A la mañana siguiente Mía se despertó entre los brazos de Juan que, como siempre, la observaba hechizado mientras ella dormía. Tras besarla en los labios, Juan le susurró:

–  Estaba pensando en darnos un baño juntos, ¿te apetece?

–  Mm… ¿Te has despertado juguetón? – Le preguntó Mía divertida al mismo tiempo que se estrechaba contra el cuerpo de él.

–  Siempre que te tengo cerca estoy juguetón, preciosa.

Juan la besó de nuevo y se levantó para dirigirse al baño y llenar de agua la bañera. Pocos minutos después, regresó a la habitación y cogió a Mía en brazos para llevarla consigo a la bañera.

El baño se alargó más de lo previsto y tuvieron que darse prisa en vestirse y desayunar para llegar a tiempo a casa de Karen ya que primero quería comprar algún pequeño detalle para sus sobrinas. Juan, dispuesto a complacerla en todo, le pidió a Vlamidir que les llevara al centro comercial donde compraron dos preciosas coronas con piedras de colores que seguro les encantarían a esos dos pequeños diablillos.

Una vez hechas las compras, Vladimir los llevó a casa de su hermana y aparcó en la misma puerta del portal de su edificio. Juan se despidió de Vladimir y le dijo que le llamaría para que pasara a recogerles por la tarde. Nada más bajarse del coche, Juan se tensó. Estaba nervioso por conocer a la familia de Mía, sabía lo importante que eran para ella su hermana y sus sobrinas y quería causarles una buena impresión ya que temía que con su padre las cosas no habían ido para nada bien.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Mía al ver lo callado y tenso que estaba. – Aún estás a tiempo de marcharte si no quieres subir a casa de mi hermana.

–  Estoy donde quiero estar. – Sentenció Juan haciendo acopio de todo su valor.

Atravesaron el portal y entraron en el ascensor cargados con las dos coronas, una botella de vino tinto de reserva y una exquisita tarta para el postre que Juan se había empeñado en comprar pese a que Mía le había dicho y había insistido en que no era necesario.

Karen abrió la puerta de su piso justo en el momento en el que Juan y Mía salían del ascensor, corrió hacia a su hermana y la abrazó al mismo tiempo que le dijo:

–  Pitu, ¡no me habías dicho que tenías una brecha en la frente!

–  Karen, estoy bien. – Le aseguró Mía. Se volvió hacia a Juan e hizo las presentaciones oportunas: – Mi hermana Karen, Juan Cortés.

–  Encantado de conocerte, Karen. – La saludó Juan educadamente. – Hemos traído vino y una tarta para el postre.

–  Muchas gracias Juan, eres muy amable. – Le agradeció Karen cogiendo lo que Juan le entregaba. Les hizo un gesto para que entraran y añadió: – Voy a la cocina a dejar esto, pasad y poneos cómodos.

A Mía apenas le dio tiempo a poner un pie en el salón cuando sus sobrinas la vieron y se arrojaron a sus brazos bajo la atenta mirada de Juan, que parecía divertido y encantado con aquella situación.

–  Princesas, ¡cómo os he echado de menos! – Las saludó Mía. – Os hemos traído un regalito, ¿queréis verlo?

–  ¡Sí! – Gritaron ambas niñas al unísono.

Mía les entregó las dos coronas y las niñas gritaron de alegría para después jugar a las princesas como siempre hacían. Tom, el cuñado de Mía, se presentó y Juan le estrechó la mano y empezaron a hablar de fútbol y otros temas, por lo que Mía se fue a la cocina con su hermana.

–  Ahora entiendo por qué querías quedarte en su casa, Pitu. – Bromeó Karen. – ¿Te lo has tirado ya?

–  ¡Karen! ¿Qué clase de pregunta es esa? – Le replicó Mía fingiendo estar escandalizada.

–  ¿Desde cuándo te escandalizas tú por hablar de sexo? – Se mofó Karen. – Hay que reconocer que el chico es un verdadero bombón y parece que le gustas. Mamá me ha dicho que papá le dijo que llegó a encararse con él y, ya sabes, nadie le lleva la contraria al comandante Swan. – Bromeó Karen.

–  Apenas hace unos días que nos conocemos, no tengo mucho más que contarte.

–  En resumen, ¡que te lo has tirado! – Dedujo Karen.

Las dos hermanas cuchichearon en la cocina hasta que fueron interrumpidas por Iris y Aina, las dos hijas gemelas de Karen. Tom y Juan también entraron en la cocina y Karen les pidió a Juan y Mía que se sentaran en el salón mientras ella y su marido terminaban de preparar la comida. Mía disfrutaba viendo a sus sobrinas jugar con Juan y viendo como él también se divertía.

Un rato después, Karen y Tom sirvieron la comida y los cuatro adultos comieron y charlaron mientras las dos pequeñas dormían la siesta.

Antes de que se marcharan, Karen les hizo prometer que regresarían otro día a comer o a cenar y ambos se lo prometieron. Se despidieron y entraron en el Hummer de Vladimir que les llevó de regreso a casa de Juan, que estaba ansioso por quedarse a solas con Mía ya que no podía contener por mucho tiempo más las ganas de que tenía de besarla. Pero a Mía se le antojó un vaso de agua y en la cocina se encontró con Rosario, a quien saludó y con quien se quedó un rato hablando hasta que Juan, cansado de esperar, fue en su busca y le dijo al entrar en la cocina:

–  Mía, me gustaría hablar contigo un minuto, ¿puedes venir a mi despacho?

A Mía le sorprendió el tono de voz de Juan, pero tampoco supo descifrar si estaba molesto, enfadado o si estaba preocupado.

–  ¿Ocurre algo? – Le preguntó Mía al entrar en el despacho de Juan y tras cerrar la puerta.

–  Me estás volviendo loco, Mía. – Le dijo Juan con la voz ronca.

–  Y, ¿eso es bueno o malo?

Juan la besó en los labios apasionadamente a modo de respuesta, la cogió en brazos y la sentó sobre la mesa de su despacho al mismo tiempo que le susurró excitado:

–  Pitu, desde que hemos salido por la puerta esta mañana deseo hacerte el amor y pensaba hacerlo nada más llegar a casa, pero has preferido quedarte en la cocina charlando con Rosario.

–  ¿Celoso de Rosario? – Bromeó Mía incitándolo con sus caricias.

–  No soy celoso, a menos que tenga motivos para estarlo.

Juan desnudó a Mía y la tumbó sobre la mesa donde, después de acariciar y besar todo su cuerpo, le hizo el amor hasta que ambos alcanzaron el clímax. Una vez lograron respirar con normalidad, Juan se vistió y la ayudó a vestirse. Cuando ambos estuvieron vestidos, Juan le preguntó:

–  ¿Todo bien?

–  Todo perfecto. – Respondió Mía.

Mía sabía que aquella relación terminaría en cuanto todo se arreglara y ella regresara a su casa, pero estaba dispuesta a disfrutarlo mientras durara.

About Rakel Relatos

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!