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NOVELAS POR CAPITULOS

Y de repente tú 1.

Domingo, 1 de julio de 2012.

No me lo puedo creer, después de cuatro años en la universidad, compartiendo un estudio con mi mejor amiga Gina, por fin nos hemos graduado. Aún no terminábamos de creérnoslo, pero hoy empezaremos a ser conscientes de nuestra nueva vida.

Gina y yo nunca hemos estado separadas, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y siempre hemos estado la una junto a la otra. Supongo que el hecho de que nuestros padres fueran vecinos, amigos y nos matriculasen en el mismo colegio ha tenido mucho que ver.

Cuando acabamos el instituto, ambas buscamos una universidad especializada en las dos carreras que queríamos estudiar, nos negábamos a separarnos. Por suerte, descubrimos la Universidad de Valdemar, una universidad pequeña situada a las afueras de la pintoresca ciudad de Valdemar. Ambas nos matriculamos, Gina en psicología y yo en historia del arte.

Alquilamos un pequeño estudio que pagábamos trabajando a media jornada en el supermercado de Valdemar hasta que, cuatro años más tarde, hemos conseguido graduarnos.

A ambas nos han ofrecido entrevistas para empezar a trabajar, a ella como psicóloga y a mí en varias galerías de arte. Tras estudiar nuestras opciones, decidimos mudarnos a la capital, Lagos.

En Lagos ambas teníamos ofertas de trabajo y si ninguna de esas ofertas salía bien, era una ciudad grande donde poder encontrar trabajo fácilmente.

Con lo poco que hemos ahorrado durante estos años, Gina y yo hemos alquilado un precioso apartamento en el centro de la ciudad. No tiene muchos lujos y apenas está amueblado, pero está totalmente reformado y poco a poco lo iremos amueblando y decorando a nuestro gusto.

El apartamento tiene tres habitaciones y un baño, un salón-comedor y una cocina con barra americana que conecta con el comedor. Todas las paredes están pintadas de blanco, entre la claridad y la falta de muebles, el apartamento es impersonal e insípido, frío. Es como estar en un hospital. Nuestras entrevistas de trabajo no empiezan hasta septiembre, así que tenemos dos meses para decorarlo a nuestro gusto.

En este momento, el salón está invadido por cajas de cartón llenas de libros, ropa, zapatos y demás objetos de uso diario. Las únicas estancias que ahora mismo están habitables son la cocina y el baño, el resto del apartamento está intransitable.

–  Voy a pintar mi habitación de color azul, acabo de decidirlo. – Me dice Gina dejándose caer en el sofá, justo a mi lado. – Estoy agotada y hambrienta, ¿pedimos comida china a domicilio?

–  Sí, yo también estoy hambrienta. – Le respondo mientras estiro el brazo para alcanzar mi teléfono que está en una mesilla. – Abre una botella de vino y sirve dos copas mientras yo llamo para encargar la comida, tenemos que brindar por nuestro nuevo apartamento.

Tras llamar al restaurante chino que hay tres manzanas al norte de nuestro apartamento y pedir lo mismo que pedimos siempre, dos rollitos de primavera, arroz tres delicias, pollo con almendras y ternera con salsa de ostras, Gina y yo nos sentamos en el anticuado y cochambroso sofá para brindar por nuestro nuevo hogar y nuestra nueva ciudad.

–  Me siento como el día en que acabamos el instituto. – Comenta Gina. – Estoy eufórica por emprender una nueva etapa pero también estoy muerta de miedo. Me he pasado los últimos cuatro años estudiando psicología y, ¿si ahora no se me da bien? ¿Qué haré con mi vida? Si después de haber estudiado durante cuatro años una carrera de psicología no encuentro trabajo, ¿de qué viviré?

–  No te pongas dramática, acabamos de graduarnos. – Le digo riendo.

–  No te rías Mel, ¡no tiene gracia! – Me reprocha Gina furiosa. – Toda mi vida he querido ganarme la vida por mis propios medios y méritos, igual que tú. Si no conseguimos mantenernos a nosotras mismas, tendremos que volver a Villasol con nuestros padres, tú tendrás que trabajar con tu padre en su galería y yo tendré que trabajar con el mío en su clínica. – Coge aire para calmarse y continúa: – No quiero tener que regresar a casa de mis padres como una fracasada. Quiero poder montar mi propia clínica, aunque sé que no va a ser fácil ni rápido, quiero poder sentir el orgullo que siente mi padre cuando me explica que él empezó desde abajo y ha conseguido llegar a lo más alto y mantenerse allí.

