El cadáver del joven Pol aparecía aquella mañana en el barranco, muy cerca de la casa del viejo cazador, el anciano solía regalar a los jóvenes del lugar momentos de intimidad, mientras Jack se entretenía poniendo aquellos cepos que luego rara vez los hacía servir.

La noticia sorprendía a todo el pueblo, el muchacho era un tanto especial, entre la comunidad de vecinos varios chicos daban culto a su cuerpo, acudiendo al garaje de los Glenn en el que un improvisado gimnasio les servía tres veces en semana para estar en forma.

Aquel matrimonio de abogados Marta y Peter, tenían dos hijos, Annie y Billy, esté último amigo inseparable del malogrado Pol, que con tan solo veinte años habían visitado en poco tiempo una docena de veces al viejo Jack para que les dejase disfrutar de las mieles de su juventud, allí en la cabaña y siempre con distintas jovencitas del lugar. Cansados de buscar nuevas conquistas que ya escaseaban y que solo les daban la oportunidad de repetir con algunas de ellas, Pol muy atrevido él, probó con alguien del mismo pueblo y demasiado especial.

Aquella mañana la Sra. Glenn, abrió la puerta a la policía, buscaban a Billy como la última persona a la que habían visto el día anterior con la víctima. La señora invitó a pasar cuando ellos prácticamente ya estaban dentro enseñando su placa reglamentaria. Marta vestida con mucha elegancia y mostrando un porte señorial, explicaba que debería estar ya en su lugar de trabajo, en el bufete que su marido Peter, que ya se encontraba allí, y ella regentaban. De aquel trabajo se valían para mantener aquella casa a las afueras del pueblo y todos los lujos que a simple vista eran observados por parte de los agentes. Alguien por un momento les interrumpió, era Gladys la interina de la casa contratada por la señora, como bien dijo ella, para el cuidado de la casa y de los niños. Al escuchar aquella expresión al hablar de sus hijos, el inspector Paterson extrañado preguntó… ¿Los niños? Contestando ella con una implícita sonrisa… ¡Sí, mis hijos son especiales! El inspector dejó pasar aquel dato, pensando que para cualquier madre sus hijos eran especiales y tratándose de una familia con aquel donaire y aires de poderío aún encajaban mejor con aquel calificativo con que su madre los había descrito. Marta pidió a Patterson que le permitiese ordenar a Gladys las tareas y sus obligaciones para la jornada, asentándose a la parte interior de la cocina americana donde se encontraban. Las pautas de la señora parecían contundentes ya que las expresaba con las manos antes que de viva voz… En aquel momento un joven y somnoliento Billy se sentó en la barra y con un silbido como si llamase a un perro llamó la atención de la sirvienta a la que la señora empujó varias veces para que acudiese rauda a complacer al niño. Cuando se acercó Billy le pidió con muy mala educación que le sirviera el desayuno, ¡Con mermelada por favor, sabes que me encanta! Plantando su mano abierta allí donde la espalda de Gladys perdía su casto nombre. Los agentes terminaban el café ofrecido por la Sra. Glenn y con una oratoria irónica por quitarlos de allí, los emplazaba a su despacho, diciendo que respondería gustosa a sus preguntas y que si por un casual llegaba a necesitar un abogado allí estaba su marido Peter para defenderla. Sus risas debieron escucharse en el pueblo, pues eran exageradas a la vez que resultaban maléficas, mirando en todo momento escaleras arriba, por donde entonces bajaba una joven Annie todavía provista con la ropa de dormir, un camisón inapropiado para su edad, la hija de los Glenn ya no cumpliría los treinta años, comprendiendo enseguida los policías, por su pelo lleno de coletas, los labios pintados de un rojo carmín y sobre su adulto pecho, que ocultaban aquellas infantiles puntillas, un oso de peluche que apretaba fuerte, que en realidad se trataba de una niña especial a pesar de su edad.

Las risas de Marta cesaron de golpe, indicando a Gladys, levantando las cejas que acudiese a frenar a Annie, pero en aquel momento Billy se levantó de su taburete y se colocó delante de su hermana, haciendo una declaración de la que nadie le había pedido cuentas.

-Ella no tiene la culpa de nada, señor inspector, es inocente…

-Nadie la acusa de nada, de momento, puedes hablar aquí o en comisaría como lo desees…

La conversación entre su hijo y el inspector, fue interrumpida por Marta, que pedía a Billy que callase y no dijese nada…

Cuando entonces Billy se encoleriza, comenzando a gritar y a repudiar la forma de vida que les había llevado a vivir de aquel modo, de un peculiar modo, sumamente sucio debido al acaudalado ritmo de vida que llevaban los cuatro. ¿Qué no les faltaba de nada? Era cierto y que lo que querían lo conseguían con aquellas monedas que no compraban la felicidad, también…

Comparando a la madre y al hijo en su manera de hablar, el inspector Patterson les indicaba que se calmasen y que se sentasen todos en el saloncito de aquel diáfano salón, una llamada a aquel teléfono inalámbrico que Gladys contestó antes de sentarse y que aludía al señor Peter, como dijo, informando a la señora que estaba ya de camino a casa.

Les sorprendería y mucho a los agentes que la primera en comenzar a hablar fuese la niña, aquella infantil figura de mujer adulta, que hizo su entrada en último lugar en aquella estancia…

Estábamos jugando Pol siempre me acariciaba, éramos novios ¿sabe? Pero él ayer no quiso jugar conmigo, prefirió a Gladys, Billy y yo los encontramos en la cama de ella, Pol reía, jugaba con ella y le pedía a mi hermano que jugasen juntos, pero la sacó de allí y se la llevó fuera de la habitación…

Billy insistía en que su hermana cerrase la boca que no hablase más, cuando Patterson miraba a la sirvienta que se deshacía en un llanto incontrolado abrazada a Billy y pidiéndole que la perdonase… contestándole este que ya lo había hecho…

Annie continuaba hablando, sus ojos pese a que no entendía porque lo había hecho también comenzaban a llorar, me dijo que ahora estábamos solos y que jugábamos, comenzó a hacerme caricias pero esta vez me dolía mucho, así que le abracé muy fuerte mis manos rodeaban su garganta y apreté muy, muy fuerte hasta que dejó de decirme, tonta. Esta vez no me gustó lo que me decía a pesar de que reía y me tocaba donde me gustaba, el haber visto como jugaba con ella me dio rabia…

Aquellas últimas palabras Annie las decía lanzándose desesperada sobre la sirvienta a la que Billy escudaba con su cuerpo, y continuó diciendo, de no habérsela llevado también hubiese jugado con ella…

Aquella escena era patética, la madre lanzó un grito de desesperación y nos descubrió algo importante en todo aquel asunto…

¡Basta ya! Aquí la única culpable fui yo, que lo lleve hasta el barranco después de matarlo, en este juego de niños, los míos no tienen nada que ver…

¿Verdad que no Peter? Le hablaba al abogado, su marido y padre de los niños que entraba en ese momento en escena…

©Adelina GN

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