Abandonó sus anhelos dejando tras de sí

un rastro de indecisos pétalos

que su sombra pisoteó a conciencia.

La seguí a través del bosque,

oculto en la indiferencia que orientaba a su ser.

Caminaba como una hoja movida por el viento,

enredándose en cada rama;

telarañas de madera muerta que arañaban sus prendas.

Libó savia de cada árbol herido

a cambio de gotas de su propia sangre,

óbolo carmesí como peaje.

A cada paso hacia las profundidades

fue perdiendo color;

su tez fue siendo como la cáscara de una semilla

a punto de romperse y germinar en arterias.

Llegó al claro central del boscaje,

donde el lago se transformaba en luna cada noche,

y dejó caer los jirones de la vaporosa tela

que envolvían su piel cuarteada

como un viejo manuscrito

que crujió al caminar entre los juncos.

Sumergió el cuerpo en el agua

con el mismo cuidado y cariño

que Arquímedes la corona de oro.

Agazapado en la orilla

la sorpresa delató mi presencia,

pero yo ya no era importante

para el sosiego de su mirada,

nada parecía ser importante más allá de su cuerpo,

y si me vio, no le importó.




Salió del agua y ahora era traslúcida;

cristal de lunares y venas a punto de estallar.

Dejé escapar un mudo gemido

cuando de sus pies crecieron las falanges

profundas hacia la tierra

como raíces ávidas por encontrar alimento.

Un espasmo azotó su cuerpo

y los compulsivos movimientos de sus brazos

me recordaron al arte del baile flamenco

antes de quedar estáticos, desencajados y tétricos.

Ocurrió en silencio,

ningún grito espantó a ninguna ave

en aquella calma inquietante.

Ante mis ojos ella se transformó

en un leñoso y gigantesco sauce.

Al acercarme pude distinguir, aún, en el tronco

sus ojos mirándome hasta hacerse nudos,

y su sonrisa se perdió fugaz en los pliegues

de la suave corteza que ahora era su tacto.

Fue una metamorfosis a modo de escapismo.

Se marchó para siempre sin haberse ido,

como Eurídice ante los ojos de Orfeo.

Osado, grabé mi nombre donde estuvo su vientre,

esperando, sin ilusión, que así fuese mía tal vez para siempre,

como hacen los enamorados en los árboles del parque.

Pero ella nunca fue de nadie, mucho menos mía,

tan siquiera de sí misma.

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