–  Oh Gina, por favor. – Le ruego. – Mi intención es trabajar para cualquier galería de arte, mientras más grande y reconocida mejor, pero si no lo consigo volveré a casa de mis padres y volveré a intentarlo, una y otra vez y todas las veces que hagan falta. Y ahora, deja de lamentarte por algo que aún no ha sucedido y brinda conmigo por nuestro nuevo apartamento.

–  Por nuestro cochambroso e insípido apartamento, querrás decir.

–  ¡Qué humor! – Protesto indignada. Gina siempre es la positiva de las dos, si ella se hunde, nos hundimos las dos. – ¿Vas a contarme por qué te tiene de ese humor?

–  Hoy no, estoy estropeando la primera noche en nuestro apartamento. – Me dice apesadumbrada. – Es una tontería, ya hablaremos mañana de eso.

–  Cómo quieras, pero anímate un poco. – Llaman al telefonillo de casa y me levanto de un salto. – Voy yo a abrir, hazme hueco en la mesa.

Miro la pantalla del video portero y veo que es un tipo con el uniforme del restaurante chino, pulso el botón de al lado del telefonillo y la puerta del edificio se abre.

Tres minutos después, la puerta del ascensor se abre y sale el mismo tipo, un hombre asiático de unos treinta años, de estatura media, muy delgado y pálido, de aspecto cansado.

–  Buenas noches. – Me saluda con el más típico acento oriental. – Aquí tiene, son diecisiete con noventa.

Le doy un billete de veinte, cojo las bolsas de comida y le digo:

–  Quédese con el cambio. Buenas noches.

Cierro la puerta y me dirijo al salón con las bolsas de comida, que dejo sobre la pequeña mesa auxiliar de madera que hay frente al sofá. Mientras Gina va a la cocina a buscar otra botella de vino y llena nuestras respectivas copas, yo sirvo la comida en los platos.

Una hora más tarde, Gina y yo estamos bastante achispadas y reímos como dos locas.

Recordamos juntas los buenos momentos que hemos pasado y otros no tan buenos. Bromeamos sobre la obsesión de nuestras madres por buscarnos un novio, a su gusto, por supuesto. Cuando nos vamos a dormir sobre los colchones hinchables que tenemos por camas, ya está amaneciendo.

No me llames gatita 18.

Dos semanas después, llega el cumpleaños del pequeño Jake. Continúo viviendo en el apartamento de John y Berta en el apartamento de Elliot. Aún no han logrado detener a Héctor González y John no ha retirado aún a los cuatro agentes que dejó en casa de mis padres. Ni qué decir tiene que John no me permite ir sola a ninguna parte, entre él y Elliot se las han apañado para llevarnos a Berta y a mí al trabajo y traernos de vuelta a casa. Mientras nosotras estamos trabajando en los juzgados, ellos se van a la base de las fuerzas de seguridad para continuar con la investigación del paradero del sicario de Parker. Eso sí, han ordenado a dos agentes que sean nuestra sombra, lo cual nos tiene a ambas algo crispadas y Elliot y John están pagando nuestra frustración. Por suerte, Rachel también invitó a Berta y a Elliot al cumpleaños de Jake para que me sintiera más cómoda.

El viernes, después de salir de trabajar, regresamos al apartamento de John para ducharnos y vestirnos para ir al cumpleaños del pequeño Jake.

–  Gatita, ¿vas a seguir enfurruñada conmigo en casa de mis padres? – Me pregunta John entrando en el baño y abrazándome por la cintura mientras me aplico un poco de brillo de labios frente al espejo. – No soporto verte enfadada conmigo, gatita.

–  John, no soporto a tus malditos agentes. – Le espeto furiosa. – Me siguen a todas partes, ¡incluso hasta cuando tengo que ir al servicio me esperan en la puerta!

–  Cat, solo están haciendo su trabajo.

–  John, me ahogo. – Protesto. – Mi vida se basa en ir del trabajo a casa y siempre escoltada. Si sigo estando encerrada acabaré subiéndome por las paredes.

–  Si después de esta noche quieres seguir conmigo, mañana nos iremos tú y yo, solos los dos, a dónde tú quieras y pasaremos la noche fuera. – Trata de compensarme John. – ¿Qué te parece, gatita?

