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Finalmente un café – I

 

La primera vez que habló con Miguel duró apenas un par de preguntas, como sucede por norma en ese medio, que ambos utilizaban como evasión para respirar unos instantes durante su rutina diaria de los problemas en el trabajo, la indiferencia de sus respectivas parejas de muchos años, demasiados quizás, al menos en esa decisión estaban por ahora involucrados.

La segunda vez encontraron un punto de inflexión a ambos les apasionaba la música. Melómanos de todos los estilos sin distinción de géneros, la buena música es buena en cualquiera de ellos, de la otra mejor no hablamos. Comenzaron a compartir sus temas favoritos y aquella noche se convirtió en una noche muy larga… Descubrieron que la música era un nexo para mostrar al otro sus sensaciones más íntimas.

A Miguel le encantaba compartir música con Maria, y ella disfrutaba enormemente de cada tema compartido, se regalaban los temas según su estado de ánimo. A ella le emocionaba el jazz, a él la música clásica. A ella le intrigaba el flamenco, a él le hacía latir el rock. Clásicos, antiguos, modernos de todas las eras, mientras ellos hacían fluir las palabras entre las notas y todo acontecía de una forma espontánea y libre.

Él la despertaba por las mañanas, madrugaba más y siempre le dejaba un desayuno completo para cuando ella despertara. Ella comenzó a despertarse sólo para leerle y escuchar su regalo musical cada mañana.

Cuando quisieron ser conscientes de que ambos habían comenzado a ser imprescindibles para el otro era quizás demasiado tarde para reaccionar. Poco a poco se colaron en las horas, en los días, las noches aleatoriamente, pero sobre todo en las madrugadas. Él esperaba a que se durmiera su mujer, luego se conectaba con Maria y ahí perdían la noción del tiempo, charlaban de cualquier cosa, absolutamente de todo. En poco tiempo llegaron a conocerse perfectamente, o debería decir se reconocieron porque eran tan similares que no daban crédito. Su forma de sentir, sus preocupaciones, sus inquietudes, sus anhelos, incluso sus sueños, todo compartido en horas de insomnio. Adivinaban sus reacciones, coincidían en sus palabras, expresiones, les daba la impresión de haberse conocido desde siempre.

La necesidad de conocerse personalmente surgió muchas veces, quizás él la sentía desde el primer momento, pero ella era reticente. A pesar de no producirse ambos la deseaban pero ella seguía sin estar del todo convencida para ese encuentro. En el fondo se dejaba llevar por sus miedos, estaba segura de que su cómoda vida no podría quedar indemne después de semejante encuentro y  simplemente no se imaginaba preparada para semejante situación. Dudaba sobre su propia forma de reaccionar, y lo que le asustaba más eran sus sentimientos. Todo lo que aquel extraño le había demostrado que podía hacerle sentir tan sólo a través de su escritura le aterrorizaba, erizaba su piel ya sólo de pensar lo que podría ser en persona, aunque intentaba auto convencerse de que ella controlaría totalmente la situación, pero tenía tantas dudas…

Finalmente y con toda la dulzura que pudo Miguel le comentó que por cuestiones de trabajo debía viajar a su ciudad y le proponía por enésima vez ese temido encuentro una vez más. Tantas veces se lo había negado que pensó que si seguía haciéndolo terminaría por cansarse de ella. Por otro lado pensó, sólo le estaba pidiendo tomar un café juntos, nada iba a pasar en una cafetería rodeados de gente. Estaría totalmente a salvo, si algo no iba bien o no le convencía podía excusarse e irse sin ningún problema. De repente todo le pareció mucho más sencillo. Tenía tantas ganas de conocerle, tantas ganas de escuchar su voz, de mirarle a los ojos mientras le hablaba, ver sus reacciones cara a cara. Decidió dar una oportunidad a aquella amistad que tanto la llenaba.

Miguel se sorprendió tanto de que aceptara que no pudo contener su júbilo, estaba pletórico, al fin después de meses de hablar a diario iban a conocerse. Habían obviamente visto fotos de sus caras, de las manos, los pies, los lugares que frecuentaban, tantas cosas compartidas, pero nada comparable a un encuentro en la vida real.

Quedaron en una cafetería de un centro comercial, él le dio su teléfono para avisarle en cuanto estuviera llegando, curiosamente en todo ese tiempo nunca habían dado ese paso porque también ella siempre se había negado.

María se arregló de aquella forma discreta en que solemos hacer las mujeres cuando no queremos parecer arregladas. Como cualquier otro día, sin nada especial que delatara el más mínimo intento de atraer su atención, nunca le gustó arreglarse demasiado pero puso mucho esmero en los aspectos más sutiles, dio crema en toda su piel, sin usar ningún otro perfume.

Quería disimular hacia adentro, incluso para ella misma se repetía que aquello no era una cita, que era tan sólo un café con un amigo, pero ni aún así consiguió calmar sus nervios.

Cuando entró en la cafetería y se dirigió al pasillo central entre las mesas, tuvo que esperar que alguien que iba en silla de ruedas y que prácticamente lo ocupaba por completo, se apartara un poco, pues no había espacio suficiente para pasar. Esperó hasta que él colocó su silla frente a una de las ventanas que daban a la calle. Al girar la silla una vez en la mesa, no pudo evitar llevar su mano a la boca para taparla intentando disimular su asombro, era él, Miguel, el hombre de la silla de ruedas.

Nunca en todos aquellos meses había comentado nada sobre su discapacidad, ella desconocía por completo aquel aspecto de su vida… Era evidente la cara de preocupación de Miguel esperando su reacción. Evitó en todo momento que se notara su sorpresa, procuró sonreír como lo hacía siempre y se inclinó para saludarle con dos besos, tomando asiento en la silla de enfrente, como si nada fuera de lo normal hubiera ocurrido. Volvió a sonreír, al fin Miguel relajó su gesto y naturalmente se disculpó por ocultarle eso. Ella meneó su cabeza con ese ademán típico de las madres a los niños cuando se portan mal. Ambos sonrieron y comenzaron a hablar… Y hablar… Y hablar. No había forma de parar ese aluvión de palabras que ambos encadenaban involuntariamente como si hubieran esperado toda una vida para decirselas.

Tras tomar el café, decidieron salir a caminar un rato. Maria fue instintivamente a coger su silla para guiarle, el sonrió comentando que no hacía falta, pero comentó, que si así se iba a sentir más relajada dejaría que lo hiciera, y ella asintió… Caminaron por los lugares que ella iba encontrando sin barreras arquitectónicas que pudieran parar su marcha.

Las horas pasaban sin darse cuenta comenzaba a anochecer y ella debería volver a casa… Antes contemplaron el atardecer desde el parque, ella quiso acompañarle al parking donde él había dejado su coche. Pero quería permanecer allí un rato más, a solas. Se mantuvo de espaldas, no quería verla marchar, aunque miró de soslayo furtivamente un par de veces. Era preciosa su cadencia al caminar, pensó.

Carla

@carlaestasola  en Madrid a 24/06/16 a las 23:50

2 Comentarios

  1. Simplemente precioso Carla, un abrazo

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