Mía se quedó toda la semana en casa de Juan. Vladimir la llevaba todas las mañanas al trabajo y Juan la acompañaba antes de dirigirse a su oficina. Tal y cómo Juan le había prometido al comandante Swan, puso a dos hombres de seguridad en la redacción y le ordenó a Vladimir que tuviera contacto con ellos cada hora y le tuviera informado.

El comandante Swan se marchó de nuevo para regresar con su esposa y seguir con sus vacaciones un par de días después de llegar, tras asegurarse de que Juan Cortés cumplía con su promesa y mantenía vigilada y segura a su hija pequeña. La madre de Mía y su hermana Karen la llamaban todos los días para ponerse al corriente y ambos advirtieron en su voz que Mía se estaba enamorando y que aquel hombre que cuidaba de ella lo hacía por algo más que por ser su profesión. Pero Mía no quería hablar del tema, sabía que aquella era una relación temporal que pronto acabaría. Por su parte, Juan vivía feliz con Mía a su lado. Todo el que estaba a su alrededor los últimos días había notado como el humor de Juan mejoraba día tras día. Nunca antes había sentido por nadie lo que estaba sintiendo por Mía, pero ella había dado a entender en un par de ocasiones que su relación se basaba únicamente en el sexo y prefería darle un poco de tiempo y no presionarla, quería hacer las cosas bien con Mía, no quería arriesgarse a perderla.

El viernes por la tarde, cuando Juan pasó por la redacción para recoger a Mía, supo que estaba de mal humor en cuanto la vio. Entró en su despacho y allí estaba ella discutiendo con alguien por teléfono pero, en cuanto advirtió su presencia, se apresuró a despedirse de su interlocutor y colgó.

–  ¿Va todo bien? – Preguntó Juan con prudencia.

–  No, nada va bien. – Protestó Mía molesta.

Juan se sentó frente a ella y, tras mirarla a los ojos, le dijo con firmeza:

–  Cuéntame qué te pasa.

–  He discutido con mi padre. – Confesó Mía. – Le he dicho que pienso volver a casa y se ha puesto furioso, quiere que me traslade a la base.

–  Creía que te sentías cómoda en mi casa, no sabía que te quisieras marchar. – Le dijo Juan molesto.

–  Aunque me sienta muy a gusto en tu casa, tendré que volver a la mía, ¿no crees? – Le replicó Mía molesta porque empezaba a sentir que si no se alejaba de Juan cuanto antes acabaría llorando por él, pero tampoco tenía la voluntad suficiente para alejarlo. Mía vio el gesto de disgusto en el rostro de Juan y se sintió culpable. – Lo siento, estoy pagando contigo mi mal humor.

–  Mía, no puedo dejar que regreses a tu casa, si te pasara algo no me lo perdonaría. – Le empezó a decir Juan. – ¿No quieres seguir en mi casa?

–  No es eso, no quiero molestarte y…

–  No eres ninguna molestia. – La interrumpió Juan empezando a perder la paciencia. Se levantó y se pasó la mano por la cabeza con nerviosismo. No podía dejar que Mía se marchara de su casa tan pronto, estaba seguro que si se marchaba de su casa también lo haría de su vida y no estaba dispuesto a permitirlo, al menos no tan pronto. – Si quieres quedarte en mi casa, hablaré con tu padre y lo solucionaré, ¿estás de acuerdo?

–  Juan, no quiero complicarte la vida…

–  ¡Solucionado! – Sentenció Juan. – Mañana hablaré con él.

–  Juan, hay algo más. – Le confesó Mía con cara de no haber roto un plato en su vida. – Cuando le he dicho a mi padre que no pensaba ir a la base me ha ordenado ir a cenar a casa, quiere que tú también vengas conmigo.

–  Cena en casa del comandante Swan, suena interesante. – Bromeó Juan.

–  Juan, no quiero darte más problemas, ya has hecho bastante por mí.

–  En todo caso, los problemas te los estoy dando yo. – Le recordó Juan. Se levantó y se acercó a Mía para estrecharla entre sus brazos y le susurró: – Vamos a casa, nos cambiamos de ropa y vamos a cenar con tus padres, ya verás como todo sale bien, Pitu.

–  Sigo sin entender por qué quieres meterte en la boca del lobo, pero me alegro de que estés aquí. – Le confesó Mía.

Ambos se marcharon a casa y esta vez Mía fue directamente a la habitación de Juan tras saludar a Rosario brevemente al pasar por la cocina. Mía estaba nerviosa. A Juan le extrañó la prisa que tenía Mía y decidió hacer lo mismo: saludó rápidamente a Rosario al pasar por la cocina y la siguió escaleras arriba hasta llegar a su habitación.

–  Mía, ¿va todo bien? – Le preguntó Juan al entrar en la habitación y escucharla trastear en el baño.

Mía salió del baño envuelta en una diminuta toalla que dejaba ver más de lo que escondía y, con una sonrisa traviesa en los labios, le dijo divertida:

–  Será mejor que cierres esa puerta si no quieres escandalizar al personal de tu casa.

Juan cerró la puerta de la habitación sin retirar la mirada del cuerpo de Mía y ella, consciente de cómo la miraba, dejó caer la toalla al suelo mostrando su desnudez. Juan, sin apartar los ojos de Mía, respiró profundamente y se acercó a ella despacio, deleitándose con la hermosa vista que ella le ofrecía.

–  Creía que estabas de mal humor. – Tanteó el terreno Juan mientras se acercaba a ella y le acariciaba los hombros descendiendo hasta llegar a sus manos.

–  Estoy de mal humor, por eso trato de calmarme.

Juan vaciló un instante, no le gustaba que pensara en él como en un objeto sexual, pero tampoco le quedaba voluntad para rechazar semejante propuesta. La cogió en brazos y le devoró la boca salvajemente mientras ella le desnudaba con urgencia. Mía no quería hacer el amor, quería sexo. Sabía que Juan se lo podía dar y no se equivocó. Juan entendió perfectamente qué necesitaba Mía y la complació. Le habría gustado hacerle el amor, ella era dulce y delicada, pero se movía buscando más profundidad y le rogaba que fuera más rápido y más fuerte. Cuando ambos culminaron, Mía se apartó de Juan y se metió en la ducha, pero Juan la siguió, entró con ella en la ducha, la abrazó desde atrás y la besó en la sien con ternura. A pesar de que acababan de hacer el amor más apasionadamente que nunca, Juan sentía que Mía se estaba alejando y, aunque él no quería presionarla, le estaba resultando difícil fingir que nada ocurría y evitar exigirle respuestas a todas las preguntas que tenía por hacerle.

About Rakel Relatos

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!