Página de escritores

Relatos,poesías,poemas y literatura

Libre

 

LIBRE

Aquella ave volaba libre en el aire, sobrevolaba los cielos, enloquecía con los paisajes, se posaba si se cansaba, vivía libre, sin más.

Héctor la observaba a través de la gran cristalera instalada en la pared norte de su despacho. No estaba teniendo un buen día y, al contemplar aquella ave maravillosamente libre, batiendo sus alas alrededor de los altos edificios de la cuidad, su ánimo empeoró de manera significativa.

De inmediato, hizo una llamada a su secretario. En realidad, no le gustaba llamarle así, seguía siendo un machista retrógrado que consideraba que aquel puesto debía estar ocupado por chicas monas que le alegrasen la vista. Pero tenía que reconocer que aquel muchacho era eficiente. Y, a fin de cuentas, todo el trabajo “duro” lo hacía él. Canceló todas las reuniones que tenía marcadas en la agenda, sin dar ninguna explicación. El joven muchacho tampoco se la pidió. Al fin y al cabo, él cumplía con su trabajo y si el jefe decía que se cancelaba todo, se cancelaba, y punto.

Rubén, el secretario, cumplió a rajatabla con la orden transmitida por su jefe. Orden que, por supuesto, jamás iría acompañada de un sencillo “por favor”. Suspiró de manera prolongada. Lo que parecía que iba a ser una mañana tranquila, ahora se le iba a convertir en un auténtico suplicio, al menos para él. Su jefe tenía programadas alrededor quince reuniones en su agenda para aquel día, lo que suponía llamar a los quince personajes en cuestión y ofrecer una disculpa plausible por tan repentina cancelación.

Estaba harto de aquel trabajo. Tenía un jefe tirano, estaba mal pagado y siempre terminaba haciendo horas de más, ya que las reuniones siempre se solían alargar más de lo que estaba previsto y él tenía que estar allí por si necesitaban algo. La mayor parte de ese tiempo lo empleaba en dar clases de inglés, utilizando, por supuesto, el ordenador de la empresa.

Dentro del despacho, Héctor se aflojó el nudo de la corbata y se derrumbó sobre su cómodo sillón de dictador, abatido, mientras continuaba contemplando el libre vuelo de aquella ave.

Lo que en realidad quería Héctor era liberar sus ataduras, impuestas por la sociedad. Eso le gustaría más que echarle la bronca a Rubén, solo por el mero hecho de que necesitaba sentirse superior. Para ello era el jefe. Y precisaba de reafirmar su condición de superioridad, otra más de las ataduras a las que se encontraba amarrado, pasando por alto los sentimientos de cualquier persona que se interpusiera en su camino.

Pero él no quería eso. Quería no pagar más la hipoteca, que se la quedase el del banco, que para eso firmó. Quería que no le pasasen más recibos, que le cortaran el wifi si fuera preciso, solo quería libertad. No quería ni preocuparse por si subía el precio del pan. Cuando menos de todos aquellos absurdos temas que trataba en la oficina. Si al menos hubiese sido suyo el negocio, si hubiese llegado a cumplir su sueño. Pero no había sido así, y era tan solo un asalariado más, con un sueldo más que decente, es verdad, pero susceptible de caer de la cima en el momento más inesperado.

Quería lanzar el despertador contra la primera pared que se interpusiera en su camino, no tener que pensar en aquel absurdo trabajo que le estaba quitando la vida. Ya le había quitado el amor, un matrimonio minado por el exceso de estrés por una parte y la desconfianza de la otra. Y una hija que solo podía ver dos fines de semana al mes y una tarde a la semana.

Aquella ave insolente parecía no querer marcharse de allí. Pareciera que le estuviese viendo a través de los ventanales y le restregase su libertad por la cara, mientras daba vueltas frente a su imponente despacho. Héctor abrió la ventana para intentar espantar a esa ave traicionera, que se alejase de allí. Pero seguía volando, porque era lo que quería hacer, volar, volar y volar, y que todos contemplasen la belleza de su vuelo, de su libertad.

Héctor desvío la mirada hacia abajo, hacia la gran avenida cargada de tráfico y de una multitud de transeúntes con prisa por llegar a ninguna parte o, lo que es peor, por llegar a algún lugar donde no quieran estar para poder aparentar que son lo que no son. Como le ocurría a él. El ruido del tráfico era ensordecedor aquel lunes aciago. Hasta su despacho, situado en el piso veintidós de un conocido edificio de oficinas, llegaba con claridad el eco de las sirenas, que transportaban muerte a velocidad de vértigo. Los motores de los coches, rugiendo ansiosos por salir disparados de aquel semáforo en rojo. El bullicio de la gente que hablaba demasiado alto para lograrse escuchar entre todo aquel maremagno de ruidos ajenos, sin darse cuenta de que el otro apenas se había molestado en escucharle.

Y aquella ave. Que seguía allí, como si hubiese quedado atrapada en un vórtice mortal, sin lograr escapar. Pero con la diferencia de que lo hacía con libertad. Esa libertad tan ansiada por él. Imaginó lo bonito que sería poder volar así. No lo pensó demasiado, hay algunas decisiones que se deben tomar en caliente. Si no, no arriesgarías jamás. Y, con un gran suspiro, dejó volcar el peso de su cuerpo a través de la amplia ventana de su despacho. Volaba, por fin había conseguido volar. Respiraba profundamente el aire que le entraba a raudales durante su vertiginosa caída desde el piso veintidós.

El revuelo que se provocó en la calle fue tremendo. Un pequeño caos dentro del enorme caos que ya era de por sí. Rubén no se percató de nada hasta pasadas dos horas cuando, a la hora de la comida, entró al despacho de su jefe para preguntarle, como hacía cada día, si necesitaba algo más. Ni siquiera se había preocupado por saber de él, a sabiendas de que llevaba más de dos horas allí encerrado, sin salir ni tan siquiera al baño. En lo único que había pensado era en que no le molestase demasiado.

Al entrar en el despacho y encontrárselo vacío, Rubén sintió cómo algo daba un vuelco en su interior. No era posible. De allí no había salido, de eso estaba seguro. Cuando al fin se percató del gran ventanal abierto, fue corriendo a asomarse. Del caos anterior solo quedaba algún vestigio, una figura pintada con tiza sobre la acera. Poco más. Una ave revoloteaba inquieta cerca de él. Su jefe había volado, en el sentido más literal de la palabra. Abandonó el despacho en silencio, sin poder evitar una pequeña sonrisa nerviosa. Quizá, ahora, él podría ocupar su lugar en el gran despacho de la tiranía.

About Ana Centellas

Soy Ana profesional de los números,apasionada del mundo de la letras,iniciando mi aventura literaria, aprendiendo un poquito más cada día y compartiendo mi sueño con una familia genial.

5 Comentarios

  1. Genial relato Ana!!! Ir a contracorriente de lo que realmente se quiere al final acaba pasando factura, en este caso de una forma trágica…Besazos todos guapísima!!!

  2. Hermoso. Está muy lindo!!

  3. Me ha resultado angustioso y me ha gustado el momento en el que se ha dado cuenta de lo que quería.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

Deja tu comentario, así nos haces grande

A %d blogueros les gusta esto:
Copyright-protected by Digital Media Rights