Insomnio

Las nueve y media.
Cada vez anochece más pronto
y el azul muerto del cielo
se va pareciendo más al negro
que empolva mis recuerdos.
Las doce menos veinte.
Tres latas de cerveza vacías,
y un cenicero atestado de colillas
como única compañía.
De fondo suena Van Halen.
Las dos y treinta y cuatro.
Ya me preocupa la exactitud
de los minutos que marchan;
estrellas que se apagan en mi
para brillar en el firmamento.




Las cuatro y veintisiete.
Hay sueños que impiden el sueño
y ausencias tan reales como
el vacío que llena la botella
que se precipita de mis dedos.
Las seis y cuarenta y uno.
Despunta el alba anaranjada.
Apago el despertador
antes de que llegue a sonar.
La cafetera silba su canción.
Las ocho y treinta y dos.
Me miro al espejo:
Cada vez más cadavérico,
cada vez más etéreo.
Me desvanezco en mis ausencias.
Las nueve y media.
Una ducha helada ahuyenta los restos
de la madrugada de mi rostro
y estoy listo, solo me falta
el beso por el que ya nunca duermo.

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