La Densidad Mítica

La Densidad Mítica

 

Otra vez Platón

En forma fragmentaria me he referido varias veces a la sesgada interpretación de la obra de  Platón, que se fuera  gestando en los siglos que siguieron a su muerte.  No es un hecho inocuo, ya que de él  surge la civilización helenista, adoptada por Roma y que fuera a posteriori  la base del Cristianismo. De modo inverso, si lográramos acercarnos al contenido original del autor, se estarían cuestionando las bases de esta civilización; encontraríamos cosmovisiones alternativas a la imperante, que de algún modo nos conduce una y otra vez a callejones sin salida.

Dicho equívoco actúa a la manera de una lente deformante de la que surgiría la sesgada cosmovisión del occidental: un mundo trascendente enfrentado polo a polo con un mundo inmanente. Un dualismo irreconciliable. Hay quienes incluyen este enfoque dentro de una tradición primordial que se remontaría a los orígenes de la humanidad, pero esto no es así, ya que antes de esa época donde se impuso en el mundo conocido la moda del helenismo, estos conceptos no existían.

Las obras de Platón  describen un mundo donde la vida con sus tensiones, era la base de la realidad, como en el ritual casi orgiástico que da origen a  “El Banquete”. Aquí señalaré otro aspecto de la concepción platónica que apunta a una exaltación de la vida y que aleja el pensamiento del filósofo de un dualismo constitutivo, que llevaría a enfrentar el Topos Uranos con el mundo d e las apariencias; a separar el  alma del cuerpo en el ser humano.

Me referiré a la forma en la que el filósofo  expone  sus obras. La mayor parte de los diálogos muestran la misma estructura: un desarrollo racional que desemboca en una dimensión mítica. En la misma, el discurso racional que se transforma en relato, está expresando la misma realidad, pero la forma de abordarla hace que cambie por completo no sólo la percepción, sino la concepción  de esa realidad.

En los textos platónicos, el péndulo que va desde el discurso racional hacia el mito, hace que ideas que puedan parecer claras y distintas, se disuelvan en el caos. El paso final es que las mismas emerjan transmutadas en la mente del lector o del oyente. El mito, como relato, apunta al cuerpo, a la imaginación, al área de lo sensible. Crea una estructura que vincula el mundo preciso expuesto por el discurso racional con los límites de dicho mundo para los cuales el relato fantástico es el medio idóneo de acercamiento. Aclaremos: el recurso no es un invento platónico. Es la función que siempre han tenido los mitos.

Es de noche, y en la comunidad, los aborígenes se reúnen junto a una fogata. El más anciano cuenta historias. La mayoría de ellas se refieren a situaciones de la vida cotidiana; a circunstancias relacionadas con la vivienda, la obtención de comida; las relaciones entre los miembros. De pronto, el hablante cambia de tono. Un silencio súbito recorre la concurrencia y el anciano comienza con la narración de un mito. Todos escuchan con atención; al hacerlo, están participando de las costuras de la realidad; ingresan en el tiempo sin tiempo; el tiempo del sueño, como dirían los australianos. Ese mismo mito que ahora escuchan, lo reproducirán en forma de danzas y de gestos rituales en las celebraciones periódicas. Pero el solo hecho de escucharlo, hace que de pronto el tiempo, la circunstancia cambien de cualidad. Los límites del mundo afloran y se muestran. Niños, jóvenes, adultos o ancianos, se posternan en su interior para acceder a esa realidad diferente que les aporta el mensaje mítico. 

Platón sabía que el discurso racional debía ser lubricado por el mito. Es en el mismo donde los elementos vagos, sutiles; las nociones se transforman en materia capaz de impresionar el aparato sensible y transformar el soma. El mito  es el pensamiento del cuerpo y no implica la simple actividad cerebral. Pone en juego varias formas de intuición que culminan en esa área que excede la conciencia, que se abre al vacío, al silencio. Como decía Elio Theon: “Todo mito es la expresión falsa de algo profundamente verdadero”. Con esta antítesis, señala la imposibilidad de encerrarlo  en un sentido literal. Cuando se produce esto, se comete una forma de miticidio, que es lo que se hizo con Platón al llevar al plano del dogma mitos como los narrados en el Fedón o el Timeo. Se le quita al relato el carácter de fantástico; se cercena la multivocidad encerrada en su naturaleza y pasa a ser otra cosa.

