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Introducción al Símbolo

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El dedo que señala la luna, no es la luna.

 

Esta afirmación forma parte de las enseñanzas del Buda Shakyamuni, y expresa el sentido del simbolismo. El dedo es la señal, el signo, el equivalente a lo que sería para nosotros, escritores o artistas, las palabras, la gramática; en suma, el idioma heredado de la cultura con sus aperturas y sus limitaciones.

La luna es el contenido que debe tender un poema, una narración, un cuadro y que surge de las visiones con las que el poeta es bendecido (o maldecido, según se lo interprete). La luna es lo que oculta la realidad bajo sus capas y a lo que el  artista ha podido llegar por esa inspiración parecida a la gracia.

En los párrafos anteriores nos referimos a “sentido del simbolismo”,  ya que el mismo no puede caber en una definición precisa. Podríamos aplicar al término los principios del Árbol de Porfirio y constreñirlo a su “género propio” y a su “diferencia específica”, pero   esta definición escolástica nos presentaría el símbolo como un cuerpo muerto. Precisamente, hablamos del sentido porque el símbolo es algo vivo, y lo más inmediato para acercarnos sería conversar, preguntar, alternar como se haría con otra persona.

En la literatura de fines del siglo XIX, existió un movimiento de suma importancia al que se llamó “Simbolismo” y sobre el que volveremos en otro artículo. Baste señalar que representantes destacados de esta tendencia fueron Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud.

Nuestra referencia en este espacio es el cuestionamiento de la realidad y la fundación de un nuevo mundo: responsabilidades del poeta. Con un inconformismo visceral, se niega a aceptar las cosas tal como se presentan, o mejor dicho tal como  las presenta la formación que ha recibido: plagada de contenido cientificista y de esquemas religiosos dogmáticos. El instinto poético o artístico le “de — vela” el mundo; lo exhibe para él con   brillantez y   aristas inesperadas. La lucha del vate o del artista, es expresar esta percepción utilizando los elementos del lenguaje.

Es precisamente este lenguaje, estragado por un utilitarismo estrecho, el que no dispone siempre de las palabras y los giros que el poeta necesita. De allí que muchas veces, el aedo inspirado sienta la necesidad de violar el idioma; de crear los propios vocablos para designar esa realidad que percibe. Es el caso del pintor que debe mezclar colores; establecer en su “cocina” los recursos visuales que le permitan reproducir el contenido de su visión.

Esta tendencia llevada a un extremo, corre el riesgo de aislar al poeta.  Es muy frecuente que las paredes de su torre de marfil se endurezcan y no pueda llegar al lector externo.

El simbolismo muestra tres caminos que el poeta o el artista deben recorrer:

  • la visión cegadora que en muchos casos trastorna y exige su expresión
  • el trabajo del lenguaje para trasmitirla
  • Lograr en  los lectores que el nuevo verbo resuene con el eco de una realidad olvidada; el mundo perdido que el poeta le alcanza para brindar un nuevo sentido a su existencia

 

La tarea es colosal. Dedicarse a la literatura o al arte, a veces cuesta el aislamiento, los fracasos personales; la pérdida de la salud. El símbolo con el que el poeta trabaja es un elemento cargado a la vez de vida y de peligro.

Son contados los casos, como el de Goethe, en los que el artista  toma fuerzas de la materia que manipula y en el momento de su muerte reclama “más luz” para seguir creando.

 

 

GOCHO VERSOLARI – Poeta argentino residente en Estados Unidos

1 Comentario

  1. Espléndidas tus reflexiones Gocho!!! Abrazos amigo.

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