–  No me llames gatita. – Le reprendo.

–  Eso significa que estás enfadada, solo me dices que no te llame gatita cuando estás enfadada. – Me replica divertido. – En mi defensa, alegaré que me gustas demasiado como para poner tu vida en riesgo, gatita.

John empieza a darme besos por el cuello y mis defensas se vienen abajo. Él tiene ese efecto en mí, me acaricia, me besa y me hace perder la razón.

–  Llegaremos tarde. – Susurro.

–  Esta noche no vas a dormir, gatita. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me da un pequeño azote en el trasero antes de envolverme entre sus brazos. – ¿Estás preparada para conocer a mi familia o estás pensando en salir corriendo?

–  No estoy segura ni de una cosa ni de la otra. – Le respondo nerviosa. – ¿Qué pasa si no les gusto?

–  Eso no va a ocurrir, pero te advierto que mi familia es un tanto peculiar.

–  ¿Peculiar? ¿Cómo de peculiar? – Le pregunto preocupada.

–  ¿Acaso no has visto a mis hermanos?

–  Brian y Rachel me caen bien. – Le respondo encogiéndome de hombros.

John no dice nada, se limita a sonreírme con dulzura y me besa en los labios.

Casi una hora después, llegamos a casa de los padres de John, situada a las afueras de Sunset en un gran terreno. Elliot y Berta han venido con nosotros en el coche y eso me ayuda a sentirme más relajada, pues espero no ser el centro de atención. Nada más bajar del coche, John se coloca a mi lado, me rodea la cintura con su brazo y me da un leve beso en los labios en señal de apoyo al mismo tiempo que me susurra:

–  Tranquila gatita, todo va a salir bien.

En ese mismo instante veo cuatro figuras salir al porche para recibirnos. Entre ellas distingo a Brian y a Rachel con el pequeño Jake en brazos y supongo que las otras dos personas son el padre y la madre de John. Caminamos hasta reunirnos con ellos y Rachel es la primera en venir a saludarme:

–  ¡Cat, me alegro de verte! – Me dice abrazándome con naturalidad, como si ya fuéramos amigas de toda la vida, y yo se lo agradezco. – Si te soy sincera, esperaba que mi hermano te hubiera intentado disuadir para venir.

–  Yo también me alegro de verte, Cat. – Me dice Brian besando mi mano sin dejar de mirar a su hermano mayor para provocarlo. – ¿Te trata bien mi hermano?

–  Aléjate de ella si no quieres problemas. – Le dice John bromeando, o al menos eso creo yo. John saluda a sus padres con un beso en la mejilla a cada uno y, tras volver a mi lado para continuar abrazándome, les dice: – Os presento a Catherine Queen, aunque a ella le gusta que la llamen Cat. – Se vuelve hacia a mí y me dice sonriendo: – Ellos son mis padres, Heather y Michel.

–  Encantada de conocerles, señores Stuart. – Les saludo educadamente mientras les estrecho la mano con firmeza.

–  Es un verdadero honor tenerte entre nosotros, Cat. – Me dice Heather. – Y, por favor, tutéanos.

–  Elliot es un amigo y compañero de trabajo, también es un buen amigo de Cat, al igual que Berta. – Se encarga de decir John para terminar con las presentaciones.

Pasamos al salón y allí conversamos durante un buen rato, rompiendo el hielo ya algo más relajados. John no se ha separado ni un segundo de mí, incluso Brian y Rachel han estado bromeando sobre su obsesión por mantener el contacto físico conmigo en todo momento.

–  Querías que por fin me enamorara y, cuando lo hago, ¿me lo echáis en cara? – Protesta John divertido.

–  No te lo echamos en cara, es solo que nos sorprende verte tan… enamorado. – Termina por decir Rachel. – Entiéndelo, nunca te habíamos visto así y nos sorprende.

–  Has pasado de ser el hombre de hielo a ser un hombre con cara de tonto enamorado. – Se mofa su hermano Brian. – Solo te falta recitar poemas de amor.

–  Siento decepcionarte, pero tienes una idea muy equivocada de tu hermano, le gusta demasiado dar órdenes como para recitar poemas cursis. – Salgo en lo que podría ser una defensa de John.

–  Cariño, si vas a defenderme así, creo que es mejor que no me defiendas. – Bromea John.

