Cuando llegaron al ático dúplex después de la no-cena, Juan no sabía qué hacer. Mía parecía estar concentrada en sus propios pensamientos y continuaba callada y con la mirada perdida. Juan tenía ganas de abrazarla y besarla, pero temía que ella le apartara con desprecio, ya le había dejado claro en varias ocasiones que su relación era puramente sexual y profesional, incluso le llegó a decir que si no hubieran tratado de matarlos probablemente no se habrían vuelto a ver. Finalmente, dejó que Mía se marchara a su habitación y Juan entró en la cocina, donde se encontró con Rosario:

–  ¿No cenabais en casa del comandante Swan? – Le preguntó Rosario extrañada de verles llegar tan temprano a casa.

–  Al final no. – Contestó de mal humor Juan.

Rosario cruzó una mirada con Vladimir y entendió que algo no había salido bien.

–  Os prepararé algo de cenar. – Sentenció Rosario.

–  Yo no tengo hambre, Rosario. Pregúntale a Mía si le apetece cenar algo. – Le dijo Juan. – Estaré en mi despacho si me necesitáis.

Juan había decidido darle a Mía espacio creyendo que eso era lo que ella quería y necesitaba, se encerró en su despacho y trató de evadirse con el trabajo. Tras cambiarse de ropa y ponerse algo más cómodo, Mía bajó a la cocina donde se encontró con Rosario:

–  Ahora mismo iba a buscarte, ¿qué te apetece cenar? – Le preguntó la mujer sonriendo con ternura.

–  Gracias Rosario, pero no tengo hambre. – Le agradeció Mía. – ¿Dónde está Juan?

–  En su despacho, él tampoco quiere cenar. – Murmuró Rosario. – Cielo, no quiero meterme donde no me llaman, pero discutiendo con Juan no resolverás nada.

–  Ni siquiera hemos discutido. – Le dijo Mía mientras cogía una cerveza del frigorífico y se sentaba en uno de los taburetes, necesitaba hablar con alguien y Rosario era una buena mujer que la trataba como a una  hija a pesar de que apenas hacía una semana que la conocía. – Nos hemos ido de casa de mis padres sin cenar y me temo que he puesto a Juan en una situación incómoda, creo que está enfadado conmigo. No hago más que causarle problemas.

–  No creo que sea tan grave cuando Juan sigue empeñado en que te quedes aquí. – Le dijo Rosario sabiendo que en los ojos de Juan había un brillo especial cada vez que miraba a aquella chica.

–  Solo lo hace porque se siente culpable, se siente responsable del accidente a pesar de que no sabemos a por quién iban. – Le confesó Mía suspirando con resignación. – Siento contarte todo esto, Rosario, pero necesitaba hablar con alguien o me iba a volver loca.

–  No tienes de qué disculparte y recuerda que yo también vivo en esta casa y, aunque respete lo que todos hacen, no se me escapa una. – Le dijo Rosario bromeando al mismo tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.

Mía cayó en la cuenta que Rosario era la asistenta y quien se ocupaba del orden y la limpieza de aquella casa, por lo que debía estar al tanto de que ella dormía en la habitación de Juan.

–  Creo que me estoy metiendo en la boca del lobo y me va a comer. – Pensó Mía en voz alta. – Pero tampoco tengo voluntad para salir corriendo.

–  No es tan fiero el león como lo pintan. – Le dijo Rosario con una tierna sonrisa en los labios. – Juan está en su despacho, estoy segura de que se alegrará si le haces una visita.

–  No sé si es buena idea, no me ha hablado desde que hemos salido de casa de mis padres. – Confesó Mía con temor a ser rechazada.

–  Hazme caso, cielo. – Le susurró Rosario. – Esta noche Juan ha dado la cara por ti frente a tu padre, que es ni más ni menos que el comandante de la región, no habría hecho algo así de no ser porque desea que te quedes aquí y, antes de que pienses lo que no es, te diré que Juan nunca antes había traído a casa a ninguna mujer, con excepción de su madre y su hermana Noelia.

–  Si vuelvo sola a la cocina, necesitaré algo más fuerte que una cerveza. – Le dijo Mía levantándose del taburete. Antes de salir de la cocina, se volvió hacia a Rosario y le dijo: – Deséame suerte, me temo que la voy a necesitar.

–  Suerte cielo, pero no la necesitas. – Le deseó Rosario alegremente.

Mía se dirigió al despacho de Juan y dudó al ver la puerta cerrada, pero finalmente se armó de valor, dio un par de golpes suaves en la puerta y esperó a que Juan le diera permiso para entrar:

–  Pasa, Vladimir. – Dijo Juan tras la puerta.

Mía abrió la puerta del despacho y, asomando la cabeza, le dijo con voz dulce:

–  Soy Mía, ¿puedo pasar?

–  Claro, pasa. – Le respondió Juan sorprendido de verla allí. – ¿Te ocurre algo? Si tienes hambre Rosario puede hacerte lo que quieras…

–  Lo siento. – Le interrumpió Mía. – Me has ofrecido tu casa, cuidas de mí, te enfrentas a mi padre por mi culpa y yo ni siquiera soy capaz de darte las gracias.

–  No busco agradecimiento, Mía. – Le aseguró Juan, ligeramente molesto.

–  ¿Y qué es lo que buscas? – Quiso saber Mía.

–  No busco nada, tan solo pretendo mantenerte a salvo hasta que todo esto termine.

–  Haces esto porque te sientes culpable. – Entendió Mía. Se levantó de la silla y añadió: – Estoy cansada, me voy a dormir.

Mía salió del despacho de Juan y se dirigió a la habitación sin pasar por la cocina para evitar encontrarse con Rosario y que la viera llorando.

En la intimidad de la habitación, Mía se puso el pijama y se metió en la cama, esperando que Juan regresara y se metiera con ella en la cama, pero Mía se durmió de madrugada y Juan no apareció.

About Rakel Relatos

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!