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Categoría: MICRORRELATOS (página 1 de 29)

Los pliegues de mis manos

Siempre me llamó la atención que mis manos tenían pliegues aún siendo joven. Ahora se que es por que son la señal de mi paso por esta y muchas otras vidas.

Miro detenidamente mis manos y recuerdo las muchas veces que he dicho que me pusieron las que pertenecían a una persona más grande que yo.

Desde hace tantos años con arrugas que guardan las historias cobijadas desde vidas atrás, pliegues que esconden risas, lágrimas, pasiones y la lucha interminable por sobrevivir.

¿De qué hablan las arrugas que llevo en estas manos de unos cuántos soles?

Hablan de historias antiguas.

De aquella emperatriz que secretamente se enamoró del hombre más poderoso del mundo y perdió la cordura a cambio de la locura del amor prometido como eterno; de la pasión estallada en cada una de las entregas que hubo entre él y aquella antigua yo misma.

Veo cada una de las marcas en mis manos y las acerco lentamente a mis oídos mientras me hablan de la sabiduría y la plenitud de la hechicera que un tiempo habitó en mí misma otro cuerpo y ahora vive en el mío; me enamoro, a través de ellas, cada día de la fuerza y la mezcla con la que nací hecha de mis propias experiencias y de lo que vi pasar.

Mira tú, esas manos que pertenecen al cuerpo que tomaste en este plano, recuerda aquellas historias que escribiste en el pasado y hónralas a partir de acariciarlas y pasarlas por tu cara en actitud de remembranza y agradecimiento.

Hoy me sucede, que tomo mis manos, una con otra y recuerdo mi propia novela.

Veo a aquella mujer que vive en tierras del norte y termina su vida sin más compañía que unas cuántas vacas y los árboles que la acarician, la que vive entre paredes de piedra y es terrenalmente tan pobre que se desarrolla y vive entre mantas sucias de pieles curtidas para la comodidad de alguien más y no para ella. Ella, que vestida con gruesas telas negras de lana tejida sin estilo ni formas elegantes, murió sola teniendo la experiencia celestial pacífica que todos quisieran tener.

 

Mis manos, con arrugas desde los quince años, que cuentan la historia de Ana que caminando de la mano de su amado es abandonada por el sin detenerse a mirar el corazón que le convertía en añicos.

Ana que ante aquel desfalco amoroso vio su corazón en mil pedazos y se dejó caer sobre la acera en dolorosa posición de ovillo desvalido, ella que en ese momento prometió no volver a amar a nadie de esa manera ni llorar una sola lágrima por un hombre que no supiera amarla hasta “los huesos” como ella lo hacía.

Mis manos que de nuevo me hablan de una visionaria que se enfrentó a las grandes sociedades para luchar por los derechos de la gente “de color”, de la emoción indecible de encontrarse ante las masas luchando con las palabras para reconocer la valía e igualdad de todas y cada una de las personas. La que, de nuevo muere sola en la paz de su lecho, la que me regaló la luz de la vida que contemplo hoy.

Y por supuesto, que me hablan de lo que soy hoy. De la fuerza que corre por este cuerpo, de la magia con que riego este mundo cada día, de los amores vividos y perdidos, de la vida que regalé a dos almas, del simple gozo de vivir cada día.

Doy gracias a estas manos pre- arrugadas que no pertenecieron a alguien más, sino a la grandeza de mi paso por el universo.

A la luz que ponen en este mundo al escribir, abrazar, coser, amar, expresar al canto de la vida, meditar y simplemente vivir día con día.

Observa tus manos, mira y ama sus pliegues y recuerda tu vida y tu fuerza a través de la historia que has escrito durante tantas y tantas lunas.

Conocí una Sirena

Conocí una SirenaCada mañana, apenas clarea el alba la veo pasar camino a la playa. Mientras estoy tomando mi café, pasa frente a la ventana con religiosa exactitud y su pelo ensortijado peinado por el viento.

Trabajo desde casa y por mi formación de ingeniero estructurado y planificado, he desarrollado una disciplina para poder producir y desempeñarme bien en las responsabilidades a las cuales estoy asignado. Así es que tengo mi horario para desayunar, almorzar, empezar y terminar mi jornada, además de descansos programados dentro del día. Cada día de la semana está programado con anterioridad y mi vida transcurre sin contratiempos.

Esa noche, tal como estaba marcado en mi calendario, la luna llena se asomaba en todo su esplendor sobre los cerros de mi pueblo. Un espectáculo maravilloso que sin duda disfruto cada veintiocho días.