–  Cat tiene razón, eres un mandón. – Le replica su madre.

Cenamos, tomamos el café y el postre y todos le damos nuestro regalo al pequeño Jake, que se entretiene más con el papel desgarrado del envoltorio de los regalos que con los propios regalos.

Los padres de John son amables y atentos conmigo, no dicen ni hacen nada que pueda incomodarme, todo lo contrario que Brian, que disfruta provocando a John y, en consecuencia, a mí.

–  No le hagas ni caso, Cat. – Me aconseja la madre de John. – Siempre se están pinchando, pero en el fondo se adoran.

–  No me cabe duda alguna, pero deben de haberte dado muchos dolores de cabeza. – Le contesto bromeando.

–  No lo sabes bien, querida. – Me responde el padre de John divertido.

Después de pasar una divertida tarde y noche con la familia de John, regresamos a su apartamento. Nos despedimos de Berta y Elliot en cuanto salimos del ascensor y John se encarga de decirles que mañana por la mañana nos marcharemos a pasar el fin de semana fuera y que no regresaremos hasta el lunes.

–  ¿A dónde me vas a llevar? – Le pregunto una vez nos encontramos a solas en su apartamento.

–  Voy a darte tanto placer que voy a llevarte al cielo, gatita. – Me susurra al oído mientras me estrecha entre sus brazos. – Y mañana te llevaré a dónde tú quieras, solos tú y yo.

–  Suena muy tentador. – Le contesto divertida. – Pero por el momento, me conformo con que me lleves al cielo, cariño.

Como era de esperar, John no se hizo de rogar. Me cogió en brazos y, sin decir nada, me llevó a la habitación, me depositó con cuidado sobre la cama y me hizo el amor.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, John me abrazó y me susurró al oído:

–  Te quiero, gatita.

–  No me llames gatita. – Le contesté sonriendo medio dormida.

FIN

 

No me llames gatita 17.

Un par de días después de conocer a Brian, John está cada vez más irritado por la insistencia de su hermana Rachel en venir a vernos al apartamento, a pesar de que John le ha dicho que no es el mejor momento, ya que aún andan detrás de Héctor González, el sicario con el que coincidí en Westcoast, por decirlo de algún modo. 

John, harto de los reproches de su hermana y los míos propios por enfadarse con ella, decide responder a la llamada de Rachel y poner el manos libres tras hacerme un gesto para que escuche y no diga nada. Me siento en su regazo dispuesta a escuchar la conversación con su hermana. 

-  ¡Cuánto tiempo, hermanita! – Se mofa John nada más descolgar al mismo tiempo que empieza a acariciarme inocentemente las rodillas. 

-  ¡No te atrevas a mofarte! – Le amenaza Rachel haciendo que dé un respingo del sobresalto. – Me parece fatal que Brian haya conocido a la futura madre de tus hijos antes que yo. – Miro a John arqueando una ceja y él se encoge de hombros sonriendo. – Por cierto, Brian me ha dicho que si metes la pata con ella, piensa sacar partido de la situación, así que procura no cagarla. Me hace ilusión ver a mi hermano mayor por fin enamorado. Y no me digas que no estás enamorado porque por ella has roto todas tus reglas y… 

-  Rachel… – Le advierte John para después empezar a darme pequeños besos por la nuca y el cuello mientras sus manos pasan de mis rodillas a mis muslos para continuar allí con las caricias. 

-  No puedes negármelo, John. – Continúa hablando Rachel. – Tienes tres normas inquebrantables desde que te conozco. La primera y la más sagrada es esa de “donde tengas la olla no metas la…” 

-  ¡Rachel! – Le reprende John riendo para acto seguido continuar acariciándome y besándome como estaba haciendo. 

