Mía no podía creerse que Juan hubiera ido a comprar comida china, pero lo agradeció enormemente porque estaba hambrienta. Juan disfrutó viéndola comer con tanto gusto y cuando terminó, lo recogió todo y le pidió a una de las enfermeras que se lo llevara todo.

De nuevo a solas, Juan insistió en sus planes para el día siguiente, no quería que Mía cambiara de opinión a última hora:

–  Si todo está bien, que lo va a estar, mañana te darán el alta. – Empezó a decir Juan. – Lo más práctico es que te mudes a mi casa hasta que todo esto se aclare. Te llevaré a la redacción y te iré a recoger, dejaré a un par de hombres en la redacción por precaución.

–  Sigo pensando que todo esto es demasiado y…

–  Y yo creía que ya lo habíamos hablado. – La interrumpió Juan. – Mía, deja que me ocupe de esto a mi manera. No quiero que te ocurra nada.

Si los labios de Juan hubieran estado más cerca, Mía los hubiera besado. Pero en su lugar decidió tomar aire y respirar profundamente, sabía que Juan estaba preocupado y además se sentía culpable.

–  De acuerdo, lo haremos a tu manera. – Se resignó Mía.

A la mañana siguiente, Juan se despertó antes que ella y aprovechó para darse una ducha y cambiarse de ropa mientras la dejaba dormir un rato más. Cuando regresó a la habitación, Mía seguía dormida y se sentó junto a ella para contemplarla antes de que se despertara.

Mía abrió los ojos y lo primero que vio fue la sonrisa de Juan, que la observaba sentado a los pies de la cama.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó Juan sonriendo.

–  Buenos días. – Respondió Mía de buen humor. – Necesito darme una ducha, Natalia me trajo algo de ropa ayer y quiero quitarme este camisón horrible. – Añadió levantándose de la cama y señalando su atuendo con disgusto.

Juan la miró de arriba a abajo con verdadera lujuria, verla con aquel fino camisón blanco que le llegaba hasta las rodillas y marcaba sus pezones había causado que su entrepierna aumentara de tamaño.

–  A mí me parece que estás preciosa y muy sexy. – Opinó Juan sonriendo pícaramente.

Mía se ruborizó al entender lo que Juan quería decir y, sin dar más explicaciones, cogió la bolsa de ropa que Natalia le había traído y se metió en el cuarto de baño.

Media hora después, Mía salió del baño y se encontró a Juan esperándola para desayunar. Sobre una bandeja había café, zumo, tostadas y galletas.

–  Hora de desayunar. – Anunció Juan. – Dentro de un rato vendrá mi madre con los resultados finales de las pruebas y, si todo va bien, también con el alta médica.

Tras desayunar junto a Juan, Alison y su marido Andrés entraron en la habitación y, tras sonreírse al ver cómo su hijo mayor miraba a aquella joven, Alison dijo:

–  Tenemos buenas noticias, todas las pruebas son normales, pero en las siguientes cuarenta y ocho horas debes permanecer acompañada por si surge alguna complicación. – Miró a Mía con dulzura y añadió: – Es muy importante que durante el día de hoy y mañana no estés sola en ningún momento por si vuelves a desmayarte. Tan solo es una medida de precaución, ya te hemos dicho que las pruebas han salido bien, pero los golpes en la cabeza a veces se pueden complicar más de lo que parece.

–  No te preocupes por eso, mamá. – Le dijo Juan. – He logrado convencer a esta cabezota y se quedará en mi casa mientras se soluciona todo lo que ha pasado. No la dejaré sola ni un minuto en todo el fin de semana.

–  Si notas alguna anomalía, no dudes en regresar, ¿de acuerdo? – Le dijo Andrés.

–  Lo haré, gracias. – Respondió Mía un poco incómoda por la situación y porque Juan le hubiera dicho a sus padres que se iba a trasladar a su casa.

Tras recoger sus cosas, Juan y Mía se dirigieron a casa de Mía en un Hummer conducido por Vladimir Slavlov, el escolta personal de Juan y su mano derecha en la empresa, además de un buen amigo. A Mía le asustó un poco la pinta de Vladimir, era uno de esos tipos grandes y fuertes que imponían, con los ojos de un color gris turbio impenetrables y demasiado serio y callado para el gusto de Mía. Más que seguridad, Vladimir le daba miedo y Juan se lo notó, por lo que se acercó a ella y le susurró al oído:

–  Vladimir es de mi máxima confianza, no tienes nada que temer.

–  No me negarás que asusta. – Susurró Mía para que el mencionado no se enterara.

Juan sonrió ante la expresión de Mía y tuvo ganas de besarla. Observó sus labios durante un par de segundos pero no se atrevió a hacerlo, debía darle algo de tiempo si no quería espantarla. Juan acompañó a Mía a su piso y le ayudó a preparar una pequeña maleta mientras Vladimir les esperaba en la calle frente al portal del edificio de Mía junto al coche. Juan reparó en aquel pequeño piso de tres habitaciones y dos baños que, a pesar de estar situado en un barrio obrero, era mucho más grande y bonito de lo que él se esperaba al ver la fachada del edificio. Juan cargó con la maleta hasta llegar al portal donde Vladimir se la quitó de las manos para guardarla en el maletero mientras ellos dos se subían en los asientos traseros del coche. Vladimir arrancó el motor del Hummer y condujo hasta llegar al barrio de clase alta de la ciudad donde se adentró en un parquin de uno de los lujosos edificios de apartamentos.

A Mía le llamaba la atención que Vladimir estuviera tan callado, le recordaba a uno de esos hombres que trabajaban para su padre, que era comandante del ejército de tierra. Mía cayó en la cuenta de que no había avisado a su familia y, aunque sus padres estaban fuera de la región de visita en casa de sus tíos, Mía decidió llamar a su hermana para resumir brevemente la situación y que no se preocupara si la llamaba o se presentaba en casa sin avisar como solía hacer.

Llamar a su hermana fue lo primero que hizo al entrar en el enorme salón del ático dúplex de Juan y aquella llamada duró más de media hora.

Mientras tanto, Juan se ocupó de dar las órdenes pertinentes a Vladimir respecto a la seguridad de la casa y también informó a Rosario, una mujer de cincuenta y ocho años que trabajaba como asistenta interna en el apartamento de Juan, al que conocía desde que era un bebé y del que fue su niñera. A Rosario le extrañó la presencia de aquella joven en casa de Juan, pues él se cuidaba mucho de que sus amantes supieran dónde vivía pero, al ver cómo él la miraba, supo que no se trataba de una simple amante, aunque prefirió guardarse sus pensamientos para ella misma.

About Rakel Relatos

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!