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Gotas con historias

Desde aquella gran ventana contempló la lluvia, su sonido siempre le había resultado relajante, el repiqueteo de las gotas con aquella inusitada fuerza en el cristal la abstraía de su mundo de problemas. Mirándolas resbalar cristal abajo imaginaba historias.

Hoy no podría caminar por aquel campo que le servía de escape a través de sus olores se dejaba llevar inconscientemente hacia lo que un día había sido aquella casa.

Una mujer menuda surgió de entre sus recuerdos, había sido el ama de aquella casa, la madre que parió once veces, y a la que sólo le vivieron cinco de sus hijos. Había sido aquella jovencita a la que sus cinco hermanos presurosos por ir a hacer las Américas casaron de forma precipitada con un hombre que le sacaba diez años, pues era la única hermana y no podían dejarla desamparada, una vez cogieran ese barco para La Habana. Nunca volvieron aquellos cuatro hermanos, parece que como músicos se quedaron en algún club de jazz de la época, donde el swing y el bossa reinaban. Ellos al menos  eran buenos músicos.

Ella había sido la niña mimada de la familia por todos los varones, pues su madre había fallecido cuando era muy pequeña. Ese hombre con el que la habían casado se dedicaba a las labores del campo, vareador de olivos, hombre fuerte y curtido, atractivo y callado, rudo y poco mirado en las forma de tratar a una mujer. La tomó como quien se hace con una mula para el arado. Brusco y machista como correspondía a su época, mientras un país con la espada de Damocles de una guerra civil anunciada se replegaba en las casas, con el temor del mañana.

Parió uno tras otro a los hijos, algunos de sus partos apenas sobrevivieron unas horas, otros días. Mientras ella atendía a todos y a la casa, o quizás esa era la causa. El estar mal alimentada, con aquella escasez de víveres y la dificultad para conseguirlos le obligaba a ceder su ración a los hijos. Si a alguien le faltaba algo que llevarse a la boca, que fuera siempre a ella y nunca a su prole.

Finalmente cuando la guerra llegó a su pueblo algunos de los hombres desaparecieron en las montañas, entre ellos el suyo. Por miedo a que les mataran y para asediar al enemigo desde el escondite seguro de una tierra que ellos conocían mejor que nadie.

Ana se quedó sola con cinco hijos pequeños que alimentar, maldiciendo aquella asquerosa guerra y padeciendo todos los trabajos del campo y la casa en aquel  cuerpo de madre aguerrida y luchadora sin límites. El mayor no podría ayudarla porque debido a su caída al nacer sufría una enfermedad psíquica. A los dos que seguían a este, les mandó a trabajar donde se le ocurrió que podían acarrear unos reales para la casa. Uno como ayudante del albañil del pueblo, el otro vendiendo bocadillos que ella preparaba en la estación de tren.

Las penurias eran muchas… Los dos pequeños aún estaban en casa, y no sabía qué hacer para darles de comer, todo se estaba acabando y el hambre apretaba.

Fue entonces cuando llegó aquella pareja de la guardia civil a sus tierras, y para pedirle algunos productos de su huerta. Al ver que nada había y a aquella mujer sin fuerzas, el más joven de los dos se estremeció de tristeza. Fue esa noche cuando dejó su uniforme de guardia civil colgado y se vistió con ropa de calle, decidió ir a verla.  Compró un poco de leche para los niños y una pechuga de gallina, vino y pan, galletas y se dirigió al cortijo.

Llamó a la cancela y ella finalmente al decirle quién era, abrió la puerta.  Luis dejó los alimentos en la mesa, la miró detenidamente y cayó en la cuenta de que era una mujer muy hermosa, aunque un poco mayor que él…

Ella agradecida le ofreció un vaso de vino y él lo aceptó a cambio de un poco de charla. Los niños ya dormían.

Ella comenzó a relatarle su historia y al hacerlo sus lágrimas iban derramándose una a una por sus mejillas, la luz de la chimenea  refulgía en ellas, y el hombre sintió tanta ternura ante ella que se acercó para consolarla. La ternura se derritió en un cálido y casto beso, era el primero que ella había sentido nunca. Y su respuesta fue inmediata, se deshizo en besos para él, y él en ella encontró el calor de un cariño, y ocurrió todo aquello que puede ocurrir entre una mujer y un hombre.

Dicen las malas lenguas, que incluso cuando su marido volvió siguieron encontrándose furtivamente a escondidas. Que el finalmente se marchó del pueblo. Y que ella quedó allí, con sus familia en el cortijo, de nuevo embarazada.

Y que todo esto es sólo una de esas mil historias que ocurrieron en una España en la que sus gentes carecían de lo básico, las familias se dividían en dos bandos que entre ellos se mataban. Donde la vida nada era si te encontrabas por el camino con los del otro bando.

Y Ana intentó ser feliz, y Luis tuvo sus hijos, y nunca más supieron el uno del otro.

Y hasta aquí puedo contar, yo que no viví esa guerra, que espero no vivir ninguna, pero siempre he escuchado con mucha atención lo que mis mayores me contaban. Siempre tuve curiosidad por las cosas que me relataban, y este es mi pequeño y humilde homenaje a los que vivieron aquel horror, a los que tuvieron una historia dentro de la historia que les supo a vida.

La historia es una gran maestra si sabemos escucharla, como yo he escuchado las que surgen de mis gotas de agua en el cristal, esta tarde de lluvia.

@carlaestasola

Madrid a 20/10/2016  a las 12:30 horas

6 Comentarios

  1. Carla precioso me has estremecido de tristeza grandes historias contadas por una gran escritora. Un abrazo

  2. Este relato es la verdadera historia de una guerra estupida que nació a causa de la enemistad entre dos políticos, El resto sólo pudo ser un compendio de maldad, misería, hambre, injusticia y huída. Y no digo más que me caliento. Un beso.

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