Mientras miraba la luna asomar, empecé a sentir una brisa en mi cara. Una sensación agradable sin embargo desconocida. Ese viento nunca lo había sentido antes y empezaba a intensificarse aún cuando el informe de meteorología no lo anunciaba.

Desperté un par de veces en la noche con el sonido de las ramas de los árboles golpeando contra mi ventana. Definitivamente, ese viento era diferente.

Al despertar, sentí un silencio profundo a mi alrededor. Ya al abrir los ojos y terminar de despertar, me di cuenta que había una falla de electricidad, por lo que todos los artefactos eléctricos estaban fuera de servicio. Eso incluía mi computador y la conexión a Internet.

Malas noticias, mi planificación de la semana se derrumbaba con este acontecimiento…

Mientras preparaba desayuno, la vi pasar nuevamente rumbo al mar. Esta vez su pelo brillaba de una forma diferente, muy llamativa. Mire como se alejaba mientras mi cabeza pensaba en como recuperar el tiempo perdido de trabajo.

Trate de ordenar algunos papeles, pero la imagen de su pelo acariciado por el viento estaba grabada a fuego en mi cabeza. Era imposible concentrarse en otra cosa que no fuera su imagen.

No pude evitarlo, salí caminando tras su huella en dirección al mar, con la esperanza de verla nuevamente.




Recién amanecía, los primeros albores de luz empezaban a dibujar azules y violetas sobre un telón negro con estrellas. Era un espectáculo maravilloso que nunca había visto, pues a esa hora ya estaba enfrascado en computador.

Seguí caminando y al acercarme al mar, me recibió la luna llena, inmensa y en su camino a esconderse en el mar. Me detuve, todos mis sentidos se concentraron en disfrutar el momento y mientras la veía posarse sobre el horizonte, noté una silueta recortada contra la luna.

Era ella, la misteriosa mujer de cabellera brillante que delicadamente se despojó de su vestido y con gráciles movimientos se zambulló en el océano y empezó a nadar hacia la luna mientras en mi cabeza sonaba una dulce melodía. Cerré los ojos y me deje llevar por el momento, olvidándome completamente de mi trabajo. Cuando abrí los ojos, ya no había rastro de ella.

Después de ese día, nunca más volví a ver sus cabellos pasar frente a mi ventana. He regresado a esa playa innumerables veces buscando algún rastro, pero ha sido en vano.

En noches de luna llena mientras veo la luna aparecer sobre los cerros, siento esa brisa especial y esa melodía vuelve a inundar mis sentidos.

Nunca supe quien era, nunca más la volví a ver. Ya tampoco soy esclavo de la planificación y  cada vez que cierro los ojos y hago una pausa, vuelvo a ver su pelo brillar y a escuchar esa dulce melodía.

Conocí a una sirena que contrario al mito, me salvó de naufragar en el abismo de la vida moderna y el trabajo.

ホセ

Más allá del horizonte

En tierra sus maderas se resecan bajo los rayos del sol de cada día que pasa.

Aquel que fue rey de las mareas, hoy se ha convertido en un espectador más de la inmensidad del mar. La nostalgia lo invade. Solo las gaviotas que se posan sobre él logran recordarle su glorioso pasado.

Cada invierno que pasa, la lluvia rejuvenece su casco y le hace sentir vivo nuevamente, solamente hasta que las nubes se apartan y el sol se hace presente.

Fue un invierno cualquiera. Las nubes abrieron sus compuertas y dejaron fluir todas aquellas lagrimas contenidas por años de observarlo prisionero de su destino.

Tal era la intensidad de aquella tormenta que el agua corría imparable desde los cerros al mar, arrastrando todo a su paso.

El agua de los cielos le hizo despertar. El caudal corriendo a su lado le remecía y recordaba su época de gloria en que remontaba las fieras olas del mar de invierno. Se sintió vivo nuevamente. No quería abrir los ojos por temor a despertar de un sueño, pero la sensación era tan real que no pudo evitarlo.

Estaba oscuro, no sabía donde estaba ni con que rumbo navegaba. Sin embargo reconoció sin un ápice de duda la salobre caricia en su proa.

Sin pensarlo, enfrentó al viento y la marea apasionadamente, sintiéndose renacer mientras remontaba aquella pared de agua que en su juventud habría evitado. Sus velas tersas vibraban, su quilla brillaba mientras el crujir de las maderas se confundía con un grito de felicidad y el romper de la ola.




Al día siguiente solo quedaban en tierra las amarras que lo mantuvieron prisionero por tanto tiempo, como mudo testigo de su imponente viaje, más allá del horizonte.

ホセ

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