LA TORMENTA DE VERANO

Asomado a la ventana, resguardado por ella, contemplo el cielo, sentado en mi sillón favorito. Es un cielo tormentoso de principios de verano. Las tonalidades rojas del ocaso, allá en la lejanía, se entremezclan con las nubes negras que tengo frente a mí. La tormenta, de manera amenazante en el medio, parece querer separar ambas coloraciones del cielo, imponer cielo de por medio, como cuando te alejaste de mí.

Me sorprendo teniendo estos pensamientos, no comprendo por qué, a estar alturas de la vida, me vuelvo a acordar de ti. Hacía tanto tiempo que no pensaba en ti… Mi pequeño perrito viene volando sobre el suelo del salón a guarecerse entre mis piernas al sonido del primer trueno. “Pobrecito”, pienso, “tal vez si hubieses podido contemplar el relámpago que lo ha precedido, hubieras estado preparado para el impacto del trueno en tus delicados oídos”. Al igual que yo, si hubiese podido vislumbrar algún atisbo de tu marcha, hubiera podido prepararme para la misma.

Pero no, no me mandaste ni la más mínima señal, o al menos alguna que yo hubiera sabido interpretar. Ahora pienso que a lo mejor, solo a lo mejor, pudiste haber estado enviándome señales durante meses y yo pudiera no haberlas visto, no haberlas entendido. Hay que ver, me encuentro pensando en esto precisamente hoy, cuarenta años después, y aún no sé a qué se debe.

Quizá porque hace cuarenta años fue una tarde tormentosa de verano cuando me pediste tiempo y te marchaste para no volver. Ni preocupé tan siquiera, estaba absorto en la hermosa tormenta de verano. Me limité a esperarte, porque en mi pequeño mundo todo estaba bien, no había problemas entre nosotros.

Otro relámpago ilumina el cielo, esta parte cubierta de nubes negras donde me encuentro. Cobijo a mi perrito entre los brazos, está temblando de pánico. Intento apaciguarle. Y, mientras observo el cielo, continúo con mis pensamientos. Ahora me doy cuenta de que esperándote y esperándote, llegó un momento en que dejé de pensar en ti. Solo sabía que volverías. Por eso me resulta tan curioso que, justo hoy, cuarenta años después, te recuerde. Y recuerde que debías volver y nunca lo hiciste. Y recuerde que siempre he estado aquí, esperándote.

Decido, casi sin querer, pero casi por instinto, que debo llamarte, saber de ti. Que ya es hora. Ha pasado suficiente tiempo. Abandono mi cómoda posición tras la ventana, seguido por mi fiel amigo que no quiere separarse ni un milímetro de mí, y agarro con rabia el teléfono móvil. Entonces me doy cuenta de que cuando te fuiste aún no existían los teléfonos móviles, ¡y sobrevivíamos! Pero la cuestión es que yo no tenía tu número, solo un número fijo que no me garantizaba que te fuese a encontrar.




He de reconocer que tuve un instante de pánico. Cuarenta años después y, justo ahora, me da  miedo no volverte a ver. ¡Hay que ver lo que es la vida! Estoy comenzando a marcar los primeros números, cuando suena el timbre de mi puerta. Dejo el móvil con desgana y camino hacia allí, siempre seguido de mi pequeño animalito. Al abrir la puerta, casi se me para el corazón. No me lo puedo creer. Por completo empapada, ahí estás, eres tú, has vuelto a mí. Jamás imaginé que cuando me pediste tiempo fueses a necesitar tanto. Pero has regresado a mí.

Nos abrazamos como si no hubiese pasado el tiempo, y nos encaminamos al interior de mi casa. De esta manera, fuimos a contemplar la tormenta a través de los sucios cristales de mi salón. La tormenta continuaba, el color rojizo del horizonte se mantenía allí, nada había cambiado. Nada, excepto que tú estabas a mi lado. Nos miramos unos segundos y, por fin, nos dimos el beso que nunca llegamos a darnos aquel último día de tormenta de verano.

¿Y es que,  quién sabe lo que puede llegar a pasar durante una tormenta de verano?

 

About Ana Centellas

Soy Ana profesional de los números,apasionada del mundo de la letras,iniciando mi aventura literaria, aprendiendo un poquito más cada día y compartiendo mi sueño con una familia genial.