-  Ya me has entendido. – Resopla Rachel. – Joder John, moviste cielo y tierra para hacerte con su caso solo porque querías tener una excusa para seguir viéndola. Bueno, por eso y porque eres demasiado arrogante como para creer que alguien pueda protegerla mejor que tú. – Se burla Rachel mientras yo trato de ocultar la risa y John me da un azote en el trasero a modo de castigo. – Estoy segura de que ahora mismo está contigo en tu apartamento, tu preciado templo en el que están prohibidas las mujeres. Dime una cosa, aparte de mamá y de mí, ¿habías llevado a alguna chica a tu apartamento? – Y, sin dar tiempo a que John responda, añade: – No, porque tu apartamento es sagrado. Eso es lo que siempre decías. Y, la tercera norma que has roto es la de no mezclar tus relaciones sexuales con la familia. Nunca hablas de ninguna de tus muchas amigas. – Miro a John arqueando una ceja y él me dedica una sonrisa maliciosa mientras aprovecha mi confusión para meter sus manos bajo mi jersey y acariciar mis pechos al mismo tiempo que me hace notar su enorme y dura erección rozándola contra mi trasero. – Pero fuiste tú quién no dejó de hablar de ella cuando nos vimos el otro día. Solo con verte la cara supe que estabas enamorado, nunca te he visto hablar así de nadie. 

-  Algún día tenía que pasar, hermanita. – Le responde John pellizcándome un pezón y después me susurra al oído: – Gatita, ¿qué hacemos con mi hermana? 

-  Invítala a comer, tu hermana me cae bien. – Le respondo recostando mi espalda contra su pecho para facilitarle el contacto con mi cuerpo. 

-  Hermanita, Cat me está diciendo que te invite a comer. ¿Te apetece venir? – Le pregunta John sonriéndole al teléfono móvil que está sobre la mesa auxiliar. 

-  ¿Bromeas? ¡Ahora mismo voy para allí! – Exclama Rachel. – ¿Estará Cat contigo, verdad? 

-  ¿Para qué sino te iba a pedir que vinieras? – Bromea John. – Eso sí, tarda mínimo un par de horas en llegar. 

-  No hace falta que me des detalles. – Responde Rachel y añade antes de colgar: – Estaré allí dentro de dos horas exactas, así que haz lo que tengas que hacer antes de que llegue. 

-  Estoy completamente de acuerdo con Rachel. – Ronroneo en el oído de John. – Haz lo que tengas que hacer, John. 

-  Mm… Gatita, llevo dos días estudiando todas y cada de tus reacciones cada vez que te acaricio y te beso en cada parte de tu cuerpo y ahora mismo sé que estás muy excitada y eso me excita mucho más de lo que ya estoy. – Me susurra John quitándome el jersey y el sujetador, arrojando ambas prendas al sillón de en frente y dejándome desnuda de cintura para arriba. – Pero quiero que ahora seas tú quien me diga lo que quieres que haga, dónde quieres que te acaricie, que te bese… 

-  Mm. – Gimo cuando John me quita los shorts de algodón que llevo puestos y coloca sus mágicos dedos en mi entrepierna, buscando y encontrando mi clítoris, mientras que con la otra mano continua masajeando mis pechos y estirando y apretando mis pezones. – John… 

-  Lo sé, gatita. Lo sé. – Me susurra John al oído con voz ronca. – Quiero que te corras para mí, quiero que gimas y grites todo lo que quieras, no quiero que te reprimas. Después te meteré la polla en tu sensible coño y volverás a correrte otra vez. 

Las rudas y obscenas palabras de John me llevan directamente al orgasmo y gimo y grito todo lo que quiero sin reprimirme. Todavía con los espasmos posteriores al orgasmo, John me penetra de una sola estocada y empieza a bombear dentro de mí sin dejar de acariciarme los pezones y el clítoris. Tal y cómo me había adelantado John, vuelvo a correrme. Ambos nos corremos a la vez y John se deja caer en el sofá conmigo encima y sin salir de mí. Varios minutos después, cuando logro recuperarme, trato de levantarme pero John me lo impide. 

-  No te vayas, cariño. – Me ruega. 

-  ¿Cariño? Creía que te gustaba más gatita. – Me mofo echándome a un lado del sofá para abrazarle con mayor comodidad. 

-  Gatita, no querrás que te llame así delante de tus padres, ¿verdad? – Me contesta divertido. – Creo que llamarte cariño es más apropiado cuando no estemos solos y debo empezar a usarlo para acostumbrarme. 

-  Cariño, necesito un baño. – Le digo besándole en los labios. 

-  ¿Puedo acompañarte? – Me pregunta juguetón. 

-  No pensaba ir sin ti, cariño. – Le susurro al oído. 

Tras un relajante baño y una nueva sesión de sexo en la bañera, nos vestimos y recogemos el apartamento para que todo esté limpio y ordenado cuando llegue Rachel. A pesar de que la idea ha sido mía, lo cierto es que estoy bastante nerviosa. Quiero que salga bien, al fin y al cabo, puede que sea mi futura cuñada. 