En otros sitios interpretaré algunos de estos  mitos platónicos que luego servirían de base a la cosmovisión cristiana, como los expuestos en el Fedón y el Timeo, a fin de establecer las interpretaciones alternativas. El problema surge cuando el mito se fosiliza, cuando se transforma en doctrina. La polisemia se convierte en una pobre univocidad y la intuición integral que promueve, y a la que llamo Trimúndica, se transforma en una simple percepción de tipo intelectual.

La sesgada lectura de Platón se dirige a dos amplias vías de interpretación, cada una de ellas con cantidad de  matices.

La vía tecnofrénica, es decir aquella que ubica a los pensadores griegos sólo como precursores del pensamiento científico. En este enfoque la conciencia mítica, lejos de ser la forma propiamente humana de abordar la realidad, estaría equiparada a la “infancia de la humanidad” y el salir de ella e incorporarse a una cosmovisión científica debería ser celebrado como un signo de madurez

La vía deliriofrénica, es decir aquella que siguió el helenismo y luego el Cristianismo, estableciendo en el contenido platónico una separación de elementos, ya sea el mundo trascendente contra el inmanente, como el alma contra el cuerpo.  Esto culminaría el exilio de Psyché, es decir el alma, el aliento, que se marcha de la sangre para pasar a los pulmones y convertirse tan sólo en un débil aire que se expele con el último suspiro. Es este enfoque el que sirve de base a La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona. En la misma, la constante tensión hacia un supuesto orden sagrado, hace que la vida disminuya, se convierta en un molesto paréntesis en el viaje del hombre hacia una pretendida eternidad.

Hay mitos básicos, arquetípicos, fundacionales, pero toda elaboración mítica aún de naturaleza individual y en tanto respete unos pocos principios básicos, deriva por un mapa previamente trazado y que es constitutivo de nuestra realidad más profunda. Esto hace que todo mito que se elabore contenga al menos el germen de una potencia insospechada. El mitizar forma parte de la actividad propiamente humana. (1) No sólo los cuentos infantiles sino los que inventa el niño desde los inicios de su vida, contienen esa fuerza que luego se va perdiendo por imperio de la cultura.

Cabe aclarar, en este vuelo de pájaro en torno al mito, que no todos son positivos ni sirven a la vida. El relato fundacional de Roma, por ejemplo, encierra una muerte paradigmática(2); el gesto de Rómulo al matar a Remo, se repite hasta hoy y es el que fundamenta e inspira la civilización occidental. De este modo el mito nos lleva hasta los límites del mundo, y estos líimites pueden conducir al caos o a la realización humana. (3)

La dimensión individual del mito

Es de destacar otro aspecto de Platón: el mismo hereda el orfismo al cual pertenecía, pero le brinda una dimensión absolutamente propia. Lo re- edita por decirlo así. Introduce en la corriente iniciática quizá la principal de la antigüedad occidental, un contenido que surge en gran medida de su propia imaginación.

Esta actitud individual no descalifica el mito. En todo hombre existe esta capacidad de mitizar y la diferencia entre unos y otros es el desarrollo de la misma a través de una educación adecuada o de estímulos y situaciones que la hagan crecer. Por lo general, en una civilización donde la conciencia meramente instrumental, separada de otras motivaciones tiene prioridad, es una fuente de atrofia de esta capacidad de elaborar mitos.

Es aquí de donde surge el arte en todas sus formas, en especial el arte poético. El mismo gira en torno a un mito básico, constitutivo de la especie humana, al que es imposible trasmitir   sin aportarle la dosis de singularidad que le permita interpretar  los aspectos cambiantes del mundo. Del mismo modo, cada vida individual tiene su propia expresión mítica, y el sentido de la misma es encontrar el relato que la manifieste; el canto; la palabra cuya pronunciación revela el sentido de nuestra existencia.

