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HOTEL MEDIODÍA

Vale, encontraron el cadáver en mi dormitorio. Pero ese hecho, por sí mismo, puramente entendido como un hecho -triste, vale, sobre todo para los familiares del muerto (y eso únicamente si se llevaban bien los familiares y el muerto)-, por sí mismo el hecho, un cadáver tirado en una postura casi imposible sobre el brillante y pulcramente encerado parquet de mi dormitorio de hotel, no es una prueba evidente de que yo haya sido la causa que haya provocado dicho efecto.

En realidad la estancia recuerda a alguna secuencia de película de los años 30, con aquellos agentes de la policía dando vueltas por ahí, tomando huellas, agachados sobre la alfombra, haciendo fotos con flash a los distintos objetos caídos en determinados ángulos de la habitación, los dos funcionarios sin uniforme, hablando entre ellos mientras uno de los dos está tomando notas en un pequeño cuaderno. Y aquel policía terminando de colocar una cinta roja que corta el paso a los curiosos que comienzan a aparecer por el pasillo de la tercera planta del hotel Mediodía.

Pero aún no he dicho nada acerca de mí. Imagíname, lector, ahí parado, cerca de la puerta de la habitación, como una estatua, pálido, incrédulo, con la sorpresa tallada en mi rostro. El primero de los sorprendidos en este dormitorio he sido yo. Ahora ya sólo faltaría que me culparan a mí de lo sucedido. Puede que les resulte sospechoso que yo no comunicara a nadie que esta noche me hospedaba en este hotel ni que me he desplazado desde mi ciudad hasta esta otra pequeña ciudad llenita de turistas en la época del año en la que nos encontramos. Pero ¿a quién le extraña un turista que viaja sólo? Motivo de más para que el inspector -ese que me mira con tanta atención desde detrás de sus lentes-, opine que cuando alguien desea pasar desapercibido es porque lleva en su interior una determinación oculta.

Ahora se pondrá la cosa peor… Cuando debajo de la cama descubran el arma homicida. Desde donde yo estoy he podido darme cuenta de que un cuchillo ensangrentado está semioculto junto a la alfombra, ligeramente levantada bajo la pata de la cama. ¿Cuánto tardarán en descubrir el ADN de esa sangre? ¿Será como en las películas? ¿Alguien se acercará con un pañuelo blanco en la mano y con cuidado envolverá, sin tocarlo, el cuchillo afilado, con mango negro, de cocina? Pero no. Estamos en los años noventa. Ahora utilizarán guantes de látex, como en las series de médicos que ponen en televisión.

Por ahora parece que nadie me hace mucho caso. Es tal el barullo que tienen aquí organizado que no me extrañaría que se olvidaran de que estoy aquí. Poco podría decirles, la verdad. Si yo supiese lo que ha pasado a lo mejor hasta podría haberlo evitado. Pero ¿quién me iba a decir a mí que una escapada clandestina para encontrarme con mi última cita a ciegas, conocida a través de internet, iba a terminar en un caso de asesinato?

¿Qué hago aquí parado? Si nadie parece tomarme demasiado en serio ¿por qué no aprovecho y me largo? La cinta roja. Llamaré la atención si la retiro. ¿Qué hago? ¿Me quedo? ¿Me voy? ¡Vaya hombre! Y ahora entran esos dos tipos por la puerta. El policía que está en el pasillo les ha franqueado la entrada. Tienen toda la pinta de ser el juez acompañado del forense. Alguien ha encendido la luz. Parece que ahora sí que han tomado todos plena consciencia de mi presencia. El forense se está acercando. ¿Qué pasa? ¿Ningún policía me va a hacer ninguna pregunta? En las películas Sherlock Holmes hace preguntas que al principio parecen estúpidas pero que, entre calada y calada de una pipa de madera y marfil, uno se queda poco menos que sin respiración esperando a ver por dónde va a salir el tipo éste tan listo. Se echa de menos al tipo del monóculo. En su lugar el forense éste con pinta de médico nazi… ¡Rápido, piensa algo, cambia de expresión! Seguro que el rictus de sorpresa que se me ha quedado en la cara me delata. Bueno, lo único bueno de mi situación es que da igual que me encuentren culpable o no. A los fiambres como yo no los encierran en la cárcel, aunque sí en un congelador hasta que den con algún familiar que me identifique.

About María José Hernández

Nací en el Madrid de 1960, aunque mis orígenes familiares se remontan más allá del mar, en las misteriosas islas Canarias. Soy madre de tres mujeres estupendas y abuela reciente de un precioso bebé que tiene revolucionado a toda la familia. Escritora de vocación (no obstante –por esos azares de la vida que suelen vapulearnos en la juventud, pillándonos a traición– estudié la carrera de Derecho, que aborrecía cordialmente, ya que en realidad lo que yo deseaba estudiar era Psicología), es una necesidad que intento satisfacer escribiendo en mis ratos libres. He colaborado en las revistas literarias Káskara Marga y El Celador; y en los periódicos El Día, de Tenerife y La Voz, de La Palma. Soy autora del libro de relatos “Salpicada de luna llena (y otros relatos)” (Ed. Nuevos Escritores), participé en el volumen Cien relatos geniales (Ed. Jamais) con el relato “La linterna”, la Cadena Ser emitió mi relato “El fotógrafo” y fui finalista del Premio Platero 2007 de Naciones Unidas en Ginebra. Actualmente disfruto jugando con mis tres pasiones, las palabras, la música y las imágenes en un blog al que estáis todos invitados a participar. Porque a los que amamos las diferentes formas de expresión artística, nos apasiona descubrir mundos, historias, perspectivas, personajes y los distintos lenguajes para expresarlos. Poesía, prosa, prosa poética, fotografía, dibujo, música… son los tipos de lenguaje que yo he escogido –o ellos me han escogido a mí– para jugar y para disfrutar de su belleza. Y son los que compartiré con vosotros siempre que así lo deseéis en mariajotahernandez.com Bienvenidos a este nuevo rincón en el mundo.
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4 Comentarios

  1. Buenísimo tu relato Maria José!!! Abrazos muchos.

  2. Un punto de vista muy original el de la víctima. Estupendo.

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