-  Relájate, mi hermana te adorará en cuanto te vea. – Me dice John abrazándome. 

Rachel llega al apartamento justo dos horas después de su llamada, puntual como un reloj suizo. John me da un beso en los labios y abre la puerta para recibir a Rachel: 

-  Hermanita, pasa. – Le dice John tras saludarla con un beso en la mejilla. Me acerco hasta a ellos con timidez y, agarrándome por la cintura y dándome un beso en los labios, añade: – Aquí tienes a Cat, pero no la agobies demasiado, no quiero que la espantes. 

Le doy un codazo a John a modo de reprimenda y saludo a Rachel: 

-  Encantada de conocerte, Rachel. 

-  Lo mismo digo. – Me responde besándome en la mejilla. – Debes de ser una santa para aguantar al gruñón y mandón de mi hermano. 

-  Es una mala estrategia criticarme delante de Cat si pretendes que sea tu cuñada. – Se mofa John con sorna. 

-  Me reitero en lo dicho, no sé cómo te aguanta. – Le contesta Rachel a su hermano al mismo tiempo que me agarra del brazo y me acompaña al salón donde nos sentamos juntas en uno de los sofás. – Cat, ¿qué tal te trata mi hermano? ¿Contigo también es tan mandón? 

-  Rachel. – Le advierte John en tono de guasa. 

-  No sé cómo será contigo, pero conmigo siempre tiene que tener la última palabra y, por supuesto, nadie le puede rebatir. – Contesto divertida a la pregunta de Rachel. 

-  Pero luego Cat siempre termina haciendo lo que le da la gana, así que tampoco importa mucho lo que yo le ordene. – Replica John. 

-  Una chica con carácter, me alegro. – Sentencia Rachel sonriendo. – Por cierto, aprovechando que te tengo delante, me gustaría invitarte al primer cumpleaños de mi hijo Jake. – Me propone Rachel. – Será una pequeña reunión familiar en casa de mis padres. – Me anima Rachel. – Así conocerás a mis padres, ellos están ansiosos por conocerte. 

-  Rachel… – La interrumpe John. – ¿Acaso quieres que Cat salga huyendo? 

-  Tarde o temprano tendrá que conocerlos, mejor que sea cuanto antes para que se vaya acostumbrando. – Bromea Rachel. 

John se percata de mi preocupación y me abraza para tranquilizarme al mismo tiempo que me susurra: 

-  No pasa nada, no estás obligada a ir si no quieres. 

-  Es dentro de un par de semanas, tendrás tiempo de pensarlo hasta entonces. – Me dice Rachel para que no me niegue en rotundo. – Pero te aseguro que, si decides venir, yo misma me encargaré de que te sientas tan cómoda con nosotros que hará que quieras volver. 

-  Es una oferta interesante. – Respondo más relajada entre los brazos de John. – ¿Qué te parece a ti, John? 

-  Me encantaría que vinieras, no me apetece nada pasar el día sin ti. – Me responde John susurrándome al oído. – Pero tampoco quiero que te veas obligada a ir, podemos posponer el encuentro para cuando te sientas más preparada. 

-  Ahora en serio, ¿quién eres y qué has hecho con mi hermano? – Se mofa Rachel de John. Se vuelve hacia a mí y añade: – Eres mi heroína, has conseguido domesticar a la fiera de mi hermano. 

-  ¡Rachel! – Le regaña John furioso mientras yo me echo a reír. – Genial, ¿las dos contra mí? 

John me mira sonriendo y me atrae hacia a él para volver a abrazarme y besarme delante de su hermana, que se sorprende pero no dice nada, se limita a mirarnos complacida e incluso emocionada. 

Comemos los tres juntos y después Berta y Elliot vienen a tomar café y ambos están demasiado amables y sonrientes cuando por norma general deberían estar coqueteando descaradamente para luego no pasar de las palabras, pero hoy se comportan de una manera extraña aunque apropiada, así que me abstengo de decir nada. Ya tendré ocasión de enterarme de eso en otro momento. 

Finalmente y tras la insistencia de Rachel, acepto a ir a la fiesta de cumpleaños del pequeño Jake, aunque eso implique conocer a la familia de John a pesar de que hace escasos dos meses que nos conocemos. 

 

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