En una civilización donde la conciencia mítica se ve constreñida ya sea por un cientificismo a ultranza o por una religión miticida y anti iniciática, a nivel de los grupos humanos se impone la necesidad del mito. De allí que sean muchos quienes lo busquen oscuramente, sin saber con precisión de qué se trata.

A modo de ejemplos, citaré por un lado la tendencia de las nuevas generaciones por la literatura. Algunos estudios calculan que en pocos años habrá más escritores que lectores, teniendo en cuenta todos aquellos que redactan novelas, poesía o ensayo y que los publican en las redes sociales o las plataformas de Amazon. El fenómeno no tendría mucho sentido en una sociedad tecnológica, en la que el creciente desarrollo de las comunicaciones convierte la escritura y la lectura en algo casi obsoleto. Sin embargo, cada vez son más los jóvenes y los adultos que se lanzan a escribir. La explicación está en la necesidad, oscura, instintiva, de expresar una conciencia mítica. De llegar a ese relato, a aquella expresión que de algún modo “funde” un modelo de mundo que le dé sentido a la vida individual y la salve de hundirse en el caos.

Del mismo modo, este instinto básico que en medio de una sociedad tendiente al nihilismo, lleva a grupos humanos a recuperar la conciencia mítica, podría aplicarse a movimientos como el Ocultismo, el espiritualismo del siglo XIX o la llamada New Age. A diferencia de la caracterización de autores como Guénon , la motivación profunda que lleva a los hombres a explorar otras cosmovisiones, es el mismo impulso de restaurar la conciencia mítica. Actividad que las iglesias o la ciencia no pueden efectuar por la propia impotencia constitutiva; por sus prolongados esfuerzos en   combatir con ferocidad toda forma de esoterismo.

La inquietud despertada en los años sesenta y setenta con libros como “El Retorno de los Brujos” de Jaques Bergier, el “Libro de los Condenados”, la aparición de la Revista “Planeta”, generan una tendencia que puede no ser cierta en lo que plantea, pero que busca el contenido mítico que calme la sed de absoluto y que es lo que más se pierde en la época contemporánea.

Reitero que desde el punto de vista mítico, no importan los criterios de verdad material. Es más: el mito es más verdadero cuando se aparta de la crónica, de la precisión. Es necesario establecer que luego de dos mil años de no ejercer plenamente la actividad mítica, lo que surge en los primero tiempos es un eclecticismo contradictorio, o la constitución de organizaciones autoritarias y dogmáticas con un significativo parecido con las iglesias cristianas.  Son pocas las voces que promueven lúcidamente la mitización, con todos los riesgos que conlleva.

El mito en el pensamiento contemporáneo

Bajo este parágrafo, me limitaré a apuntar la presencia (o ausencia) del mito en autores que a mi entender son claves en el pensamiento contemporáneo. El primero es Heidegger, quien en Ser y Tiempo, al preguntarse sobre “el sentido” del ser está abriendo las puertas a la mítica. Esto es así porque la mítica responde siempre al sentido del mundo y de sus fundamentos. El filósofo utiliza un tipo de discurso que evoluciona en torno a una realidad mítica. En Ser y Tiempo era el sentido del ser; luego fue la relación entre poetizar y pensar o escolios acerca del magnífico artefacto mítico de Hölderlin.

Todo discurso tiene diversos enfoques. El científico parte de una cosmovisión limitada, que puede convertirse en tecnofrénica cuando se encierra en una concepción dogmática y racionalista. El discurso teológico, se centra en torno al dogma. El discurso mítico lo hace en relación a esa realidad viva, intensamente sensible con la que el absoluto llega a la experiencia inmediata del hombre y logra transformarlo. Heidegger retoma de este modo el ámbito que rodeara a los filosófos originales, quienes vivían inmersos en una realidad mítica, y sus textos se referían explícita o implícitamente a la misma.

