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NO TODAS LAS BALAS SIRVEN PARA MATAR

Cayó desplomada al suelo y al hacerlo no se escuchó ningún ruido. El ordenador registró el hecho, lo analizó, descompuso la información en cifras y signos, y finalmente elaboró un informe: “Objeto similar a una bala. Componentes: 90 % de Cobre, 10% de Zinc y 4% de antimonio. No se aprecia plomo en la aleación.”

Un hombre está sentado frente a la pantalla del ordenador. Un brillo azulado ilumina su rostro y en el cristal de sus gafas se deslizan rápidamente los reflejos brillantes de interminables letras y números que, línea tras línea, recorren veloces, en continuo movimiento descendente, la pantalla iluminada. El resto de la habitación está sumida en penumbra. Adivinamos cables, aparatos electrónicos amontonados unos sobre otros, estanterías metálicas repletas de objetos que perdieron su identidad en el mismo momento en que alguien las dejo allí, nadie sabe cuánto tiempo hace de ello y nadie, probablemente, preguntará jamás por qué continúan ahí. Un vapor de olvido e irrealidad inundan el lugar. La inmovilidad del hombre, frente al ordenador, aumenta esa sensación y uno se sorprende preguntándose a sí mismo qué es lo que fue colocado antes en aquel sitio: si los objetos o el hombre.

Un movimiento despeja la bruma de nuestro cerebro: el hombre ha arrastrado la silla hacia atrás. Levantándose se dirige hacia un ventanuco incrustado en la pared, que no habíamos percibido antes. Tras él es posible observar una estancia mínima de paredes blancas, vacía, iluminada fríamente por una luz fluorescente que, de modo intermitente, parpadea con debilidad. El hombre guiña ligeramente los ojos. Atentamente mira algo al otro lado del cristal. Algo tan pequeño que nosotros, tras él, no alcanzamos a distinguir. La curiosidad nos llevaría a preguntarle, pero sabemos que es inútil, así que nos limitamos a observar sus movimientos.

Tras permanecer unos instantes más frente al cristal, titubea…, da dos pasos hacia atrás…, se gira…, se detiene… y, tras dudar unos segundos, vuelve a mirar con atención hacia la fría estancia contigua de paredes blancas. Un espasmo recorre su cuerpo y con decisión regresa a su asiento. La pantalla del ordenador continúa desgranando signos y el hombre aprieta una tecla, una sola en el teclado y el aparentemente continuo e interminable vómito de datos se detiene. Descuelga el auricular de un teléfono y al momento alguien responde al otro lado de la línea. _”¿Qué hay?”. _”Creo que tendrías que venir a ver esto”. Cuelga. Miramos hacia la puerta. Intuimos que alguien aparecerá en breve en la escena y que lo hará a través de la única puerta que parece haber en la estancia. El silencio vuelve a ser absoluto. El hombre ha regresado a su inmovilidad frente a la pantalla del ordenador. Los interminables y crípticos signos han vuelto a sucederse a idéntica velocidad. La espera, de unos minutos, se nos hace eterna. Hasta que, por fin, la puerta se abre. _”¿Has averiguado algo?”, pregunta el individuo recién llegado. _”Creo que sí: que las balas sin plomo solo sirven para mantener la atención de algunos lectores”.

©María José Hernández Hernández

About María José Hernández

Nací en el Madrid de 1960, aunque mis orígenes familiares se remontan más allá del mar, en las misteriosas islas Canarias. Soy madre de tres mujeres estupendas y abuela reciente de un precioso bebé que tiene revolucionado a toda la familia. Escritora de vocación (no obstante –por esos azares de la vida que suelen vapulearnos en la juventud, pillándonos a traición– estudié la carrera de Derecho, que aborrecía cordialmente, ya que en realidad lo que yo deseaba estudiar era Psicología), es una necesidad que intento satisfacer escribiendo en mis ratos libres. He colaborado en las revistas literarias Káskara Marga y El Celador; y en los periódicos El Día, de Tenerife y La Voz, de La Palma. Soy autora del libro de relatos “Salpicada de luna llena (y otros relatos)” (Ed. Nuevos Escritores), participé en el volumen Cien relatos geniales (Ed. Jamais) con el relato “La linterna”, la Cadena Ser emitió mi relato “El fotógrafo” y fui finalista del Premio Platero 2007 de Naciones Unidas en Ginebra. Actualmente disfruto jugando con mis tres pasiones, las palabras, la música y las imágenes en un blog al que estáis todos invitados a participar. Porque a los que amamos las diferentes formas de expresión artística, nos apasiona descubrir mundos, historias, perspectivas, personajes y los distintos lenguajes para expresarlos. Poesía, prosa, prosa poética, fotografía, dibujo, música… son los tipos de lenguaje que yo he escogido –o ellos me han escogido a mí– para jugar y para disfrutar de su belleza. Y son los que compartiré con vosotros siempre que así lo deseéis en mariajotahernandez.com Bienvenidos a este nuevo rincón en el mundo.

2 Comentarios

  1. Me sorprendiste, amiga. ¡Enhorabuena!

    • mariajosehernandezhernandez

      17 Mayo, 2017 at 22:15

      Me alegra esa sorpresa. 🙂 Muchas gracias, Ana. Y enhorabuena a ti también por tus escritos. Un saludo afectuoso.

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