al otro.

–  ¿Puedo preguntarte algo de lo que me temo no te va a gustar responder? – Le preguntó Elisabeth con voz dulce.

–  Acabas de hacerlo. – Bromeó Alan, pero después añadió: – Adelante, kamikaze. Pregunta lo que quieras.

–  Me dijiste que una vez te sentiste perdido y quiero saber por qué.

Alan suspiró, aquel era un tema del que no le gustaba hablar, pero con Elisabeth le resultaba más fácil y decidió responder:

–  Laia era mi novia del instituto y yo la idolatraba, a pesar de que era de lo más superficial. Ya sabes, la adolescencia y sus incoherencias. – Le dio un beso en los labios y continuó: – Durante el primer año de universidad, Laia se quedó embarazada. Estaba a punto de dejar la universidad y ponerme a trabajar cuando escuché a Laia hablar por teléfono con una amiga y le contaba que el hijo que esperaba no era mío si no de un tipo con el que últimamente se había estado acostando. – Alan hizo una pausa en la que Elisabeth no supo qué decir y esperó a que Alan continuara hablando: – Un par de días después de descubrir la gran mentira, me enteré que Laia primero le contó lo del embarazo a su amante y cuando éste se desentendió, me hizo creer que el bebé era mío. Y entonces me pregunté en quién me había convertido. Me sentí perdido, pero no por el hecho de que Laia tuviera un amante, sino por el hecho de que yo mismo lo había permitido. No sé cómo explicarlo es como si…

–  Es como si te hubieras sentado a esperar mientras el tiempo pasaba y tú no hacías nada. – Acabó la frase Elisabeth.

–  No lo podría haber descrito mejor. – Le agradeció Alan dedicándole una dulce sonrisa. – Pero ya han pasado diez años y sé perfectamente quién soy y qué es lo que quiero.

–  ¿Eso significa que dentro de diez años sabré quién soy y qué es lo que quiero? – Bromeó Elisabeth.

–  Significa mucho más que eso, créeme. – Le susurró al oído mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos y disfrutaba de su dulce aroma. Vio que Elisabeth estaba haciendo un esfuerzo por mantenerse despierta y, tras darle un leve beso en los labios, añadió: – Será mejor que descansemos, es tarde y mañana regresamos a casa temprano. Buenas noches, pequeña kamikaze.

–  Buenas noches. – Murmuró Elisabeth medio dormida.

A la mañana siguiente, Elisabeth se despertó en la misma posición en la que se había dormido: entre los brazos de Alan. Tras darse una ducha, vestirse y hacer las maletas, bajaron al comedor a desayunar y se despidieron de los compañeros de Alan antes de regresar a la ciudad.

Durante el camino de regreso a casa, Elisabeth no dejó de darle vueltas a la cabeza sobre algo que le preocupaba y que no sabía cómo solucionar. Sabía que tenía que decirle la verdad a Alan y no podía demorarlo más, pero le daba miedo que se lo tomara mal y pensara que había querido mentirle. Después de lo que Alan le había contado que le hizo Laia, estaba segura de que no perdonaría una mentira y ella le había ocultado su compromiso con Mike, la cancelación de su compromiso y boda con Mike, y su verdadera identidad. A su favor solo se podía alegar que no había mentido, simplemente se había limitado a ocultar aquellas cosas que en su día le pareció que no eran importantes pero que ahora se habían convertido en una gran bola que le iba a caer encima. Debía hablar con él pero no quería estropear el maravilloso fin de semana que habían pasado juntos y decidió esperar al lunes, quizás podría prepararle una cena casera para cuando él llegara de trabajar, dicen que con el estómago lleno las malas noticias no parecen tan malas, o al menos eso creía haber oído Elisabeth.

Llegaron al apartamento y por la noche Alan convenció a Elisabeth para que pasara la noche con él, pese a que a la mañana siguiente tenía que levantarse temprano para ir a trabajar. Le gustaba estar con ella y había disfrutado tanto durante el fin de semana que Alan no quería que aquel día terminara y tuviera que separarse de Elisabeth.

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