“El mundo está lleno de Dioses” es la expresión atribuida a Tales de Mileto y que se aplica tanto al pensamiento de Heidegger, como al de otro coloso de la mítica, que es Mircea Eliade. Sus libros también discurren en torno a los aportes precisos y concretos de las sociedades tradicionales que vuelca en los textos, ya sea a través de la observación y el análisis de diversos rituales y relatos pertenecientes a sociedades tradicionales, como de su propia iniciación recibida en la India, donde vivió varios años. Es un pensador diferente a Heidegger, pero en una aparente exposición sometida al imperio de la ciencia, aporta elementos imprescindibles para concretar lo que llamo la Realización Trimúndica.

El tercer autor es René Guénon. En relación a su contenido mítico, se podría hablar de “dos Guenon”.

En la mayoría de los trabajos recopilados en “Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada”, hay una constante apelación a diferentes estructuras míticas. Aún verdades teológicas son planteadas en forma de mito. También resalto el capítulo “Mitos, misterios y símbolos” de “Apercepciones sobre la Iniciación”. Sin embargo, en otras partes de su obra,  como por ejemplo en varios pasajes de “El Reino de la Cantidad…”,  la forma apodíctica,  excluyente y casi maniquea de tratar ciertos temas,  pone barreras con el contenido del mito.  Es en ese volumen donde condena ciertas expresiones contemporáneas como el chamanismo o el Psicoanálisis;  la postura es de crear una isla y mantener una colección de tesoros a los que llama tradición, cuando lo que se requiere es abrirse y descubrir los orígenes de las tendencias y situaciones a las que ha llegado el mundo moderno. Esta crítica de Guénon, por otro lado, debiera acentuarse  instituciones de carácter tradicional como la Masonería o la Iglesia Católica, ya que es de la decadencia de las mismas de donde ha surgido el “olvido” del contemporáneo en relación con la palabra primordial. En términos alquímicos, se diría que todo este aspecto de Guénon surge de seguir una  vía extremadamente seca, lo que conduce a actitudes dogmáticas y rígidas (4) Platón, otro autor tradicional,  procura aportar “la humedad” al discurso a través del relato mítico. Guénon apela exclusivamente a la intuición intelectual . El desarrollo de la misma es necesario para lograr un grado de  Realización Trimúndica,   pero no es suficiente. (5)

Concluyendo: la Densidad mítica en Guénon es escasa y sólo se aplica a algunas de sus obras. Podría aplicarse al autor de Símbolos fundamentales el apotegma de Tales, pero en cuanto a otras partes de su obra, correspondería él nombre del grabado de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. 

(1) Cuando digo mitizar, es decir la capacidad de elaborar mitos, me refiero a un concepto casi idéntico al de Heidegger cuando habla de Poetizar como medio de conocimiento y exploración del quehacer filosófico. 

(2) La muerte de Remo por parte de Rómulo,   continúa repitiéndose en el Tiempo del Sueño y de alguna forma constituye una de las bases de la civilización actual, regida por el aspecto más tenebroso de Marte, quien fuera padre de los gemelos. De igual modo, este mito se conviritió en el Artefacto ritual de los sucesivos emperadores, quienes asesinaban a sus parientes cercanos por razones de poder, y el que inspiró a figuras externas que pretendían emular a Roma, como Herodes el Grande o Atila. Finalmente el papado, heredero de Roma, lo adopta y reproduce el ritual con  asesinatos e intrigas en el Vaticano.

(3) Cuando digo “límites del mundo” no estoy refiriéndome a una instancia de tipo trascendente, sino señalando la dimensión invisible de aquello que percibimos diariamente.

(4) En términos islámicos, sería  “Taqlid” o pensamiento excesivamente rígido, definido como uncritical and unqualified acceptance of a traditional orthodoxy or of an authoritarian code of a particular religious teacher

(5) Cabe señalar que la complejidad del pensamiento guenoniano excede lo que se puede decir en estas breves líneas, por lo que me comprometo a realizar distintas aproximaciones al mismo en sucesivos trabajos. Baste añadir aquí que esta carencia de mítica en la obra de Guénon, es lo que hace que se lo vincule   con el nazismo o con posturas extremas que atenten contra la vida.